Antes de entrar al núcleo del artículo tengo que hacer una precisión. Un reflejo uruguayísimo, el reflejo más uruguayo de los uruguayos, es no querer quedar mal. Ni siquiera es el positivo «quedar bien». No, es con seguridad «no querer quedar mal», suavizar las aristas, hacer más romos los filos, ponerle taquitos de goma a las puntas, terminar nuestros argumentos con la seguridad de que hicimos una contribución nula al debate, pero no nos malquistamos con nadie. Estoy seguro que mi amigo @Dannyvile y mi muy profundamente estimado pero desconocido @Caalf01 podrían escribir piezas profundamente humorísticas, ácidas y sarcásticas sobre este punto. A mí no me da para eso, mi especialidad es hacerme odiar.
Aclarado ese punto, este artículo es, como lo dice el título, una obligación de sentar posición. ¿Por qué? Porque quiero y puedo, nadie me obliga, el Dire me deja que de vez en cuando diga lo que quiera y el último artículo de Beatriz (Tres voces, una pregunta y el ejercicio democrático de Contraviento) me genera sensaciones encontradas. Así que vaya esto como un afán de clarificación, donde seguro que no voy a dejar contento a nadie, pero, como les dije, mi especialidad es hacerme odiar. Aclaro desde ya que conozco a Carlos (@yucayo), leo frecuentemente a Beatriz (@belolo22) y recientemente también cada una de las contribuciones de Ibrahim (@TurcoFerreyra). Sigo a los tres en X y ellos me siguen a mi, y los tres son prolíficos, el turco con uso extensivo de los LLM para expresar sus opiniones, Beatriz con pinceladas, y el amigo Carlos en la más pura y libertaria exuberante inteligencia humana de su tierra natal.
El artículo de marras, el de Beatriz, tiene para mí dos fallos fundamentales. Uno es que le pasa la mano por el lomo en forma exorbitante al Sr. Director (que nos debe salarios y aguinaldos desde 2023) y a este medio, Contraviento, un medio que todos sabemos nadie lee y que la prensa nacional ha acusado de acoger a señores que muestran «el efecto dañoso del embelesamiento por la tecnología en ciudadanos de edad provecta» y, alguno agregó, con causal jubilatoria, es bueno sí, pero ni calvo ni icon dos pelucas. Al efecto les recomiendo leer a mi también conocido, seguido y seguidor, @PhDenLogica que describió muy bien este asunto en el artículo Diarios en edad provecta en plena era digital.
A la desilusión que el párrafo anterior le va a causar a Beatriz, que seguramente esperaba conseguir de esta forma que el Sr. Directo se ponga al día aunque sea en maravedíes o patacones, se suma otro defecto (a mi ver) que no es venial. Beatriz intenta atar tres moscas por el rabo con las opiniones de los tres escritores, cuando en realidad esas tres personas están mostrando tres programas diferentes. La última pieza de Beatriz (donde se refiere también a su primera, que es la central) es un intento por domesticar las críticas en un esquema que, como decía más arriba, no refuta lo que se le critica sino que le disminuye sus aristas para convertirlo en una mascota divertida y suavecita.
En su primer artículo Beatriz escribe «el liberalismo se quedó con el alma individual de Platón sin el mundo de las Ideas. Y construyó al individuo abstracto: el agente racional, el contrato social, las preferencias dadas.» Esto, más allá de si uno coincide o no con esa afirmación, es una caracterización filosófica del liberalismo. Carlos, con mucha educación, le dijo que eso era un disparate (más o menos, si quieren precisión absoluta lean a los autores). La postura de Carlos, contrariamente a la de Beatriz, es ética de responsabilidad personal. Beatriz trata al liberalismo como una teoría descriptiva del ser humano. Lee a Hayek, Mises, Locke, Smith como si todos estuvieran haciendo psicología cognitiva: «así funcionan los humanos, son racionales, tienen preferencias dadas, etc.» Si esa fuera la lectura correcta, entonces mostrar que la biología contradice esa descripción derrotaría al liberalismo. La estrategia tiene sentido desde ese punto de vista, claro.
Ahí es donde Carlos se le para de punta, con su aserto de que el liberalismo es una teoría normativa de la coordinación social. El argumento de Carlos (o lo que yo entiendo de él y coincide con lo que yo pienso) se aleja totalmente de la biología o, mejor dicho, de lo que Beatriz afirma que la biología dice. El liberalismo, en mi interpretación de lo que dice Carlos, es la mejor forma en que los humanos hemos encontrado para convivir razonablemente. Así que no importa lo que es el ser humano, así Maturana tenga razón o no, sino cómo elige el ser humano relacionarse con otros, con libertad de decidir y con la exigencia de asumir lo decidido. Hay una gran diferencia entre la descripción, que es lo que hace Beatriz, y lo normativo, que es lo que hace Carlos (siempre, claro, de acuerdo a mi interpretación de lo que dicen). Hay un punto que yo agrego y es que mientras la biología, con las restricciones del entorno, describe sin duda lo que el individuo aislado es y hace, lo normativo es lo que surge cuando dos personas entran en interacción. ¿Aceptamos que la norma sea que el pescado más grande se come al más chico? ¿Aceptamos en cambio que el embajador de USA y el embajador de Uruguay tienen que ser tratados con la misma dignidad y consideración, Westfalia mediante? Esas son normas, no biología.
Por otro lado, Ibrahim, al que dejé de lado por ahora, no ataca por el lado descriptivo o normativo, sino por el lado de una teoría política austríaca de la salida pacífica (dice «La revolución que funciona no es la que destruye el sistema. Es la que lo hace opcional») y ya hemos discutido nuestras visiones opuestas a largo palzo sobre la necesidad o no de Estado (no de «este» Estado sino de uno cuallquiera, posiblemente de alta tecnología). Es claramente otro proyecto distinto y los tres autores no están diciendo aproximadamente lo mismo desde distintas esquinas, están describiendo proyectos políticos (por decirlo de alguna forma) diferentes.
En mi opinión, Beatriz es la que plantea la pregunta más profunda (¿qué es un ser humano?) pero para mí la postura más racional (justo cuando por ahí hay discusión) es la de Carlos. No conozco a ningún liberal que sostenga que el ser humano es un agente racional puro que calcula opciones desde una atalaya. El liberalismo serio, el de Hayek por ejemplo, parte de exactamente lo contrario: del reconocimiento de que el conocimiento que cada persona tiene del mundo es local, tácito, parcial, no codificable. Nadie sabe lo suficiente como para decidir por otros, ni mi madre ni el gobieerno. Esa es la base epistemológica de toda la tradición. Si el humano fuera el calculador omnisciente del manual, el liberalismo no haría falta. Bastaría con un planificador central inteligente que es lo que en la ciencia-ficción Asimov le atribuye a Univac, aunque aun así se necesitaba el voto de un sólo hombre para permitirle actuar a la computadora.
Y otra cosa con la que coincido con Carlos. No es cierto que el mercado destruye confianza o, mejor, es parcialemnte cierto. Hay destrucción creativa, a la Schumpeter o, mejor todavía, un desplazamiento de la confianza. Cada transacción honrada, cada palabra cumplida, cada producto que efectivamente hace lo que dijo que iba a hacer, refuerza la confianza social y cada incumplimiento, cada estafa, cada producto trucho, la erosiona. La confianza es capital de doble vía, se gasta y se construye en cada interacción. Algo que podemos ver en sociedades de alta confianza, como Suiza o Japón (y que es la razón principal por la que discrepo con la cantonalización de Uruguay, que le es tan cara a Carlos).
Volviendo ahora a Ibrahim. Su posición (esto lo dice Grok, y refleja bien lo que pienso que dice) es libertaria de salida, austríaca en doctrina, hirschmaniana en herramienta, y constructivo en estrategia (¡opa, opa!). Políticamente, Ibrahim está del lado de Carlos, escribe escribe que Tyler «construye exactamente lo que dice combatir: una organización jerárquica, autoritaria, con un líder carismático que piensa por todos«, y que eso es «el colectivismo más viejo del mundo, ahora con estética de contracultura«. Sin embargo, al igual que Beatriz, reconoce los costos afectivos (dice «irse implica perder pedazos de uno mismo, vínculos que tardaron años en armarse, rutinas que el cuerpo aprendió a habitar«) pero no como una posición metafísica. Es mera descripción de un hecho, como decir el cielo es azul y las nubes de tormenta son negras, es un bloqueo de la salida que racionalmente sería la más apropiada (como también es racional lo que le dice la esposa a Carlos, que básicamente es «dejá de patear contra el aguijón» y lo que Carlos pone como razón para quejarse). Pero Ibrahim agrega una cosa que Beatriz y Carlos no abordan, la posición antropológica intermedia: la trama humana es real, costosa, y voluntaria. Beatriz dice: el yo se constituye en relación, por lo tanto cuidemos el tejido. Carlos dice: el yo decide y asume, por lo tanto respetemos la responsabilidad. Ibrahim dice: las dos cosas son ciertas, y por eso hay que poder entrar y salir de las tramas voluntariamente.
En 1979, en una conferencia en Lindau, Friedrich Hayek dijo (supuestamente, porque no hay registro fidedigo de que lo hiciera) que la pregunta interesante de la economía política no es cómo son los humanos, sino qué tipo de instituciones les permiten coordinarse sin que nadie tenga que saberlo. Y esa es quizá la propuesta y la contradicción de Ibrahim. La idea es que la división política dominante (reformar el sistema versus destruirlo, mejorarlo desde adentro versus rechazarlo desde afuera) omite la opción más importante, que es hacerlo opcional. Construir alternativas, paralelas, voluntarias, donde quien quiera quedarse en lo existente pueda quedarse y quien quiera salir pueda salir sin tener que destruir nada en el camino. Pero, para mí, la pregunta es: si Hayek tiene razón y la postura de Ibrahim es austríaca in toto, ¿cómo hace la persona para salirse de un sistema en el que no sabe que está? He dicho muchas veces que yo creo que el capitalismo es biológico (y lo he explicitado con el hecho de que, al igual que con la riqueza y el dinero, comer te hace engordar y engordar te hace comer más, y que la forma de morigerarlo es poner impuestos o ir al gimnasio) pero la gente no se da cuenta en general de esto. Cuando habla de capitalismo, socialismo, etc., piensa en macro, no piensa en lo que está haciendo toda la vida con los cinco pesos que tiene en el bolsillo. Entonces ¿cómo puede abandonar el capitalismo si no sabe ni siquiera que donde vaya llevará la semilla del mismo? No me extiendo más.
Para terminar. Hay una coincidencia básica entre los tres: el humano del manual gerencial-tecnocrático, el agente racional puro que responde a estímulos simples, es una caricatura que produce malas políticas. Es difícil no estar de acuerdo con eso. Ahora bien, discrepan en qué hacer con ese diagnóstico: Beatriz quiere reemplazar la antropología subyacente (plano descriptivo, biológico), Carlos quiere defender la ética liberal sin tocar la antropología (plano normativo, ético), Ibrahim quiere rediseñar las instituciones para que la antropología no haga falta (plano institucional, de arquitectura) y hasta que se pueda prescindir de ellas mismas voluntariamente.
En mi opinión, son tres niveles distintos del mismo problema, y por eso pueden discutir creyendo que dicen lo mismo o discrepando creyendo que se enfrentan, cuando en rigor están operando en planos que rara vez se cruzan.
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