Un corso a contramano

Por Silvio Moreira

No tengo ningún empacho en confesarlo porque en ese aspecto estoy bastante “deconstruido” como se dice ahora: hay días en que me abraza completamente una tristeza inexplicable. Los que me conocen, me dicen frecuentemente que tengo una especie de corso a contramano en la cabeza. Son jornadas enteras en que uno siente una angustia vieja, atragantada. Un dolor sordo que no se disipa. La garganta amarga, trémula, la boca seca, una sensación de falta de aire agobiante.
Pero las lágrimas no salían. Mis ojos se negaban a dar una vía de escape a tanto dolor.

Acudí entonces a mi memoria emotiva. Reviví momentos tremendos de mi existencia. Evoqué muertes cercanas y sus largos duelos. Reviví amores que me dejaron, pasiones que se cortaron, lujuria que no pudo ser. Por más que lo intenté masoquísticamente, no pude llorar tampoco con eso.

Entonces recordé que en Canal 10 y VTV pasaban el Corso.

Con mis últimas fuerzas -ya que la angustia me había extenuado-, movido ahora por un hilo de luz esperanzadora, me arrastré hasta el control remoto y presioné “On”, encomendándome a todo lo santo y bueno que hay en el mundo. Yo necesitaba llorar, desahogarme, sacarme tanto dolor de ese costado.

Los primeros pucheros me vinieron de mano de ignotos e ignotas sopranos que vociferaban en ausencia de su nuevo santo grial -léase el Autotune- y el resultado era algo que podía calificarse como “despampanante” pero en el ámbito de los tímpanos.

Pero el ataque de llanto hizo su pausa cuando pasó el Carro Oficial, con algún detalle estético destacable, ya que años anteriores parecían siempre una obra auspiciada por la División Cultura de la Intendencia Municipal de Bangladesh. El galgo de la vieja ONDA me pareció una exquisita metáfora de cómo corre la liebre la Intendenta en busca de medio voto más.

Los constantes pasacalles con consignas políticas que los conjuntos exhibían con orgullo desmedido, me hicieron caer las primeras lágrimas, mientras elegía para distraerme observar el cupulado del evento, que remedaba un velorio de niños, tristísimo, con unas lúgubres mangueras de led de colores compradas en el barrio de los queridos paisanos judíos.

Ya estaba con el pañuelo en la mano, secándome, cuando todo se volvió en vano y el llanto tan esperado explotó como una catarata que hubiera sido contenida demasiado tiempo: pasó la bicicleta tándem con las personificaciones de Carolina y su Directora de la División Cultura con más funcionarios del planeta. Los patrocinantes de esta humorada querían imponer una suerte de icónico tándem simpático, algo que revistiera las características de nuevo símbolo popular, una especie de Benitín y Eneas, de Leoncio León y Tristón, de Abbott y Costello, de Don Quijote y Sancho Panza pedaleando juntos hacia un porvenir luminoso.

Ver esto en primer plano en la pantalla de 70 pulgadas me hizo visualizar la película de mi vida entera. Creí que me moría. Llorando como un niño que se perdió en un shopping, llegué a ver el túnel oscuro y parientes que me venían a buscar en el otro extremo. Lloré sin remisión. Sigo llorando ahora. Más barato que un psicólogo.