Hay que reconocerle algo al proyecto que impulsa Rodrigo Goñi para proteger a la infancia en los entornos digitales: no cayó en el reflejo más fácil. Mientras Australia les prohíbe las redes a los menores de dieciséis y el Reino Unido levanta un aparato de verificación de edad, Uruguay miró para el lado de Brasil, que en vez de prohibir apunta al modelo de negocio de las plataformas. Es más inteligente que prohibir.
Conviene precisar algo, para que la distinción no se malentienda. Uruguay no adoptó a Brasil como quien copia un decreto ya escrito: por ahora hay un proceso previo: una consulta pública multiactor que el Parlamento lanzó el 23 de junio de 2026, abierta hasta setiembre, con informe a fin de año, y recién después vendría el proyecto de ley (Parlamento del Uruguay, https://parlamento.gub.uy/noticiasyeventos/noticias/parlamento/961473 ; AGESIC, https://www.gub.uy/agencia-gobierno-electronico-sociedad-informacion-conocimiento/comunicacion/noticias/consulta-publica-sobre-impacto-del-entorno-digital-ninos-ninas-adolescentes ). Y dentro de ese proceso hay, en rigor, dos préstamos distintos:
- De Brasil se toma la sustancia: el ECA Digital (Ley 15.211/2025, vigente desde el 17 de marzo de 2026) que en lugar de prohibir el acceso ataca el modelo de negocio: transparencia, diseño algorítmico, mecanismos de enganche, recompensa y scroll infinito, que es justamente lo que Gustavo Gómez, de ObservaCom, destacó en el Palacio Legislativo como “mucho más interesante que las propuestas de prohibición más integral” (ANEP, https://www.anep.edu.uy/uruguay-avanza-hacia-ley-proteccion-ninas-ninos-adolescentes-en-entornos-digitales ; sobre la ley brasileña, Agência Brasil, https://agenciabrasil.ebc.com.br/es/politica/noticia/2026-03/entra-en-vigor-en-brasil-estatuto-para-proteger-menores-en-internet ).
- Del Reino Unido, en cambio, no se toma la prohibición a los menores de dieciséis, sino el método: la consulta pública masiva previa a legislar. El propio Goñi lo dijo con todas las letras: “conozco un solo lugar en el mundo donde se haya hecho algo parecido, que es el Reino Unido” ( https://www.mayoristasymercado.com/30690/el-parlamento-lanza-una-consulta-publica-nacional-sobre-ninos-adolescentes-y-entornos-digitales/ ).
Uruguay copia, entonces, de Brasil el qué y del Reino Unido el cómo deliberar. Es decir que no es que se haya mirado a Brasil ignorando al resto; es que, aun tomando lo mejor de cada lado, se sigue eligiendo entre respuestas importadas sin hacerse antes la pregunta por el niño. Incluso el préstamo más fino, el método británico de consultar, no alcanza el punto ciego si aquello que se consulta se sigue midiendo por la puerta y no por el niño que está del otro lado. Porque el problema no es de dónde se copia. Es qué se copia. Y lo que se copia, en todos los casos, es una respuesta: prohibir o no, a qué edad, cómo verificar; a una pregunta que nadie se hizo: ¿Qué le pasa a un niño, como ser vivo, cuando su cuerpo se acopla a un sistema diseñado para capturar su atención?
Se discute la edad, la verificación, el alcance (superficialidades). Todas son preguntas sobre el instrumento; ninguna es sobre el niño. La ley se ocupa de la puerta, del horario, del dispositivo: de todo lo que rodea al niño, menos del niño. Se queda en la superficie -lo que se puede contar- y deja afuera lo único que importa, que es el ser humano que vive del otro lado de la pantalla. Y esa no es una omisión de detalle: es la razón por la que estas leyes fallan antes de nacer. Observo que el mundo en general ha dejado fuera lo humano, casi sin darse cuenta. El mundo actual, en el mayor bienestar económico de la historia, reconoce su malestar y dice no saber de qué se trata. Aprendió a nombrar cada dimensión de la persona: el género (ejemplo de fragmentación), la identidad, el dato y en esa lista minuciosa se le perdió el humano entero, el ser vivo, el desconocimiento del fundamento que las sostiene a todas. ¿Para qué aprender eso? me dicen algunos, no es útil, no sirve de nada. ¿Será que el humano es su propio punto ciego?
Un niño no es un usuario más chico. Ver a los niños como usuarios demuestra no saber ni qué es un humano, ni en qué espacio opera su conducta, ni cuál es su deriva natural en su crianza con el contexto en el que habita. Y desde esa mirada se hacen leyes sin el fundamento de la naturaleza de lo que se habla. Esta es la demostración que se ve al niño como un objeto/usuario y no en su multidimensionalidad, multisensorialidad y complejidad humana. Debemos recordar que el saber se ve en el hacer.
Los niños son organismos VIVOS en plena transformación, cuyo sistema de atención, lo que decide, qué le importa y qué lo engancha, se está formando justo en la edad en que la plataforma lo agarra. Y acá está lo que la ley no ve: en un ser vivo, cuya emoción es lo fundante de la acción, antes de que el chico “decida” abrir la app, su cuerpo ya está dispuesto a abrirla. El “diseño adictivo” del que todos hablan no es una metáfora: es un medio construido para acoplarse a ese organismo en formación y moldearlo desde el eslabón que ninguna encuesta alcanza. Regular eso sin una teoría del humano como ser vivo que es en el mundo en el que habita, una teoría de qué es ese organismo, es como diseñar un avión sin preguntarse qué es la gravedad (la teoría es una hipótesis demostrada). Se le ponen alas, motores, reglamentos. No vuela.
Dicho en simple. La plataforma es la piedra; el niño, su cuerpo, su edad, su momento, es el vidrio. Tiren una piedra contra un vidrio: si es común se rompe, si es templado rebota. Lo que pasa no lo decide la piedra, lo decide el vidrio que la recibe. Medir con precisión la piedra, verificar edades, contar horas de pantalla, y no mirar el vidrio es medir con rigor lo que no produce el daño. No es una intuición aislada. En The Blind Spot (MIT Press, 2024), el astrofísico Adam Frank, el físico teórico Marcelo Gleiser y el filósofo Evan Thompson sostienen que la ciencia moderna arrastra un punto ciego: se olvidó de que toda medición parte de una experiencia humana, de que antes de cualquier dato existe alguien que vive y experimenta el mundo en el que habita. Por fin alguien lo dice con todas las letras: el humano que la ciencia había borrado de sus cuentas no es un dato más, es el punto ciego. Y ese mismo humano borrado es el que estas leyes vuelven a dejar afuera: la ciencia lo excluyó de la medición, la norma lo excluye de la protección. El libro nombra el problema con lucidez. Pero se queda ahí, en el diagnóstico: señala que la experiencia no se puede borrar de la ciencia, sin decir cómo se la observa. Y esa es, exactamente, la distancia entre lamentar el punto ciego y aprender a mirar lo que oculta (para quien quiera verificarlo: https://direct.mit.edu/books/book/5740/The-Blind-SpotWhy-Science-Cannot-Ignore-Human)
Debemos destacar que esa idea no le llegó al MIT desde afuera. Salió del propio MIT. A fines de los años cincuenta, un joven biólogo chileno, Humberto Maturana, trabajaba en el Laboratorio de electrónica del MIT cuando firmó uno de los papers más célebres de la neurociencia “What the Frog’s Eye Tells the Frog’s Brain”, 1959, que mostró algo decisivo: el ojo no le manda al cerebro una copia del mundo, sino una construcción ya interpretada. El observador no registra la realidad: la construye. De ahí nació toda su Biología del Conocer, que años después escribiría con Francisco Varela en El árbol del conocimiento (1984), un libro que surgió en Chile, por encargo de la OEA. Por cierto, lo trataron de relativista y lo marginaron durante décadas -es curioso como descubrir aspectos de la naturaleza humana puede ser tan disruptivo-. Hoy el MIT publica como revelación, lo que uno de sus propios laboratorios ayudó a descubrir hace sesenta y cinco años. Y no es casualidad: Evan Thompson, uno de los autores de The Blind Spot, escribió «La mente encarnada o The embodied mind» junto a Varela el discípulo de Maturana. La idea hizo el viaje de ida y vuelta del MIT a Chile y de Chile al mundo y recién ahora la ciencia de frontera la reconoce, sin nombrar a quienes la parieron, olvidándose además del concepto principal.
Por eso estas leyes se caen solas. El día que el Reino Unido activó la verificación de edad obligatoria, el uso de VPN, el truco que la saltea en treinta segundos, se disparó más de 1400%. Se midió la puerta, y la puerta se sorteó sola (superficialidad). El daño nunca estuvo en la entrada: está en lo que el diseño le hace, una vez adentro, a alguien que apenas se está formando.
Y hay algo que incomoda tanto a los que piden prohibir como a los que minimizan el problema (Haidt) y dicen que no hay evidencia (Odgers), a las dos partes: ni siquiera la ciencia que se invoca para justificar estas leyes está tan segura como se la presenta. El debate sobre cuánto daño hacen las redes sigue abierto, y el reproche central de los escépticos es que el campo mide mal: mide horas de pantalla y encuestas de bienestar en lugar de mirar qué le pasa de verdad al organismo. Si lo que se mide no es congruente con su naturaleza de lo que se mide, ¿Qué estamos midiendo? Peor todavía: los chicos a los que estas leyes van a prohibir ni siquiera están estudiados. Se legisla sobre ellos sin haberlos observado, y se cree que el debate está cerrado, con más prohibiciones, un debate que su propia ciencia no resolvió, porque lo plantearon mal desde el principio. Preguntaron cuánto daña la pantalla en vez de preguntar qué le pasa al que la vive. ¿Exclusión u omisión del humano una vez más?
Estoy a favor de proteger la infancia, y por eso mismo exijo que se haga sobre algo real. El delgado hilo entre proteger y apretar la plasticidad conductual bajo el control del otro, que trae más malestar que bienestar, es demasiado fino y requiere de más cuidado. La discusión uruguaya aún no puso sobre la mesa que medir al niño se puede. No es una utopía, y no es vigilarlo. No se trata de espiarle la pantalla ni de pedirle los datos a todo el mundo: eso es, otra vez, quedarse en la superficie, medir la puerta. Se trata de leer la huella que el diseño deja en el organismo: si no duerme bien por estar con pantallas, si desplaza el juego y el encuentro con otros, si lo desregula cuando se lo desconecta. Esa huella existe, se puede observar, y es de la plataforma, no del niño. La herramienta para hacerlo no es ciencia ficción: es cuestión de decidir mirar el lado correcto del impacto. No es mirar donde hay luz, es mirar donde suceden los hechos. Y no es volver a medir lo mismo con otro nombre. Contar horas o preguntar por el bienestar mide el estímulo y la opinión que el chico tiene de sí; ver si duerme, si juega, si se desregula al desconectarlo, mide la conducta del organismo, que no se declara: se observa. Por primera vez lo que se mide es congruente con la naturaleza de lo que se mide, un ser vivo, y no una cifra sobre la puerta.
Existe también un costo que rara vez se nombra: cuando la regulación se construye sobre la superficie, tiende a ampliar el poder del Estado sobre los contenidos de forma más rápida de lo que protege a las personas. Organizaciones de libertad de expresión Cainfo, Observacom, la Sociedad Interamericana de Prensa ya lo advirtieron sobre otras iniciativas del mismo signo. Una ley que no alcanza a cuidar al niño puede, sin embargo, alcanzar muy bien para otras cosas. Ver CIVICUS Monitor https://monitor.civicus.org/explore/un-controvertido-proyecto-de-ley-de-medios-aprobado-por-el-senado-suscita-preocupacion-por-la-libertad-de-expresion/ y https://latamjournalismreview.org/es/articles/diputados-oficialistas-uruguayos-buscan-penalizar-la-creacion-y-difusion-de-noticias-falsas-durante-campanas-electorales/
La pregunta que Uruguay todavía no se hizo no es con qué modelo protegemos a los chicos. Es ¿qué es un niño cuando lo protegemos? Porque una ley puede nombrar al niño en cada uno de sus artículos y no mirarlo ni una sola vez. Puede anunciarse, aplaudirse y hasta votarse por unanimidad. Y ahí conviene detenerse, porque esa unanimidad se exhibe como su mayor virtud cuando es su síntoma más revelador: ningún partido quedó afuera, los mismos que legislan conducen la consulta, y en todo el arco no hay una sola voz que discuta el punto de partida. Y hay un gesto más, anterior incluso a la ley: se la empieza a respaldar con grandes autoridades, la Constitución, la palabra de la Iglesia, para que discutirla parezca casi una falta de respeto. Apoyarse en todo eso para sostener la agenda es, otra vez, hablar de todo lo que rodea al niño menos del niño. Pero un punto ciego no es lo que alguien esconde; es lo que nadie ve porque todos miran hacia el mismo lado. Cuando cada partido mira el instrumento, la edad, la puerta, el dispositivo, y ninguno mira al niño, la unanimidad deja de ser acuerdo y pasa a ser el punto ciego vuelto institución. Lo que no va a poder es proteger, porque estará mirando la piedra mientras el vidrio, en silencio, se hace añicos.
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Y mientras se discute cómo cuidar a los niños de las pantallas, el sistema no alcanza a cuidarlos del daño más grave y más silencioso: el abuso sexual, que casi siempre ocurre dentro del propio entorno familiar. El que ocurre en el vínculo cercano y el que se cuela por la pantalla son formas distintas de una misma herida. En Uruguay, apenas el 18,5% de los casos denunciados de explotación sexual infantil en entornos digitales termina en condena; una experta de la ONU advirtió que la lentitud de las investigaciones alimenta la impunidad. Esa cifra no mide el abuso que pasa en la casa, pero delata la misma lógica: el daño que vive dentro de un vínculo no deja rastro contable. El patrón es el mismo que atraviesa toda esta nota: el sufrimiento es máximo y la huella que el sistema sabe medir es mínima. Se exige probar en el expediente lo que ocurrió en el silencio de un vínculo, y lo que no se puede demostrar, para el Estado, casi no existió. ¿Se puede hablar de cuidar a los niños con esta impunidad?
Ver Prensa Latina, sobre el informe de condenas: (https://www.prensa-latina.cu/2025/12/17/bajas-condenas-en-uruguay-a-explotacion-sexual-infantil-y-adolescente/); OHCHR, advertencia de la experta de la ONU (https://www.ohchr.org/es/media-advisories/2023/05/un-expert-urges-uruguay-do-more-protect-children-sexual-exploitation-and); y UNICEF Uruguay, caracterización del abuso (https://www.unicef.org/uruguay/infancia-en-datos/protecci%C3%B3n/Caracterizaci%C3%B3n-del-abuso-sexual-hacia-ni%C3%B1as-ni%C3%B1os-y-adolescentes-en-Uruguay)
