Por Silvana Giachero – Psicóloga Forense
Cada cierto tiempo aparece el mismo diagnóstico cultural: los jóvenes serían más frágiles que antes. Más sensibles. Más incapaces de tolerar frustraciones. Hoy se lo llama “generación de cristal”. Ayer tuvo otros nombres. Mañana tendrá otro.
Esto no es nuevo: las generaciones mayores han criticado a las que vienen detrás desde siempre. Se repite como un patrón social. Muchas veces no describe a los jóvenes, sino que expresa otra cosa: la incomodidad de los adultos frente a un mundo que cambia, el miedo a perder autoridad, o la necesidad de justificar lo que una generación toleró como “normal”. Si yo sobreviví a lo duro, entonces lo duro queda convertido en virtud; y el que no lo tolera es etiquetado como débil. Ese mecanismo es humano, pero es simplificador.
Paralelamente, circulan publicaciones que presentan al propranolol como “la pastilla de la confianza”, una herramienta casi mágica para hablar en público sin temblar o rendir mejor bajo presión.
Ambos discursos parecen independientes, pero comparten una matriz: la dificultad para comprender el malestar humano sin reducirlo a consignas.
Desde la neurobiología sabemos que la ansiedad no es debilidad moral. Es activación del sistema nervioso simpático. Cuando el cerebro percibe amenaza, activa una respuesta automática: acelera el corazón, aumenta la tensión muscular, prepara al cuerpo para defenderse o escapar.
El sistema nervioso no distingue con claridad entre una amenaza física y una amenaza social. Para el cerebro, la humillación pública, el rechazo o la exposición constante activan circuitos similares a los del dolor físico.
Y aquí aparece una diferencia central: las generaciones actuales crecen en un entorno de exposición permanente. Redes sociales como escenario público continuo. Cultura de comparación constante. Métricas visibles de aprobación o rechazo. Evaluación académica y laboral intensificada.
No estamos frente a jóvenes “de cristal”. Estamos frente a sistemas nerviosos sometidos a una hiperestimulación social inédita.
En este contexto, la “pastilla de la confianza” aparece como respuesta rápida. El propranolol es un betabloqueante que reduce la activación adrenérgica: baja la taquicardia, el temblor, la sudoración. Puede ser útil en situaciones específicas de ansiedad de desempeño.
Pero no construye seguridad interna.
Confundir regulación fisiológica con fortaleza psíquica es un error conceptual. La confianza no es ausencia de síntomas corporales. Es una estructura que se construye en el desarrollo, en vínculos seguros, en experiencias repetidas de competencia, error y validación.
Cuando ridiculizamos a una generación como frágil, evitamos preguntarnos qué tipo de cultura estamos produciendo. Y cuando creemos que la seguridad puede ingerirse en comprimidos, evitamos trabajar aquello que requiere tiempo: regulación emocional, tolerancia a la frustración y construcción vincular sólida.
El problema no es el cristal.
Tampoco es la taquicardia.
El problema es una cultura de rendimiento constante que exige exposición sin enseñar regulación.
La fortaleza no es endurecimiento.
Es integración.
Y eso no se toma. Se construye.
