El inevitable derive a la uruguayidad a caballo de un porro

Uruguay legalizó la marihuana hace más de una década con un discurso épico. Se hablaba de derrotar al narcotráfico, de un modelo innovador ante el mundo, de un experimento social digno de documental europeo con música electrónica suave y sociólogos daneses diciendo “interesante”.

Y al final, como siempre, terminamos uruguayizando el asunto.

Según los nuevos datos del Ircca, el consumo legal de cannabis explotó en farmacias y clubes, mientras cae el autocultivo. Es decir: nos dieron la posibilidad de plantar nuestras propias flores, convertirnos en pequeños agricultores psicodélicos, reconectarnos con la tierra, aprender botánica, vivir una experiencia hippie-autosustentable… y dijimos: “¿No habrá alguien que me lo venda ya armado?”

Porque el uruguayo tiene una relación muy particular con el esfuerzo. Nosotros queremos la épica, sí, pero tercerizada.

Nos encanta la idea del autocultivo siempre que otro se ensucie las manos.

El país empezó imaginando ciudadanos cultivando seis plantas en el fondo de la casa, leyendo tutoriales sobre iluminación LED, humedad y floración. Una especie de Silicon Valley del porro artesanal. Pero la realidad nacional apareció rápido. El uruguayo promedio vio que había que comprar tierra, fertilizante, aprender nombres raros, controlar hongos, esperar meses… y dijo: “¿No hay una farmacia que me lo resuelva mientras compro un jarabe para la tos?”

Y ahí está la clave sociológica del asunto.

El cannabis legal terminó absorbido por la misma lógica con la que vivimos todo. Delivery, cuotas, trámites online, café en cápsulas, viandas fit y gente pagando una app para que alguien le venga a pasear el perro porque le da pereza bajar el ascensor.

Somos un país tan cómodo que hasta la rebeldía la queremos con agenda y servicio de atención al cliente.

Además, el autocultivo exige una cosa insoportable para el espíritu nacional: entusiasmo sostenido. Y el entusiasmo sostenido en Uruguay dura menos que un grupo de WhatsApp de padres del colegio sin que se peleen.

Mi psicoanalista dice que yo abandono proyectos por miedo al éxito. Mi madre dice que abandono proyectos porque soy un inútil. Entre ambos lograron que nunca más pudiera mirar una maceta con tranquilidad.

Al principio todos arrancan felices: “Voy a cultivar mi propia genética”.
Tres semanas después están preguntando si la planta “se puede quedar sola” porque se van a Colonia el fin de semana largo.

El club cannábico, en cambio, es perfecto para nuestra identidad colectiva. Uruguay ama cualquier actividad que implique una cuota mensual, una reglamentación interna y una asamblea innecesaria. El uruguayo no quiere plantar marihuana: quiere integrar una comisión directiva de algo, aunque más no sea de un club cannábico.

Y la farmacia directamente nos representa como civilización.

Porque hay algo profundamente uruguayo en comprar cannabis en el mismo lugar donde uno retira un antimicótico y pregunta si ya llegó el remedio para la presión de la abuela.

Según mi psicoanalista, el hecho de que el Estado me venda marihuana reduce mi culpa. Yo ni siquiera sabía que tenía culpa. Ahora tengo culpa y un comprobante de compra. Algo es algo.

Antes el consumidor de marihuana era presentado como un rebelde antisistema. Hoy hace fila, estampa su huella y se lleva una bolsita homologada por el Estado. Pasamos de Bob Marley a ciudadanos demasiado administrados.

Lo extraordinario es que Uruguay logró convertir incluso una droga recreativa en una experiencia administrativa.

En otros países el cannabis se asocia a libertad, contracultura o psicodelia. Acá se asocia a horarios de farmacia.

Y sinceramente, era inevitable.

Porque este país tiene un talento único para domesticar cualquier revolución. Acá hasta la transgresión termina funcionando como mutualista: sacás número, esperás sentado y cuando te llaman ya no sabés bien para qué habías ido.

Hasta la próxima, si es que hay…

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