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En el Día Nacional del Libro, un elogio del Lector

26 mayo, 2023

 

«El autor sólo escribe la mitad del libro. De la otra mitad debe ocuparse el lector».  Joseph Conrad

Por Jorge Martínez Jorge 

Pruebe usted mismo, querido lector al que estas líneas tienen por objeto, lo que este lector del lado de aquí, puesto en escritor por un momento, ha probado a hacer con el siguiente experimento.

Observe cualquier formulario, de esos que habitualmente se nos pide que completemos con nuestros datos personales. Con seguridad le pedirá nombres y apellidos, domicilio y teléfono, y casi seguramente, un casillero destinado a una cosa que habrá sido designada como ocupación o tal vez profesión.

Si el tal formulario es electrónico, muy probablemente cuente en ese espacio con un menú desplegable donde le propondrá que elija de una lista en donde no faltará un empleado, empresario, o bien más específicamente comerciante. Tal vez le ofrezca un variado listado de profesiones tales como médico, abogado o contador y un largo etcétera. Imposible de detallar, como suelen decir los Rematadores en sus avisos de extensa oferta.

Siendo un poco generosos e imaginativos, podría hasta figurar alguna categoría más sospechosa de constituir una ocupación o profesión propiamente dicha. Es el caso de deportista, actor, pintor y hasta, en el colmo de la generosidad, podría figurar la de escritor y su cercano pariente, el periodista.

Tan amplias son las posibilidades, que no es raro se encuentre allí la de estudiante, que ciertamente es una ocupación, transitoria, pero ocupación al fin, aunque no una profesión, salvo que haya adquirido una cronicidad que desmienta aquel carácter para hacerse permanente. Casos hay que todos conocemos, faltaba más. Eternos, suelen decirles.

Como toda burocracia hecha para justificarse a sí misma, no pretenderá usted que razone apegada la razón. Así que no se sorprenda si inclusive, le guarda un sindicalista como ocupación, revelando cuán ignorantes de la realidad suelen ser esas requisitorias.

Esa lista seguramente le reserva alguna otra sorpresa, con tintes de paradoja, como ofrecer la posibilidad de considerar ocupación o profesión a la calidad de jubilado, retirado o rentista. Si este último caso podría ser discutible, más difícil resulta considerar a la calidad de pasivo (ocupacional, claro está) como una cosa o la otra, cuando es, por definición, lo contrario. Es la no ocupación por antonomasia, el estado al que se llega a través de años de desempeño de una profesión u ocupación precisamente para luego, carecer de ambas.

Siendo tantas y tan variadas las posibilidades, algunas como las mostradas en el párrafo anterior de tan discutible definición, usted ha de encontrarse finalmente que, la generosidad de opciones se corta abruptamente cuando usted quiera definirse como lector.

Así, a secas: si su ocupación principal, o única que también, no encontrará lugar alguno. De buenas a primera usted se encontrará convertido en un caso raro, una atracción de circo puesto en exhibición para asombro de la gente normal; vamos, la que trabaja. Que usted no, claro está. No pretenderá que leer sea considerado una ocupación.

Amable lector, haga usted la prueba, por ejemplo, cuando debe registrarse en un hotel, o cuando proporciona los datos para que le habiliten un servicio o un programa de puntos para su tarjeta de crédito.

Si en lugar de llenar un formulario, usted responde personalmente a un interrogatorio donde se le pregunte precisamente eso, no cometa el error de responder automáticamente -llevado por la costumbre que todo lo recuerda- sin que, previamente, haya hecho contacto visual con su interlocutor. Observe atentamente cuando usted pronuncie esa palabra, “lecc-torr” en alta y clara voz, seguida de un breve silencio de expectación.

Puedo apostarle, con toda seguridad, que su respuesta provocará gestos y miradas, tal vez exclamaciones de incredulidad o asombro. Y no pocas veces, ese gesto tan típico del que espera una respuesta acorde a lo que espera, y se encuentra con que la pelota es cuadrada en lugar de redonda. En el mejor de los casos, si dio con una burócrata educada -difícil pero posible- le responderá con un “disculpe, no le he entendido” que en realidad es un sí le he escuchado, pero no creo lo que escucho.

Peor será el caso, más frecuente como es obvio, en el que su interlocutor no podrá reprimir un gesto de fastidio, y le hará saber, de palabra o de tono, que no está para bromas y que haga el favor de responder debidamente.

A esas alturas, usted estimado lector, debería navegar entre las aguas del estupor, la incredulidad porque no le crean, de incomprensión porque no le comprendan y a poco que se prolongue la situación en el tiempo, de su personal fastidio.

Más que justificado, como procuraré demostrarle.

A por el orgullo del lector

 

Si usted ha respondido lector como su ocupación, no sólo no tiene de qué avergonzarse, ni justificar, sino todo lo contrario: usted debería enorgullecerse, sentirse parte de una ocupación importante, que contribuye no poco con la sociedad en la que usted vive.

Por empezar, porque usted es el principal sostén de una industria no menor que es la del libro. No solamente para las Editoriales, los que allí trabajan, sino de las enormes redes de distribución, de difusión y de publicidad y mercadeo. Usted es la razón de ser de esa otra gran red que lo constituyen las librerías, grandes, pequeñas, pero todas importantes. Usted es la fuente de agua de la que bebe el librero.

Pero, además, porque usted es la razón de ser del propio escritor. Sin usted el escritor es una suerte de ventrílocuo que habla para sí mismo. Y, en definitiva, su ocupación de lector constituye la esencia misma del libro, no escrito aún hasta que usted, y los millones de lectores como usted y como yo, los hayamos leído.

Así las cosas, cuando le vuelvan a preguntar por su profesión u ocupación, alce sus hombros, estire su cuerpo, eleve su mirada y con voz clara y firme, proclame con legítimo orgullo: ¡soy lector!