Vacío de liderazgo

Graziano Pascale

De todas las explicaciones que estos días hemos leído sobre el colapso en las encuestas del gobierno del Frente Amplio, hay una que por las derivaciones que tiene ha sido omitida por los principales analistas y comentaristas de la realidad política: la ausencia de un liderazgo claro al frente del gobierno. De esa carencia se derivan los demás problemas, entre ellos el tan manido «falta de rumbo», que es imposible corregir si el timonel está ausente.

El «estilo colectivo», con libertad absoluta de los ministros, incluso para discrepar públicamente con el Presidente de la República sin que ello apareje consecuencia alguna, no es un mérito, sino una patología del sistema presidencialista. En el caso uruguayo, además, es la consecuencia del cambio en la arquitectura del poder dentro del Frente Amplio, que se hizo manifiesto luego de la muerte de José Mujica. Hasta entonces lo que había funcionado era una especie de «triunvirato», integrado por Vázquez, Mujica y Astori, que encarnaban las tres vertientes del FA, pero con respaldo electoral propio. Y ese triunvirato funcionaba porque las decisiones finales eran tomadas por quien estaba al frente del Poder Ejecutivo, que reflejaba a su vez el peso político relativo de cada tendencia.

Hoy todo eso ha desaparecido. En su lugar, hay un reparto de cuotas de poder dentro del gobierno y de los entes autónomos, marcado no sólo por el peso electoral de los diferentes grupos, sino también por el poder de hecho que las estructuras sindicales ejercen dentro del FA, algo que se refleja en la propia presidencia de la coalición, que ha recaído en una figura que proviene del mundo sindical, como es el caso de Fernando Pereira.

Ese híbrido de coalición de partidos y sindicatos no es el más apropiado para el ejercicio del gobierno dentro del sistema democrático, porque sus integrantes responden a ecuaciones de poder diferentes. El criterio de la mayoría, que es propio de la democracia representativa, no tiene cabida en el mundo sindical, que se rige por el control de estructuras y asambleas, donde el voto secreto es inexistente.

Al ex intendente de Canelones, Yamandú Orsi, le ha caído la responsabilidad de conducir ese conglomerado, al que se ha agregado una figura como la del Dr. Jorge Díaz, que no proviene ni de los partidos ni de los sindicatos, sino de una estructura estatal como es la Fiscalía, transformada por una equivocada decisión del Parlamento en un nuevo poder de hecho dentro del Estado, que en materia penal al menos ha pulverizado la independencia del Poder Judicial, apartándose así de la Constitución de la República.

Del triunvirato anterior, Orsi conservó la idea de otorgar independencia al manejo de los principales asuntos de la economía. Ante la ausencia de un liderazgo político claro de ese sector -podría haber sido Mario Bergara, pero las urnas no lo acompañaron- optó por designar al economista Gabriel Oddone, sin militancia partidaria intensa, aunque reconocido por su afinidad con el Frente Amplio. Esa carencia de «espalda política» propia lo ha dejado expuesto a una lucha interna que lo desgasta, algo que ha quedado claro tanto con el tema del impuesto del 1% a «los más ricos», como con la reforma que apunta a desandar lo hecho hasta ahora en la materia jubilatoria.

Divide al FA y enfrenta a la oposición 

Navegar en estas aguas requiere un tipo de liderazgo que no es el que muestra Orsi. Mientras Vazquez ejercía el poder con un criterio más personalista que colectivo, Mujica cultivaba una ambigüedad, pero ser reservaba la última palabra o actuaba de bombero según las circunstancias.

Orsi no tiene margen para ninguna de las dos opciones. Cuando toma decisiones personales, deja en evidencia las facturas internas, como en el caso de la visita al portaaviones Nimitz, o cuando evita secundar posiciones extremistas en las relaciones con el Estado de Israel.

Pero al mismo tiempo acompaña una estrategia de enfrentamiento absoluto a la administración anterior encabezada por el presidente Lacalle Pou, que no escatima tema alguno. Así, el proyecto Arazatí fue sustituído por la represa de Casupá; la compra de las patrulleras fue rescindida por un diferendo sobre las garantías, que no afectaba el núcleo central del contrato, y la reforma de la seguridad social -respaldada además por un plebiscito- se dinamita por una asamblea político-sindical conocida como»Diálogo Social».

En ese escenario, marcado por una división del propio partido gobernante, y una guerra sin cuartel contra la oposición, es imposible que las encuestas arrojen un resultado diferente al que muestran en forma coincidente.

No se trata, entonces, de «expectativas insatisfechas» (todos los gobiernos sufren el mismo problema), ni de «desgaste de la oposición», que en líneas generales ha acompañado con benevolencia y a veces hasta con algún voto en el Parlamento, la gestión del gobierno.

Las dificultades crecientes en la economía, con ajustes impositivos y pérdidas de fuentes laborales por cierre de empresas agobiadas por sus costos, y el descontrol de la seguridad pública, hicieron lo suyo, también. Del mismo modo que las tempranas crisis derivadas de la caída de la ministra Cairo o el pluriempleo del Dr.Danza -que lo hacían inelegible para presidir Asse- fueron mellando en su momento el respaldo al gobierno.

Pero al pasar raya queda claro que la fragilidad del liderazgo del Presidente Orsi, y la estrategia del «todo o nada» contra la gestión anterior, como salvoconducto para retener el gobierno en el 2029, son las razones principales del descrédito que hoy muestran las encuestas.

 

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