1972, el año trágico

Estas líneas, amigo lector, son el resultado de la lucha interior entre el pudor que genera escribir sobre el libro de un compañero de esta casa, y amigo personal, y el profundo impacto emocional que la tardía lectura de «La Sociedad de la Nieve», la obra excepcional de Pablo Vierci, me ha provocado, medio siglo después del histórico episodio que evoca.

El pudor es una traba para expresar la admiración que despierta su libro, que alterna las voces de los sobrevivientes con el relato de los momentos más impactantes de la epopeya de 72 días que tuvo como marco la imponente cordillera de los Andes, en un lugar casi impenetrable, a 4.000 metros de altitud.

En lo personal fue una lectura tardía, porque se concretó 15 años después de la primera edición del libro. Esa reticencia se asemeja a la que expresan en el libro algunos sobrevivientes, que admiten haber puesto una barrera de décadas entre la tragedia de 1972 y sus primeras apariciones públicas para referirse a aquellos hechos.  Algo parecido me ocurrió, desde aquel 28 de diciembre de 1972, cuando como cronista del vespertino «Acción» me tocó cubrir la conferencia de los sobrevivientes en el gimnasio del colegio Stella Maris. Había bajado una cortina, para dejar oculto en el pasado aquel episodio traumático.

Pero había algo más, según veo ahora, 50 años después.  No sólo se trataba de poner distancia con una tragedia vivida por jóvenes de mi edad, sino también de tratar de dejar atrás un año terrible, que no sólo había traído noticias trágicas, sino que también era portador de oscuros presagios para el país.

Unos meses antes, el 14 de abril, en una casa del Buceo, junto  otros militantes del MLN, era abatido mi compañero de Preparatorios Horacio Rovira. Por la mañana, otros compatriotas eran asesinados a sangre fría por otros miembros del MLN. Esa jornada marcó un punto de inflexión en la historia uruguaya. El baño de sangre de aquella jornada abrió las puertas para el ingreso de las Fuerzas Armadas en la lucha contra los tupamaros, que querían tomar el poder por la armas para establecer una dictadura al modo cubano. El Parlamento aprobó una ley que declaraba el «estado de guerra interno», permitía que los tupamaros fueron juzgados por la justicia militar, y suspendía las garantías clásicas que el Estado de Derecho reconoce a los ciudadanos.

Los liderazgos políticos civiles habían perdido peso en una sociedad polarizada, que ansiaba poner fin a la violencia tupamara. La cuenta regresiva para el golpe de estado y el establecimiento de una dictadura militar, se había iniciado.

Así como los jóvenes en la cordillera maduraron de golpe, y crearon una «sociedad de la nieve» en la que todo lo que habían aprendido dejaba de tener sentido, el país también ingresaba en un cono de sombra, donde la democracia y las libertades políticas y sindicales pasaban al ostracismo.

Fue necesario, para sobrevivir, recrear bajo un nuevo paradigma las relaciones con los demás en la familia, en los lugares de trabajo y en los centros de estudio. Crímenes horrendos ocurrían sin que la prensa pudiera hacerse eco de ellos. El poder político se manejaba entre cuatro paredes, alejado de la mirada atenta del Parlamento y la prensa libre.

La epopeya de los sobrevivientes de los Andes, en aquel año oscuro y cargado de ominosos presagios, le decía al Uruguay que la libertad podía ser reconquistada, a condición de que los intereses de toda la sociedad se impusieran sobre los interese particulares.

Medio siglo después, aquellos hechos se abren a nuevas lecturas, del mismo modo que los buenos libros, como el de Vierci, seguirán generando dejando su huella en los viejos y nuevos lectores. En lo personal, «La Sociedad de la Nieve» me ha ayudado a cerrar una historia que inició en 1972.