fenómeno del Niño extremo

Demasiada agua: el escenario que Uruguay no termina de preparar

Evento   » EL NIÑO» 

Imaginen el océano Pacífico como un gigantesco calentador de agua. Normalmente, las aguas profundas frías suben hacia la superficie. Pero cada cierto tiempo, esas aguas se quedan cálidas y no suben, creando un «tapón» caliente

Este cambio aparentemente pequeño en el océano tiene consecuencias enormes en todo el planeta.

El Niño es un patrón climático cíclico que ocurre cuando las aguas del Pacífico ecuatorial se calientan anormalmente y su grado de severidad se cataloga de acuerdo a esas temperaturas, alterando vientos y lluvia globalmente.

Siempre existió: pescadores peruanos lo observaban hace cientos de años (sin comprenderlo),se descubrió científicamente en 1920.Hoy el avance tecnológico permite monitorear con 6-8 meses de anticipación y preparar a los organismos competentes para mitigar el daño que provoca este evento

Cómo se desarrolla

Los vientos del Pacífico se debilitan

El agua cálida fluye hacia el este (desde Indonesia a Perú)

Desaparece el agua fría que sube normalmente desde las profundidades

Esto cambia lluvia, temperatura y vientos en todo el mundo

Dura 12-18 meses y se repite cada 3-7 años

Es predecible con 6 meses de anticipación (gracias a modelos científicos)

Efectos por región 

Como se Clasifica 

Probabilidad alta de «Evento extremo»

Tendencia de temperaturas del Océano Pacifico

1)NOAA (USA)

82% de probabilidad de El Niño entre mayo-julio, posiblemente muy fuerte

2) OMM (Organización Meteorológica Mundial)

Alto riesgo de continuación y fortalecimiento

3) Instituto de Recursos Hídricos de California

Anomalías de agua cálida entre las más grandes del registro histórico

EFECTOS EN URUGUAY

Un Niño extremo como el de 2015/2016 podría desbordar cuencas, colapsar drenajes urbanos y poner bajo presión simultánea la energía eléctrica, la producción agropecuaria y el agua potable del área metropolitana.

El agua que salvó a Uruguay de la peor sequía en décadas podría convertirse, en otro ciclo climático, en su principal amenaza. No es un escenario hipotético lejano: un evento Niño extremo, comparable o superior al de 2015/2016, desafiaría la infraestructura hídrica, el sistema eléctrico, el campo y el abastecimiento de agua potable de Montevideo.

El problema no sería la escasez sino el exceso, y ahí radica precisamente su complejidad.

Es de advertir que cuando el fenómeno supera anomalías del Océano Pacifico +2 °C, el agua deja de ser un recurso para transformarse en un factor de riesgo estructural. Uruguay, que históricamente calibró sus alarmas climáticas pensando en la falta de lluvias, enfrenta ahora la necesidad de repensar su preparación para el extremo opuesto.

El campo: entre la abundancia y el barro

A primera vista, un Niño extremo parece una buena noticia para la agricultura. Las lluvias abundantes cargarían los perfiles de suelo y reducirían el estrés hídrico en enero y febrero, los meses más críticos para cultivos de verano como la soja y el maíz. Los números de producción, en ese escenario, podrían ser alentadores.

Pero la ecuación se complica cuando el exceso hídrico se instala. El anegamiento de chacras, las pérdidas en zonas bajas y las dificultades para cosechar pueden borrar de un plumazo las ventajas que trajo la abundancia de lluvias. A eso se suma el deterioro de caminos rurales y el aumento de problemas sanitarios, particularmente sensibles en trigo y cebada, donde la “fusariosis” (hongo en la espiga que afecta severamente la calidad panadera) puede comprometer no solo el volumen sino la calidad comercial del grano.

En ganadería y lechería habría forraje de sobra, pero el barro persistente reduciría la eficiencia del pastoreo y dispararía problemas sanitarios y de patas en los rodeos lecheros , pérdidas de calidad

Ríos desbordados, cuencas que no respetan fronteras

El mayor riesgo de un Niño extremo no está en los campos sino en las ciudades y las cuencas fluviales. Uruguay no solo recibe las lluvias que caen en su propio territorio: absorbe también el impacto hidrológico acumulado desde el sur de Brasil y el sistema Paraná-río Uruguay. Cuando esas cuencas se cargan en simultáneo, el efecto puede ser devastador.

Las zonas más expuestas incluyen Salto, Paysandú y Bella Unión, junto con toda la cuenca del río Santa Lucía. Pero el riesgo no se limita al interior. Montevideo y Canelones también podrían enfrentar inundaciones urbanas rápidas, producto de la saturación de sus sistemas de drenaje frente a tormentas que descargan cientos de milímetros en cuestión de días. El dato más preocupante no es la cantidad total de lluvia, sino su concentración en eventos extremos y frecuentes

Agua en los embalses, luz que no llega

 La intuición indica que más agua en los ríos debería traducirse en más electricidad. Sin embargo, la relación entre caudal y generación es más compleja de lo que parece. Las represas de Salto Grande, Rincón del Bonete, Baygorria y Palmar enfrentarían una situación paradójica durante crecidas extremas: la apertura de vertederos eleva el nivel aguas abajo y reduce el «salto útil» que permite a las turbinas generar energía de manera eficiente.

Salto Grande, una central prácticamente de pasada y muy dependiente del desnivel hidráulico, es especialmente sensible a este fenómeno. En el sistema del río Negro, el problema se amplifica por efecto cascada: lo que ocurreen Bonete condiciona a Baygorria, y Baygorria determina lo que puede hacer Palmar. Uruguay tendría agua de sobra pero una parte importante terminaría siendo vertida sin convertirse en electricidad.

Represas — Crecidas extremas abren vertederos y reducen generación eléctrica

La planta que abastece a Montevideo bajo presión extrema

Quizás el punto más sensible de todo el escenario sea la Planta Potabilizadora de Aguas Corrientes, operada por OSE y responsable del abastecimiento de Montevideo y gran parte del área metropolitana. La crisis de 2023 la puso en el mapa por la sequía. Un Niño extremo la pondría a prueba por razones completamente distintas: no habría falta de agua, sino deterioro severo de su calidad.

Las lluvias extremas arrastran sedimentos, fertilizantes, fósforo, materia orgánica y contaminantes microbiológicos hacia el río Santa Lucía, elevando la turbidez hasta niveles que exigen el máximo rendimiento de los sistemas de potabilización. A ese desafío técnico se le agrega uno logístico: una inundación severa en la zona de Aguas Corrientes podría comprometer los accesos, los sistemas eléctricos y la operativa de una infraestructura que el país considera estratégica.

Planta Aguas Corrientes — Deterioro de calidad por arrastre de sedimentos, fósforo e inundada

 

CONCLUSIÓN

Uruguay aprendió en los últimos años que las sequías pueden poner de rodillas a un país que depende del agua para casi todo: electricidad, ganadería, agricultura, consumo humano. Lo que este análisis pone sobre la mesa es que el exceso hídrico extremo puede hacer exactamente lo mismo, solo que de manera más rápida y con una complejidad mayor, porque golpea múltiples sectores al mismo tiempo y desde ángulos que el sistema no siempre tiene calibrados.

Prepararse para no tener agua era urgente. Prepararse para tener demasiada lo es igual.

 

 

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