Una columna de comprometido tono político

Hoy me levanté en modo político. Esto significa que mantengo intacta mi habitual capacidad de redacción, aunque al mismo tiempo considero pertinente no remitirme exactamente a lo que dije antes, en atención a los lectores y a la complejidad del momento, que como todos sabemos exige matices que, sin contradecir lo anterior, tampoco necesariamente lo confirman.

No sería leal conmigo mismo si afirmara que lo que digo hoy coincide plenamente con lo que dije ayer, pero tampoco sería correcto sostener que discrepa. En realidad, se trata de una continuidad interpretativa que, sin ser idéntica, mantiene una coherencia suficiente como para que cualquier diferencia pueda entenderse como una forma alternativa de expresar lo mismo sin que necesariamente sea lo mismo.

Es un aspecto que hoy me gustaría abordar para evitar suspicacias, muchas veces alimentadas por sobreentendidos que, si bien existen, no siempre tienen un fundamento concreto, aunque tampoco puede descartarse que en determinados contextos sí lo tengan.

Puede que esto sorprenda, e incluso que alguien discrepe, basándose en generalizaciones sobre un asunto puntual. Pero conviene recordar que las generalizaciones rara vez son completamente verdaderas, aunque tampoco sería prudente afirmar que son totalmente falsas.

En ese sentido, quisiera señalar que, si bien en algunos momentos uno tiene la certeza de que todo responde a un razonamiento influido por el conocimiento acumulado por nuestros antepasados, tampoco creo que esa sea la única forma de comprenderlo, ni necesariamente la más adecuada en todos los casos.

Por eso me gustaría profundizar en el tema, considerando que distintos sectores sociales lo mencionan como un pilar del crecimiento, sin tener siempre presentes las repercusiones que podrían convertirlo, en el futuro, en un asunto digno de nuevas discusiones.

Como decía un conocido mío cada vez que enfrentaba una disyuntiva, citando a un filósofo contemporáneo cuya frase siempre parecía aplicable a cualquier circunstancia, porque hay momentos en los que todo adquiere un cariz particular a partir de comentarios hechos al pasar, que con el tiempo cobran una relevancia que en su origen tal vez no pretendían tener.

Por ello, partiendo de la base de que no todo lo que se dice debe necesariamente tener un rumbo preciso, ni tampoco carecer totalmente de él, entiendo que no podemos decidir a la ligera. Porque las decisiones apresuradas suelen llevarnos a caminos que, como es sabido, se bifurcan hacia direcciones específicas.

Concluyendo, y con la esperanza de haber dejado claro mi punto de vista sin cerrarlo del todo, considero que no debemos aferrarnos de manera inamovible a una posición cuando los elementos de discernimiento aún no contribuyen plenamente a su pragmatismo.

Así que, estimados lectores, en esta columna ejerzo mi libre albedrío para acercarles estos matices que, estoy seguro, generarán debate precisamente porque no se oponen frontalmente a lo ya establecido, que como todos sabemos fue oportunamente considerado y refrendado.

Por eso los invito a acompañarme en esta iniciativa por una comunicación clara que evite malentendidos en la discusión de una temática que atañe al futuro de la nación. Porque hoy nos ocupan y preocupan una serie de elementos que todavía debemos ordenar, clasificar y establecer, para alcanzar un objetivo que satisfaga las necesidades de la ciudadanía y nos permita construir, entre todos, un futuro del que podamos sentirnos razonablemente orgullosos.

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