La noche del golpe

Pocas horas antes del golpe de Estado, antes incluso de la histórica sesión del Senado de la noche del 26 de junio de 1973,  Wilson Ferreira Aldunate pronunció el que sería el último discurso ante sus partidarios, antes de su salida al exilio.

En el libro «La Cacería de Wilson» (Editorial Planeta, 2018),  nuestro Director Graziano Pascale lo reprodujo textualmente.

Sigue el capítulo del libro titulado «La noche del golpe»

—–

Antes de desembocar en la avenida San Martín, frente al triángulo que forma con Santiago Sierra en el corazón del Cerrito de la Victoria, la calle Granaderos albergó el cine Grand Prix. El destino quiso que a 600 metros del lugar donde Manuel Oribe levantó el cuartel general de su gobierno en 1843, Wilson pronunciara su más encendido discurso en defensa de la legalidad que al día siguiente sería abatida por el despotismo militar.

El entusiasmo del público y la masiva asistencia al que sería el último acto político antes del deshielo de 1982, cuando el gobierno autorizó la realización de elecciones internas en algunos partidos políticos, no hacían pensar que el país estaba a pocas horas de la clausura del Parlamento y la entronización de una dictadura.

Además de la despedida de sus seguidores para cumplir con la promesa formulada poco después en el Senado: el Partido Nacional sería el “más radical e irreconciliable enemigo” de la dictadura, el discurso de esa noche supuso para Wilson un repaso de los hechos que habían propiciado el golpe y un análisis detallado de las responsabilidades que distintos actores debían asumir frente a la caída de la democracia.

La soledad de Wilson quedó en evidencia. Arrastrado por el oleaje de la violencia tupamara, la reacción desmedida del aparato militar fuera de control, y la complicidad o la cobardía de quienes medraban con el receso de la democracia, Wilson no encontró espacio ni apoyos para que la tensa situación se desbloqueara a través de una consulta directa a la ciudadanía.

Tal vez algunos actores cometieron errores de cálculo, otros temieron perder las posiciones políticas alcanzadas. En cualquier caso, el discurso de Wilson, cuya versión escrita se publica aquí por primera vez, deja al descubierto la sórdida alianza entre militares golpistas y líderes tupamaros en su común propósito de aniquilar el funcionamiento de las instituciones democráticas a través de las cuales se expresa libremente la voz de la ciudadanía.

Es probable que Wilson, en su intento por evitar males mayores al país, haya confiado en quien no debía confiar. De todos modos, el lugar que se ganó en la historia del país deba ser valorado por su compromiso con la concordia nacional y su defensa de las libertades públicas y del sistema de partidos sobre los cuales –y solo a través de ellos– se construye la democracia política. El devenir de los hechos, desde entonces hasta el presente, muestra lo certero de su visión y el error en el que incurrieron quienes apostaron a una salida de fuerza.

Entre vivas a Wilson, a los blancos y al Partido Nacional, el caudillo dirigió las siguientes palabras al público, mayoritariamente joven, congregado aquella noche en el cine Grand Prix:

El discurso

“Queridos amigos: quizás el destino haya querido que esto que hubiéramos deseado fuera simplemente la ceremonia grata y enfervorizada de la iniciación de actividades de una de nuestras coordinadoras, sea una actividad mucho más trascendente, que sea el momento en que nos congreguemos por última vez durante algún tiempo. Tenemos información exacta de lo que ha venido ocurriendo en el Poder Ejecutivo, en un clima de creciente tensión, de negociaciones febriles señaladas por la intransigente actitud del Presidente Bordaberry, empeñado en eliminar las libertades públicas, de suprimir el Parlamento, y en ahogar al país bajo un manto de desdicha que seguramente, si cumple sus propósitos, sobrevendrá.

”En el día de hoy, según nuestras informaciones, el Presidente de la República habría sometido a su Consejo de Ministros, que debe estar reunido en estos momentos, un decreto por el cual se disuelven ambas ramas del Parlamento, y se instituye una dictadura encabezada por el señor Bordaberry y asesorada por un Consejo de Estado de 20 miembros, a cuya designación en estos momentos se estaría procediendo. De los once ministros que integran el gabinete gubernamental, se habrían obtenido ya para refrendar esta infamia las firmas de nueve, habiéndose negado a prestar las suyas solamente el Ministro de Cultura, Robaina Ansó, y el Ministro de Salud Pública, doctor Purriel.

”Eso naturalmente iniciaría una época muy difícil de la vida nacional. Los pretextos que el Poder Ejecutivo invoca, según las informaciones que nosotros poseemos, serían la comprobación de las actividades sediciosas en que habría incurrido el senador Enrique Erro, y, por consiguiente, dice el proyecto de resolución oficial, la complicidad del Parlamento con dicha actividad sediciosa, al no acusar ante el Senado por la vía del juicio político al senador aludido.

”Si algo nos ha venido indignando progresivamente en los últimos tiempos es que haya uruguayos tan malos orientales capaces de jugarse la suerte del país por Erro. Y con eso no estoy minimizando la investidura de dicho senador, que al fin de cuentas fue llevado a ese cargo por los votos libremente expresados de un contingente ciudadano. Estoy diciendo simplemente que si en este país hay gente que tiene cuentas a cobrarle al señor Erro, es precisamente la gente del Partido Nacional. En las relaciones con Erro, si hay acreedores somos nosotros, que él nos debe a nosotros mucho más que a ningún otro. Y aún el país tiene deudas que cobrarle a Erro, no las que ahora pretende exigírsele, sino otras aún más trascendentes, que al fin de cuentas si el señor Bordaberry es Presidente de la República, y si el país pasa los duros momentos que está atravesando, es porque la deserción del señor Erro privó de su victoria al Partido Nacional. Pero yo no voy a perder el tiempo diciéndoles a ustedes las razones que nos obligaban a no votar el desafuero solicitado por el Poder Ejecutivo. Desde el momento en que a un blanco lo ponen de juez, de juez actúa. Y dijimos, así se venga el mundo abajo si no aportan las pruebas de las afirmaciones, no hay desafuero, ni de Erro ni de nadie.

”Parece que están empeñados en que el mundo se venga abajo. Pero también quiero decirles que cometería un grave error quien aislara al episodio Erro del contexto total. El desafuero de Erro no es nada más que una pieza que encaja en esta operación deliberadamente emprendida por un sector de malos soldados y de malos uruguayos, destinada a destruirle al país su propio sistema constitucional y político, empezando por sus partidos, que son los únicos instrumentos válidos de la expresión de la soberanía popular. Se llenan la boca con la defensa de la democracia, pero la democracia que dicen defender no existe sin un sistema de partidos. Y para defender lo esencial del patrimonio cívico y cultural del país, vamos a comenzar por defenderle sus partidos políticos. Y si el Uruguay se quedó sin Partido Colorado, como se quedó, no es nuestra la culpa. Pero por lo menos le vamos a defender su gran columna cívica que es el Partido Nacional. Yo podría decir aquí todo lo que el Partido Nacional ha hecho para defender las instituciones, incluso desde el día mismo en que el señor Bordaberry asumió el poder. ¿Alguien puede suponer que el señor Bordaberry representa al batllismo o al Partido Colorado? Siempre el presidente fue el guía y el conductor del Partido Colorado, si al fin de cuentas el Partido Colorado era el nombre que aplicábamos al oficialismo, al gobierno. Además de la vieja tradición emocional, Batlle le dio al Partido Colorado una definición racional. No era la nuestra, considerábamos que estaba reñida con los verdaderos intereses del país, que era una expresión escasamente nacional de las cosas uruguayas. El batllismo era la ruptura con las auténticas raíces nacionales, pero era, por lo menos, una orientación urbana, una visión centralista de la vida nacional, pero, al fin de cuentas, era una columna coherente, con sectores que querían más o menos lo mismo. ¿Qué queda de eso? ¿Qué queda del batllismo? A veces tengo la impresión de que queda un batllista solo, que es Amílcar Vasconcellos, y que cumple el triste papel de terminar proporcionando sus votos, con la vieja invocación de los ideales de Batlle, a quienes representan la negación de todo lo que Batlle significó en el país.

”¿Quién no sabe que cualquier solución a la que se arribe, si no es con las banderas del Partido Nacional, es una solución corta o injusta? ¿Quién ignora que sólo con el Partido Nacional el país podrá encontrar caminos de entendimiento y de comprensión entre la gente? Todos los demás caminos están sembrados de odio, de enfrentamiento, de división. Solamente en estas columnas la gente puede militar como milita, aún en tiempos tremendamente difíciles como los que estamos viviendo, sonriendo. Vean qué diferentes son los muchachos nuestros de los de los otros. Hay sólo dos fuerzas: las que los agrupan bajo el signo de la exasperación y del odio, las que hacen de ellos arrojadores de piedras y que los exhiben con los puños crispados, y esta otra columna de muchachos nuestros, lindos muchachos y muchachas alegres, alegres. Solamente la gente con fe respeta, el que no cree en sus cosas tiene que agredir. Porque fuerza es la del milico prepotente y también la del pedante intransigente. Tan fuerza es la del vanidoso que se cree monopolizador de la justicia, de la verdad y de la voluntad popular, como la del que no entiende nada, y porque nada entiende termina agarrando a las patadas las cosas, porque no sabe hacerlo de otro modo. Nosotros somos una columna de concordia, de entendimiento nacional. Vamos a defender por cualquier modo, por cualquier medio, el derecho a opinar libremente.

”Este país conoció hace poco una expresión de violencia organizada. Todo el movimiento sedicioso no era otra cosa que una expresión muy clara de pérdida de confianza en las posibilidades de la razón. El tupa, cualquiera fuera la intención que anidara en el fondo de su alma, era un hombre convencido de que todos los caminos de esperanza estaban cerrados, y que la única forma de conseguir las cosas era encarcelando, secuestrando, matando. El tupa era la expresión de la falta de fe. Nosotros creemos que el camino es otro, el del respeto de la opinión ajena, el respeto de toda opinión honrada, y aún de la que no consideremos honrada. Pero que no se nos cierren los caminos del entendimiento.

”¿Estos que invocan las Fuerzas Armadas acaso creen que el Uruguay les va a perdonar el insulto que a las armas nacionales, al Ejército, le van a hacer y le andan haciendo? Que al Ejército, si no lo saben defender ellos, se lo vamos a defender nosotros. Nosotros le vamos a defender al país la posibilidad de que las Fuerzas Armadas sigan siendo nuestra gran institución nacional, símbolo de lo que une y no de lo que separa. Vamos a defender la gloria de una institución que al fin de cuentas es la imagen de toda nuestra historia.

”Por otro lado, esta tarea está hoy facilitada por una pérdida de fe de quienes nos salieron a llenar los oídos con consejos y admoniciones, proclamándose únicos depositarios de la lucha por la justicia social. Al fin de cuentas, ustedes saben bien que estamos al borde de un golpe de Estado, a horas, a minutos de la instauración de una dictadura militar, y que si no quisieran el Partido Comunista y la CNT, aquí no habría dictadura militar. Si aquí las instituciones flaquean es simplemente porque hay un sector de presuntos reformadores y revolucionarios empeñados en mantener, por encima de todo otro objetivo, la posibilidad de seguir revistando burocráticamente como ejecutivos cómodos de organizaciones gremiales, o como propietarios –porque es el único Partido Comunista revolucionario del mundo que compra cada vez más inmuebles- que quieren gozar de su derecho de propiedad sobre sedes sociales lujosas y mantener la condición de legalidad, que en este caso dejaría de ser legalidad para ser autorizadas por el gobierno, que han gozado desde hace medio siglo. Esta es también la tragedia nacional, que a mucha gente convencieron de que los intérpretes de la voluntad popular, de las inquietudes de la gente, eran un núcleo de autodesignados revolucionarios o transformadores de la estructura social, que, sin embargo, estaban, muchas veces estuvieron y hoy están, al servicio de cualquier gobierno que asegure el ejercicio de un control sindical, del cual no importa nada en qué sentido se ejerce.

”Estos son los factores de debilidad. Pero por otro lado están los factores de fuerza. Está el Partido Nacional, y está la gente, la gente como gente. Está el obrero, que llegará un día que le dirá que no al seudo dirigente sindical que siga sometiendo su interés concreto a la consigna de un partido político reaccionario y totalitario como el Partido Comunista […] como si al Uruguay pudieran medirlo en función de clases enfrentadas unas a otras. Mucho más lindo y más noble y generoso es nuestro sentido de hacer política, que no ve a los uruguayos como integrantes de una u otra clase, sino como orientales, que mide a la gente en función de su corazón, de su alma, de su honradez, de su empeño en servir la causa nacional, y no por el monto de su ingreso mensual.

”Nuestra muchachada necesita consignas muy claras. A veces, cuando los problemas conmueven a muchos sectores de la colectividad, me he encontrado que nuestros muchachos reciben invitaciones para colaborar con otros en la búsqueda de determinados objetivos. Y naturalmente el hombre es esencialmente un dialogador. El hombre tiene la necesidad y el deber de entenderse con los otros hombres, y aún con los que no piensen como él. Y es bueno en principio colaborar con todos, sin andar preguntando demasiado exigentemente cuál es el último matiz de su pensamiento. Pero también es verdad que cuando los objetivos son políticos, entonces hay un deber sagrado y es averiguar muy cuidadosamente de la mano de quién se anda. Es muy importante tener una visión muy exacta y muy precisa de quienes pueden ser nuestros camaradas en la lucha, y quienes necesariamente -aunque en determinado momento aparezcan enarbolando banderas no iguales pero por lo menos similares- son nuestros adversarios, y tenemos el deber de considerarlos nuestros adversarios, nuestros enemigos irreconciliables.

”Antes de la última elección, periodistas extranjeros me preguntaban si, en caso de ganar el Partido Nacional, nosotros haríamos un gobierno que incluyera también al Frente Amplio. Les dije que nosotros vamos a hacer un gobierno de buenos blancos, pero no un gobierno de blancos, vamos a pedir que nos ayuden en la tarea hombres y mujeres de todos los partidos, porque el objetivo no es servir a los blancos, es servir a los uruguayos todos. Pero concretamente en este tema, si nosotros hubiéramos gobernado conjuntamente con el Frente, dije que trataremos desesperadamente de obtener la colaboración de todos los sectores no totalitarios del Frente. Aquellos que no sienten hondamente el ideal de la libertad, aquellos que creen que la libertad es simplemente un medio, un instrumento para conseguir otras cosas, esos están hondamente equivocados o por lo menos están esencialmente diferenciados de nuestra filosofía política. Nosotros creemos y afirmamos que la libertad no es un medio, es un fin en sí, es el modo de lograr que los hombres sean hombres, que sean dignos de su calidad humana. Nosotros no creemos que sea válido afirmar que todos estos valores que permanentemente están en juego sirvan únicamente en determinado contexto social. Cuando se instaura la sociedad colectivista deja de tener sentido la autonomía universitaria, la libertad del individuo. Todos deben someterse a la dictadura del proletariado.

”El general Seregni -y no lo digo ahora para fomentar elementos divisionistas sino porque tenemos el deber de ser muy claros- dijo días pasados en la explanada municipal que el país corría el riesgo de que se instalara en el país una dictadura de derecha. No, no, no es así. El peligro no es que se instaure en el país una dictadura de derecha o una dictadura de izquierda. El peligro es que se instaure una dictadura, cualquiera que sea. ¿Qué nos importa a nosotros el signo o la orientación de una dictadura? Lo que nos importa es que lo único válido es un gobierno emanado directamente de la voluntad popular. Ojalá sea el nuestro, pero si no es el nuestro, que sea lo que el pueblo quiera aunque no sea lo que nosotros queramos. Esto es lo elemental. Es la base de todo. Y por eso le digo a nuestros muchachos que desde ya tengan muy clara la consigna: a defender la libertad junto a cualquiera que esté dispuesto a estrechar filas con nuestra gente para defender valores sagrados del país, militar en cada una de las causas concretas, cada obrero peleando por su salario, cada hombre luchando aún por las cosas aparentemente menos trascendentes, por la escuela de su barrio, por las facilidades de su pago, pero no perdiendo jamás de vista que por encima de todas las cosas un blanco es un luchador de la libertad, y que el gran objetivo es restaurar la República. Y para restaurarla, no sirven los enemigos. ¡Con totalitarios nada, nada, nada!

”No es sólo con blancos, naturalmente que no es sólo con los blancos, aunque prácticamente son los únicos que al país le van quedando. A sus columnas van a tener que venir los que andan integrantes extraviados de un ejército derrotado o perdido, los que andaban hasta ayer militando en otras filas. Tendrán que venir a servir al país bajo las banderas del Partido Nacional, que son las banderas de la patria.

”Nuestros hombres están expuestos a todo género de denuncias malevolentes. Nosotros tenemos las pruebas del pacto al que llegaron Amodio Pérez y ciertos oficiales del Ejército para destruir el aparato político, y concretamente para destruir al Partido Nacional. Nosotros tenemos un documento que envía Amodio a alguien fuera del cuartel para citarlo y encontrarse dentro del cuartel, para acordar dentro de la unidad militar los detalles de la operación consistente en editar un libro en el cual se consignarían la historia del movimiento tupamaro, y además, redactado por capitanes y tenientes coroneles del Ejército Nacional, todo un capítulo destinado a destruir al Partido Nacional. Y esto lo dice Amodio concretamente con todas sus letras. Nos faltaba solamente la prueba de la autenticidad del documento, y la obtuvo el senador Dardo Ortiz, que le sacó la letra a Amodio, y hoy nosotros podemos demostrar ante cualquier tribunal del mundo -y de esos documentos no se van a apoderar porque ya no están en Uruguay- la existencia de esa conjura.

”A mí y al resto de los legisladores del Partido Nacional la justicia militar nos manda diez exhortos por semana, nos acribilla a exhortos. El otro día me mandaron uno para preguntarme si yo había revelado un documento que consignaba que la Armada tenía la orden de traicionar a la patria. Sí señor, contesté, es verdad. ¿Cómo voy a tener escondida la prueba de la traición?

”Yo vivo gritando esto que les digo a ustedes. Lo digo en el Senado, lo digo en la Asamblea General, lo digo en la plaza pública, lo repito ahora: tengo los nombres de los soldados, de los oficiales del Ejército que traicionaron a su patria, cometiendo los delitos más repugnantes, tengo los nombres y tengo las pruebas de una conspiración junto con los tupamaros persiguiendo el objetivo común de instaurar una dictadura militar después de destruir las instituciones. ¿Y por qué no me preguntan, por qué no me mandan exhortos, por qué no tratan de averiguar?

”En este país han venido a descubrir novedades que los blancos conocemos desde el principio de la historia. En este país nos han venido a hablar de revoluciones, todos hablan de revoluciones en los Sorocabanas, pero los únicos que hemos hecho revoluciones hemos sido los blancos. En este país han descubierto ahora las grandes columnas populares, han descubierto la insurrección de las masas para obtener la satisfacción de sus legítimos reclamos. ¿Por qué no se ponen a averiguar que en este país ha habido episodios de maravilla como las revoluciones de 1897 y 1904, que significaron auténticas explosiones populares, y que columnas populares más populares que esas no hubo nunca en la historia de país? ¿Qué nos tienen que enseñar a los blancos? Al contrario: que traten de aprender un poco la permanente lección de civismo de estas columnas, que, cuando de ellas nadie se acuerde, van a seguir asegurándole el destino a este nuestro país.

”Yo les pido que ustedes ayuden a mantener organizado al Partido Nacional. Este es un deber absolutamente ineludible. Se es blanco todo el día, se es blanco toda la noche, se es blanco siempre; se es blanco en el trabajo, en la casa, en la esquina, en el bar, en el fútbol, en donde sea. Pero además se es orgullosamente blanco. No es ‘soy blanco, y qué’. No. Soy blanco arrogante, agresivamente blanco. Que nos envidien los otros. Y eso hay que transportarlo al deber de organización de una gran fuerza cívica. Es poco lo que le pedimos a cada uno: militancia, fervorosa militancia por una causa que es la causa del país, fervorosa militancia para asegurarle a nuestros hijos que no tengan que salir a pelear por lo que nosotros tenemos la obligación de darles o, por lo menos, por la posibilidad que tenemos que abrirles para que ellos consigan sus cosas en paz. Y créanme, créanme: gracias a Dios les vamos a pasar por arriba. Que no se vaya triste nadie de aquí. Que de aquí salgan todos preocupados, naturalmente que todos tenemos el deber de andar preocupados, pero que de aquí no salga nadie triste, que de aquí salga la gente sonriendo, con alegría. No hay nada más lindo que pelear contra estos, que afirmar el destino nacional a través del Partido, de nuestro Partido Nacional. Váyanse tranquilos a sus casas. No caigan en aventurerismo. No incurran en el riesgo fácil. Quizás cuando pasen los años, podamos decir que tenemos que agradecerles que nos dieron la oportunidad, que sirvieron casi como catalizadores de esta explosión fervorosa del alma nacional, bajo las banderas de nuestro invicto Partido Blanco.