Caso Jonathan correa

Caso Jonathan, cuando el debate protege relatos 

Jonathan murió , 14 advertencias y un relato que prefiere no mirar a la madre ni a la abuela.
Lic. Silvana Giachero – Psicóloga Forense
El asesinato del niño Jonatan a manos de su padre no es solo un crimen brutal. Es también la historia de un sistema que falló muchas veces antes del golpe final.
Según se ha informado públicamente, existían al menos 14 denuncias previas por maltrato. Catorce advertencias de que ese niño estaba en peligro.
Y, sin embargo, nadie logró protegerlo.
Cuando ocurre una tragedia de este tipo, la reacción social suele buscar un único responsable: quien da el golpe final.
En este caso, el agresor directo: el padre.
Pero si realmente queremos entender lo ocurrido —y evitar que vuelva a pasar— debemos mirar algo mucho más amplio: la cadena completa de responsabilidades que rodeaba a ese niño.
Porque Jonatan no vivía solo con su agresor, había adultos que sabían, había nfamiliares cercanos.
Y hay preguntas incómodas que casi no aparecen en el debate público:
¿Dónde estaba la madre?
¿Dónde estaba la abuela?
También había instituciones.
Había centros educativos.
Había denuncias formales.
Y aun así, el maltrato continuó durante años.
Cuando existen 14 denuncias, ya no estamos ante un hecho inesperado.
Estamos ante un sistema de alerta que falló reiteradamente, pero también ante algo más profundo: una cadena de omisiones, porque en muchos casos de maltrato infantil grave, la violencia no aparece de forma repentina.
Es un proceso progresivo que deja señales claras:
•golpes
•miedo
•cambios conductuales
•advertencias de terceros
•denuncias reiteradas
Cuando los adultos más cercanos ven estas señales y no logran detenerlas, el niño queda atrapado en una situación de indefensión extrema.
Y aquí aparece una pregunta difícil pero necesaria:
¿Quién protegía realmente a ese niño?
Porque la protección infantil no depende solo del Estado.
Depende primero de los adultos que rodean al niño en su vida cotidiana.
Padres.
Familiares.
Entornos inmediatos.
En materia de protección infantil existe un concepto claro: omisión de protección.
Ocurre cuando adultos cercanos al niño saben o presencian la violencia y, por distintas razones, no intervienen para detenerla.
El miedo, la dependencia económica, la normalización del maltrato o los vínculos de poder pueden explicar estas omisiones, pero no las vuelven menos graves.
Para un niño, la ausencia de protección puede ser tan devastadora como la violencia misma.
Cuando un menor vive años de maltrato en un entorno donde otros adultos ven lo que ocurre y no actúan, el sistema natural de protección del niño deja de funcionar.
Y cuando ese sistema falla, el niño queda completamente indefenso.

El relato y lo que desaparece del foco

Sin embargo, hay otro fenómeno inquietante en la forma en que se narran públicamente estas tragedias.
En muchos casos de violencia extrema contra niños, el relato mediático termina concentrándose casi exclusivamente en un único actor: el agresor masculino.
Es evidente que quien ejerce la violencia directa debe responder penalmente por sus actos.
Pero cuando el análisis se detiene ahí, algo importante desaparece del foco.
Desaparece el entorno. Desaparecen las omisiones. Desaparecen las responsabilidades compartidas.
Y, curiosamente, también desaparecen del análisis otras figuras adultas que estaban allí: la madre, la abuela, el entorno familiar inmediato.
Cuando el debate se organiza dentro de marcos ideológicos rígidos, ocurre algo peligroso: la realidad se simplifica.
La violencia contra los niños deja de analizarse como un fenómeno complejo y pasa a encajar dentro de un relato predeterminado donde los hombres aparecen como agresores y las mujeres quedan automáticamente ubicadas en el lugar de las víctimas o de las figuras secundarias.
Pero la violencia contra los niños no responde a consignas ideológicas.
Responde a dinámicas familiares complejas donde pueden intervenir distintos factores:
negligencia,
omisión,
miedo,
dependencia económica,
normalización del maltrato,
incapacidad para proteger.
Reducir el análisis a una sola figura —por más culpable que sea— produce un efecto paradójico, se invisibilizan otras fallas del sistema de protección del niño.
Y cuando esas fallas no se analizan, tampoco se corrigen.
Esto no significa distribuir culpas de forma indiscriminada, significa reconocer algo fundamental en materia de protección infantil, que cuando un niño sufre maltrato durante años, casi siempre hay múltiples adultos que, por acción u omisión, no lograron detenerlo.
Negar esa realidad no protege a nadie.
Lo único que logra es impedir que comprendamos por qué estas tragedias se repiten.
Y mientras el debate siga organizado para proteger relatos ideológicos en lugar de enfrentar la realidad completa, el resultado será siempre el mismo:
los niños vuelven a quedar solos.
Jonathan no necesitaba consignas. Necesitaba protección.
Cuando un niño muere después de 14 advertencias, el problema ya no es solo un agresor, es una sociedad que prefirió mirar una parte de la historia y callar el resto.
A veces me pregunto qué nos está pasando.
Porque cuando la realidad debe adaptarse a una narrativa ideológica, algo muy profundo empieza a romperse.
Lo más grave es que, en ese proceso, los niños desaparecen del centro del problema, y cuando el debate protege relatos adultos, los niños vuelven a quedar solos.
Hay algo profundamente inquietante en la forma en que estamos narrando estas tragedias.
Cuando el análisis se organiza desde una lógica ideológica que divide el mundo entre hombres agresores y mujeres víctimas, la realidad deja de poder verse completa.
En ese marco, figuras como la madre o la abuela —adultos que también tenían la responsabilidad de proteger al niño— desaparecen del análisis público. No se las menciona, no se las interroga, no se las coloca dentro de la cadena de responsabilidades.
Pero la protección infantil no puede depender de relatos ideológicos.
Un niño necesita adultos que lo protejan, sin importar su sexo y cuando esos adultos ven el maltrato pero no actúan la omisión también forma parte del problema.
Si el debate público solo se permite señalar a unos, y decide invisibilizar a otros, no estamos buscando comprender lo que pasó. Estamos defendiendo una narrativa.
Cuando proteger el relato importa más que proteger a los niños la sociedad entera fracasa.

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