Finicio. ¿Qué es un humano IV?

Cuarta y última pieza de la serie ¿Qué es un humano?, iniciada el 14 de mayo en respuesta al artículo de Oscar Ventura del 15 de mayo, continuada con ¿Qué es un humano? II el 17 de mayo y ¿Qué es un humano? III el 19 de mayo. Esta pieza responde a la réplica de Ventura del 20 de mayo y cierra el intercambio. Al cierre, abre lo que sigue.

Oscar Ventura dio una respuesta robusta. Conviene reconocerlo antes de cualquier otra cosa.
En su pieza señala que el debate ya no admite más rondas sin cansar al lector, y tiene razón. Esta cuarta pieza, entonces, no es otra ronda. Es un cierre con dos responsabilidades simultáneas: responder los argumentos de fondo que él dejó sobre la mesa, y aprovechar el cierre para anunciar qué viene después.
Por eso el título: Finicio. Final del intercambio con Oscar, es el inicio de algo más grande. Es la versión de una pregunta que está rompiendo silenciosamente las costuras de la educación, la salud mental, las organizaciones y la política pública en todo el planeta. Y eso es a donde voy a llevar la conversación a partir de ahora.
Primero: el malentendido sobre categoría cerrada
Oscar me atribuye una posición que no sostengo. Dice que yo trato al humano como «categoría cerrada, definida ontológicamente por su modo de ser biológico, de modo que ninguna capacidad externa puede afectar esa definición porque está blindada por construcción». Y agrega que mi humano sería «el fin último de la creación, la obra máxima de la evolución».
La evolución para empezar no tiene intenciones, ni objetivos ni metas es simplemente una deriva natural.
Es una lectura ingeniosa pero equivocada, y la confusión nace de no distinguir entre dos cosas distintas: la forma del humano, que cambia todo el tiempo, y el modo de existir del ser vivo, que es el objeto de la biología del conocer. La forma del humano es absolutamente abierta: cambia entre individuos, entre generaciones, entre épocas, y va a seguir cambiando evolutivamente. Lo que la biología del conocer describe con precisión es el modo de existir de cualquier sistema vivo (la autopoiesis, el acoplamiento estructural, la deriva natural, la conducta, la mente), que es lo mismo en una bacteria, un roble, un perro, un humano del paleolítico, uno actual o uno transformado dentro de mil años. Mientras siga habiendo vida, ese modo seguirá operando. Si dejara de operar, lo que habría dejado de haber es vida.
Por eso la distinción de «fin último de la creación» se cae sola. Yo no digo que el humano sea fin. Digo que es sistema vivo acoplado estructuralmente en deriva natural. Y eso lo compartimos con las amebas, los robles y los chimpancés. No hay ninguna sacralización del humano en esto: hay descripción del vivir.

Segundo: la distinción de tautología
Este es el argumento más fino de Oscar.
Su objeción dice así: yo defino lenguajear como «coordinación de coordinaciones conductuales entre seres vivos, con cuerpo, emoción que antecede y deriva histórica». Y después concluyo que un LLM no lenguajea. Para Oscar, esto es tautología pura. Si por definición solo los seres vivos lenguajean, entonces decir que un LLM no lenguajea no es un hallazgo, es una declaración de principios. Es la falacia del verdadero escocés: ningún escocés le pone azúcar a la avena; ah, ¿tu tío le pone? entonces no es verdadero escocés.
La objeción está bien planteada. Y se responde, pero hay que hacerlo con precisión.
Maturana no definió lenguajear por exclusión de las máquinas. Definirlo así sería tautológico, como Oscar señala con razón. Pero la definición que Maturana sostiene es de otro tipo: la formuló por observación de qué pasa cuando dos sistemas vivos coordinan conductas en convivencia. Es una distinción que conviene desarrollar.
Cuando Maturana, en los años setenta, observó qué hace efectivamente el lenguajear humano (y el de otros mamíferos sociales, porque esto no es propiedad exclusiva del homo sapiens), encontró cinco rasgos observables:
1. Hay cuerpo, en sentido fuerte: posturas, gestos, micro-movimientos faciales, ritmo respiratorio, hormonas que cambian, temperatura corporal, sistema nervioso autónomo respondiendo en tiempo real. El lenguajear ocurre en el cuerpo, no en una cabeza separada.
2. La emoción antecede a la conducta y la posibilita. Antes de que haya palabra hay disposición corporal. Sin disposición corporal no hay coordinación posible; con otra disposición corporal, la misma palabra significa otra cosa.
3. Hay deriva histórica: cada conducta lenguajeante modifica al sistema que la realiza. Lo que decís hoy te configura mañana. No salís igual de una conversación que cuando entraste. El sistema cambia.
4. Hay riesgo recíproco: lo que el otro diga puede lastimarte, sanarte, transformarte. Y a la inversa. Cada participante apuesta su propia estructura.
5. Hay configuración mutua: los dos sistemas se van moldeando entre ellos a lo largo de la conversación y a lo largo de la historia que comparten. Lo que cada uno es depende de lo que el otro es y de lo que han sido juntos.
Esto no es definición por decreto. Es descripción de un fenómeno observable, mil veces verificable, en cualquier conversación humana real. Cualquiera puede ir a mirarlo a su propia cocina, a la cama, al trabajo, a una discusión con un hijo adolescente. Está ahí.
Ahora la pregunta clave. Cuando observamos qué pasa cuando un humano «conversa» con un LLM, ¿encontramos esos cinco rasgos? No. No están. El LLM no tiene cuerpo en el sentido fuerte; no tiene emoción que anteceda a la respuesta; no tiene deriva histórica con vos (cada vez que abrís una sesión empieza de cero, o usa un summary, que es otra cosa); no hay riesgo recíproco (al LLM no le pasa nada con lo que vos digas); no hay configuración mutua (vos te configurás con el output, pero el sistema en sí no se configura con vos, salvo en variantes muy específicas de fine-tuning que el usuario común no usa).
La conclusión «los LLM no lenguajean» no sale entonces de la definición. Sale del test empírico: observamos los cinco rasgos y vemos que no se cumplen. Eso es lo contrario de una tautología. Es una hipótesis falsable. Si alguien me muestra un sistema artificial donde los cinco rasgos sí se cumplan, tendré que revisar la conclusión y actualizaré mis saberes. La biología del conocer no se cierra a esa posibilidad; espera la evidencia.
Eso devuelve la pregunta al otro lado de la conversación. Quien quiera sostener que los LLM lenguajean tendría que mostrar dónde están esos cinco rasgos en un LLM. No comportamiento «como si»: rasgos observables. Ese es el test.

Tercero: la objeción del libro y la carta
Oscar trae una segunda objeción que también merece atención. Dice: si el output de un LLM es «ruido sintácticamente bien formado hasta que un humano lo recibe y lo integra a su coordinación con otros», entonces un libro o una carta también lo son. Por ende, o todo texto escrito fuera del cuerpo en presencia es sombra del lenguaje (y se cae la humanidad escrita entera), o la categoría es más permisiva de lo que el argumento necesita.
La objeción es elegante. Y nuevamente, se responde, pero con cuidado.
La distinción que sostiene la diferencia no es entre texto presente y texto ausente. Es entre origen del texto y formato del texto. Cuando vos leés una carta de Séneca escrita hace dos mil años, ese texto salió de un cuerpo vivo lenguajeando, en una historia concreta, con otros cuerpos vivos. Séneca tenía cuerpo, tenía emoción que antecedía, tenía deriva histórica con Lucilio, tenía riesgo (le costó la vida), tenía configuración mutua con la cultura romana en la que vivía. Cuando vos hoy leés esa carta, te acoplás —en diferido, pero realmente— con un humano histórico real. Estás coordinando conductas con alguien que vivió y murió hace dos mil años.
Lo mismo con un libro de Maturana, un email de tu hermana, una novela de Tolstói. El texto está delante tuyo; el cuerpo que lo produjo puede estar muerto o lejos. Pero el origen del texto es siempre un cuerpo vivo en convivencia.
Un texto de LLM no tiene ese origen. No hay un cuerpo vivo del otro lado de ese texto. Hay un patrón estadístico extraído de millones de textos previos, calculado en función de probabilidades. La diferencia con la carta de Séneca no es de presencia: es de origen. Y esa diferencia importa.
Pongámoslo en un ejemplo concreto. Cuando Maturana escribió «el amor es el dominio de las conductas relacionales a través de las cuales el otro surge como legítimo otro en convivencia con uno», esa frase salió de un humano que vivió 92 años amando, perdiendo, pensando, fallando, criando, queriendo. Cuando un LLM produce una frase parecida o incluso idéntica, sale de un cálculo sobre frases parecidas escritas antes. Las dos frases pueden ser indistinguibles en la pantalla. No son la misma cosa, porque tienen orígenes radicalmente distintos.
Que las dos cosas se parezcan tanto en la superficie es justamente lo que hace que confundirlas tenga costos reales y éste es uno de los problemas graves del mundo actual. Es como confundir una flor de papel exquisitamente bien hecha con una flor real. Las dos pueden ser bellas. Solamente una atrae polinizadores y produce frutos (hay vida y genera vida). Y si construís un ecosistema asumiendo que las flores de papel polinizan, vas a tener un problema concreto, medible, en el cuerpo de tus plantas. Y hoy se cree que la flor de papel hace bien al humano cuando golpea una de las bases fundantes de los humanos. No es lo mismo tener una conversación profunda y amable con un amigo que tenerlo con una inteligencia artificial y esa diferencia se nota en el malestar mundial y la baja salud mental. Es algo mínimo con máximas consecuencias.
La distinción no es metáfora poética. Es operativa, del mundo real.

Cuarto: sobre la distinción de hagiografía
Oscar señala que en mi pieza anterior hay un tono «muy hagiográfico y de creyente convencido», con Jesús al final, una fe interior, y un Maturana retratado como profeta. Conviene aclarar.
La mención de Jesús, el judío de Galilea, en mi pieza anterior es histórica, no religiosa. No traigo a Jesús como autoridad teológica. Lo traigo como un humano histórico concreto que dijo en su época «tu fe te salva» y describió con esas palabras lo que la biología del conocer describe hoy con otras. Es un movimiento secular sobre un texto histórico, no una profesión de fe. Que Jesús haya sido figura central de una religión posterior no convierte sus palabras concretas, en su tiempo, en propiedad de esa religión.
De Maturana: lo cité porque fue mi maestro, conversé con él efectivamente en varias ocasiones, y porque fue un biólogo experimental con trabajo de laboratorio reconocido internacionalmente, premios académicos y discípulos como Mpodozis, Letelier, Varela. No fue un místico ni un profeta. Quien lea el Maturana de los años setenta —la autopoiesis tal como aparece en «De máquinas y seres vivos», escrito con Varela— se encuentra con un biólogo en el sentido más estricto, hablando de membranas celulares, redes metabólicas, organización de los sistemas vivos. La caricatura de Maturana como gurú místico es una caricatura. Existe en algunos seguidores; no en su obra.

Quinto: la biología del conocer no es una opinión filosófica
Hasta acá respondí los argumentos de Oscar uno por uno. Pero hay algo más grande que atraviesa toda su réplica y que conviene decir con claridad, porque sin eso el lector se queda con la impresión de que estamos discutiendo dos posiciones filosóficas equivalentes.
Oscar me acusa de presentar una postura filosófica disfrazada de empirismo. Y al hacerlo, pone a la biología del conocer en pie de igualdad con su propia tesis evolutiva, como si fueran dos opiniones del mismo tipo entre las cuales el lector tendría que elegir según preferencia intelectual. Eso es lo que conviene desarmar, porque no son del mismo tipo.
La biología del conocer no es una opinión filosófica entre opiniones filosóficas. Es la respuesta científica Y SOLO ESO, a una pregunta fundacional que ninguna otra ciencia se hace pero todas presuponen: ¿qué es el observador?
Cuando un físico hace un experimento, hay un observador. Cuando un economista interpreta un dato, hay un observador. Cuando un genetista lee una secuencia de ADN, hay un observador. Cuando un neurocientífico mide ondas cerebrales, hay un observador. Cuando Razib Khan estudia selección direccional en poblaciones recientes, hay un observador. Cuando Reich y Akbari leen ADN antiguo, hay un observador. Ninguna de esas disciplinas tematiza qué clase de cosa es ese observador. Lo presuponen. Trabajan con un observador implícito, como si fuera transparente. Un punto ciego interesante por cierto.
La biología del conocer toma exactamente esa pregunta como su objeto. ¿Qué clase de sistema es el que observa? ¿Cómo conoce? ¿Cómo emerge el lenguajear? ¿Qué relación hay entre cuerpo, emoción y conducta cognitiva? ¿Qué es la mente? ¿Qué es la conducta y cuál es su fórmula? ¿Qué fenómenos tienen los humanos y cómo surgen? Y responde con cincuenta años de trabajo experimental: un ser vivo en convivencia con otros seres vivos. Esa respuesta no es metafísica. Es biología observacional, falsable, contrastable, con laboratorio detrás.
Por eso poner a la biología del conocer en pie de igualdad con la afirmación «el humano es un paso hacia un ser superior» no es solo un error táctico. Es un error de categoría. Una es la pregunta de la que cualquier ciencia depende sin saberlo. La otra es proyección filosófica disfrazada de evolución. Una se sostiene en observación de sistemas vivos. La otra se sostiene en una intuición teleológica que la biología evolutiva moderna rechaza hace décadas: la idea de que la evolución tiene dirección, que va hacia algo superior, que el humano es un paso en una escalera ascendente.
La evolución, en términos de la biología contemporánea, opera por deriva natural: cambios que ocurren cuando un sistema vivo se modifica en convivencia con su medio, sin dirección preestablecida, sin escalera, sin progreso hacia algo superior, sin metas ni objetivos ni superioridad de nada. Las especies que sobreviven en cada momento son las que están bien acopladas con su medio en ese momento. No son superiores: son contemporáneamente viables. Esto lo dice la biología evolutiva moderna en todos sus manuales, desde Stephen Jay Gould hasta hoy. Y aquí conviene una precisión sobre las fuentes que Oscar cita. Los trabajos de Reich y Akbari sobre ADN antiguo, y los estudios de selección direccional reciente, son ciencia rigurosa que documenta evolución en marcha. Eso es innegable y no lo discuto. Lo que no sale de esos papers, ni puede salir, es la conclusión de que la evolución vaya hacia un ser superior. Esa conclusión es de Razib Khan, divulgador con orientación libertario-darwinista, y es interpretación suya, no consenso evolutivo. Vale distinguir entre los papers científicos que él cita y la lectura editorial que él hace de esos papers.
La biología del conocer, en cambio, no necesita defender ninguna lectura editorial. Solo necesita mostrar qué pasa cuando se observa al observador con rigor biológico. Y lo que muestra es que el observador es un ser vivo, que vive en convivencia, que conoce viviendo, y que cuando esa convivencia se rompe, el conocer mismo se enferma.
Esto no es opinión. Es lo que la biología muestra (es intrínseco al fenómeno del conocer) cuando se atreve a hacerse su propia pregunta fundacional. Por eso prefiero no aceptar el espejo. No hago filosofía disfrazada de ciencia. Hago la ciencia que sostiene la posibilidad misma de la conversación que estamos teniendo.

Sexto: el asunto Claude
Oscar incluye en su pieza dos imágenes de detectores de IA que marcan mi texto como producido o asistido por inteligencia artificial. Dice, con generosidad explícita, que no me lo echa en cara: que su argumento es justamente que los LLM son aumentativos de la condición humana y que él los usa todos los días. Bien.
Un par de aclaraciones en orden:
1. Los detectores de IA tienen tasas de falsos positivos altísimas en textos largos y bien escritos. La literatura académica reciente lo documenta sin ambigüedad: entre 30% y 60% de falsos positivos en textos de autores humanos con prosa cuidada, vocabulario amplio y estructura clara. Los detectores no detectan IA: detectan claridad estilística. Cualquier humano que escribe con cuidado sale positivo. Universidades en Estados Unidos están retirando esos detectores de sus protocolos académicos porque acusan injustamente a estudiantes humanos. Conviene tenerlo presente antes de presentar dos capturas de pantalla como evidencia conclusiva. Además, los que me conocen dicen que hablo como escribo. Aquí notamos la diferencia entre el intercambio “epistolar” y una conversación natural mano a mano, donde queda demostrado que las suposiciones en el primer caso, aumentan. Y diré algo más… en lo humano su existencia pasa mínimamente por las palabras, incluso muchas veces las palabras quedan cortas para lo que queremos transmitir y queremos solucionar… pero este es otro capítulo sobre la complejidad humana.
2. Sobre los detectores conviene una precisión adicional, porque es importante para que el lector entienda qué clase de evidencia son esas capturas. Hay estudios serios que pasaron por estos sistemas textos clásicos enteros: la Biblia, las obras completas de Shakespeare, sonetos, fragmentos del Quijote, la Constitución de los Estados Unidos, ensayos de Borges. Todos salen marcados como «generados por IA». Estos resultados están publicados, son reproducibles, y muestran sin ambigüedad qué hacen efectivamente los detectores. No detectan inteligencia artificial. Detectan algo muy distinto: detectan calidad editorial. Cualquier texto editado con cuidado, con vocabulario amplio, sin muletillas, con estructura clara, sale como «IA». Porque los detectores se entrenaron sobre texto promedio de internet, donde el humano escribe descuidado, con errores, con repeticiones. Lo que escape de esa norma cae en el bote de la sospecha automática. Mis dos artículos sobre Cardama en contraviento.uy fueron hechos totalmente en una conversación con la inteligencia artificial y lo aclaré en los textos ya que desconocía el tema y así fueron publicados.
3. Aún si yo hubiera redactado el texto entero desde cero con Claude, el argumento lógico de Oscar es débil. Él dice: «Beatriz usa Claude, por lo tanto los humanos lenguajean con LLM, por lo tanto su tesis se contradice». Pero usar una herramienta no es lenguajear con ella. Yo uso un procesador de textos: eso no quiere decir que el procesador de textos lenguajee conmigo. Uso un diccionario, una enciclopedia, una calculadora, un corrector ortográfico, búsqueda en Google: nada de eso lenguajea. Son herramientas que integro en mi propio lenguajear con otros humanos. Que Claude sea mucho más potente que esas otras herramientas, no cambia la categoría. Es herramienta más sofisticada. No es interlocutor. A propósito mi querido colega Jorge Martínez escribió en contraviento un artículo excepcional sobre esto, altamente recomendable.
4. Sobre lo que efectivamente hago con Claude, conviene que lo aclare yo en primera persona: sí, uso Claude. Lo uso como herramienta de trabajo, igual que uso un diccionario, un procesador de textos, una base de datos académica o un motor de búsqueda. La IA es la herramienta con la que trabajo y que le da velocidad, potencia y precisión a mi investigación. He multiplicado mi productividad por 5. Las ideas y él ángulo de las ideas, las preguntas y el ángulo desde donde hago la preguntas, la creatividad y capacidad de unir temas aparentemente desconectados, la posición intelectual, el marco biológico del conocer, la arquitectura argumental, las decisiones de qué decir y qué no decir así como la ética y el nivel desde el cual elijo responder son mías. Y en este sentido, en todos estos intangibles es donde se juega el humano del futuro, sin embargo, no se ve o no se quiere ver porque occidente quedó ciego a mirarse y eligió a mirar hacia afuera. La elaboración técnica, la limpieza estilística, la búsqueda y verificación de fuentes, las hago con asistencia de IA, como decenas de miles de profesionales lo hacen hoy en diversas disciplinas: medicina, derecho, periodismo de investigación, ciencia básica, escritura académica, etc.
5. Que yo use Claude para producir mejor mis textos no contradice mi posición; la fundamenta. Porque mi tesis no es que los LLM no sirvan. Mi tesis es que los LLM son herramientas poderosas y confundirlos con interlocutores vivos tiene costos reales y acá es donde se generó un problema más que grave a nivel de humanidad que es un gran punto ciego.
6. Una cosa es usar Claude para editar un texto, algo superficial. Otra cosa es que un adolescente, joven o adulto solitario use Replika como su única compañía emocional durante seis meses. La primera situación es uso de herramienta. La segunda es sustitución de vínculo. Y esto es lo grave del mundo hoy: la sustitución del vínculo con algo no vivo que pretende sustituir uno de los cuatro elementos fundantes de lo humano (la socialidad no la sociabilidad) es como romper la cimentación que sostiene los pilares de un edificio y eso es lo que hoy en occidente se está rompiendo. Golpea de lleno a la estructura misma del ser humano (no como lo que supongo que es sino que como ser vivo que es en el mundo que hace posible esa vida) y aquí entra la biología del conocer.
7. La biología del conocer permite distinguirlas con precisión. Quien las confunde paga consecuencias medibles. Las dos capturas de pantalla que Oscar incluyó como evidencia, ahora sabemos qué dicen efectivamente: dicen que escribo cuidadosamente. Gracias por el cumplido involuntario.

Lo que recién empieza: el mundo en el que habitamos.
Esta es la última pieza del intercambio con Oscar. La conversación más grande, en cambio, recién está arrancando. Y conviene nombrar dónde voy a llevarla, porque el lector de Contraviento merece saber que esto no fue una discusión académica sobre conceptos abstractos: fue el armado del marco que ahora se va a aplicar a tres territorios concretos donde está pasando algo grave que no se nombra con precisión.
1. El primer territorio es la salud mental. Lo que está pasando con Replika, con Character AI, con los AI companions en general, no es anécdota. Es uno de los fenómenos más importantes de salud pública de la década. Los datos longitudinales 2026 muestran lo que decía la biología del conocer: más uso intensivo, más soledad, más ansiedad, más deserción de vínculos reales. Las consultas en salud mental por dependencia emocional de chatbots ya aparecen en estudios europeos y norteamericanos. Y mientras tanto, los sistemas de salud mental algorítmica —terapia por chat, apps de meditación con IA, diagnóstico predictivo— se expanden sin que casi nadie haga la pregunta biológica fundamental: ¿qué pasa en el cuerpo de un humano que recibe «atención» de un sistema sin cuerpo? Voy a entrar a ese territorio en las próximas piezas, con datos.
2. El segundo territorio son las organizaciones. Tres décadas de management basado en encuestas de clima, KPI conductuales, evaluaciones 360, gestión por objetivos, programas de cultura corporativa diseñados como ingeniería: ¿qué fue lo que efectivamente cambió? Casi nada que se sostenga. Las organizaciones más medidas del planeta tienen los niveles más altos de burnout, desafección y rotación de la historia. La explicación está exactamente donde Oscar y yo discutimos: cuando confundimos «palabras bien armadas» con «vínculo real», las métricas suben mientras la gente se rompe. Los próximos textos van a aterrizar la biología del conocer en liderazgo, cultura organizacional y productividad sostenida. No como receta. Como diagnóstico.
3. El tercer territorio es la política pública. Acá la apuesta es más grande. Las decisiones de Estado en este siglo se toman sobre percepciones plasmadas en encuestas, focus groups, modelos predictivos, simulaciones de impacto. Casi toda la maquinaria de evidencia que usan los gobiernos parte del supuesto de un humano que no existe y que no funciona como dicen que funciona. Ese supuesto está empíricamente desactualizado hace décadas. La biología del conocer, junto con la economía conductual seria (que es algo distinto del nudge banal), tiene cosas concretas que decir sobre por qué fracasan las políticas públicas en demografía, educación, seguridad, salud y todo lo demás. El caso uruguayo, que ya empecé a desarrollar con la pieza sobre Ferreyra, es apenas el primer ejemplo.
Tres territorios. Tres líneas de trabajo. Y un mismo marco operando debajo: que somos sistemas vivos que existimos en convivencia, que cuando se rompe la trama relacional el cuerpo enferma, y que las civilizaciones que no entienden esto pagan costos crecientes hasta que los costos se vuelven insoportables.
Esa es la conversación que viene. No con Oscar. Con cualquiera que quiera mirar.

Quiero terminar esta serie con un agradecimiento a Oscar Ventura. No por estar de acuerdo, porque obviamente no lo estamos. Sino por sostener cuatro rondas de un debate con altura, con argumentos genuinos, con golpes francos cuando hicieron falta y con generosidad cuando también hizo falta. Hay muy pocos lugares en el Uruguay actual donde dos personas pueden discutir y sobre todo al hacerse preguntas, durante una semana sin que la conversación se rompa en chicana, malentendidos forzados o desprecio mutuo. Oscar fue uno de esos lugares.
Gracias también a Contraviento por sostener el espacio donde esta conversación pudo ocurrir. Y gracias a los lectores que llegaron hasta acá en piezas que, ninguna de las cuatro, fue corta.
Para los lectores que vienen siguiendo la serie: no se preocupen, no va a haber una quinta pieza. Esta fue, efectivamente, finicio. Pero las consecuencias de lo discutido empiezan a desplegarse a partir de la próxima que llamaré Así está el mundo amigos si el Director me lo permite. Estoy abierta a otras opciones…
Y un comentario final, casi al pasar, sobre algo que Oscar señaló y que vale recoger. Mencionó a Jesús, el judío de Galilea, como si fuera una concesión teológica de mi parte. No lo es. Es exactamente lo opuesto. Ese hombre dijo cosas que dos mil años después la biología describe con otras palabras. Y la civilización que se construyó usando su nombre tradujo casi todo lo que él dijo en su contrario. Es la prueba más fuerte de algo que vengo sosteniendo: que Occidente lleva milenios evitando mirarse en serio. Y cada vez que un humano se atreve a hacerlo —Jesús, Maturana, quien sea— le cuesta caro. El sistema rara vez recibe bien a quien le pide mirarse.
Eso, para mí, es lo único que vale la pena seguir haciendo. Mirarse en serio. Aunque incomode. Aunque cueste.

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