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La rebelión de los idiotas

21 mayo, 2023

por Jorge Martinez Jorge

 

“Quien no tiene toda la inteligencia de su edad, tiene toda su desgracia” Voltaire

 

“Es un propósito ingenuo contestar al absurdo con la lógica, a la locura con la razón” Marcos Aguinis en “La conspiración de los idiotas”

 

Desde el inicio, vale aclarar que el articulista, para decir lo que quiere decir, no pretende atacar a grupo o persona alguna, utilizando para ello un término -el de idiota– que suele usarse con ánimo peyorativo, cuando no siempre tiene ese propósito.

Para ello, recurramos como es aconsejable, al Diccionario RAE, a ver qué nos dice:

Del lat. idiōta, y este del gr. ἰδιώτης idiṓtēs.

  1. adj. Tonto o corto de entendimiento. U. t. c. s. U. t. c. insulto.
  2. adj. Engreído sin fundamento para ello. U. t. c. s.
  3. adj. Propio o característico de la persona idiota.
  4. adj. Med. Que padece de idiocia. U. t. c. s.
  5. adj. desus. Que carece de toda instrucción.

Como se puede observar, solamente la primera acepción tiene un sentido de insulto, y las cinco acepciones se corresponden con el uso moderno del adjetivo. Sin embargo, si vamos a la etimología nos encontramos con esto:

“La palabra idiota proviene del griego ιδιωτης (idiotes) para referirse a aquel que no se ocupa de los asuntos públicos, sino sólo de sus intereses privados. La raíz «idio» significa «propio» y es la misma que en «idioma» o en «idiosincrasia».

Es a este aspecto al que la columna apunta.

 

El ruido nuestro de cada día

Con las escaramuzas en vías de extinción, convocadas por otras nuevas, podemos asomarnos a los sucesos que, durante los últimos días han convocado la atención mediática, y por tanto de la opinión pública de la que los medios se valen para ponerlos en agenda.

Para despejar cualquier sospecha de parcialidad del articulista, seleccionemos dos hechos que bien podrían ser mera anécdota, si no fuera porque se les amplificó, se les sacó de su origen y contexto y sometió a un bombardeo mediático digno de una guerra nuclear.

Nos referimos, en primer lugar, a la guerra de guerrillas desatadas en torno a una madriguera descubierta en el interior del popular Liceo IAVA de Montevideo, instalada en un pasillo del vetusto edificio que contiene a tres mil estudiantes, y que servía de refugio de un grupúsculo de activistas matriculados como educandos.

El segundo tiene relación con la última cuenta del rosario de jerarcas y exjerarcas civiles del Ministerio del Interior en el uso y abuso de las instalaciones y servicios del Hospital Policial -destinado exclusivamente al personal de esa fuerza- identificado con el caso del señor Santiago González, y antes con la diputada Pereyra, y con algunas diferencias también el caso del Senador Carrera.

Estos dos ejemplos de hechos en apariencia tan dispares tienen, sin embargo, un aspecto central que hace a lo que la columna intentará señalar: se trata de personas que, desde sus lugares de poder -grande o pequeño poco importa- se dedican a promover y defender, o en su caso a ocultar, acciones que NO SE CORRESPONDEN CON ASUNTOS DE INTERÉS PÚBLICO, SINO DE SUS INTERESES PRIVADOS.

 

Ámbito público, acciones privadas

Lo que ambos ejemplos poseen en común, siendo como son acciones privadas, motivadas por intereses privados pero desarrolladas en el ámbito público, es que afectan intereses que trascienden aquellos y, por tanto, dejan de serlo.

Este solapamiento entre las esferas de interés y acción personal -y grupal como sumatoria de varios individuos- y la de los intereses expresados entre ambos, es lo que hace que tales conductas sean particularmente confusas, poco transparentes y pasibles de ser usadas con fines espurios. No es casualidad que el propio ordenamiento jurídico, recoja a la conjunción del interés público y privado como delito cuando ello se produce por parte de funcionario público.

 

Gobierno y resistencia

Sabido es que nuestro país ha mantenido, desde su creación misma, la forma republicana representativa como forma de gobierno democrático, reglado por una norma superior, la Constitución de la República, de obligatorio cumplimiento para todos los ciudadanos.

Hablando en plata, cada cinco años los ciudadanos eligen a sus representantes por la mayoría de sus electores, en base a los partidos, candidatos y propuestas presentadas a la opinión pública, y luego éstos, dentro de las competencias, controles y garantías constitucionales, ejercen el gobierno.

El gobierno gobierna, y la oposición ejerce oposición, cada uno dentro de los límites que la Carta Magna, las leyes y los controles y contrapesos que la República ofrece como garantía de freno al poder.

El desconocimiento más o menos expreso por parte de uno de los dos bandos de estas reglas básicas, es lo que suele encarnar en ese discurso apenas soterrado que convoca a la resistencia y para ello se vale, de los intermediarios entre lo público y lo privado, usualmente sindicatos y agrupaciones u organizaciones de carácter corporativo.

Tal parece ser el caso del IAVA, el pequeño rebelde “encamisonado” y su defensa acérrima del “pasillo sindical” de estética a medio camino entre el mayo francés y las bocas de Ciudad Vieja, utilizado por el interés corporativo (la resistencia) mediante un interés privado (el del vocero y su reducido núcleo de vocingleros grafiteros).

Si prueba faltaba de ello, la réplica en otros tres o cuatro liceos de similares características, sin pasillo sindical de por medio desnuda el verdadero trasfondo.

En cualquier caso, el individuo solo, o sumado a un grupo unido por un interés particular, actúa como idiota en tanto que la etimología del término, proveniente del griego “idiotes”, se utiliza para referirse a aquél (o aquéllos) que NO se ocupan de los asuntos públicos, sino sólo de sus intereses privados.

Impidiendo, o pretendiendo hacerlo, la implementación de reformas o medidas democráticamente adoptadas, los individuos y grupos de interés, actuando como idiotas, pretendiendo encarar la resistencia a esas medidas democráticas, encarnan pues, lo contrario del interés público y capturan para sí parte del gobierno -si no de iure, sí de facto- que corresponde a las instituciones.

 

Poder y privilegio

En el otro ejemplo al que hemos recurrido, no se trata de individuos o grupo de ellos actuando en oposición a las autoridades democráticamente electas, sino que corresponden a individuos que, en función de las cuotas de poder que esas mismas instituciones les otorgaron, han hecho un uso abusivo de él violentando no solamente sus deberes como funcionarios públicos, sino además la confianza depositada o bien por el propio Gobierno -caso del Sr. González- o de sus electores -caso Sra. Pereyra-.

Nuevamente, siendo tan distintos estos casos con el señalado líneas arriba de la resistencia, el accionar privado en el ámbito público, solapado el uno con el otro, privatiza de hecho lo que es prerrogativa de las instituciones, y captura para sí mismo una parcela de gobierno -el de los idiotas que actúan como tales- que no les corresponde, afectando al conjunto.

 

En resumen

Lo que en apretada síntesis hemos tratado de desentrañar y mostrar, es cómo, cuando se elaboran discursos y luego se acciona en función de ellos, desconociendo o relativizando el valor de las instituciones democráticas inherentes al sistema republicano representativo, se afecta la base misma del sistema y se pone en cuestión su legitimidad.

De la misma manera, desde otro ángulo, el uso indebido del poder transformándolo en coto de caza de intereses personales o de grupo, violentando normas y límites, horada con similar fuerza e idéntico resultado a esas instituciones de las que se sirven, poniendo en cuestión al sistema todo si éste no es capaz de actuar con tanta rapidez como ejemplaridad.

Estas y aquellas tormentas suelen desatar tempestades. De ellas, y de las lecciones que la historia nos deparara, los orientales deberíamos saber bastante.

Sucede con las lecciones de la historia, aquello que citábamos en una columna anterior -cita que no es mía, pero cuyo autor no nombraré para no ofender al buen gusto- que “quizás la más grande y mejor lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia”.

Hace sesenta años no supimos atender a estas señales. Tan distintas, tan iguales.