La gente pide Bukele y el gobierno ofrece a la Tortuga Manuelita

Hay algo bastante uruguayo en ver caer una encuesta y reaccionar como quien escucha un ruido raro en el auto: bajar un poco la radio y seguir manejando igual.

El gobierno de Yamandú Orsi parece haber decidido enfrentar la caída en la aprobación con una filosofía bastante particular: si el barco se hunde lento, no hay que correr por cubierta porque además genera nerviosismo. Según contó El Observador (https://www.elobservador.com.uy/nacional/sin-volantazos-ni-cambios-ministros-orsi-busca-las-razones-fondo-revertir-la-caida-la-aprobacion-su-gestion-n6044676) en Torre Ejecutiva sienten que el presidente no tiene que “cobrar al grito” ni pegar “volantazos” por culpa de las encuestas.

Es una forma interesante de mirar la política moderna. Hoy un presidente tiene menos tiempo de gracia que un celular recién comprado. Antes un gobierno podía pasar dos años diciendo que estaba “sentando bases”. Ahora, si a los cuatro meses no lograste bajar el precio del asado, arreglar el tránsito, mejorar la seguridad y además transmitir algún tipo de esperanza espiritual, la gente ya empieza a mirar videos sobre cómo resetear de fábrica al país.

Las últimas encuestas muestran un desgaste importante. Equipos Consultores registró 27% de aprobación y 48% de desaprobación, o sea un saldo neto de -21 puntos. Factum anduvo parecido: 46% de desaprobación y también balance negativo. Y lo más incómodo para el gobierno es que la caída ya aparece incluso entre votantes propios.

Ahí aparece algo medio extraño: mucha gente frenteamplista sigue creyendo en derechos humanos, sensibilidad social y diálogo democrático… pero después mira videos de Nayib Bukele entrando a las cárceles como quien mira tutoriales japoneses para ordenar el placar. Como si quisieran un Estado garantista, pero con un pequeño accesorio autoritario para emergencias.

Es complicado. Ni siquiera sé si eso ya es una ideología o una relación tóxica.

Lo más interesante igual no son los números. Es la explicación. Desde el entorno presidencial aparece la idea de que esto no sería un problema político sino un “síntoma de época”. La gente está acelerada. Impaciente. Insatisfecha.

A mí me impresiona la velocidad con la que los gobiernos descubren teorías sociológicas cuando empiezan a caer en las encuestas. Es como esos estudiantes que desarrollan alergias exactamente el día del examen de matemática.

Además la teoría sirve para todo. Si la gente te aprueba, conectaste con la ciudadanía. Si no te aprueba, es porque la sociedad contemporánea atraviesa procesos complejos de ansiedad colectiva. Es imposible perder así.

Y hay otra cosa. Orsi llegó un poco como antídoto contra el estrés político. Después de años viendo dirigentes gritándose en televisión como vendedores de colchones usados, apareció un tipo que hablaba tranquilo, como un profesor de historia tratando de explicar la Revolución Francesa sin apurarse demasiado. Y eso daba cierto alivio.

El problema es que una cosa es votar tranquilidad y otra gobernar con la velocidad estratégica de la Manuelita saliendo de Pehuajó.

Entonces aparece la paradoja uruguaya: el gobierno piensa que la ciudadanía está demasiado ansiosa mientras la ciudadanía siente que el gobierno se mueve con la urgencia de un funcionario buscando un expediente de 1997.

Y ahí empiezan los problemas clásicos. Los ministros anuncian reformas que nadie entiende, programas que nadie vio y planes con nombres que parecen mutualistas o cooperativas de ahorro. El “Plan Más Barrio”, por ejemplo, es presentado dentro del gobierno como el “buque insignia”. Ya el hecho de tener que aclarar cuál es el buque insignia hace pensar que capaz el barco todavía sigue amarrado.

Igual lo más uruguayo de todo es esta idea de no hacer “volantazos”. Porque acá cualquier movimiento brusco se vive como un colapso institucional. Cambiás un ministro y parece que hubieran tomado el Palacio de Invierno.

Tu madre te llama:
-¿Qué pasó?
-Nada, mamá. Cambió Transporte.
-¡Dios mío! ¿Y ahora quién maneja el país?

Por eso Orsi parece apostar a una especie de paciencia zen. Esperar que la gente eventualmente entienda el plan. El problema es que vivimos en una época donde una persona se irrita si un video tarda siete segundos en cargar.

Mi psicólogo dice que la política actual genera frustración porque la gente vive sobreestimulada y quiere resultados inmediatos. Puede ser. Pero igual me gustaría entender por qué cada vez que anuncian una reforma del transporte termino esperando el ómnibus cuarenta minutos bajo lluvia horizontal.

Él anotó algo en silencio.

Creo que me desaprobó.

Hasta la próxima, si es que hay…

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