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Cómo el Islam conquistó Persia

Persia fue mucho más que la actual República Islámica de Irán. Y antes de ser musulmana, fue zoroastriana durante más de mil años, un detalle que hoy, entre titulares de ayatolás y misiles, casi nadie recuerda. Hay mil artículos y libros sobre todo el proceso, pero me pareció buen lectura para los amigos de Contraviento en un fin de semana el hacer una especie de resumen con referencias de la situación histórica que desembocó en lo que tenemos en la actualidad. Porque, entre otras cosas ¡qué poco que estudiamos Medio Oriente en las clases de historia!

Hacia el 3000 a.C. el reino de Elam ya prosperaba en el suroeste de la meseta iraní, con capital en Susa. Mundo cuneiforme, conectado con Sumer y Babilonia, Elam ocupó el suroeste de la actual meseta irania, básicamente lo que hoy son las provincias de Juzestán y Lorestán. Era (y es) una tierra con planicies aluviales en torno a los ríos Karun, Karkheh y Dez, fértiles, parecidas a Mesopotamia, y las montañas Zagros al norte y al este. Por esto los escribas sumerios la llamaban simplemente NIM: «tierras montañosas». Los propios elamitas se llamaban Haltamti (más tarde Atamti) a sí mismos. De ahí los acadios sacaron Elamtu, los persas antiguos Hujiyā, y de ese último deriva el nombre moderno de Juzestán. La Biblia, en el Génesis, hace de Elam un hijo de Sem, lo cual los emparentaba con los semitas, cosa lingüísticamente falsa, pero cultural y geográficamente coherente.

La ciudad de Susa, hoy Shush, un pueblo de unos 70.000 habitantes, fue fundada cerca del 4000 a.C. y es uno de los asentamientos urbanos continuamente habitados más antiguos del mundo. Funcionó como capital primero protoelamita y después elamita, y siglos más tarde sería una de las cuatro capitales del Imperio aqueménida. Una ciudad con cinco mil años de historia documentada. La cultura protoelamita (ca. 3200–2700 a.C.) ya producía cerámica y arte propios, y desarrolló una escritura, la protoelamita, que todavía no ha sido descifrada del todo. De ahí surgió el elamita que es una lengua aislada, aglutinante, sin parentesco demostrado con ninguna otra lengua conocida, ni semítica, ni indoeuropea, ni sumeria. Posteriormente, los aqueménidas la mantuvieron como una de las tres lenguas oficiales del imperio (junto al persa antiguo y el acadio); las inscripciones de Behistún de Darío I están escritas en las tres. Sobrevivió como lengua administrativa hasta el siglo IV a.C. y como habla popular, según el viajero árabe Istakhrī, posiblemente hasta el siglo X d.C.

Los historiadores dividen la historia elamita en tres períodos largos, de unos mil años cada uno:

  1. Elam Antiguo (ca. 2700–1600 a.C.). Comienza con la dinastía Awan, primera atestiguada. Sargón de Acad conquista Susa hacia el 2330 a.C. y los acadios dominan la región durante un par de siglos. Luego viene la dinastía Shimashki (ca. 2200–1900 a.C.), y después la dinastía Sukkalmah o de los «grandes enviados», tres siglos de relativa estabilidad. La primera mención histórica de un conflicto con Elam aparece en la Lista Real Sumeria: el rey Mebaragesi de Kish (ca. 2700 a.C.) lo derrota en lo que se considera la primera guerra registrada de la historia humana.
  2. Elam Medio (ca. 1500–1100 a.C.) es la edad de oro. Bajo Untash-Napirisha (ca. 1275–1240 a.C.) se construye el complejo religioso de Chogha Zanbil (Dur-Untash), con uno de los zigurats mejor conservados del mundo —Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 1979. Después vino Shutruk-Nakhkunte (1184–1155 a.C.), el rey-saqueador. Invadió Babilonia y se llevó como botín dos piezas históricas mayores: la estela del Código de Hammurabi y la estatua del dios Marduk. La estela de Hammurabi, encontrada en Susa por arqueólogos franceses en 1901, está hoy en el Louvre, no porque la encontraran en Babilonia, sino porque los elamitas la tenían de trofeo desde hacía tres mil años. Los saqueadores culturales no son cosa de la era moderna.
  3. Elam Tardío o Neoelamita (ca. 1100–539 a.C.). Fue un período de declive político pero no cultural, con choques constantes con Asiria. El golpe definitivo llega en el 647/646 a.C., cuando el rey asirio Asurbanipal saquea Susa con saña espectacular, arrasa templos, profana tumbas, esparce sal. Los anales asirios lo cuentan con orgullo.

Pero el imperio asirio cae poco después, y los aqueménidas, una dinastía iraní que gobernaba la antigua tierra elamita de Anshan (en la región de Fars), absorben lo que queda. Mil quinientos años después llegaron las tribus iranias, medos y persas, que terminarían fundando algo mucho más grande.

En el 550 a.C., Ciro el Grande derrotó a los medos y levantó el Imperio aqueménida, considerado por muchos historiadores la primera superpotencia de la historia. Cinco millones y medio de kilómetros cuadrados. Unos cincuenta millones de habitantes, cerca del 44% de la población mundial de la época. Con un modelo de tolerancia religiosa, satrapías, el Camino Real, una administración tan sofisticada que Alejandro Magno, cuando finalmente derribó a Darío III en el 330 a.C., copió buena parte de ella. Ciro, además, tras tomar Babilonia en el 539 a.C., autorizó a los judíos exiliados a volver a Jerusalén y reconstruir el Templo. Detalle que vale la pena recordar para entender la ironía de los ayatolás del siglo XXI y que explica la gran amistad entre Israel y Persia como concepto global.

Ciro tenía unos sesenta años cuando murió en el verano del 530 a.C., el imperio que había construido desde el 550 era ya el más grande que el mundo había visto, y él seguía empujándolo hacia adelante, en este caso hacia las estepas de Asia Central, contra una confederación nómada llamada los masagetas. Los masagetas eran un pueblo iranio emparentado con los escitas, también conocidos como Saka Tigraxauda («sakas que visten sombrero en punta»). Vivían entre el mar Caspio y el de Aral, en lo que hoy son Turkmenistán, Uzbekistán y partes de Kazajistán. Eran jinetes de élite, manejaban arco y sagaris (hacha de doble filo), cubrían sus caballos con armadura de bronce y, detalle que llamaba la atención de los griegos, eran gobernados por una reina: Tomiris (Tahm-Rayiš), «valiente» en iranio antiguo. Su marido había muerto, y ella había heredado el trono. Gente emparentada con los alanos y los hunos (otra historia para más adelante).

La fuente principal sobre todo esto es Heródoto (libro I, 205-216). El relato es así:

Ciro le ofrece matrimonio a Tomiris. Es una jugada política transparente —si ella aceptaba, le entregaba el reino sin batalla. Tomiris, que entendía perfectamente lo que pasaba, lo rechazó. Ciro entonces movilizó al ejército y cruzó el río Araxes (probablemente el Amu Daria o el Syr Daria, los historiadores discuten cuál). En la primera escaramuza usó una trampa clásica: dejó su campamento con un banquete servido y vino fuerte, fingió retirarse, y cuando un tercio del ejército masageta, comandado por Espargapises, hijo de Tomiris, atacó, los nómadas se emborracharon y fueron capturados durmiendo. Espargapises se suicidó en cautiverio. Tomiris envió un heraldo con un mensaje que se hizo célebre: «Sanguinario Ciro, no te ufanes… si con semejante brebaje has vencido a mi hijo en una celada y no midiendo las fuerzas en el campo de batalla. Devuélveme a mi hijo y vete impune… Si no, te juro por el Sol, señor de los masagetas, que te saciaré de sangre.»

Ciro ignoró el ultimátum. La batalla decisiva, librada poco después, fue según Heródoto «la más feroz de todas las que se libraron entre bárbaros«. Los masagetas vencieron. Ciro murió en el campo de batalla. Tomiris hizo buscar su cuerpo, le cortó la cabeza, la metió en un odre lleno de sangre humana y dijo: «Tú a mí, aunque estoy viva y soy tu vencedora, me mataste cuando atrapaste a mi hijo con engaño. Por eso, según te amenacé, te sacio de sangre.» Esa es la versión más famosa (tipo Game of Thrones), pero no la única. Jenofonte, en la Ciropedia (siglo IV a.C.), dice que Ciro murió tranquilo en su cama, después de tres días de enfermedad, dividiendo el reino entre sus hijos en una escena casi platónica. Ctesias habla de heridas en combate contra los derbices (otro pueblo de la región) pero hace que Ciro sobreviva lo suficiente para volver a Persia. Diodoro Sículo dice que fue capturado vivo y crucificado por los escitas. Beroso el Caldeo lo hace morir contra los dahae. El consenso académico moderno se inclina por la versión militar (Heródoto, Estrabón, Polieno, Justino, Jordanes coinciden en lo esencial), pero hay matices: la escena de la cabeza  en el odre tiene sabor legendario, y Heródoto escribió un siglo después de los hechos. Lo que parece seguro es que Ciro murió en campaña al noreste del imperio, en el verano del 530 a.C., contra nómadas iranios. Cambises II, su hijo, recuperó el cuerpo, según Heródoto, y lo enterró en Pasargada, donde su tumba sigue en pie hoy, una construcción modesta de piedra caliza que sobrevivió hasta a Alejandro (que la visitó en el 330 y, al encontrarla saqueada, ordenó restaurarla).

Tomiris es heroína nacional en Kazajistán hoy. Hay una película de 2019 que la retrata. Y en Irán, donde prefieren la versión de Jenofonte porque les molesta que el fundador del imperio muriera a manos de una mujer extranjera, la película no fue bien recibida.

Pasan ahora doscientos años. El imperio que Ciro fundó pasa por Cambises, Darío I, Jerjes, varios reyes más y para mediados del siglo IV a.C. está en pleno deterioro dinástico. Eunucos envenenadores, conspiraciones de palacio, sátrapas rebeldes. Darío III Codomano llega al trono en el 336 a.C. después de que el visir Bagoas envenenara a sus dos predecesores. Darío logró librarse de Bagoas obligándolo a beberse su propia copa envenenada, una imagen poderosa pero un mal augurio.

En el mismo año 336, en Macedonia, asesinan a Filipo II y su hijo de veinte años, Alejandro, hereda el trono y el plan paterno de invadir Persia. La excusa formal: vengar la quema de Atenas por Jerjes en el 480 a.C., 150 años antes.

Tres batallas, cuatro años, y un imperio que se cayó.

Gránico (mayo del 334 a.C.). Alejandro cruza el Helesponto con unos 35.000 hombres. Los sátrapas persas, dirigidos por el mercenario griego Memnón de Rodas, lo enfrentan en el río Gránico, en Anatolia noroccidental. Memnón había propuesto una estrategia de tierra quemada para hacer fracasar a Alejandro por logística; los sátrapas la rechazaron por orgullo. Alejandro venció en pocas horas y abrió Asia Menor.

Iso (12 de noviembre del 333 a.C.). Esta vez Darío toma el mando personalmente, con un ejército de tal vez 100.000 hombres, y maniobra para cortar las líneas de suministro de Alejandro. Lo consigue pero elige librar la batalla en la desembocadura estrecha del río Pínaro, donde su superioridad numérica no sirve. La caballería macedonia rompe el centro persa. Alejandro carga directo hacia el carro de Darío. Darío, viendo a los macedonios encima, da media vuelta y huye, dejando atrás a su madre Sisigambis, su esposa Estatira y sus dos hijas. Alejandro las captura y, contra lo que se podría esperar, las trata con cortesía real. Después de Iso, Alejandro baja a Fenicia, asedia Tiro durante siete meses (332 a.C.), entra en Egipto donde lo reciben como faraón y funda Alejandría. Darío, mientras, intenta negociar. Llega a ofrecer la mitad del imperio y la mano de su hija; Alejandro rechaza todo.

Gaugamela (1 de octubre del 331 a.C.). La definitiva. Cerca del río Bumodus, a unos 27 km al noreste de Mosul (en el actual Kurdistán iraquí). Darío reúne un ejército enorme, las cifras antiguas hablan de 250.000 hombres, los modernos lo bajan a 100.000, con bactrianos, escitas, indios, 200 carros falcados y hasta 15 elefantes. Allana el terreno para que sus carros maniobren. Alejandro tiene apenas unos 47.000 hombres. Lo que sigue se considera una obra maestra táctica. Alejandro avanza en oblicuo hacia su derecha, obligando a la caballería persa a perseguirlo y a alejarse del centro. Cuando se abre el hueco, lanza a los hetairoi —su caballería de compañeros— en formación de cuña directo contra Darío. Le tira una jabalina que mata al auriga. Darío, otra vez, huye. El ejército persa, viendo al rey escapar, se desbanda. El camino al corazón del imperio queda abierto. Babilonia se rinde sin combate (Alejandro ordena reconstruir el templo de Marduk, gesto político brillante). Susa entrega 120.000 talentos. Persépolis cae en enero del 330 a.C., y aquí la historia se ensombrece: Alejandro deja saquear la ciudad durante días y, en algún momento entre el saqueo y una borrachera prolongada, el palacio de Jerjes arde. Las versiones difieren : ¿venganza ritual por la quema de Atenas, como dice Arriano? ¿Un capricho ebrio instigado por la cortesana Tais, como cuenta Plutarco? El resultado es el mismo: la capital ceremonial del imperio aqueménida queda en ruinas.

Darío, mientras tanto, huye hacia el este intentando reorganizar resistencia. En julio del 330 a.C., cerca de las Puertas Caspias, sus propios sátrapas lo traicionan. Beso (sátrapa de Bactria), Nabarzanes (jefe de su guardia), Satibarzanes y Barsaentes lo arrestan, lo encadenan con grilletes de oro y lo arrastran en una carreta. Cuando ven que Alejandro está cerca y se acabó la huida, le clavan jabalinas y lo dejan moribundo en el camino. Un soldado macedonio encuentra el cuerpo, todavía caliente. Alejandro, según las fuentes, se conmovió. Cubrió el cadáver con su propia capa, lo envió a Persépolis para ser embalsamado y entregado a Sisigambis (que se ocupó del entierro), y se proclamó vengador legítimo de Darío. No era solo sentimiento: enterrar al rey anterior era el rito que legitimaba al sucesor, tanto en Macedonia como en Persia. Beso, mientras, se autoproclamó Gran Rey con el nombre de Artajerjes V. Alejandro lo persiguió hasta Bactria, lo capturó al año siguiente (329 a.C.), y lo hizo ejecutar al modo persa: nariz y orejas amputadas, después decapitado en Ecbatana.

Con Darío muerto y Beso ejecutado, el Imperio aqueménida, el imperio que Ciro había fundado dos siglos antes contra los medos, y que había muerto contra los masagetas, dejaba oficialmente de existir. Alejandro absorbió mucho más del imperio persa que el revés. Adoptó la proskynesis (postración ritual ante el rey), se casó con Estatira (hija de Darío), incorporó nobles persas a su corte, y acabó vistiendo trajes orientales que escandalizaban a sus generales macedonios. La conquista militar fue total, pero culturalmente Persia siguió viva y reaparecería con los partos, los sasánidas, y, mucho después, con los safávidas.

Y aquí entra algo que importa mucho para lo que vendría: la religión. El zoroastrismo, religión monoteírsta, fundado por Zaratustra hacia el segundo milenio a.C., fue ganando peso desde los aqueménidas y se volvió religión oficial bajo los sasánidas en el 224 d.C. Más de un milenio durante el cual Persia rezó a Ahura Mazda, mantuvo templos del fuego, y produjo una literatura espiritual que influyó en el judaísmo y el cristianismo más de lo que solemos admitir. Según las fuentes más serias hay 14 puntos de coincidencia. Los más sólidos académicamente son: naturaleza de la divinidad, dualismo bien-mal, personificación del mal, ángeles, espíritu del bien, creación en etapas, primera pareja humana, libre albedrío, triple ética, mesías, juicio individual, paraíso/infierno, resurrección y juicio final.

La historia continuó, por supuesto, los partos (247 a.C.–224 d.C.) frenaron a Roma en Carras, los sasánidas (224–651 d.C.) reconstruyeron el orgullo persa, llegaron hasta el Mediterráneo bajo Cosroes II, y compitieron de tú a tú con los bizantinos durante cuatro siglos. Cuando hablamos de «antigua Persia», hablamos básicamente de esto y esto fue lo que destruyó el Islam.

Y entonces llegó el Islam

Tras la muerte de Mahoma en Medina, la comunidad musulmana (umma) enfrentó una grave crisis de sucesión. Mahoma no había designado claramente un sucesor. Un grupo de líderes de los ansar (medinenses) se reunió en la sala techada de Banu Sa’ida para elegir un líder. Abu Bakr, Umar ibn al-Jattab y Abu Ubaida ibn al-Jarrah (de los muhajirun o emigrantes de La Meca) llegaron rápidamente. Tras un debate tenso, Abu Bakr fue elegido califa (sucesor) por consenso de los presentes. Este evento se conoce como la Bay’ah (juramento de lealtad) en la Saqifa. Esto marcó el nacimiento del califato: la autoridad política y religiosa pasó a un solo líder elegido entre los compañeros del Profeta. El Califato Rashidún (en árabe: al-Khilāfa ar-Rāshidūn, «los califas bien guiados») es el primer califato islámico de la historia y representa la etapa fundacional del islam político y militar. El primero de ellos, Abu Bakr entre 632 y 634 fue el que unificó Arabia y el segundo, Úmar ibn al-Jattab (634-644) fue el de la expansión masiva.

En el 633 d.C., apenas un año después de la muerte de Mahoma, los ejércitos del Califato Rashidún cruzaron la frontera. La batalla decisiva fue al-Qadisiyyah en el 636, bajo Sa’d ibn Abi Waqqas que era el tío de Mahoma. Para el 651, el último shah sasánida, Yazdegerd III, fue asesinado en Merv, dicen que por un molinero que intentaba robarle. Mil años de imperio acabaron así: con un cuchillo en una aldea perdida. Lo que vino después no fue ninguna conversión amable. Cuando Ctesifonte cayó en el 637, los palacios y archivos fueron incendiados. El comandante Sa’d preguntó al califa Úmar qué hacer con la enorme biblioteca; Úmar respondió que si los libros contradecían el Corán eran blasfemos, y si coincidían eran innecesarios. La biblioteca ardió. Las escrituras zoroástricas se quemaron sistemáticamente. Se demolieron templos del fuego y se construyeron mezquitas encima de muchos de ellos. O sea, el Islam surgió siendo la misma bazofia que es ahora.

Los zoroastrianos sobrevivientes recibieron el estatus de dhimmi («protegidos») con una jizia que los humillaba en cada cobro, algoq ue se aplicó también a los judíos y personas de otras religiones. Muchos huyeron al noroeste de la India, donde fundaron la comunidad parsi. Otros se convirtieron por agotamiento: los hijos de los conversos iban a escuelas islámicas y aprendían árabe, no avéstico. La islamización fue gradual pero implacable, empujada con presión fiscal, social, y cuando hizo falta, masacre. Los safávidas, ya en el siglo XVIII bajo el sultán Husayn, decretarían conversiones forzadas explícitas. Quien se negara, era ejecutado. Todo lo contrario a la tolerancia que tuvieron en su momento el imperio Romano, los persas o el mismo Alejandro.

Después vinieron los mongoles, 1219 con Gengis Khan, 1258 con Hulagu y la caída del califato abasí, y luego los timúridas. Tras la conquista de Tamerlán (Timur, 1370-1405) y su muerte en Samarcanda, el imperio se fragmentó. Sus descendientes mantuvieron Persia oriental —Jorasán, con Herat como capital cultural— durante todo el siglo XV. Fue una época de esplendor artístico extraordinario: la miniatura persa alcanzó su cumbre con Bihzad en la corte de Husayn Bayqara (gobernó hasta 1506). Pero políticamente los timúridas se desangraron en guerras dinásticas, y el oeste de Irán quedó en manos de dos confederaciones turcomanas rivales: los Qara Qoyunlu («Oveja Negra») y luego los Aq Qoyunlu («Oveja Blanca»). Para 1500, Persia llevaba más de 850 años sin gobierno propiamente iraní —desde la conquista árabe del siglo VII.

En 1501, un joven de catorce años llamado Ismail I —descendiente del místico kurdo Sheij Safi al-Din, líder hereditario de la orden sufí Safaviyya— entró en Tabriz al frente de los Qizilbash («cabezas rojas»), una confederación de tribus turcomanas devotas que lo veneraban casi como a un dios encarnado. Se autoproclamó Shahanshah, rey de reyes, el título que no se usaba desde los sasánidas, ochocientos cincuenta años antes. Ismail decretó el chiismo duodecimano como religión oficial obligatoria. Persia era mayoritariamente sunita en ese momento. La conversión fue todo menos pacífica, ulemas sunitas ejecutados o exiliados, tumbas profanadas, predicadores quemados vivos en los casos extremos. Importó clérigos chiitas del Líbano y Bahréin (no había suficientes en Irán) y los financió con tierras. Para mediados del siglo XVI, Irán era ya un país chiita. Esa decisión, tomada por razones políticas, para diferenciar a Persia del Imperio Otomano sunita, sigue definiendo a Irán hoy, cinco siglos después.

El choque con los otomanos llegó pronto. En agosto de 1514, batalla de Chaldirán: el sultán Selim I aplastó a los Qizilbash, cuya caballería seguía armada con arcos contra arcabuces otomanos. Ismail perdió Mesopotamia y, según las crónicas, no volvió a sonreír. Murió en 1524 a los 36 años. El cénit safávida llegó con su bisnieto Abbás I el Grande (1588-1629). Reformó el ejército con asesores ingleses (los hermanos Sherley), recuperó territorios perdidos contra otomanos y uzbekos, expulsó a los portugueses de Ormuz (1622) con ayuda inglesa, y trasladó la capital a Isfahán, transformándola en una de las ciudades más bellas del mundo —»Isfahán, la mitad del mundo», decía el dicho. Las mezquitas del Imán y de Sheij Lutfollah, la plaza Naqsh-e Jahán, los puentes sobre el Zayanderud: todo eso es safávida.

Pero después de Abbás vino la decadencia. Cortesanos eunucos, harenes, sahs débiles. En 1722, los afganos ghilzai de Mahmud Hotaki —ex súbditos rebeldes— sitiaron Isfahán durante seis meses, mataron de hambre a la ciudad y forzaron al sah Soltán Husayn a abdicar. Para una capital que había sido el centro del mundo islámico cien años antes, fue un golpe devastador. Lo que siguió fueron 75 años de anarquía que los historiadores iraníes prefieren olvidar.

Nader Sah Afshar (1736-1747) salió del caos como una flecha: jefe militar turcomano de Jorasán, expulsó a los afganos, depuso al último títere safávida y se autocoronó. Conquistó Delhi en 1739 —volvió con el Trono del Pavo Real y el diamante Koh-i-Noor (hoy en la Corona británica)—, derrotó a otomanos, uzbekos y rusos. Bajo Nader, Irán alcanzó su mayor extensión desde los sasánidas. Pero también: impuestos brutales, paranoia creciente, ceguera de su hijo (al que mandó cegar tras una conspiración), masacres preventivas. Sus propios oficiales lo asesinaron en su tienda en 1747. El imperio se desmoronó en cuestión de meses. Luego hubo un breve respiro: Karim Khan Zand (1751-1779), líder de una tribu lur del Zagros, gobernó desde Shiraz y rechazó el título de sah —prefería llamarse vakil-e ra’aya, «delegado del pueblo». Su reinado se recuerda como un oasis de justicia entre la barbarie general. Pero al morir en 1779, los Zand se mataron entre sí.

El que aprovechó el desorden fue Agha Mohammad Khan Qajar, un personaje siniestro: capturado de niño por los afsáridas, castrado por orden del sucesor de Nader, prisionero de Karim Khan durante dieciséis años. Cuando escapó, era una bola de odio acumulado. Reconquistó Irán pieza por pieza, hizo de Teherán su capital en 1786 (sigue siéndolo), exterminó a los Zand en una matanza famosa en Kerman donde mandó arrancar 20.000 ojos, y se hizo coronar sah en 1796. Lo asesinaron al año siguiente sus propios sirvientes.

Llegamos finalmente a tiempos modernos con la dinastía qajar que gobernó 130 años, y el resumen es duro: Irán perdió todo. Las guerras contra Rusia (1804-1813 y 1826-1828) terminaron con los tratados de Gulistán y Turkmanchay, que cedieron el Cáucaso entero —Georgia, Armenia, Azerbaiyán— al Imperio Ruso. Mientras, los británicos avanzaban desde el sur por el Golfo Pérsico. El siglo XIX qajar fue un humillante desfile de concesiones: petróleo a los británicos (la futura Anglo-Iranian Oil Company, después BP), tabaco, telégrafos, bancos, aduanas. La élite vivía en lujo importado mientras el país se vaciaba. La Revolución Constitucional de 1905-1911 —notable, casi olvidada— logró arrancar al sah el primer parlamento (Majlis) y una constitución, pero los rusos bombardearon el parlamento en 1908 y los británicos miraron para otro lado. En 1907, Rusia y Gran Bretaña directamente se repartieron Irán en zonas de influencia sin consultar a nadie.

Durante la Primera Guerra Mundial Irán fue, oficialmente, neutral. En la práctica fue ocupado por rusos, británicos y otomanos. Hambruna masiva. El último sah qajar, Ahmad Shah, era un veinteañero impotente que prefería pasar el tiempo en París. En 1921, un coronel de la Brigada Cosaca llamado Reza Khan —oficial de origen humilde, casi analfabeto en su juventud, pero con una voluntad de hierro— dio un golpe en Teherán con apoyo británico. Cuatro años de maniobras políticas después, en 1925 hizo que el Majlis depusiera a Ahmad Shah y se coronó él mismo como Reza Sah Pahleví. Eligió «Pahlevi» —el nombre del idioma medio-persa de los sasánidas— para evocar el Irán preislámico. Su modelo era explícitamente Atatürk. En quince años transformó Irán: ferrocarriles, carreteras, universidad de Teherán, código civil moderno, prohibición del velo en 1936 (forzosa, con policías arrancándolo en la calle), abolición de los títulos clericales, sistema judicial laico. En 1935 hizo cambiar oficialmente el nombre del país de Persia a Irán («tierra de los arios») en correspondencia internacional.

El precio: dictadura sin disimulo. Tribus aplastadas, opositores en la cárcel —entre ellos un nacionalista llamado Mohammad Mossadegh, encarcelado en 1940. Y un error fatal: simpatías abiertas con la Alemania nazi. En agosto de 1941, británicos y soviéticos invadieron Irán para asegurar las rutas de suministro a la URSS. Reza Sah fue obligado a abdicar a favor de su hijo de 21 años, Mohammad Reza Pahleví, y exiliado a Sudáfrica, donde murió en 1944. El joven sah heredó un país ocupado, hambriento, fragmentado. Sobrevivió políticamente con una mezcla de astucia diplomática y suerte. Pero el episodio que lo definió todo —y que sigue marcando las relaciones EE.UU.-Irán hoy— fue el de Mohammad Mossadegh.

Iranian Prime Minister Mohammad Mossadegh in October 1951. The CIA this week acknowledged publicly for the first time that it played a role in the coup that ousted Mossadegh.

Mossadegh, primer ministro elegido democráticamente en 1951, hizo lo impensable: nacionalizó la Anglo-Iranian Oil Company. La AIOC había estado pagando regalías ridículas a Irán durante décadas mientras se quedaba con el grueso de las ganancias. Mossadegh dijo basta. Los británicos respondieron con un boicot económico devastador y, junto con la administración Eisenhower, planificaron el golpe.

19 de agosto de 1953: la Operación Ajax (CIA) y la Operación Boot (MI6) derrocaron a Mossadegh. Multitudes pagadas en las calles, militares comprados, el sah que había huido a Roma volvió triunfante. Mossadegh fue condenado y pasó el resto de su vida en arresto domiciliario hasta morir en 1967. Fue la primera operación encubierta de la CIA para derrocar a un gobierno extranjero en tiempos de paz. Sembró un odio anti-estadounidense que rendiría frutos amargos veintiséis años después. Restablecido en el poder, el sah gobernó cada vez con menos disimulo. Creó la SAVAK en 1957 con asesoría de la CIA y el Mossad: la policía secreta que torturó, desapareció y mató a miles de opositores durante dos décadas. La oposición —desde liberales mosadeghistas hasta marxistas y, crecientemente, clérigos chiitas— fue triturada o forzada al exilio.

En 1963 lanzó la Revolución Blanca: reforma agraria, sufragio femenino, alfabetización masiva, industrialización acelerada. Reformas reales —el PIB se multiplicó, las mujeres entraron en universidades y profesiones— pero hechas desde arriba, sin consenso, y que rompieron las estructuras tradicionales rurales y enfurecieron al clero. Un ayatolá hasta entonces poco conocido llamado Ruhollah Jomeiní denunció las reformas en un sermón de junio de 1963; fue arrestado, exiliado a Turquía, después a Iraq, después a París. Desde Najaf y luego Neauphle-le-Château siguió alimentando una red de oposición religiosa que el sah subestimó hasta el último día.

En 1971 organizó las fastuosas celebraciones de los 2.500 años del Imperio Persa en Persépolis: jefes de Estado del mundo entero, banquetes preparados por Maxim’s de París, 22 millones de dólares de gasto en un país donde mucha gente seguía siendo pobre. Imagen demoledora. A finales de los 70 todo se desmoronó. Inflación, desigualdad creciente, represión visible, y una alianza opositora insólita: bazaríes religiosos, intelectuales liberales, clérigos chiitas, marxistas, todos unidos por el odio al sah. Las protestas estallaron en 1977-1978. El sah, enfermo de cáncer y indeciso —»un soberano no puede reinar sobre los cadáveres de su propio pueblo», escribió después—, dudó entre concesiones y represión. Ni una cosa ni otra funcionó.

16 de enero de 1979: Mohammad Reza Pahleví y la emperatriz Farah subieron a un avión en el aeropuerto de Teherán. La imagen del sah recogiendo un puñado de tierra iraní antes de embarcar fue su último gesto público. El piloto era él mismo. Salió del país creyendo que volvería.  No volvió jamás. Murió en El Cairo en julio de 1980, exiliado, repudiado por casi todos los gobiernos del mundo —Sadat le dio refugio in extremis.

Dos semanas después de su partida, el 1 de febrero de 1979, el ayatolá Jomeiní aterrizó en Teherán desde París en un vuelo de Air France entre multitudes oceánicas. Empezaba la República Islámica, seguía el reinado del terror, otro, pero el mismo.

Saltemos al presente

Quedamos que en 1979, el ayatolá Jomeini derroca al sah Reza Pahlevi e instaura la República Islámica. Lo que sigue son casi cinco décadas de pulso constante contra Occidente, contra Israel, y contra cualquier vecino que no se alinee.

Primer round: la guerra Irán-Irak (1980–1988). Saddam Hussein, oliendo el caos posrevolucionario, invade el 22 de septiembre de 1980. Calculaba una victoria rápida; consiguió ocho años de trincheras al estilo Primera Guerra Mundial, oleadas humanas iraníes (incluyendo niños), gas mostaza iraquí en Halabja, y al final un alto el fuego sin ganadores. Las cifras varían, pero los cálculos más serios hablan de medio millón de muertos —algunos elevan la cifra al millón. Las economías de ambos países, destrozadas. La región, nunca volvió a ser igual.

Mientras la guerra se libraba, Irán construía algo más duradero: una red de proxies. La Guardia Revolucionaria fundó Hezbolá en Líbano en 1982. Después vendrían Hamás y la Yihad Islámica en Gaza, los hutíes en Yemen, las milicias chiitas en Irak, el régimen de Asad en Siria. El llamado «Eje de la Resistencia». Una estrategia transparente: rodear a Israel con un anillo de fuego sin que Teherán tenga que disparar un tiro directo. La Fuerza Quds, brazo extraterritorial de la Guardia Revolucionaria, coordinaba todo desde la sombra.

Y golpearon lejos. En Buenos Aires, el 17 de marzo de 1992, un coche bomba destruyó la Embajada de Israel. 22 muertos, 242 heridos. Dos años después —el 18 de julio de 1994— la AMIA. 85 muertos, más de 300 heridos. El peor atentado terrorista de la historia argentina y el mayor ataque contra una comunidad judía desde la Segunda Guerra Mundial. En abril de 2024, la Cámara Federal de Casación Penal de Argentina sentenció formalmente que Irán organizó, planificó y financió el ataque, y que Hezbolá lo ejecutó. Treinta años para que la justicia argentina escribiera esa frase. El motivo, según el fallo: represalia por la decisión argentina de rescindir tres contratos de transferencia de tecnología nuclear con Teherán.

Y luego está lo nuclear. Irán firmó el Tratado de No Proliferación en 1970, pero en 2002 salieron a la luz las plantas clandestinas de Natanz y Arak. Después apareció Fordow, escondida bajo una montaña, descubierta en 2009. La AIEA denunció, las sanciones llovieron. En julio de 2015 se firmó el JCPOA con el P5+1 (EE.UU., Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania): Irán aceptaba enriquecer uranio solo al 3,67% y limitar su stock a 300 kg, a cambio del alivio de sanciones. Funcionó —hasta mayo de 2018, cuando Trump se retiró del acuerdo. Para 2023, los inspectores ya encontraban partículas de uranio enriquecido al 83,7% en Fordow. Para uso militar se necesita 90%. La distancia, mínima.

¿Y dónde estamos hoy? En 2024 Israel desmanteló buena parte de Hezbolá tras los atentados con buscas. Asad cayó a fines del mismo año. Los hutíes siguen disparando misiles al Mar Rojo. Y Trump, en su segunda presidencia, ha vuelto a poner sobre la mesa la opción militar contra las plantas iraníes.

La historia no se repite —pero rima. Persia, la Persia milenaria de Ciro y Darío, de Cosroes y Zaratustra, se volvió Irán bajo el Islam por la espada. Y hoy, bajo los ayatolás, ese mismo país que alguna vez liberó a los judíos del exilio babilónico se ha convertido en el principal patrocinador estatal del antisemitismo armado en el mundo. E Israel y USA lo están reduciendo a cenizas. Una historia tan larga, tan rica, tan jalonada de episodios sublimes y tétricos, que es imposible condensar en un artículo. Debajo les dejo algunas referencias que sirven para ampliar lo que les contaba.

Seguirá.

REFERENCIAS

Período preislámico y conquista árabe:

Guerra Irán-Irak (1980-1988):

Atentados de Buenos Aires (1992 y 1994):

Programa nuclear iraní:

Eje de la Resistencia y proxies iraníes:

Otros Artículos de Oscar N. Ventura:

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