140 años revolución del quebracho

A 140 años de la Revolución del Quebracho: Unidos por el Espanto

El sacrificio que terminó con el militarismo.

31 de marzo de 1886, el día en que

la libertad unió a los «eternos enemigos»

 

 

A 140 años de la Revolución del Quebracho, recordamos la gesta de los «doctores» y caudillos que dejaron de lado sus diferencias partidarias para salvar las instituciones.

El 31 de marzo del 2026 se conmemoró un nuevo aniversario de la Revolución del Quebracho.  Hace 140 años blancos, colorados y constitucionalistas se unieron contra un enemigo común en una de las páginas más trágicas, pero necesarias, de nuestra historia nacional.

Visto con la óptica actual es un evento que parece extraído de una novela de caballería trágica, pero fue la piedra fundacional de la democracia moderna en Uruguay. El 31 de marzo de 1886, en las cercanías del arroyo Quebracho en Paysandú, una fuerza improvisada de civiles, intelectuales y jóvenes idealistas se enfrentó al ejército profesional del dictador Máximo Santos. El resultado militar fue una masacre. El resultado político, sin embargo, fue la caída del régimen.

Para entender por qué doctores, estancieros y poetas decidieron dejar la pluma por el fusil, debemos viajar al Uruguay de la década de 1880.

Bajo la bota de Máximo Santos

Hacia 1886, Uruguay vivía bajo el periodo conocido como el «Militarismo». Tras el caos de las guerras civiles de mediados de siglo, el ejército había tomado el control del Estado bajo la premisa de imponer «orden». Pero el orden de Máximo Santos era asfixiante. Su gobierno se caracterizó por el autoritarismo, la corrupción rampante y la persecución despiadada a cualquier forma de oposición.

Santos no solo controlaba las armas; pretendía controlar las instituciones, reformando la Constitución a su antojo para perpetuarse en el poder (llegando a crear el departamento de Flores solo para obtener una banca en el Senado que lo habilitara a la presidencia). Fue este exceso de soberbia lo que logró algo que hasta entonces parecía imposible: que blancos, colorados y constitucionalistas olvidaran sus divisas para salvar a la República.

Una alianza inverosímil: De la Guerra Grande al Quebracho

Monumento a los caídos en Quebracho
Monumento a los caídos en Quebracho, Paysandú Malara58, CC BY-SA 3.0 <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0>, via Wikimedia Commons

Lo más asombroso de la Revolución del Quebracho fue su composición. Históricamente, Uruguay se definía por el odio entre el poncho blanco y la divisa roja. Sin embargo, en el campamento revolucionario, esa distinción se borró.

La revolución fue organizada por una Junta Revolucionaria en Buenos Aires, donde el espíritu de la Guerra Grande aún flotaba en el aire. Algunos de los líderes más veteranos habían sido niños o jóvenes durante aquel largo conflicto que dividió al país por 13 años. Luego, en 1870, vendría la Revolución de las Lanzas, de Timoteo Aparicio contra el gobierno de Lorenzo Batlle.

Sin embargo, en 1886, el enemigo no era el partido rival, sino la tiranía.

Así, en las filas revolucionarias convivieron los «colorados Principistas», jóvenes que rechazaban el militarismo de sus propios correligionarios, liderados por figuras que luego serían fundamentales, como un joven José Batlle y Ordóñez, junto a caudillos y civiles blancos  que veían en Santos la negación de las libertades locales y rurales, a los que se sumaron los constitucionalistas, el sector más intelectual y jurídico, que se había unido en un Partido Político en busca de establecer el imperio de la ley sobre la fuerza bruta.

Unidos por el espanto: El pacto que terminó con la tiranía de Máximo Santos

Así, se conformó una Junta Revolucionaria, con sede en Buenos Aires, integrada por el ex Presidente colorado Lorenzo Batlle, los dirigentes blancos Martín Aguirre y Juan José de Herrera, y el catedrático y diplomático Gonzalo Ramírez, del Partido Constitucional.

De esta forma se daba inicio a la Revolución Tricolor, como la de 1870, o la posterior de 1935, que iría sumando adhesiones de todos los sectores de la sociedad, entre los que se desatacan los nombres de los Generales Aguerrondo y Castro, a la postre responsables de las acciones del ejército insurrecto.

Es irónico y a la vez conmovedor notar que muchos de estos hombres que marcharon juntos por el barro de Paysandú en 1886, terminarían enfrentándose a muerte años después. Por ejemplo, la unidad que se vio en el Quebracho se rompería estrepitosamente en las revoluciones de 1897 y 1904, cuando el propio Batlle y Ordóñez, destacado protagonista de las acciones de Quebracho, ya desde el poder, enfrentaría las lanzas de muchos de sus compañeros de entonces, cuando la revuelta blanca de Aparicio Saravia. Pero en ese marzo de 1886, el abrazo fue sincero.

La Batalla: Un sacrificio desigual

La expedición revolucionaria cruzó desde Argentina el 28 de marzo, desembarcando en Guaviyú y avanzó por territorio uruguayo con más entusiasmo que pericia militar, si bien las primeras escaramuzas con unidades del ejército del gobierno le resultaron favorables, por lo que continuaron su marcha hacia el interior del país a paso redoblado. No obstante, esa disposición de ánimo les resultaría muy cara. En la tarde del 30 de marzo, tras horas de marcha sin parar, sostienen el primer encuentro con una unidad importante de las fuerzas del gobierno de Santos.

En el correr de la noche el enemigo recibe refuerzos y a las 12 y 10 del 31 de marzo sonó el primer disparo de la confrontación, según relata con singular detalle Eugenio Garzón en carta a Daniel Muñoz.. A las 17 horas y 15 minutos del 31 de marzo se dispararía el último tiro de la batalla final con las fuerzas gubernamentales, ya comandadas por Máximo Tajes que llegara al lugar con los refuerzos.

Plano de la Batalla de la Revolución del Quebracho
Plano de la Batalla del Quebracho, de «La Revolución Oriental del Quebracho», de Víctor Arreguirre, Montevideo, 1886

El enfrentamiento fue desigual. Los revolucionarios tenían fusiles anticuados, poca munición y nula experiencia en combate de grandes cuerpos de infantería y una total falta de entrenamiento, así como de cohesión en el mando. El ejército de Santos, bien equipado con fusiles Remington y artillería moderna, los rodeó.

Las fuentes de la época, de ambos bandos, coinciden en que se luchó con valor y con hidalguía, supliendo la falta de medios o el cansancio extremo pro una acrisolada voluntad y valor desigual. No alcanzó y la derrota fue total: cientos de prisioneros y cerca de 300 muertos.

Sin embargo, aquí ocurre el giro histórico. Santos, en un intento de mostrar una «clemencia» que le devolviera algo de prestigio internacional, decidió no fusilar a los prisioneros. Los hizo desfilar por Montevideo, esperando que el pueblo los abucheara. El tiro le salió por la culata: la ciudad recibió a los derrotados con flores, aplausos y lágrimas, convirtiendo la derrota militar en un triunfo moral devastador para el dictador.

El legado: Perder para ganar

Así,  la Revolución del Quebracho demostró que el régimen de Santos no tenía base social, solo fuerza bruta. El desgaste fue tal que, pocos meses después, tras un intento de asesinato contra Santos y la presión de esta «opinión pública» despertada por el Quebracho, el dictador se vio obligado a convocar al «Gabinete de la Conciliación» y, finalmente, a renunciar y exiliarse.

Máximo Santos herido en atentado
Máximo Santos herido en atentado a la salida del Teatro Solís

Así, a fines de año Máximo Tajes, el vencedor de Quebracho, asumiría la presidencia y daría inicio a un proceso de desmantelamiento del aparato represivo y dictatorial de Santos, a quien incluso se le negara, como a Latorre, el derecho a regresar al país de sus respectivos exilios.

Con Tajes terminaría el fenómeno del «militarismo» en Uruguay, al asumir luego el gobierno Julio Herrera y Obes, con lo que se dio inicio a una época donde, con altas y bajas, la sucesión democrática estuvo garantizada. Con el tiempo tres de los combatientes de Quebracho alcanzarían la Presidencia de la República, José Batlle y Ordoñez, Claudio Williman y Juan Campisteguy y muchos otros ocuparían primeros planos del quehacer político e intelectual nacional.

De esta forma una masacre militar se transformó, contra todo pronóstico, en el renacimiento democrático del Uruguay, que no se vería afectado hasta casi medio siglo después, en otro 31 de marzo igualmente trágico, igualmente presa de un injusto olvido.

Ni Blancos ni Colorados: la unión que cambió la historia hace 140 años

Tres Presientes en la Revolución de Quebrcho
Tres futuros Presidentes pelearon en los campos de Quebracho

La Revolución del Quebracho fue el último gran suspiro del romanticismo político uruguayo. Nos dejó una lección que 140 años después sigue vigente: la identidad partidaria es fundamental para la democracia, pero la libertad es la condición previa para que esos partidos existan.

Como lo entendieran antes Rivera y Lavalleja, o luego aquellos que combatieron en Morlán, como quienes conformaron la Interpartidaria que enfrentó a la última dictadura, aquellos hombres que en 1886 dejaron de lado el «odio de divisas» nos enseñaron que, ante la tiranía, no hay blancos ni colorados; solo orientales. A 140 años de su sacrificio, su mayor victoria no fue la que no pudieron ganar en el campo de batalla, sino la que nos legaron en las instituciones: la certeza de que nada está por encima de la Constitución.


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