Bruselas, Hungría y el “gentil monstruo bajo tutela” de Enzensberger

 

Hungría 2026: las elecciones cambian, pero la tutela de Bruselas permanece. 

El 12 de abril de 2026, con una participación récord que superó el 70 % y se acercó a niveles históricos, los húngaros pusieron fin a dieciséis años de Viktor Orbán. Péter Magyar y su partido Tisza arrasaron, obteniendo una supermayoría de casi dos tercios del Parlamento. Orbán reconoció la derrota con deportividad y felicitó al vencedor.

Bruselas celebró con entusiasmo: Ursula von der Leyen tuiteó de inmediato que “Hungría ha elegido Europa. Europa siempre ha elegido a Hungría. Un país retoma su camino europeo. La Unión se fortalece”.

El alivio en las instituciones comunitarias era palpable.

El gentil monstruo de Bruselas o Europa bajo tutela

Sin embargo, este terremoto político no desmiente, sino que ilustra con crudeza, el diagnóstico que Hans Magnus Enzensberger formuló hace quince años en “El gentil monstruo de Bruselas o Europa bajo tutela”, un breve ensayo (publicado en español por Anagrama).

En el capítulo dedicado a “La entrada en una era post-democrática”, HME cita con ironía demoledora a Robert Menasse, quien presentaba las instituciones de Bruselas como “un aparato funcionarial ilustrado que con buena razón debe ser calificado de ‘burocracia josefinista’”. La alusión al emperador José II de Austriadéspota ilustrado que imponía reformas “desde arriba”, por el bien del pueblo y sin excesiva consulta al puebloresulta perfecta.

Lo que para Menasse era una virtud (la eficiencia tecnocrática por encima de las pasiones nacionales) es para Enzensberger el núcleo del problema: una tutela suave, opaca y post-democrática que sustituye la soberanía popular por la soberanía de comisarios, jueces supranacionales y grupos de expertos no elegidos directamente.

La «era Von der Leyen», y otra paradoja histórica

Esta “burocracia josefinista” no se limita a coordinar políticas.

Desde 2019, bajo la presidencia de von der Leyen —designada mediante acuerdos entre líderes del Consejo Europeo y confirmada por el Parlamento, nunca por sufragio popular directo—, la Comisión ha refinado un arsenal de mecanismos que hacen muy difícil escapar a sus directrices: el reglamento de condicionalidad del Estado de derecho, la congelación de fondos de cohesión y NextGenerationEU mediante “hitos” vinculantes, procedimientos de infracción en cadena y directivas que invaden ámbitos antes reservados a los Estados miembros.

El resultado es una era post-democrática en la que las elecciones nacionales siguen celebrándose, pero los márgenes reales de maniobra se negocian en Bruselas con palancas económicas y jurídicas. La burocracia autocrática decide y la “democracia” se amolda y acata.

Como anotación al margen, la entronización de Von der Leyen adquiriendo un poder inédito para un «mandatario» europeo, tiene tintes de ironía histórica. Hace menos de un siglo, otro alemán pero austríaco puso el mundo patas arriba tratando de conseguir lo que a Frau Ursula le costó un refinado cabildeo.

El caso húngaro: paradigmático choque de dos lógicas autocráticas.

Orbán construyó un sistema iliberal con control mediático, reformas judiciales y una retórica anti-Bruselas que a menudo servía también para consolidar poder interno.

Bruselas respondió con el mismo lenguaje de poder: fondos bloqueados durante años, multas y presión abierta por “valores europeos”.

Magyar, que proviene del entorno de Fidesz y se presenta como conservador pro-UE pero mantiene líneas firmes en migración (defensa de fronteras y rechazo a cuotas obligatorias), ganó en las urnas. La soberanía nacional no ha desaparecido, pero queda claro que es un bien condicionado: quien se desvíe demasiado de la agenda comunitaria (migración, Green Deal, estado de derecho) sabe que enfrentará costes presupuestarios elevados.

Volver al paralelismo con España, por evidente, es ineludible.

El gobierno de Pedro Sánchez ha empleado los Presupuestos Generales del Estado como instrumento de presión sobre comunidades autónomas, premiando lealtad y castigando las disidencias con condicionalidades encubiertas, tanto con las Comunidades como con los propios “barones del pesoe”, disciplinados a golpe de represalias.

La mecánica es análoga: quien controla la chequera reduce el margen democrático real.

En Hungría se invocaba la defensa del Estado de derecho; en España, la solidaridad territorial. En ambos casos, la burocracia (supranacional o central) tiende a autoperpetuarse.

El Brexit constituye la contracara ineludible.

En 2016, el Reino Unido votó recuperar soberanía parlamentaria sobre fronteras, leyes y recursos. El costo ha sido real y documentado: fricciones comerciales, trámites burocráticos adicionales y una reducción estimada del PIB. Bruselas lo exhibió como advertencia disuasoria.

Sin embargo, los británicos demostraron que era posible salir del marco de los tratados, aunque pagando el precio de la independencia.

Muchos euroescépticos continentales extrajeron la lección inversa: mejor resistir desde dentro.

Hungría y Polonia (durante el periodo del PiS) optaron por esa “disidencia interna”: vetos, bloqueos selectivos y defensa de su modelo cultural y migratorio, negociando fondos cuando era posible.

Polonia suavizó tensiones tras el cambio de gobierno; el precedente de presión institucional, no obstante, persiste.

El factor Ucrania, lo que tampoco puede soslayarse.

La guerra ha servido a Bruselas para acelerar la integración en defensa y política exterior, reforzando la narrativa de “soberanía europea”. Orbán retrasó o condicionó paquetes de sanciones y ayuda a Kiev, exigiendo exenciones energéticas y acusando a la UE de arrastrar a Hungría al conflicto.

La emergencia bélica justificó mayor centralización mientras debilitaba la capacidad de cada nación para priorizar su propia seguridad y cohesión interna.

El monstruo gentil se vuelve menos gentil cuando la coyuntura lo permite.

El tema migratorio: la particular dinámica de una iniciativa sin control.

Lo que, en 2015, bajo el liderazgo de Angela Merkel, se presentó como una oportunidad humanitaria y económica —“Wir schaffen das”—, prometía incorporar una fuerza laboral joven que aliviaría las tensiones demográficas y sostendría un estado de bienestar crecientemente inviable por el envejecimiento.

Alemania abrió sus fronteras y recibió más de un millón de solicitantes de asilo en poco tiempo; Bruselas acompañó con intentos de cuotas obligatorias y, años después, con el Pacto de Migración y Asilo promovido por Von der Leyen.

Se suponía que los recién llegados contribuirían netamente al sistema fiscal y de prestaciones, sin embargo, la experiencia ha mostrado una realidad más compleja. Una vez más, también aquí, se demuestra el riesgo fatal de confundir voluntad con voluntarismo.

En muchos países, parte significativa de los flujos no correspondió a mano de obra calificada inmediata, sino a solicitudes de asilo y reagrupación familiar, con tasas de empleo iniciales bajas y costos adicionales en vivienda, educación, sanidad y seguridad social.

Estudios de la Comisión Europea y organismos independientes muestran que, si bien la migración intra-UE tiende a tener un impacto fiscal más positivo, la migración extra-UE genera con frecuencia un saldo neto negativo en la fase inicial y media del ciclo vital -que es, precisamente, cuando se esperaba que significaran un alivio- especialmente cuando la integración laboral y cultural se estanca. O, directamente, ni se busca, amparados como suelen hacerlo, con el paraguas de las ayudas sociales.

En paralelo, han surgido “desafíos persistentes de cohesión social”: enclaves con escasa integración (en otras circunstancias hablaríamos de guetos), diferencias culturales marcadas y tensiones que el discurso oficial ha tendido a minimizar o moralizar. Como el lector podrá advertir, el columnista pasa por el capítulo migratorio en puntas de pie, sin siquiera mencionar en qué consisten las diferencias culturales -que ahora se advierten insalvables- y que, a medida que avanza la inevitable sustitución demográfica, se agudizará hasta términos no del todo imaginables.

Aquí cobra fuerza la advertencia de Enzensberger en «Perspectivas de guerra civil» (1993-94).

No hablaba de conflictos ideológicos con frentes claros, sino de la “guerra civil molecular”: una violencia difusa, autista, “sobre nada o sobre todo”, que se infiltra en la vida cotidiana de las metrópolis cuando falla la cohesión mínima.

Enzensberger advertía de enclaves paralelos -los guetos, pues- y de cómo “la guerra civil molecular se inicia de forma imperceptible, sin que medie una movilización general”, convirtiéndose en una serie de tensiones permanentes en las sociedades acomodadas.

La burocracia “josefinista” antepone agendas supranacionales (solidaridad, valores, redistribución) a la capacidad de cada nación para gestionar su propio modelo de cohesión.

Hungría rechazó cuotas y defendió sus vallas, pero para ello debió pagar costos no menores, hasta convertirles en una suerte de parias comunitarios. Otros países acumulan costos adicionales y problemas sociales que siguen sin resolverse del todo.

El resultado no es una conspiración, sino un efecto estructural: sociedades más inermes, con menos herramientas democráticas nacionales para decidir sobre fronteras, integración y continuidad cultural.

Enzensberger no era un alarmista ni un nostálgico del nacionalismo romántico. Era un crítico lúcido, de trayectoria izquierdista, que veía cómo la idea europea original —cooperación entre democracias soberanas— se había mutado en un tutelaje opaco que se autoalimenta. Veía, con sorprendente lucidez, la amenaza de la fatal arrogancia de las burocracias.

La victoria de Magyar en Hungría no refuta el diagnóstico; lo confirma desde otro ángulo.

Incluso cuando triunfa la opción “proeuropea”, el precedente de presión institucional queda grabado. Queda abierta la pregunta incómoda: ¿es Europa todavía una unión de democracias soberanas o se ha convertido en un imperio burocrático con fachada electoral?

A sus 82 años, Enzensberger intuía la respuesta. Quince años después, con el espejo del Brexit, el caso polaco como paralelo, el factor Ucrania como acelerador y la Hungría de 2026 como laboratorio vivo, la profecía se lee con mayor nitidez.

El “gentil monstruo” comunitario avanza, cada vez menos gentil.

Mientras, las sociedades nacionales, cada vez más tuteladas, pagan el precio en soberanía real y cohesión erosionada.

A tal punto de hacer realidad el aserto del autor, quien decía que la descomposición social podía convertir un vagón de tren en Bosnia en cosa de minutos.

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