De la Filosofía de Belolo a la anécdota de la verga…

Hay algo profundamente injusto en ciertas discusiones intelectuales. Uno entra confiado, con el mate en la mano, pensando “voy a leer un rato”, y a los tres párrafos ya siente que está tratando de descifrar instrucciones para ensamblar un reactor nuclear soviético usando solamente un tenedor y la intuición.

En las últimas semanas, inspirados por varias notas de @Belolo22, algunos compañeros de Contraviento se sumaron al debate aportando visiones distintas, profundas, complementarias, contrapuestas, interdisciplinarias y probablemente interplanetarias también. Yo leí todo. Absolutamente todo. Y quiero ser sincero: no entendí un carajo. Ni un pedacito. Ni la introducción.

No es culpa de ellos, claramente. El problema soy yo, que tengo una formación filosófica equivalente a la de un perro mirando una licuadora. Hay gente que lee conceptos psico-tecno-humanistas y asiente en silencio, como comprendiendo los misterios del universo. Yo leo eso y mi cerebro automáticamente responde: “Sí… es un tema complejo… habrá que analizarlo” (igualito “al que te dije”). Frase comodín que sirve para cualquier situación. Inteligencia artificial, conflicto en Medio Oriente, inflación, existencialismo o por qué el fideo se pega a la olla. “Habrá que analizarlo”. Y listo. Fin del aporte académico.

Porque lo mío no es la filosofía seria. Lo mío es filosofía de bar. Filosofía de sobremesa. Filosofía dicha mientras alguien corta un salamín torcido y otro asegura, golpeando la mesa con autoridad, que antes las tormentas eran más honestas. Ahí sí me siento cómodo. Ahí puedo discutir durante cuarenta minutos la carga simbólica de las estadísticas plenipotenciarias de los escrúpulos autóctonos y quedar como un intelectual de Discovery Channel, cuando en realidad no dije absolutamente nada. Pero lo dije despacio, mirando al horizonte y usando palabras largas que como todo el mundo sabe, es el secreto de toda discusión humana desde el principio de los tiempos.

En el liceo me iba espantoso en filosofía. Y creo que ahí empezó todo.
La daba una monja italiana que además dirigía el colegio privado del pueblo. Las monjas habían llegado en los años 60, en aquella época donde la información viajaba más lento que un caracol con reuma arrastrando una heladera. A Italia les había llegado el dato de que Uruguay tenía “clima templado” y una temperatura promedio de 20 grados. Evidentemente alguien omitió aclarar que el promedio no significa que uno viva permanentemente dentro de una primavera constante.

Las pobres llegaron a fines del verano y anduvieron fenómeno. Cielito azul, alguna brisita, gente amable. Parecía un folleto turístico. Pero vino el otoño y el asunto empezó a ponerse raro. Y cuando llegó el invierno… mamita querida. El viento del sur les pegó una trompada meteorológica que casi las manda de vuelta a Roma envueltas en nylon.

Ese frío pampero no era frío. Era una entidad paranormal. Un viento que no soplaba: te afeitaba la cara como una Gillette de yelo.

La radio del pueblo tuvo que hacer una campaña para juntarles frazadas y ropa de abrigo porque las mujeres estaban a dos madrugadas de convertirse en un conjunto de estatuas bíblicas… de hielo.

Pero sobrevivieron. Fundaron el colegio. Y una de ellas terminó dándonos filosofía en el liceo.
Un día estaba explicando uno de esos ejemplos filosóficos incomprensibles que usan jardines, verjas, sombras, pozos, caballos invisibles y otros elementos que jamás nadie vio en la vida real. En un momento quiso reforzar un concepto y fue al pizarrón a escribir la palabra “verja”.
Pero confundió la J con la G.
Y escribió, gigantesco, ocupando medio pizarrón: VERGA.

La clase explotó. No había manera humana de controlar a treinta adolescentes de pueblo viendo semejante aparición mariana escrita con tiza blanca sobre fondo negro. Nos reíamos como si nos hubieran conectado directo a una garrafa de óxido nitroso. Y aclaro algo en defensa nuestra: a esa edad uno se ríe de todo. Absolutamente todo. Se cae una silla y ya hay uno llorando de risa abajo del banco.

Una de las compañeras aplicadas, indignada por nuestra falta de altura intelectual, le señaló el error con delicadeza académica. La monja quedó colorada hasta los tobillos. Un rojo tan intenso que parecía que iba a entrar en combustión espontánea.
Fue la última vez que la tuvimos de profesora.

Después vino otra docente. Una doctora. Como no había profesores en el pueblo echaban mano a quien tuviera un poquito más de preparación para instruir a la manga de indios salvajes que éramos. Eso si: muy preparada. Muy seria. Muy competente. Un espanto de aburrida.  Con ella cada clase parecía durar lo mismo que la construcción de las pirámides. Ahí terminé de asociar filosofía con sufrimiento psicológico.

Desde entonces quedé medio traumado con las cuestiones intelectuales profundas. Y sí, leo las columnas de los compañeros de Contraviento. Las leo con respeto, admiración y una sensación constante de estar intentando resolver ecuaciones usando un martillo. Porque ellos desarrollan ideas complejas, refinadas, llenas de capas y referencias, mientras yo sigo funcionando con un sistema operativo mental mucho más humilde.

El cerebro mío está diseñado para otras tareas. Identificar bizcochos frescos a veinte metros. Detectar cuándo un asado se está pasando. Encontrar el mejor asiento para dormir la siesta. Cosas concretas. Cosas simples.

Meterme voluntariamente en terrenos filosóficos demasiado profundos es peligroso. Porque la única neurona funcional que me queda trabaja bajo condiciones precarias, sin cobertura médica y cobrando en negro. Si la fuerzo demasiado leyendo esos textos, un día hace corto circuito, larga humo y me abandona.

Y sinceramente, si ya con una neurona soy bastante limitado, no quiero ni imaginar el desastre administrativo, emocional y biológico que puedo llegar a ser funcionando con un cerebro completamente vacío.

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