Uruguay asistió, en la asunción de este gobierno, a lo que se nos vendió como
un hito: la llegada de la primera persona trans al Poder Ejecutivo. Collette Spinetti no era solo una funcionaria; era el símbolo viviente de una lucha, la síntesis de décadas de giras por el interior profundo, de denuncias contra la discriminación y de la promesa de una gestión con «sensibilidad social».

Hoy, con los audios de abril de 2026 sobre la mesa, el símbolo se ha hecho añicos, revelando que el traje de defensora de los Derechos Humanos le quedaba, sencillamente, enorme.
Los audios revelan que el cinismo y la impunidad se dan la mano con Collete todos los días, da escalofríos escuchar a la Secretaria de Derechos Humanos —la misma que en septiembre de 2025 gritaba «discriminación» cuando denunciaron el acomodo de su ex pareja en la repartición del Estado donde desempeña tareas— golpear la mesa con la prepotencia del patrón de estancia.
Pero lo que verdaderamente revuelve el estómago no es solo el tono; es el contenido. Quien hizo carrera denunciando el odio, hoy destila un desparpajo discriminatorio inaudito, calificando a sus propios compañeros con epítetos como «gays machirulos» o sencillamente “putos”. Esas palabras en boca de alguien “de derecha” causarían ronchas en la militancia de izquierda y pedirían la cabeza del autor de esa palabra para colgarla en mitad de una plaza como ejemplo.
Ante este escenario ¿Dónde quedó la empatía de las giras? ¿Dónde murió la solidaridad del colectivo?
La respuesta parece estar en el audio donde confiesa, con una honestidad brutal, que su silla no es fruto del mérito, sino de una «conversación en agosto con el Pacha». Esta revelación es el epitafio del activismo romántico: nos confirma que para ciertos sectores, la lucha por la igualdad no es un fin, sino una escalera mecánica hacia el presupuesto nacional. El activismo, al parecer, dura exactamente lo que tarda en firmarse la resolución de designación.
Para quienes somos homosexuales y hemos decidido, por honestidad intelectual, no participar de los «movimientos LGBT» oficialistas, este escándalo no es una sorpresa, sino la confirmación del iceberg de impunidad que venimos denunciando. Lo que vemos es una élite de la diversidad que ha convertido la vulnerabilidad en una pyme.
Usan la identidad como un ariete para asegurar cargos para sí mismos y para sus cercanos —en este caso, una ex pareja—, mientras la verdadera lucha por la igualdad queda relegada a un segundo plano, o peor, se convierte en un refugio para la mediocridad.
Collette Spinetti ha logrado algo inédito: demostrar que se puede ser la primera persona trans en el poder y, al mismo tiempo, la representante más fiel de la política del subdesarrollo. Su impunidad se alimenta del miedo de muchos a perder su trabajo si se atrevían a cuestionar su gestión. Pero hoy, los audios hablan por sí solos.
La pregunta ya no es si Collette debe irse; la pregunta es cuántos «activistas» más están esperando su turno en la fila del Piso 11 para cambiar sus ideales por un chofer, un adjunto y el derecho a golpear la mesa. La purpurina se terminó; lo que queda debajo es, simplemente, la vieja y conocida ambición podrida por el poder disfrazada de activismo y colectivos.
