La política uruguaya tiene una obsesión que antes era patrimonio exclusivo de los faraones: dejar piedra. Los faraones construían pirámides. Los emperadores romanos levantaban acueductos y circos. Agua y circo, debió ser, en lugar de pan y circo. Los caudillos latinoamericanos inauguraban avenidas con su nombre. Y en Uruguay tenemos una versión más modesta, más montevideana, más burocrática del asunto: la compulsión de levantar anexos nuevos mientras el edificio original se va descascarando con dignidad republicana.
Ahí aparece Carolina Cosse. O como le dicen sus críticos, “La Faraona”. Un apodo injusto, porque los faraones construían en el desierto y Cosse prefiere hacerlo al lado del patrimonio arquitectónico catalogado.
La discusión ahora es por las obras en el Palacio Legislativo. O más precisamente: por el nuevo edificio anexo que se proyecta mientras el Palacio envejece con esa mezcla uruguaya de solemnidad, humedad y mantenimiento diferido. Hubo críticas, cuestionamientos y comentarios sobre costos, prioridades y decisiones arquitectónicas. Y Cosse respondió con una frase que ya merece entrar en la antología política nacional: “Palo porque bogas y si no bogas, palo”.
Tan monumental era el proyecto que varios legisladores oficialistas se enteraron por televisión. Nada más faraónico que eso. En Egipto por lo menos avisaban antes de mover los bloques de piedra.
Es una frase interesante porque resume la evolución de la política uruguaya. Antes los dirigentes defendían sus obras diciendo que eran necesarias. Ahora directamente aceptan que no importa lo que hagan: igual los van a criticar. Es un sinceramiento democrático. Una especie de nihilismo administrativo.
Pero hay algo más profundo detrás de todo esto. Los gobernantes modernos ya no quieren gestionar. Gestionar no deja legado. Nadie recuerda al jerarca que mantuvo funcionando correctamente una cañería durante quince años. En cambio, inaugurar un edificio nuevo sí deja huella. Aunque el viejo tenga goteras y los ascensores hagan ruidos compatibles con una película soviética sobre el colapso estatal.
Porque construir tiene una ventaja psicológica enorme: da sensación de trascendencia. El político mira una obra y piensa “esto queda”. Aunque después quede mal. O quede vacía. O quede conectada al edificio original -de claro estilo neoclásico- por un pasillo vidriado que parece el puente de una clínica privada.
Los faraones hacían exactamente eso. Por eso duraron tanto. Uno mira las pirámides y piensa: “Qué civilización impresionante”. Nadie se pregunta cómo estaba la recolección de residuos en Tebas o cuánto demoraba un expediente en el Ministerio de Momificación.
Y además los faraones tenían otra característica maravillosa: adoraban las inauguraciones. Ahí también Cosse está en línea con la tradición histórica. Hay políticos que cortan cintas con una felicidad que no muestran ni en el nacimiento de un hijo. El acto inaugural les genera una emoción especial. Ven una placa de bronce y sienten que están entrando en Wikipedia.
En realidad, el Palacio Legislativo ya era bastante faraónico sin necesidad de ayuda. Tiene mármoles, columnas, esculturas alegóricas, vitrales y un Salón de los Pasos Perdidos que parece diseñado específicamente para que los legisladores puedan caminar sin llegar nunca a ninguna conclusión.
Lo lógico sería pensar: “Capaz primero habría que mantener impecable el edificio histórico”. Pero eso es pensamiento administrativo, no épica política. La conservación no emociona. Nadie organiza una ceremonia para anunciar que ahora no entra agua por el techo.
En cambio, un anexo nuevo sí permite renders, maquetas, drones, conferencias de prensa y palabras como “modernización institucional”, que es una expresión elegante para decir “vamos a hacer otro edificio porque el anterior quedó viejo antes de terminar de arreglarlo”.
Después aparecen los técnicos de tránsito diciendo que “hay varias dudas”. Uruguay es así: Roma construía acueductos; nosotros discutimos durante ocho meses si una rotonda enlentece el 405.
Lo fascinante es que en Uruguay discutimos estas cosas con una pasión increíble. Hay gente capaz de pelearse por una ciclovía, una plaza o una baldosa histórica con una intensidad que no muestra ni hablando de impuestos.
Porque el uruguayo tiene una relación emocional con el espacio público. Capaz no sabe quién era el segundo en la lista de diputados que votó, pero identifica perfectamente qué árbol sacaron en 18 de Julio en 2019.
Y ahí aparece otro fenómeno: cuanto más monumental es una obra, más irresistible se vuelve el apodo. Por eso “La Faraona” prosperó tanto. En Uruguay el humor político funciona así. Si alguien pone demasiadas luces, ya parece un emperador romano. Si inaugura una fuente, automáticamente pasa a ser Luis XIV. Y si además habla en inclusivo, directamente parece una mezcla de Ramsés II con una TED Talk de urbanismo sustentable.
Igual, admitámoslo: hay algo entrañable en todo esto. Los faraones construían pirámides para desafiar el paso del tiempo. Nuestros dirigentes hacen anexos para desafiar el próximo informativo central.
La diferencia es que los egipcios tardaban veinte años en terminar una pirámide. Acá en ese tiempo todavía estamos discutiendo si el edificio nuevo combina o no con las manchas de humedad del viejo.
Hasta la próxima, si es que hay…
