Hay algo profundamente reconfortante en Uruguay: podemos discutir durante meses, armar comisiones, convocar expertos, redactar documentos de 200 páginas y terminar exactamente donde estábamos. Es como hacer terapia durante diez años para concluir que, en el fondo, el problema eran los demás.
El reciente “diálogo social” entre el gobierno y el PIT-CNT sobre la edad de jubilación y las AFAP es, en ese sentido, una obra maestra del género. Una especie de Netflix institucional donde todos los capítulos son distintos pero el final es siempre el mismo: continuará.
La propuesta de bajar la edad de jubilación a 60 años aparece cada tanto como aparece el primo que quiere emprender un negocio con vos. Uno sabe que no dan los números, que la cosa es inviable, pero igual lo escucha, asiente, hace algún cálculo en una servilleta y promete “seguir conversando”. Porque en Uruguay nadie dice que no. Decimos “lo vamos a estudiar”.
Lo fascinante es que este tema ya fue estudiado. De hecho, fue estudiado por todos. Técnicos, políticos, sindicatos, organismos internacionales, tu cuñado, mi madre y, finalmente, por la población en general cuando se votó el referéndum sobre la reforma previsional.
Y ahí ocurrió algo extraordinario: la gente dijo “dejemos todo más o menos como está”. Que es una forma muy elegante de decir “no entendimos del todo, pero lo poco que entendimos nos dio miedo”.
Porque el sistema previsional uruguayo tiene esa cualidad: nadie lo comprende completamente, pero todos sospechamos que si lo tocás mucho, se rompe. Es como el módem de internet en los años 2000. Sabías que funcionaba, no sabías cómo, y bajo ningún concepto lo reiniciabas.
Las AFAP, por ejemplo, son una especie de Schrödinger previsional. Para algunos son la salvación, para otros el demonio, y para la mayoría son parte de ese descuento misterioso que aparece en el recibo de sueldo y que uno decide no mirar demasiado para no angustiarse.
Cada tanto aparece la idea de eliminarlas, reformarlas, limitarlas o integrarlas en un sistema más “solidario”. Y ahí empieza el ritual: informes técnicos, advertencias sobre el déficit, proyecciones a 2050, discusiones sobre la tasa de reemplazo y, finalmente, una conclusión implícita: mejor no hacer mucho lío.
El PIT-CNT propone, el gobierno escucha, el gobierno propone, el PIT-CNT escucha, y todos coinciden en que hay que seguir dialogando. El diálogo social es, en Uruguay, lo que el mate es a la vida cotidiana: algo que nunca se termina, aunque ya no tenga gusto.
Mientras tanto, el dato incómodo sigue ahí, como una mancha en la pared que nadie quiere limpiar: vivimos más años y nacen menos niños. Es decir, cada vez hay más jubilados y menos trabajadores para sostenerlos. Una ecuación simple que se resiste a cualquier relato épico.
Pero claro, la realidad tiene ese defecto: no negocia.
Entonces hacemos lo que mejor sabemos hacer: pateamos la pelota para adelante con una elegancia institucional admirable. Creamos mesas de trabajo, subcomisiones, ámbitos de intercambio. Nos reunimos, deliberamos, consensuamos y diferimos.
Mi madre, que tiene una relación bastante más honesta con la economía que todo el sistema político junto, lo explicó mejor el otro día: “Si gastás más de lo que entra, no es un sistema, es un problema”.
Yo intenté llevarle el argumento del diálogo social, la complejidad del tema, las distintas miradas. Me escuchó en silencio y después me preguntó si ya había pagado la tarjeta. No supe qué contestarle.
Tal vez ese sea el verdadero modelo previsional uruguayo: un sistema basado en la esperanza de que, llegado el momento, alguien más se haga cargo. El Estado, el mercado, las AFAP, el futuro. Siempre el futuro.
Porque si algo nos caracteriza es esa fe inquebrantable en que el tiempo arregla las cosas. Aunque, curiosamente, en este caso, el tiempo es exactamente lo que nos está complicando.
Pero no importa. Vamos a seguir dialogando. Vamos a seguir estudiando. Vamos a seguir buscando consensos.
Y, sobre todo, vamos a seguir haciendo lo que mejor nos sale: llegar a acuerdos para no cambiar nada.
Que, pensándolo bien, es una forma bastante sofisticada de estabilidad. O de negación. Todavía lo estamos analizando.
Hasta la próxima, si es que hay…
