Wshington Abdala
Hay dos tipos: liberales, blancos, colorados, independentistas y algunos cabildantes. Están los que creen que es hora de armar un lema que los sume para ser una coalición de verdad con presentación electoral sólida (sin perder el
perfilismo de nadie y la presencia partidaria de nadie) y los que siguen creyendo que hay que mantener todo como está y solo apuntalar más coaliciones departamentales.
Los primeros piden más coordinación y una macroestructura política y electoral seria, no solo un rejunte de coyuntura. Con esa estructura en pie se habrían ganado dos intendencias más y se habría empatado en senadores ante la segunda vuelta con lo que se entraba en la competencia de forma entusiasta.
Yo estoy en el primer club. Creo que es necesario ir hacia allí por las razones del
artillero: lo grande te hace grande, lo superador te desafía a tener que elaborar más capacidad de acumular fuerzas convergentes y -de paso- no se pierde peso por la ley electoral que castiga al desorden de los partidos chicos ante el partido grande que se come todo. Es simple. Es dos más dos. Y -por cierto-creo que es
hora de la república que pide más identidad entre aquellos que se toman el país desde ese plano versus los que siguen juntándose por prejuicios, dogmatismos y enojos varios. Estos segundos gobiernan hoy porque los primeros no supimos ordenar nuestra oferta electoral, hacerla consistente y comunicarla mejor. Creo en eso.
Las objeciones
Es cierto, los resultados hacia adentro del macro lema deben pensarse de otra forma, porque es verdad que algunos diputados saben que en ese formato, si su partido va muy dividido no tienen chance (el lema es el sumador interno para ellos y la Constitución hace su juego asignando diputados por departamento) y el
razonamiento de los intendentes que quieren perder algún edil neto de sus propias filas para tener ediles no tan del riñón también es verdad, pero son argumentos menores, y superables. En definitiva, se requiere mucha cabeza para armar algo grande. No se conquistan las Galias saliendo de fiesta, mamado y en un Citroen
de los viejos con poca nafta.
¿Quiénes se oponen a un proyecto superador de este tipo? Los fanáticos, los temerosos de perder algún quiosco local y los que creen que sus pequeños virreinatos son más importantes que la suma de un proyecto de poder serio,
nacional y contundente. Y también los que no terminan de entender que la política no es un juego de individualidades sino que siempre gana el que arma el mejor equipo. Primero el mejor equipo para ganar, y luego el mejor equipo para gobernar. La cabeza es vital, pero sin equipo no se le gana a nadie. Es más,
puede pasar que el vértice no sea brillante y se gane la elección. (¿El presente no
fue así?)
Hablo con mucha gente. Le tienen miedo a la coalición algunas personas. Pero hay un dato revelador: los que primero la miran con pánico son los dirigentes de izquierda. Saben de memoria que un instrumento así empareja en dos minutos el baile. Es pelea de uno contra otro. La izquierda sabe que en la segunda vuelta -casi siempre- están en un escenario cómodo (ya juntaron todo antes) y saben que
tienen un resto como entidad partidaria. Además, desde la última elección con un
delfín político como Ysmandú Orsi de José Mujica, aprendieron que pueden ganar
con alguien más frágil que la propia maquinaria electoral. Dicho al revés: lo que no
empuja el candidato, lo rema el partido en la segunda vuelta por variables propias y por variables exógenas. Y además, buena parte de voto a los partidos chicos en la segunda va a parar al candidato del Frente Amplio. (Obsérvese que el catch all de la izquierda en el sprint final es siempre bueno).
Los segundos que se hacen los listos con este tema son los politólogos de izquierda que hacen el cuento de la pérdida de identidad de los partidos históricos es un riesgo a correr. Falso. Están haciendo el mandado, algunos casi que de
forma inercial y convencidos de su imbecilismo ideológico. Los partidos no pierden identidad de nadie por coaligarse con nadie. Los comunistas de este país que se odiaron con los tupamaros a lo largo de la historia (y aún preservan viejos
enconos) están coaligados. Los socialistas y comunistas que competían por un
mismo mercado electoral allí están. Los socialdemócratas light como tiene el
Frente Amplio con los Mario Bergara y otros siguen allí sin sufrir stress que los
obligue a ir al psicólogo. Todos suman, son parecidos a la vieja máquina colorada
del siglo pasado que todo lo metía para adentro. Es un dato, los frentistas son los más colorados en sus praxis si uno los mira como operan hoy. Y los colorados merecerían un capítulo aparte, pero es un dato que la dificultad que tienen para armonizar internamente los complica enormemente. Cuando fuiste rico, pasaste a
ser clase media y ahora vivís en un apartamentito chico con un solo baño hay
problemas de convivencia siempre. Una pena que los liderazgos históricos no previeron el futuro, mucha prospectiva histórica pero poco partidaria.
Tercero: todos los chiquitos -partidos políticos- del sistema dejarían de comer restos. Léase, partidos pequeños, voto en blanco y anulado. Todo este club que es casi del volumen de dos senados o más, la tiene complicada porque lo binario complica y presiona para definir voluntades. Hoy en un escenario de desorden,
esa gente sale a ofrecer chocolate Garoto y siempre hay gente que lo compra. En
un juego binario de verdad, esos quioscos se difuminarían. Y ojo porque cada vez
habrá más quioscos…
Llegó la hora
Creo más, creo que el Uruguay está a punto de tomar conciencia que su contrato
social está agotado y que necesita un nuevo formateo. ¿Es una reforma constitucional? Puede ser. ¿Es una ley que tiene que ser refrendada por el pueblo y no poder ser perforada más por otro lado? Puede ser. ¿Es plantear reformas constitucionales a ser plebiscitadas el primer año? Es algo de esto, la reforma del 96 cumplió un ciclo, es más, es estúpido que el país no tenga reelección continua y que haya que esperar un período para volver a votar a un presidente que es
bueno en su ejercicio. Esto deberían estar todos de acuerdo, pero como es un país con psicosis varias y todos se desconfían en los baños, es probable que cualquier reforma sea tribuneada. Mala suerte. Igual habría que plantearla, el país,
la gente empieza a entender que esto así no tiene demasiado futuro.
Son solo algunos apuntes en grueso. Hay mil cosas para analizar.
