Tres voces, una pregunta: qué es un humano
DEMOCRACIA · CONVERSACIONES · BIOLOGÍA DEL CONOCER
En los últimos días, en Contraviento, tres columnistas escribimos sobre el mismo problema desde tres lugares distintos. Sin habernos puesto de acuerdo. Sin habernos invitado al debate. La conversación ocurrió porque el medio la sostuvo. Y al leer los tres textos juntos aparece algo que conviene nombrar.
El penúltimo artículo publicado en Contraviento titulado El potencial humano que el mercado tampoco ve. Días después, mi colega Ibrahim Ferreyra publicó La respuesta de Tyler, que el medio enmarcó editorialmente como disparado por mi pieza. Y otro colega de la casa, Abel Olivera —que en redes firma como Yucayo—, escribió en su cuenta de X una crítica seria y argumentada a mi planteo.
Tres voces distintas. Tres tradiciones de pensamiento distintas. Un mismo problema en el centro. Y un medio que, en lugar de elegir un bando, sostuvo la conversación.
Esto, en el panorama uruguayo y latinoamericano actual, donde la mayoría de los espacios polariza para crecer y donde las redes habilitan también las diferencias, es una rareza que conviene nombrar antes de cualquier otra cosa. Ejercemos la democracia cuando las voces distintas pueden hablar del mismo problema sin destruirse. Y en Contraviento es lo que ocurre.
Por eso este artículo no es una réplica. Es una mirada de tender puentes al entendimiento.
Las tres voces, en sus propios términos
Antes de tender puentes, conviene escuchar bien.
Mi argumento, en su forma más concentrada, fue este: el modelo del humano con el que el management contemporáneo y buena parte del liberalismo aplicado operan —el agente racional que responde a incentivos, que elige libremente entre opciones, que entra y sale de contextos como quien cambia de proveedor— no corresponde al humano que la biología contemporánea efectivamente describe. Somos seres constituidos en relación, atravesados por una historia que nos precede, organizados como sistemas vivos cuya individualidad emerge de un tejido de vínculos que la hace posible. Por eso, decía, las decisiones de gobernanza tomadas desde el modelo equivocado producen daño previsible, aunque sus indicadores formales digan que todo está bien.
El argumento de Ibrahim Ferreyra, en su pieza sobre Tyler Durden y Fight Club, fue distinto y muy elegante. Su tesis central, tomada de Albert Hirschman, es que el problema del sujeto contemporáneo no es la falta de libertad ni la abundancia de mercado: es la falta de salida real. Cuando el exit está bloqueado y el voice es inútil, lo que queda es la violencia o la resignación. La respuesta liberal madura, dice Ferreyra, no es destruir el sistema ni resignarse a él, sino hacerlo irrelevante construyendo opciones genuinas de salida. Y agrega, en una frase que conviene leer dos veces: “irse implica perder pedazos de uno mismo, vínculos que tardaron años en armarse, rutinas que el cuerpo aprendió a habitar.”
El argumento de Abel Olivera, escrito desde su cuenta de X con la franqueza que lo caracteriza, defendió tres puntos. Primero, que nadie con formación liberal seria sostiene una visión cartesiana del mercado: el mercado no es una teoría racionalista, es lo que ocurre cuando las personas toman decisiones, muchas de ellas no conscientes. Segundo, que los sistemas de incentivos reales son mucho más complejos que la caricatura “sueldo, ascenso, precio, multa”. Y tercero, que la decisión de quedarse o irse —de un trabajo, de una ciudad, de una pareja— es siempre multivariada y, en último término, personal: cada uno decide, cada uno se hace responsable. Para ilustrarlo, dio un ejemplo propio: él mismo preferiría no vivir en Montevideo, pero pondera la oferta educativa para su hija y por eso decide quedarse. Su frase clave: “YO decido.”
Lo que aparece cuando se leen los tres juntos
Acá viene lo interesante.
Cuando leí las dos respuestas, una y otra vez, encontré algo que no esperaba: los tres estamos diciendo, desde tres lugares distintos, una versión del mismo argumento de fondo. Y lo que parecía desacuerdo se revela, en buena parte, como tres maneras de nombrar el mismo problema.
Mirá lo que dice Olivera sobre su decisión de quedarse en Montevideo. Cuando él escribe “YO decido”, no está repitiendo un eslogan liberal. Está hablando desde una experiencia vivida: la de quien efectivamente tomó decisiones de vida importantes —emigró, construyó desde cero, se la jugó, cargó con los costos— y por eso conoce en el cuerpo lo que la responsabilidad individual significa. Esa voz merece escucharse con atención particular, no porque ilustre ninguna tesis ajena, sino porque aporta una dimensión que mi propio artículo no trabajó suficientemente: sin responsabilidad individual asumida, cualquier teoría del humano se vuelve coartada para no hacerse cargo. Olivera tiene razón al insistir en eso, y la insistencia es valiosa precisamente porque viene desde la práctica, no desde el manual.
Donde mi marco aporta algo, creo, es en mostrar que ese “yo” que decide y asume nunca es un yo abstracto. Es un yo de carne, de afectos, de historia compartida con otros, de vínculos que pesan. Olivera mismo lo demuestra cuando explica su decisión: pesa la educación de su hija, su pareja, su trayectoria. Eso no debilita el “yo decido”: lo enriquece. La responsabilidad efectiva se ejerce desde un humano situado, no desde una abstracción. Y por eso conocer la biología de cómo decidimos —los vínculos que nos atraviesan, las emociones que nos disponen, la historia que cargamos— no es enemiga de la responsabilidad individual: es su mejor aliada. Solo un humano que se conoce a sí mismo en su tejido puede asumir, con verdadera libertad, lo que decide.
Olivera y yo estamos en lados distintos del mismo problema. Él, defendiendo el “yo” que asume. Yo, mostrando el “yo” que también se constituye en relación. Los dos podemos aprender del otro.
De hecho, hay dos precisiones de Olivera que conviene incorporar a este artículo. La primera: él me señaló, con razón, que mi construcción retórica sobre el liberalismo era una falacia de espantapájaros innecesaria. Y agregó algo importante: que mi argumento biológico se sostiene solo, sin necesidad de polemizar con el liberalismo. Tiene razón. La segunda precisión es más fina y merece destacarse: el liberalismo serio no presupone que el individuo sea siempre consciente de su responsabilidad; lo que hace es que la sociedad lo asuma como responsable, porque sin esa presunción no hay vida social posible. Eso no es agente racional abstracto: es un acuerdo social sobre cómo tratarnos. Y eso es una idea grande que vale la pena pensar.
Y conviene aclarar algo, porque es donde la biología del conocer mal entendida se vuelve peligrosa. Reconocer que la responsabilidad es un acuerdo social no significa que la biología la suspende. Significa lo contrario: que el acuerdo se sostiene, y al mismo tiempo, que el diseño de las condiciones donde ese acuerdo se ejerce puede ser más o menos lúcido. La biología del conocer no exime al violento de responder por su violencia. No exime al que falló de responder por su falla. Lo que hace es preguntar otra cosa, distinta y compatible: si queremos menos violencia y menos fracaso en el mundo, ¿qué sociedad efectivamente los produce, y qué intervenciones efectivamente los transforman? Castigar sin entender no produce menos violencia. Entender sin sancionar tampoco. Hacen falta las dos cosas. La responsabilidad social se sostiene en su plano. La lucidez biológica se ejerce en el suyo. Los dos planos conviven sin contradicción. Y los dos hacen mejor sociedad cuando se piensan juntos.
Mirá ahora lo que dice Ferreyra. Su tesis sobre exit/voice/loyalty es, en el fondo, una teoría sobre cómo los humanos estamos atados a vínculos que pesan, y por eso necesitamos opciones de salida que no destruyan lo que nos sostiene. Cuando él escribe que irse implica “perder pedazos de uno mismo, vínculos que tardaron años en armarse, rutinas que el cuerpo aprendió a habitar”, está usando un lenguaje notablemente cercano al mío. Está reconociendo que el costo de salida no es monetario sino biológico, exactamente lo que mi artículo planteaba. Donde él enfatiza la necesidad de construir salidas posibles, yo enfatizo la necesidad de cuidar los vínculos donde la vida humana ocurre. Pero los dos partimos del mismo reconocimiento: el humano del manual liberal-vulgar, ese sujeto sin atadura que decide entre opciones, no existe.
Y mi propio argumento, leído con generosidad, no es anti-individualista. Lo que digo es que la individualidad humana es real y valiosa y se constituye en la relación, no antes de ella. Defender al individuo significa, entonces, cuidar también la trama que lo hace posible.
Los tres estamos defendiendo al individuo real, no a la abstracción. Solo que cada uno entra al problema por una puerta distinta.
Dónde sí discrepamos, y por qué importa
No quiero forzar acuerdos donde no los hay. Las diferencias entre los tres son reales y vale la pena nombrarlas.
Olivera enfatiza la responsabilidad individual como núcleo. Tiene razón, y la razón no es teórica sino vivida. Sin responsabilidad asumida, las explicaciones sobre la dificultad de decidir se convierten fácilmente en justificaciones para no decidir. Y eso es una forma de mala fe que no le hace bien a nadie. Donde mi marco quizás puede aportar algo es en mostrar que esa responsabilidad se ejerce mejor cuando uno se conoce a sí mismo en sus propios vínculos y condiciones, no peor. Pero la insistencia en que la responsabilidad personal es central, es absolutamente correcta. Conviene escucharla.
Ferreyra enfatiza la construcción de opciones de salida como solución. Tiene razón en que las opciones efectivas de salida son una de las grandes conquistas civilizatorias. Pero hay un nivel de la cuestión que su lente no termina de capturar: las opciones de salida, por más reales que sean, no resuelven el problema del tejido. Una sociedad donde todos podemos irnos pero nadie quiere quedarse no es una sociedad libre: es una sociedad rota. La construcción de salidas tiene que ir acompañada del cuidado de los lugares donde queremos quedarnos.
Y yo enfatizo el cuidado del tejido relacional. Donde Ferreyra y Olivera podrían decirme, con razón, que el cuidado del tejido no debe transformarse en captura del individuo. Que cuidar los vínculos no puede significar negar la libertad de salir de ellos. Que la individualidad, aunque emerja de la relación, una vez constituida tiene derecho a decidir por sí misma. Y eso es absolutamente cierto. La biología del conocer bien entendida no es prisión relacional: es reconocimiento de que somos vínculo y, desde ese vínculo, libertad.
La pregunta que faltó
Si las tres voces estamos diciendo cosas tan cercanas y al mismo tiempo discrepando en énfasis tan distintos, es porque hay una pregunta de fondo que ninguno de los tres formuló explícitamente en sus artículos. Y es la pregunta que, en mi opinión, el debate público uruguayo y latinoamericano necesita poner en el centro.
¿Qué es un ser humano?
Cada uno de nosotros tiene una respuesta implícita a esa pregunta. Mi respuesta viene de la biología del conocer: somos sistemas vivos constituidos en relación, atravesados por historia, organizados como organismos únicos cuya individualidad emerge en convivencia, en la intersección de cientos de variables que producen la complejidad humana. La respuesta de Olivera, leída con atención, supone un humano libre y responsable, capaz de decidir y hacerse cargo. La respuesta de Ferreyra, leída con atención, supone un humano atado a vínculos costosos, que necesita opciones reales para no quedar capturado.
Las tres respuestas son compatibles entre sí. Pero solo aparecen como compatibles cuando la pregunta se hace en voz alta. Mientras la pregunta queda implícita, parecemos discrepar en todo, cuando en realidad estamos enfocando aspectos distintos de un mismo objeto que nadie está nombrando.
El debate público latinoamericano discute todo el tiempo medios sin acordar fines, porque no se pregunta por el humano que esos medios suponen.
Esto vale para esta conversación entre tres columnistas de Contraviento, pero también vale para las grandes discusiones contemporáneas. Cuando discutimos políticas educativas, ¿qué humano supone cada modelo? Cuando discutimos sistemas de salud, ¿qué humano están suponiendo los protocolos? Cuando diseñamos sistemas de incentivos en empresas, marcos de gobernanza en el Estado, plataformas de inteligencia artificial, métricas de desarrollo en organismos internacionales: ¿qué humano supone cada uno de esos diseños?
La mayoría de las veces, la respuesta implícita es el humano abstracto del manual: el agente racional con preferencias dadas. Este año, en la presentación de un MBA, escuché al principal de la escuela enunciarlo literalmente: “somos seres racionales y punto”. Y siguió conversando como si no acabara de decir algo enorme. Es decir: se construirá todo sobre un humano que no existe. Y la mayoría de las veces, ese humano supuesto no corresponde al humano real que esas políticas, esos sistemas, esos diseños efectivamente encuentran. Por eso fallan. Y por eso, mientras la pregunta no se haga, van a seguir fallando.
Lo que mostró Contraviento
Que Ferreyra, Olivera y yo escribamos desde tradiciones distintas y podamos descubrir, leyéndonos con atención, que estamos abordando el mismo problema desde puertas distintas, es un pequeño milagro democrático. No por nosotros tres: por el espacio que lo hace posible.
Contraviento sostuvo esta conversación sin tomar partido, sin polarizar para crecer, sin transformar el debate en cruce de chicanas. No hay cruce de chicanas porque, de fondo, no estamos enfrentados. Eso es lo que un medio serio hace en una democracia adulta. Y conviene decirlo porque cada vez es más raro. La democracia se ejerce cuando voces distintas pueden hablar del mismo problema en el mismo espacio sin destruirse. No cuando todos pensamos igual. Tampoco cuando nos peleamos. Cuando construimos, juntos, la conversación que nuestro tiempo necesita. No el diálogo, que supone dos polos enfrentados, sino la conversación: el dar vueltas juntos.
Lo que aprendí leyendo a mis colegas es que el desacuerdo, cuando se cura editorialmente y se sostiene con honestidad, es uno de los activos más valiosos de una sociedad. Más valioso que el consenso forzado. Más valioso que la trinchera identitaria. Más valioso, incluso, que tener razón.
La pregunta sobre qué es un ser humano va a seguir abierta. Tiene que seguir abierta. La modernidad la dejó huérfana, el siglo XX la sustituyó por ideologías y metodologías sin fundamento, y el siglo XXI no la ha sabido recuperar todavía. Pero al menos en estas páginas, esta semana, tres voces nos sentamos a pensarla en serio. Eso es un comienzo. Y los comienzos, cuando ocurren en buena compañía, suelen ir lejos.
Gracias a Ibrahim Ferreyra y a Abel Olivera por la lucidez y la franqueza de sus textos. Gracias a Contraviento por sostener la conversación y crear la red relacional para hacerlo posible. Y gracias a los lectores por seguirla. Esta es la democracia que nos importa: la que se escribe y se ejerce.
