Hay algo tranquilizador en la seguridad pública uruguaya. Uno puede no entender del todo qué está pasando, pero siempre hay alguien que lo explica con mucha convicción. Y si la explicación no alcanza, siempre existe la posibilidad de que la realidad se ajuste.
El otro día el ministro del Interior fue clarísimo. Lo dijo en el Parlamento, con ese tono que mezcla autoridad con fastidio pedagógico: acá no se va a liberar presos. De ninguna manera. Bajo ningún concepto. Eso es un relato. Una fantasía. Una construcción política. Un mito urbano, como el chupacabras pero con prontuario.
Y uno respira. Porque está bien que haya certezas.
Durante algunos días, sin embargo, apareció una pequeña incomodidad. Desde el propio sistema se manejaba la posibilidad de que, con esa reforma del Código del Proceso Penal, unas dos mil personas privadas de libertad pudieran acceder a la libertad anticipada.
Dos mil.
Una cifra que no llega a ser una multitud descontrolada, pero tampoco es una anécdota. Es como un recital en el Velódromo, pero con antecedentes penales.
Pero no era una contradicción. Era una mala interpretación.
Porque, como se nos explicó con paciencia institucional, el gobierno no libera a nadie. Libera la Justicia. Caso a caso. Con informes. Con evaluaciones. Con pronósticos de reinserción social. Con formularios que alguien tiene que llenar en triplicado. Pero todo eso porque el gobierno quería modificar el Código. Casi, casi, como hacerse trampas al solitario.
Es decir: nadie libera a nadie.
Simplemente, había gente que, eventualmente, podía estar.
Hasta que dejó de poder.
Porque en las últimas horas el gobierno decidió retirar ese artículo de la reforma. No porque fuera incorrecto. No porque implicara liberar presos -eso ya había quedado claro que era una fantasía, al menos para los que propusieron liberar presos- sino para evitar malas interpretaciones. Digamos…
La realidad, a veces, necesita ser editada para que se entienda mejor.
Mi psicoanalista, que no entiende nada de derecho penal pero sí de mecanismos de defensa, dice que esto ya no es negación. Es una versión más sofisticada. No es que la realidad no exista. Es que, si existe y genera confusión, se la corrige.
No es liberación.
No es descompresión.
No es salida.
Es una redacción que se retira.
Y ahí uno empieza a entender mejor cómo funcionan las cosas.
La oposición decía: van a liberar presos.
El gobierno decía: no se va a liberar a nadie.
El sistema decía: podrían salir unos dos mil.
Y ahora la realidad dice: mejor que no.
No porque alguien haya tenido razón. Sino porque, frente a la duda, siempre es preferible que la realidad coincida con el discurso.
Además, hay algo admirable en la velocidad del aprendizaje. Durante días discutimos si dos mil personas podían salir o no. Si era razonable, si era técnico, si era necesario para descomprimir el sistema.
Hoy ya no es necesario.
El problema no era el hacinamiento.
El problema era la interpretación del hacinamiento.
No era la puerta.
Era cómo se explicaba la puerta.
En Uruguay no se sueltan presos.
Se sueltan ideas.
Y algunas, cuando generan demasiado ruido, vuelven rápidamente a su celda.
Porque al final, lo importante no es lo que pasa.
Es que no parezca que está pasando.
Hasta la próxima, si es que hay… tal vez cuando vuelva ya no esté, pero no porque me hayan soltado. Sino porque estadísticamente dejé de estar.
