Esta columna también podría llamarse “Cómo la oposición uruguaya aprendió a debatir el debate sin debatir nada y enredarse en su propio ombligo”, pero era demasiado larga y el Sr. Director seguro me iba a retar, por lo que volví a lo clásico. Pocas palabras de gran impacto. Pero seguramente no lo logré, en fin…
Entremos en tema.
Leí esta mañana, o lo escuche, o lo vi… a esa hora para mi todo es igual, que la oposición uruguaya quiere interpelar al Ministro del Interior por no tener un plan de seguridad. El problema -y aquí empiezo a sentir esa presión detrás del ojo izquierdo que mi terapeuta llama «reacción al absurdo institucional«- es que la oposición tampoco tiene un plan para la interpelación.
Llevan una semana entera discutiendo dónde hacerla.
No cómo. No cuándo. Dónde.
Porque si la hacen en el Senado, donde el Frente Amplio tiene mayoría, termina con una declaración de apoyo al ministro. Que es, básicamente, el equivalente parlamentario de ir a quejarte con tu jefe y que tu jefe lo llame al otro y le diga «buen trabajo, seguí así.» Si la hacen en Diputados, en cambio, podrían ganar. Pero ganar tampoco está del todo claro que sea lo que quieren, porque ganar implica responsabilidades, y las responsabilidades implican tener un plan propio, y ahí volvemos al principio.
El círculo es perfecto. Geométricamente impecable.
Bordaberry -que tiene, según él mismo, «infinita paciencia«, lo cual ya de por sí es una declaración de salud mental que yo no podría hacer ni bajo anestesia- anunció la interpelación con una metáfora deportiva: «Esta es tarjeta amarilla. Ojo que después viene la roja.» Lo dijo con una seriedad que me perturbó. Un hombre capaz de planificar tarjetas en dos colores distintos pero incapaz todavía de decidir en qué sala del Parlamento va a mostrarlas.
Entonces apareció Ojeda, del mismo partido, y frenó todo. El CEN colorado se reunió. Hubo deliberación. Hubo tensión. Hubo, según los que estuvieron, «poco margen para la conversación.» Salieron sin fecha, sin lugar, y con la promesa de dialogar con otros partidos, que es la forma adulta de decir «no sabemos qué hacer pero lo vamos a hacer juntos.»
Mientras tanto, el Ministro del Interior sigue sin plan.
Esto no es una crítica. Es casi una descripción ontológica de cómo funciona el tiempo en este país. Uruguay es un lugar donde el plan de hacer el plan puede durar más que el plan en sí. Donde la interpelación al que no tiene plan puede naufragar porque los que interpelan tampoco lo tienen. Donde la pregunta «¿en qué sala?» ocupa exactamente el mismo espacio mental que «¿qué le preguntamos?»
Mi analista me diría que esto es una proyección. Que lo que me perturba del escenario político no es el escenario político sino algo mío. Que el Partido Colorado es, en el fondo, una metáfora de mi relación con los proyectos inconclusos. Que Bordaberry soy yo cuando anuncio que voy a hacer ejercicio: con convicción, con metáforas deportivas, en el lugar equivocado.
Puede que tenga razón.
Pero yo al menos no le pido al Senado que valide mi falta de plan. O sí. Una vez le mandé un mail a mi hermana explicándole por qué no había ido a la cena de Año Nuevo y copié a mi madre. No terminó bien. Tampoco hubo declaración de apoyo.
Y entonces, para terminar de redondear el cuadro, apareció Sanguinetti. El expresidente. El hombre que lleva más décadas en la política uruguaya que algunas constituciones en vigor. Sanguinetti bajó línea: hay que hacerla en Diputados, dijo, «es un escenario mucho más favorable.» El partido escuchó con respeto. Como siempre escucha a Sanguinetti: con respeto, con atención, y luego haciendo más o menos lo que le parece. Es la relación más estable de la política uruguaya.
Hay que reconocerle al expresidente la coherencia. A sus años, sigue teniendo opinión sobre todo. Yo a su edad -si llego, lo cual dado el agua que tomamos es cada vez más incierto- espero estar en condiciones de opinar sobre el menú del almuerzo. Él opina sobre táctica parlamentaria. Hay gente que envejece y se vuelve más silenciosa. Sanguinetti envejece y se vuelve más Sanguinetti.
Lo que más me fascina de todo esto -y uso «fascina» en el sentido clínico, el que usa mi médico cuando dice «me fascina que sigas comiendo así«- es que la interpelación se quiere hacer antes de que el Ministro presente su plan. Es decir: lo van a interpelar por no tener algo que todavía no presentó. Es la lógica del juicio preventivo. De la condena anticipatoria. Del «lo voy a culpar ahora antes de que tenga la oportunidad de ser inocente.»
El ministro Negro, por su parte, recordó con una calma envidiable que hace un mes estuvo siete horas respondiendo preguntas en la comisión de seguridad del Parlamento. Siete horas. Y que Bordaberry no lo sabe porque estaba de viaje. No lo dijo con crueldad. Lo dijo con la serenidad de alguien que ha aceptado que vive en un país donde el que te interpela por no dar explicaciones estaba ausente cuando las diste.
En otro contexto, esto se llamaría ansiedad. En el Parlamento uruguayo se llama oposición responsable.
Yo entiendo la urgencia. El país tiene un problema de seguridad real, concreto, que afecta a gente de carne y hueso todas las noches. No es un problema filosófico. No es una metáfora. Es gente que tiene miedo y tiene razón de tenerlo. Eso es verdad y es grave.
Pero también es verdad que la herramienta elegida para enfrentarlo es: una interpelación sin fecha, sin sala definida, en un partido dividido, a un ministro que no tiene plan, propuesta por alguien que admitió en televisión que quiere ser ministro del Interior. Lo cual no es necesariamente malo -la ambición es honesta- pero le da al asunto una textura de audición más que de fiscalización.
«Yo lo haría mejor«, dice el que pide el micrófono. Puede ser. Pero primero habría que ver si sabe en qué sala cantar.
Cierro el diario. Me sirvo un vaso de agua. Leo que el agua de Montevideo tiene trihalometanos.
Vuelvo a abrir el diario.
Hasta la próxima, si es que hay…
