A un año de la asunción de Yamandú Orsi, los pasacalles con la leyenda “El Gobierno te Mintió” aparecieron en las calles de Montevideo. Nadie los firmó, nadie los reivindicó públicamente, y eso precisamente los hace tan potentes: son la expresión cruda, anónima y privada de una parte de la ciudadanía que se siente estafada, desilusionada o simplemente harta. No son un panfleto partidario con logo y teléfono; son una idea clara, directa, que no pide permiso para existir.
Y sin embargo, la respuesta de la Intendencia de Montevideo (IM) fue sumamente previsible. Mandaron a su personal a bajarlos a prepo, a plena luz del día, con la excusa de la “normativa vigente” que prohíbe esa cartelería fuera de período electoral. Claro, una norma que existe desde hace años y que, en teoría, se aplica a todos por igual. Pero aquí viene lo que duele de verdad y lo que nadie en el oficialismo parece querer ver: esa norma se aplica con la velocidad y el rigor que conviene según quién sea el que habla.
Visto la preocupación que le causan unos pocos pasacalles, deberían aplicar el mismo criterio para otros asuntos de la ciudad. Como ciudadanos, estos hechos nos dan todo el derecho —y hasta la obligación— de exigirle a la IM que haga lo que debería hacer desde hace rato: limpiar de una vez las calles de viejos carteles electorales que siguen colgando, raspar las paredes llenas de pegatinas desteñidas, borrar grafitis que nadie pidió y barrer toda esa mugre que invade la ciudad y la hace verse más sucia, más abandonada y más descuidada de lo que ya está por naturaleza.
Sería bueno también reclamarle a la IM, y a cualquier organismo de este gobierno o del que venga después, que deje de colgar sus propios carteles de autobombo cada vez que inauguran un semáforo nuevo o una placita con dos bancos.
Si un pasacalle anónimo que dice cuatro palabras les molesta tanto que lo bajan en la con personal municipal, ¿por qué no bajan con la misma urgencia los carteles viejos de ellos mismos que siguen flameando meses después? ¿por qué no limpian con igual rigor las pintadas y las pegatinas que ensucian barrios enteros? La respuesta está a la vista: cuando la mugre o el mensaje lleva el sello de la izquierda en Montevideo, de repente la “normativa vigente” se vuelve flexible, se demora, se olvida.
La vía pública no es patrimonio de quien gobierna hoy. Es de todos. Y si la Intendencia quiere que le creamos cuando dice que actúa por “limpieza” o por “cumplir normas”, lo primero que tiene que demostrar es que esas normas valen igual para el que está arriba que para el que está abajo. Mientras no lo haga, cada retiro selectivo, cada cartel oficial que queda intacto mientras los críticos desaparecen, solo confirma lo que muchos ya sospechamos: que el espacio público se maneja con dos varas, y que la vara más corta siempre le toca al que no está del lado del poder.
Esto no es casualidad ni error de ejecución. Es doble estándar institucionalizado, y lo peor es que genera exactamente el efecto contrario al que pretenden. En vez de acallar voces o limpiar la imagen del gobierno, hace ver a la Intendencia como autoritaria, como un aparato que pone precio a los huevos dependiendo de la cara del cliente. Bajar esos pasacalles no borra el malestar; lo multiplica. No calla al pueblo; lo enfurece más. Ese pueblo que tanto defienden a capa y espada cuando les sirve para ganar elecciones, pero que ahora, cuando expresa desilusión sin pedir permiso, se convierte en “porquería” que hay que barrer rápido.
Los pasacalles no tienen firma, otra de las exigencias/críticas de la izquierda vernácula que invalidaban el mensaje por ser “anónimo”. Cuando ellos mismos han usado el anonimato para hacer de las suyas con absoluto desparpajo. También lo hacen a cara descubierta, pero ese es otro cantar.
En definitiva, esto ayuda más a la oposición que al gobierno. Mucho más. Porque cada pasacalle que bajan a la fuerza es una prueba gráfica de que el mensaje los interpela y les duele. Ni Montevideo ni Uruguay necesitan más censores disfrazados de fiscalizadores. Necesita gobiernos que escuchen, que cumplan lo que prometieron y que, sobre todo, que no tengan miedo de que la gente hable. Aunque sea sin firma, aunque duela. Porque cuando intentas bajar la voz del pueblo a prepo, lo único que lográs es que suene más fuerte.
