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Los antecedentes de la “Coalición Republicana” en la historia uruguaya

17 agosto, 2022

Es indispensable que la Coalición Republicana se institucionalice orgánicamente, tenga una mesa política que funcione como una agrupación de gobierno y paulatinamente avance hacia la constitución de un lema partidario propio, con autoridades comunes y una simbología apropiada que la identifique. 

Por el Dr. Washington Bado*

 

La penosa desaparición  del efímero Partido de la Concertación creado por blancos y colorados – luego del intento del Sr. Novick de valerse de su votación para crear el Partido de la Gente -, hizo que se replanteara la iniciativa de sumar los votos de los partidos fundacionales en Montevideo, – esta vez bajo el lema del Partido Independiente y con la candidatura a la Intendencia de Laura Raffo – para disputarle al Frente Amplio su supremacía en el departamento de la capital.

Aunque el Frente Amplio volvió a ganar esta elección departamental, el emprendimiento fue relativamente exitoso y demostró que una figura novedosa (aunque mediática) podía servir a los mismos fines. El nuevo intento plantea muchas interrogantes sobre el futuro, teniendo además en cuenta que con los votos del interior del país y con la postulación en segunda vuelta de una figura carismática  como la de Lacalle Pou –  independientemente de su pertenencia al Partido Nacional – el Frente Amplio pudo ser  derrotado en  las elecciones nacionales del 2019.

Esta victoria le abre una oportunidad muy importante al gobierno de coalición surgido de esa segunda vuelta,  que popularmente ha sido llamado “multicolor”, aunque con más propiedad podría llamarse “Coalición republicana”, como ya se está proponiendo. Esto es  algo que el Partido Nacional, mayoritario, no debería olvidar, si es que quiere que esa victoria no se transforme en algo accidental, porque el debilitamiento de sus socios lo llevaría a su propia derrota, frente al adversario común transformado en opositor.

De todos modos en un país macrocefálico, donde la capital concentra  casi el  50% de la población y de sus actividades vitales, no puede discutirse que si esa coalición se propone el cambio fundamental que representa, le es indispensable afirmarse en Montevideo, porque de otro modo se plantearía una inútil y perjudicial disputa de centros de poder.

Lo curioso es que no se tome en cuenta que la idea de la unión  de los partidos fundacionales uruguayos es casi tan antigua como ellos mismos y que se replanteó en muchas oportunidades a lo largo de nuestra historia. Es útil analizar estos antecedentes porque pueden ayudar a valorar  este nuevo intento, por lo menos históricamente,  ya que el futuro en esta materia –sometido a impredecibles vaivenes – siempre se cerrará con una incógnita.

La subsistencia de los partidos blanco y colorado no procede de un carácter de perpetuidad propio… no hay entre ellos disconformidad ninguna en las ideas especulativas; no la  hay tampoco en la aplicación de los principios.”

(Bernardo P. Berro)

A poco de finalizada la Guerra Grande que enfrentó por primera vez a blancos y colorados “sin vencidos ni vencedores” –como rezaba el tratado de paz del 8 de octubre de 1851 que le puso fin – continuó la inestabilidad política, bajo el gobierno de Giró y fracasó un primer intento de unión por el triunvirato que integrarían Rivera, Lavalleja y Flores, a raíz de la muerte casi simultánea de los dos primeros. Flores,  terminó el período de gobierno pero Juan Carlos Gómez, que había sido secretario del Triunvirato,  se sublevó con  el Partido  Conservador, que no era sino una nueva versión del Partido Colorado, apartado de su fundador, el General Rivera, que antes ya  había sido enviado al exilio en Brasil por el Gobierno de la Defensa.

Se logró una base de entendimiento con la fundación de la Unión Liberal que por primera vez planteó la fusión entre ambos partidos fundacionales. En su manifestó constitutivo se decía:

      “La sociedad tiene por objeto robustecer la independencia de la República, dando a su nacionalidad la fuerza de que carece para el mantenimiento de la paz externa e interna, la observancia religiosa de la Constitución, el desarrollo de la riqueza pública y la moral del pueblo…Reunirá en el supremo interés de la patria a todos los orientales, trabajando en la extinción de los odios de partidos y renunciando a toda recriminación sobre el pasado que feneció en 1851”. Lo firmaban ilustres ciudadanos de los dos partidos: por los colorados Luis Lamas, Manuel Herrera y Obes, José María Muñoz y Lorenzo Batlle y por los blancos Bernardo Prudencio Berro, Francisco Solano Antuña y Atanasio Aguirre, ente otros.  Eran los principales dirigentes de ambos partidos, legisladores y ministros y entre ellos estaban nada menos que quienes llegarían a ser posteriormente presidentes de la República, como Lorenzo Batlle, Berro y Aguirre. Pero el inspirador principal de la política de fusión era  Andrés Lamas, gestor de los cuestionados tratados de límites con el Brasil de 1851, quien desde Río de Janeiro, donde se desempeñaba como embajador, lanzó un opúsculo que tuvo gran repercusión en el que propiciaba la abolición de las divisas y la fundación de un nuevo partido. Se preguntaba Lamas:

¿Qué representan esas divisas blancas y coloradas? Representan las desgracias del país, las ruinas que nos cercan. La miseria y el luto de las familias, la vergüenza de haber andando pordioseando en dos hemisferios, la necesidad de las intervenciones extranjeras, el descrédito del país, la bancarrota con todas sus amargas humillaciones, odios, pasiones, miserias personales. ¿Qué es lo que divide hoy a un blanco de un colorado? Lo pregunto al más apasionado y el más apasionado no podrá mostrarme un solo interés nacional, una sola idea moral, un solo pensamiento en esa división.”

Andrés Lamas era colorado;  pero Bernardo Prudencio Berro que era blanco coincidía con él y predicaba la fusión  cuando expresaba:

La subsistencia de los partidos blanco y colorado no procede de un carácter de perpetuidad propio… no hay entre ellos disconformidad ninguna en las ideas especulativas; no la  hay tampoco en la aplicación de los principios.”

Venancio Flores, que lideraba el Partido Colorado, renunció a la presidencia – que le había reconocido la Asamblea General – asumiéndola Manuel Bustamante, en lo que se tomó como un gesto de desprendimiento del poder. Luego  se puso de acuerdo con el General Manuel Oribe, el ex presidente y fundador del Partido Blanco que acababa de regresar de Europa, para celebrar lo que se llamó el Pacto de la Unión a fin de allanar el camino de una paz duradera. Allí se decía:

“La desunión ha sido y es la causa de nuestros males… Mientras existan en el país los partidos que lo dividen, el fuego de la discordia se conservará oculto en su seno, pronto a inflamarse con el menor soplo que lo agite.”

Pero, a diferencia de lo que postularan Lamas y Berro, es necesario aclarar que Flores y Oribe, caudillos de uno y otro partido, no se comprometían a disolverlos para fundar uno nuevo, sino a trabajar por la extinción de aquellos viejos odios, por lo que declaraban renunciar “a la candidatura de la presidencia del Estado.” Era algo muy diferente a lo que proclamara la incipiente Unión Liberal. Pero el punto de contacto era que los dos caudillos se ponían  de acuerdo para ofrecerle en común la candidatura única a la presidencia de la República, a un anciano retirado de la política, que había acompañado la gesta de Artigas desde 1811 y que –pese a su origen colorado –  era muy respetado y podía representar imparcialmente a todos. Era Gabriel Antonio Pereira, quien, con el respaldo de ambos caudillos, fue electo presidente de la República.

La experiencia de esta  concertación fracasó.  Flores se ausentó del país y se estableció en la Argentina. Oribe falleció poco después. Los colorados del Partido Conservador volvieron a tomar las armas acaudillados por el general César Díaz y el presidente Pereira, que pretendía ser imparcial, terminó sofocando la revuelta con un episodio que es conocido por los colorados como la Hecatombe de Quinteros. Cuando ya los rebeldes se habían rendido fueron fusilados; entre otros, el propio César Díaz, comandante de la División Oriental en la Batalla de Caseros y Manuel Freire, uno de los Treinta y Tres Orientales.

La venganza no tardaría en llegar. Aquella sanguinaria jornada se prolongaría con los fusilamientos de Paysandú donde perderían la vida  Leandro Gómez y sus oficiales que habían resistido heroicamente el asedio contra la ciudad, durante la revolución que Venancio Flores lanzara desde la Argentina contra el presidente Atanasio Aguirre, sucesor de Bernardo Prudencio Berro.

El intento de la Unión Liberal  se había disipado, retornando “los  odios partidarios” que arrastraron a los mismos que tiempo antes habían querido superarlos. Aristóteles decía que “la tragedia tiene por fin purificar las pasiones inspirando el horror y la compasión”.  Extraña paradoja. Como en el final de una tragedia griega Flores, el caudillo recio e intrépido y Berro, el doctor, poeta y estadista, encontraron la muerte el mismo día: fueron asesinados por los sicarios de uno y otro bando el 19 de febrero de 1868. Entre ellos se planteaba la dicotomía –caudillos y doctores; el medio gauchesco y el medio urbano- que seguiría asolando al país, hasta comienzos del siglo XX.

Pero el espíritu de buena voluntad que había inspirado a la fenecida Unión Liberal no desapareció del todo. Blancos y colorados se volvieron a encontrar para tratar de resolver con un encuentro común aquella terrible dicotomía, que internamente se planteaba en sus propios partidos. Eso  se hizo en el plano político de las ideas, como la formación movimiento Principista y el Partido Constitucional, que lucharon contra el militarismo avasallante impulsado por Latorre y Santos e incluso en revoluciones derrotadas como las  de  La Tricolor y el Quebracho.

De derecho o de hecho esas también fueron concertaciones y por allí pasaron los  Varela y los Ramírez; los Batlle y  Acevedo Díaz y muchos otros, blancos y colorados unidos que luchaban por la recuperación de la libertad perdida, hasta que retornó el civilismo con Julio Herrera y Obes, luego de los gabinetes del, “ministerio de la conciliación”, que auspició el propio Santos con la cara destrozada por el balazo de Ortiz, antes de irse a Europa.

Con anterioridad, de algún modo la paz la paz de abril de 1872, con la que se cerró la “revolución de las lanzas”, iniciada por el blanco  Timoteo Aparicio contra el presidente Lorenzo Batlle, al consagrar un reparto territorial  anticipado de las Jefaturas Políticas  de los Departamentos (que sucumbió con la última de las revoluciones en 1904) supuso una concertación implícita de los dos partidos, para lograr un equilibrio global. Así lo reconoció con acierto el historiador Alberto Zum Felde:

“La paz de abril de 1872 marca el momento crítico de la reacción del elemento urbano de la Capital contra la influencia gaucha del territorio. Ya en 1871 se ha formado un grupo de jóvenes doctores y publicistas más distinguidos, procedentes de ambos partidos, proclamando la necesidad de un nueva unión.”(“Proceso histórico del Uruguay” Ed. Arca –Mdeo- 1967 pg.195)

La idea de la fusión ente los dos partidos o la creación de uno nuevo, desapareció con el advenimiento del siglo XX y la consolidación institucional del país. Pero no ocurrió lo mismo con las concertaciones entre ambos que se materializaron en acuerdos como los que permitieron las sucesivas reformas constitucionales sobre el viejo modelo liberal de la original de 1830. A ellos cabe agregar los acuerdos interpartidarios que se conocieron como “Coincidencia Patriótica”, en la década del cuarenta,  “coalición de gobierno”, en los noventa  u otros que se hicieron espontánea o planificadamente, con el fin de lograr mayorías parlamentarias para asegurar lo que de un modo genérico se ha conocido como “gobernabilidad”, término que prefirió utilizar Wilson Ferreira Aldunate con su generoso aporte a la salida de la última dictadura, cuando Julio María Sanguinetti asumió su primera presidencia.

Sobre la base de un programa común y una candidatura única a la presidencia de la República, que recayó en la figura del General Liber Seregni  – que aunque de origen batllista, no vinculado a la política, consiguió asumir como líder la representación de aquella concertación – rápidamente el Frente Amplio se proyectó en los meses siguientes y antes de las elecciones, como una poderosa fuerza política.

En rápida síntesis las anteriores fueron las experiencias políticas entre los  partidos fundacionales que se acercaron al modelo de  concertación.

Pero, fuera de estos partidos,  el análisis que se viene realizando no quedaría completo si no se incluyera en él a la única concertación que efectivamente se institucionalizó en la realidad política nacional que fue la  que logró, el 5 de febrero de 1971, la creación  del Frente Amplio, entre los partidos minoritarios (demócratas cristianos, socialistas y comunistas) y sectores disidentes de los partidos tradicionales. Con la  particularidad que se consagró bajo la forma de “coalición”,  por las restricciones que imponía la Constitución de 1966 para los lemas electorales accidentales, se utilizó como lema permanente el del Partido Demócrata Cristiano, lo que permitía la acumulación de votos por sublemas,  que fueron utilizados para distinguirse y mantener su individualidad,  por los diferentes partidos y sectores coaligados.

Sobre la base de un programa común y una candidatura única a la presidencia de la República, que recayó en la figura del General Liber Seregni  – que aunque de origen batllista, no vinculado a la política, consiguió asumir como líder la representación de aquella concertación – rápidamente el Frente Amplio se proyectó en los meses siguientes y antes de las elecciones, como una poderosa fuerza política.

El clima de inestabilidad creado por la presencia de los grupos sediciosos (que no adhirieron en principio a la coalición) y la agitación sindical y estudiantil que signaron a los turbulentos años sesenta, favorecieron  la cohesión necesaria entre esos grupos de izquierda para la formación del Frente Amplio, a través de una fuerte oposición contra el gobierno del presidente Pacheco Areco. Eso le permitió aglutinarlos  con una mística muy especial, mezcla de renovación ideológica y a la vez una ferviente invocación a la tradición artiguista, logrando con ello – que se expresó a través de una impactante simbología –   un ingrediente fundamental que ninguna de las concertaciones anteriores pudo alcanzar. Todo eso le permitió un crecimiento sostenido que lo llevaría después al poder. A partir de allí el bipartidismo fue sustituido por un tripartidismo.

El origen inmediato del Frente Amplio  estuvo en una concertación anterior formalizada entre la Democracia Cristiana (que ofreció allí su lema permanente) y los grupos batllistas disidentes que encabezaban respectivamente Zelmar Michelini y Alba Roballo. Se denominó Frente del Pueblo y tuvo una existencia efímera, aunque fue el antecedente del llamado Nuevo Espacio, cuando esos mismos grupos abandonaron el Frente Amplio, por la incompatibilidad ideológica que se generaba con los nuevos grupos de origen guerrillero que se incorporaron al Frente Amplio. Pero el origen remoto de la coalición se remonta a la prédica de Carlos Quijano quien, aunque todavía militante del Partido Nacional –recogiendo el ejemplo de los frentes populares europeos – predicaba la formación de una coalición entre los grupos que enfrentaban a la dictadura de Terra en los años treinta. Esta concertación llegó  a constituirse efímeramente en Cerro Largo, para auspiciar el levantamiento revolucionario frustrado de 1935, en el que participaron los blancos comandados por Basilio Muñoz y los colorados de Ezequiel Silveira.

Es habitual que el Frente Amplio se autodenomine “fuerza política” para respetar su diversidad ideológica, aunque implícitamente al tener una organización y autoridades permanentes constituidas  y haber participado en muchas elecciones, es de hecho un nuevo partido que se atribuye la exclusividad del concepto de “izquierda”.

El Frente Amplio insiste siempre en que los que no forman parte de él y militan en los partidos fundacionales,  son “la derecha”. Abandonadas, por lo menos en lo inmediato, las banderas iniciales de la izquierda revolucionaria sesentista y bajo las responsabilidades que impone el ejercicio responsable del gobierno, el Frente Amplio se ha ido alejando de las utopías de su programa original, corriéndose  hacia el “centro” y el policlasismo. Esto integra la nueva estrategia del Frente Amplio en un marco democrático.

Sabiendo que la Constitución habilita con el balotaje la posibilidad de que sus adversarios sumen fuerzas en la segunda ronda electoral, trató de sacar provecho de una bipolaridad partidaria latente en el imaginario colectivo uruguayo y que lo beneficia, en la medida en que nadie en el Uruguay parece querer ser o confesarse “de derecha”, por lo menos en el plano político  partidario.  Esta característica del pueblo uruguayo que lo diferencia de tantos otros de su ascendencia europea, proviene de su vieja herencia artiguista que a su vez coincide con la “batllidad” (no el batllismo), que bajo la influencia dominante de Don José Batlle y Ordóñez, se incorporó definitivamente y por encima de partidos a su imaginario colectivo, desde los comienzos del siglo XX, con un profundo sentimiento   de  democracia, libertad, igualdad y justicia social.(Tan cierto es esto que en un sondeo  abierto de popularidad entre líderes históricos que organizó un canal, conducido por Diego Delgrossi, resultaron primeros Artigas y Batlle y Ordóñez.)

En la medida en que el Frente Amplio parece haberse asegurado  una existencia estable, blancos y colorados, unidos durante quince años de gobiernos frenteamplistas  en la oposición,  pero enfrentados por su honda raigambre histórica, ya están lejos de los “viejos odios” que tanto los separaron y por lo tanto se sintieron inclinados a lograr una nueva concertación entre ellos, para enfrentarlo con mayores posibilidades de éxito, sabiendo ahora que es más lo que los une que lo que los separa.

Es indudable que esta consideración pesó a la hora de llegar al acuerdo que introdujo en 1996, la reforma constitucional que posibilitó el balotaje. Y por esa vía, superando  los resultados electorales adversos del 2004 en adelante, en las elecciones del 2019 lo lograron. Para el futuro, se ha abierto camino la posibilidad de recrear como en el pasado  una política de fusión o por lo menos una concertación que  – siguiendo el modelo del propio Frente Amplio – les permita acumular sus votos en un lema común, manteniendo su identidad histórica y partidaria.

Es indudable que la crisis económico-financiera del 2002, produjo un efecto traumático en el Partido Colorado, que alcanzó su peor votación luego de un largo proceso de desgaste que lo fue alejando de su condición de partido eminentemente popular. Eso fortaleció al Frente Amplio que absorbió buena parte de su electorado al recoger muchas de las reservas de la “batllidad” subyacente, con las que podía coincidir, por encima de las posiciones extremas de su “núcleo duro”. Lo anterior se produjo  a pesar de la superación de la crisis que fue un acierto del último gobierno colorado,  cuando ya se insinuaba “el viento a favor”, que vino de afuera (como antes había venido “de contra”) y lo sacó de los escollos, para darle diez años de prosperidad, de los que también se benefició el gobierno del Frente Amplio.

En buena medida eso favoreció también al Partido Nacional (por la coincidencia en los valores comunes aplicada en tantas concertaciones) que se instaló como el mayor partido de oposición, frente a su adversario tradicional que quedó desde entonces  rezagado, con porcentajes que apenas rozaron el 10% del electorado. Bastará pensar que en 1954 durante el apogeo de Luis Batlle, el Partido Colorado  obtuvo  más del 50% de los votos  -logrando similares mayorías a las que hoy ostenta el Frente Amplio en Montevideo y que nunca más pudo repetir- para comprender la verdad de lo que se viene sosteniendo. La condición eminentemente popular del Partido Colorado se remonta a su origen. (No hay que olvidar que ya don Juan Zorrilla de San Martín dijo en su Leyenda Patria que con los ojos de Rivera volvía la mirada de Artigas… )

Frente a este panorama el Partido de la Concertación, fruto del acuerdo para las elecciones departamentales y municipales de Montevideo, sólo pudo tomarse como una prueba experimental, nacida con muchos contratiempos y muy limitada, aunque demostró la eficacia de la idea inspiradora. Entre los tres candidatos que presentó, hubo uno considerado independiente, el Sr. Novick, que   sumó más de doscientos mil votos, lo que le hizo suponer que podía contar con ellos para constituir una fuerza propia. Se equivocó y la aguas volvieron después al mismo nivel anterior. (Los votos prestados nunca son definitivos).

Los que afirman que el Partido Colorado tuvo una votación bochornosa se equivocan. Muchísimos de los votos del Sr. Novick y muy probablemente la mayoría –dado que los colorados siempre votaron mejor que los blancos en Montevideo – debieron provenir de votantes colorados. Quizá también esa votación se robusteció no tanto por los sectores que declaradamente apoyaron a Novick, como de los muchos ciudadanos que vieron en él una figura renovadora, de talante firme e ingenioso, que enfrentó duramente a sus adversarios en el plano político, superando la imagen del empresario “outsider” que los inventores de aquel trivio fracasado quisieron asignarle.  Quedará para el recuerdo la frase lapidaria con la que le contestó a la Sra. Topolonksy: “Mientras yo cargaba cajones en la Feria ella cargaba fusiles…” Eso mismo hizo opacar a los candidatos, meritorios pero poco trascendentes, que disputaban con él la supremacía dentro del Partido de la Concertación, que ya se sabía de antemano no podía lograr la obtención de la Intendencia como lo marcaban todas las encuestas.

Quizá entonces, teniendo en cuenta todos estos elementos pueda reconocerse que la experiencia tuvo mucho de exitoso, porque sobrevivió la idea que después se continuó con la candidatura de la Sra. Laura Raffo.

Pero si se compara esta  experiencia reciente con la concertación entre opositores que habilitó el surgimiento del Frente Amplio – cosa que seguramente consideraron los dirigentes de ambos partidos que la propiciaron – se advierten diferencias sustanciales.

La primera es que el Frente Amplio aprovechó un momento conflictivo oportuno para su formación, como lo era la agitada  época de los años sesenta.  La segunda diferencia es que el Frente Amplio dio una imagen de unidad con una candidatura única, la del General Seregni en cambio, el Partido de la  Concertación, presentó tres candidatos y aunque esto se rectificó posteriormente, el acuerdo que posibilitó la candidatura de Raffo- pese a su valioso esfuerzo personal –  se hizo tardíamente. Hablamos de la unidad hacia fuera, no hacia adentro, que casi nunca se da en los partidos políticos. No bastó con presentar un programa concertado que es lo que la gente menos visualiza..

La tercera diferencia es que esta  concertación, en sus dos versiones, nunca se presentó como una verdadera coalición, ni siquiera con el respaldo de la que ya se había constituido a nivel nacional con el triunfo de la fórmula Lacalle Pou – Argimón, que tampoco se ha constituido orgánicamente.  Dejó siempre la impresión de que era un simple acuerdo electoral para arrebatarle la Intendencia al Frente Amplio. Debe recordarse que éste, constituido en “fuerza política”, siempre tuvo su Mesa Ejecutiva y su Plenario y supo desplegar una rápida red de militancia a través de sus Comités de Base.

Bajo estas condiciones es explicable que a estas concertaciones – que en la segunda nucleó a cinco partidos políticos – le falte hasta ahora  lo que siempre tuvo el Frente Amplio pese a su diversidad: organización y mística política.

“El colorado es un partido inquieto, maleable, cambiante; está en constante renovación interna; es de pasta más heterogénea y cosmopolita; presenta actitudes y orientaciones diversas en el curso del devenir, según las circunstancias y las condiciones político-sociales. El blanco se mantiene más homogéneo, idéntico, castizo, estable: ofrece una misma dirección a través de la historia.” ( Alberto Zum Felde ob. cit. p. 229)

¿Cómo puede visualizarse el futuro del Partido de la Coalición de Gobierno?

Si arrancamos como se hizo al comienzo de la experiencia primigenia de la Unión Liberal, pasando por la política de fusión que propiciaban Andrés Lamas y Bernardo P. Berro, habría que preguntarse con el primero:

 “Qué es lo que divide hoy a un blanco de un colorado?

Y seguramente volveríamos a escuchar la respuesta de Berro:

No hay entre ellos disconformidad ninguna en las ideas especulativas, no la hay tampoco en la aplicación de los principios…

Claro que este diálogo imaginario (aunque basado en sus propios textos) tendría que atravesar más de ciento cincuenta años de historia, pero aún así en las circunstancias actuales, una buena parte de sus electores (hasta ahora) seguramente estarían de acuerdo con ellos y votarían gustosos por un acuerdo de fusión.

Pero la historia no pasa en vano y en el análisis sociológico de la realidad de ambos  partidos, habría que concluir –como lo hace el ya mencionado Alberto Zum Felde – que la política de fusión entre ellos se  vuelve impracticable para los ciudadanos “al sentir que tal fusión no existe a pesar de los hombres” por lo que terminan por retornar a la política de partidos.

Este es el riesgo que corre la novel coalición que respalda al actual gobierno nacional. Para apreciarlo hay que tener presente que la idea de su formación arrancó de un grupo integrado por distinguidos  ciudadanos de uno y otro partido  alejados de la política activa que constituyeron, a comienzos del 2011,  lo que se denominó la “Concertación Ciudadana”. Allí estaban por los colorados el Dr. Carlos Maggi, el Escribano Stirling y el Embajador Castells y por los blancos, el Dr. Sienra Roosen, Francisco Faig  y Juan Martín Posadas.  En  la convocatoria  que hicieron en versión digitalizada   se leía:

“Concertación Ciudadana no es un movimiento político. Es un movimiento cultural que no pretende cambiar la realidad uruguaya, sino la opinión de los uruguayos. Se trata de un cambio en la mente: que la opinión pública vaya apreciando cada vez más conceder valor al buen comportamiento que debe animar a los opositores. Sólo eso traería un cambio en la actitud de los líderes contra quienes no va nuestro grupo. Al revés se trata de engrandecerlos dándoles fuerza política  sin destruir ni suplantar a nadie”. (“On line” – Concertación Ciudadana-  18.8.12 -)

       Pero cuando la idea llegó a los líderes estos tuvieron muchas dudas, demoraron mucho tiempo perdiendo la oportunidad y cuando la  aceptaron como experiencia en Montevideo, lo hicieron sin mucho entusiasmo como se deduce  del escaso aporte que le dieron en la última  campaña electoral.

Todo tiene su explicación. Como bien lo señala Zum Felde, los Partidos Colorado y Blanco guardan diferencias que no solo pueden considerarse como históricas sino profundamente sociológicas:

“El colorado es un partido inquieto, maleable, cambiante; está en constante renovación interna; es de pasta más heterogénea y cosmopolita; presenta actitudes y orientaciones diversas en el curso del devenir, según las circunstancias y las condiciones político-sociales. El blanco se mantiene más homogéneo, idéntico, castizo, estable: ofrece una misma dirección a través de la historia.” ( Alberto Zum Felde ob. cit. p. 229)

      De algún modo se podría decir que la imagen de sus fundadores, Rivera y Oribe, ambos patriotas de Artigas, el fundador de nuestra nacionalidad, se ha proyectado hasta el presente. Es la lejana herencia de la Guerra Grande que no pudieron superar Lamas y Berro.

Quizá esto sirva para explicar porqué el Partido Colorado estuvo la mayor parte de nuestra historia ejerciendo un gobierno que se proyectaba desde la Capital, mientras los blancos se consolidaron en el interior del país, con sus propios valores,  tanto que siguen manteniendo la mayoría de los gobiernos departamentales.  A ello habría que agregar la tradicional e inútil oposición entre la ciudad y el campo, que nuestro país no ha podido superar desde la formación nacional, aunque tiende a lograrlo.

La tarea de la creación de una concertación sólida,  con alcance nacional y departamental  y mayor eficacia política, que respalde al actual y a futuros gobiernos, no es simple y se ha complicado con el surgimiento de un nuevo partido, Cabildo Abierto,  que tuvo una excelente votación, el debilitamiento del Partido Independiente y la casi extinción del emprendimiento del Sr.Novick. Este proceso fundacional siempre va a dejar desconformes por los intereses contrapuestos en juego por los que unos pueden ganar y otros perder, lo que no ocurrió con la formación del Frente Amplio que, en 1971, tenía todo para ganar.

Una cosa resulta clara: en las actuales circunstancias el Partido Colorado, muy dividido y disminuido,  está luchando por su propia supervivencia  como fuerza gravitante,  mientras que el Partido Nacional mantiene su predominio en el interior y con él da base firme a su estructura que permanece intacta. Pero los blancos  caerían en un error si creyeran que eso los favorece.  La realidad es otra: blancos y colorados se necesitan mutuamente, tanto que en algunos departamentos la concertación se dio “de hecho”, indiscriminadamente, en la masa ciudadana, para lograr un triunfo que de otro modo no se hubiera logrado y dejando la impresión que de haberse concretado de manera formal,  se hubieran podido obtener otros triunfos que quedaron por el camino, como ocurrió en el departamento de Salto. Ambos partidos fundacionales deben contemplar y respetar el crecimiento de su otro socio, Cabildo Abierto, que bajo el liderazgo del General Manini Ríos
ha demostrado la capacidad de llegar a sectores populares, lográndolo a expensas del Frente Amplio en algunas circunscripciones. De todos modos  es todavía muy joven como para predecir sus proyecciones de futuro.

No le faltaba razón a Carlos Maggi cuando afirmaba  que “la mitad de los uruguayos se divide tajantemente en blancos y colorados que en vez de entenderse para ganar fuerza, cultivan la confrontación”. (“on line” cit. “El misterio de la Concertación” -23.6.2012) Esta es la base de todo posible acuerdo con perspectivas de éxito, más allá de otras aportaciones.

Tal vez por aquello que tantas veces se dijo de que “el que gana en Montevideo y Canelones gana en todo el país” los blancos saben muy bien que aún con su superioridad actual no mantendrán el gobierno sin el apoyo de los colorados. Estos por su parte tienen que ganar tiempo para su recuperación, dificultada por la frustración del fugaz liderazgo del Sr. Talvi. Sin embargo, no deberían olvidar que siendo los mejores representantes de aquella “batllidad” subyacente que circunstancialmente han aprovechado los frenteamplistas, eso puede asegurarles un futuro que se proyectaría desde el pasado,  si manteniendo cada partido concertante su propia identidad, en un espectro amplio de opiniones, el Partido Colorado marcara claramente una posición acorde con el batllismo primigenio. Esa sería la única manera de recuperar muchos  de los votos que emigraron al Frente Amplio.

Claro que blancos y colorados siempre tienen la posibilidad del balotaje para unir sus votos. Pero estando separadas solo por un mes las dos rondas electorales, los acuerdos “de compromiso”, como ha quedado demostrado,  siempre dejan votantes desconformes que no acompañan y nunca llegan a tener la cohesión necesaria como para sustituir a una concertación, generada anticipadamente y con el tiempo necesario para constituir una razonada y verdadera unión que recoja la confianza de sus votantes. Por eso es indispensable que la Coalición Republicana se institucionalice orgánicamente, tenga una mesa política que funcione como una agrupación de gobierno y paulatinamente avance hacia la constitución de un lema partidario propio, con autoridades comunes y una simbología apropiada que la identifique.

El ejemplo del Frente Amplio demuestra que eso es posible – salvando contradicciones ideológicas mucho más profundas –  manteniendo cada partido su propia identidad. Tampoco debe excluirse que surja una tercera columna, verdaderamente independiente, que aumente su espectro político y, en tal caso,  deberían agotarse todos los esfuerzos para integrarla a la coalición renovadora. Es posible que muchos líderes  se tengan que enfrentar al viejo problema del “creador y la criatura”  y que, por el  temor de que  – como en el cuento del aprendiz de brujo – no puedan contener las fuerzas que desataron en el laboratorio, se muestren  vacilantes. Pero no deben olvidar que en el crisol de la libertad de amalgaman, tarde o temprano, todas las fuerzas auténticamente partidarias de la democracia y la justicia social que comparten un mismo modelo de país.

Desde luego, nadie puede predecir el futuro sobre todo en un país como el nuestro donde generalmente los grandes cambios cualitativos estuvieron precedidos por graves crisis económico-sociales que todos deseamos que no se repitan,  aunque desgraciadamente siempre pueden ocurrir. Ahora tenemos el ejemplo de la pandemia del Covid 19 a nivel mundial y las interrogantes de futuro que plantea. Por lo mismo estas consideraciones siempre tendrán mucho de hipotéticas.

De todos modos algo se perfila. El Frente Amplio apuntará a recuperar los votos que perdió en el interior del país, con una candidatura de esa procedencia – que  hasta ahora no tuvo – y podría ser la de Yamandú Orsi, el intendente de Canelones, que ejemplifica esa imagen. A su vez apuntando al activo movimiento feminista encontrará en la nueva intendente de Montevideo, Carolina Cosse, una figura combativa ideal para tentar una dupla exitosa, de acuerdo a los que se resuelva en su interna. La autodenominada izquierda ya  no platea que la lucha de clases sea el motor de la historia y le ha dado su apoyo a todas las minorías activistas – para mantener el entrenamiento dialéctico –  mientras ejerce el control de la actividad sindical, donde tiene su fuerte el Partido Comunista. Eso mismo ya ha logrado en la estructura orgánica –  engorrosa y bipolar que ha asumido desde su origen –  donde en el plenario la representación de base que también controla, bloquea frecuentemente a la representación política, como lo acaba de reconocer el Contador Astori, uno de sus líderes históricos, a quien la derrota parece haberle abierto los ojos que hasta ahora mantuvo cerrados.

Entre los blancos ya mencionan varias figuras como posibles candidatos para el 2024 (Delgado, Argimón y algún intendente del interior). Los colorados se benefician en lo inmediato con la sabiduría y el liderazgo de Sanguinetti, pero inevitablemente saben que deben encontrar quien lo sustituya.(Además de las figuras de trayectoria como Bordaberry, Viera, Pasquet, etc.  Robert Silva es una figura promisoria si consigue llevar adelante la reforma de la enseñanza) Lo que sí se puede predecir, es que como también lo señalaba Carlos Maggi –uno de los hombres más inteligentes que ha dado nuestro país en los últimos años – “la concertación por ser racional y coherente tendrá cada vez más opinión pública y habrá más rechazo a la enemistad planeada entre los prohombres blancos y colorados.”(Ob. cit.)  

        Desde luego, Maggi no pudo prever acontecimientos políticos que se produjeron después de su lamentado deceso. Por eso hablaba solo de blancos y colorados. Pero estamos seguros  de que en ese intento racional y coherente también le habría dado la bienvenida a otras fuerzas que se hubieran sumado con la misma orientación, como es el caso de Cabildo Abierto, en tanto sepa disciplinarse para avanzar por el mismo camino.

Tal vez eso lleve a que nuestro país vuelva a un bipartidismo ideológico que –  sin llegar a la grieta irreparable que destruye el sentimiento nacional, como ha ocurrido en otros países –   lo beneficiaría,  por ofrecerle a la ciudadanía una verdadera opción, sólida y coherente,  para  un  gobierno democrático que recoja la esencia de nuestra nación y lleve adelante las reformas estructurales que son necesarias para lograr su pleno desarrollo.


  • El Dr. Washington Bado fue presidente del Niño (posteriormente INAME e INAU, entre 1988 y 1989) y  Subsecretario del Ministerio del Interior, acompañando al Ministro Didier Opertti, durante la segunda presdiencia de Julio María Sanguinetti (1995-1998).