¿25.000 millones de estafa de los gobiernos uruguayos?

por Beatriz López López.

Los últimos tres gobiernos uruguayos han protagonizado uno de los fracasos más espectaculares de gestión pública que se tenga memoria. En 2018 el Estado gastó más de US$ 25.000 millones—34% del PIB, duplicando el presupuesto de 2010. Una montaña de dinero que se evaporó sin rastro.

¿El resultado? Los mismos problemas, algunos peores. La pobreza infantil sigue siendo vergüenza nacional: más del 25% de los niños viven en miseria después de miles de millones invertidos. Pero NADIE aborda la pobreza como problema SISTÉMICO—solo como titular para hacer caja política. La inseguridad se disparó: Montevideo registra 13,5 homicidios por cada 100.000 habitantes mientras los jerarcas hablan de «políticas integrales».

El caso más patético es la pesca. Un sector que emplea 2.000 personas está literalmente agonizando: los pesqueros cayeron de 140 a 54, los empleos de 4.000 a 1.700, y las capturas se desplomaron 40% en dos décadas. Mientras tanto, el buque científico Aldebarán lleva dos años y medio roto, Uruguay se transformó en puerto de conveniencia para flotas extranjeras, y nuestras aguas quedan sin monitoreo. La ecuación es devastadora: nuestro único buque de investigación varado mientras otros operan libremente en lo que deberíamos estar vigilando.

¿Se ha convertido Uruguay en cómplice involuntario de la pesca ilegal china? La pregunta incomoda, pero los hechos hablan por sí solos. Cuando quienes tienen la responsabilidad constitucional de proteger nuestros recursos naturales los abandonan por desidia o negligencia, no solo dilapidan el patrimonio nacional: socavan la legitimidad misma del Estado como custodio del bien común.

Señalar a estos responsables políticos no es traición a la patria—es periodismo. Es el ejercicio más elemental de la transparencia democrática que exige una ciudadanía informada. El Aldebarán inmóvil es más que una embarcación rota: es la metáfora perfecta de un país que ha renunciado a ejercer soberanía sobre lo suyo. Mientras nuestros ojos permanecen cerrados, otros escriben el futuro de nuestros mares. Y ese futuro, cada día que pasa, nos pertenece menos.

¿Qué hay detrás de este desastre?
La respuesta es simple: gobiernos que no SABEN dar soluciones. Políticos profesionales que confunden gestión con marketing, que creen que tirar plata resuelve problemas estructurales.
Tomemos el sector pesquero. El último plan nacional de pesca es de 1973. Cincuenta años sin una estrategia. Cincuenta años de improvisar. Mientras tanto, Desde el Centro CERES aseguran que, respetando los límites del ecosistema, la industria pesquera uruguaya podría aumentar un 123% su volumen de pesca para la exportación. Esto tendría un impacto de 200 millones dólares cada año y derivaría en la creación de más de 2.000 puestos de trabajo.
Pero claro, eso requiere planificar, estudiar, trabajar. Es mucho más fácil hacer conferencias de prensa y echarle la culpa al gobierno anterior o al mercado internacional.
El patrón se repite en todos los sectores: educación estancada, salud con problemas crónicos, vivienda déficit creciente. Miles de millones de dólares que se van en burocracia, consultorías inútiles y programas que suenan bien en los discursos pero no resuelven nada. Además la estrategia de ocultarse detrás de programas que parecen honestos y profundamente «humanos» luego resultan opuestos en sus haceres y quedan expuestos.
Uruguay tiene recursos, tiene oportunidades, tiene capacidades. Lo que no tiene son gobiernos competentes. Tiene una clase política que confunde administrar con hacer campaña permanente, que cree que el Estado es una máquina de emplear amigos y repartir favores.
El resultado está a la vista: un país que podría ser potencia en pesca, turismo, tecnología y agroindustria, pero que se conforma con ser mediocre porque sus dirigentes no están a la altura. Un país rehén de políticos que no saben hacer nada más que perpetuarse en el poder.
Como si todo esto fuera poco, ahora tenemos al ministro de Trabajo Juan Castillo fantaseando con la incorporación de tecnología en los procesos productivos, siempre con el objetivo de generar valor agregado y más empleos, queriendo aplicar esquemas laborales del siglo XX a un mundo digital que funciona con lógicas completamente diferentes. Castillo no entiende que la tecnología y los derechos laborales tradicionales existen en mundos disjuntos. El sector tech prospera precisamente por la flexibilidad, la meritocracia, el trabajo remoto, la innovación constante. Querer encorsetarlo con marcos regulatorios arcaicos es como pretender gobernar internet con las reglas del telégrafo.
La libertad individual siempre existirá, más aún en el mundo digital. Como decía Nelson Mandela desde su celda: «Nunca he considerado a ningún hombre como mi superior, ni fuera ni dentro de la cárcel». La mente libre no se puede regular, y menos en la era de la información.
Pero claro, para entender esto hay que conocer el mundo que se pretende regular. Y estos políticos de escritorio, que nunca trabajaron en tech ni entienden sus dinámicas, creen que pueden aplicar recetas sindicalistas de los años 70 a la realidad del siglo XXI.

El mundo que viene es de individualidades, singularidades, disrupciones y autonomía con interrelaciones globales… ya está sucediendo HOY. Tienen la honestidad de hacerse la pregunta: ¿Qué está bloqueando vuestros frágiles y prepotentes «liderazgos»? Tendrán el coraje de escuchar la respuesta o se esconderán en: ¿»yo gané las elecciones»? Un gobierno honesto se ocupa de la seguridad y cuida a su gente y sobre todo no molesta. En la ruta 8 en el km. 23, 24 y 25 hay un control de velocidad en cada kilómetro ¿no será mucho? ¿no será que insultan nuestra inteligencia o esto habla de ustedes? «El Estado depredador trata a los ciudadanos y a las empresas como cajeros automáticos, es decir que no sirven a los ciudadanos sino que se sirven de ellos». La única forma de crear algo más grande que los límites de cualquier individuo es el mundo que viene repito: autonomía, individualidades sistémicas y singularidades disruptivas. Muchos grandes mitos de pies de barro quedarán expuestos… y esto no se puede controlar (anticipación).

¿Cuándo nos hartaremos de administraciones que consumen más energía nacional de la que generan, que destruyen más de lo que construyen, que prometen más de lo que entregan? La transformación de un país no nace en los discursos—nace en la EXPERIENCIA DEL HACER. Mientras los políticos habitan el reino de las palabras, las naciones se forjan en la experiencia concreta: cada emprendimiento que prospera, cada innovación que resuelve problemas reales, cada uruguayo que decide apostar por crear valor en lugar de esperar que otros lo hagan por él. La esclavitud del siglo XXI no se sostiene con cadenas físicas—se sostiene impidiendo que la gente descubra su propio potencial de creación y eso es lo que hacen hoy no manteniendo la educación y seguridad de un país como lo están haciendo.

Pero hay una fuerza que ningún gobierno puede detener indefinidamente: la vida siempre busca más vida. La vitalidad humana, cuando encuentra cauces, es imparable. Y cuando una masa crítica de ciudadanos decide pasar del lamento a la construcción, se desata una transformación que ninguna estructura política puede contener.

Intentar frenar esa fuerza vital con burocracia y discursos vacíos es como pretender detener un tsunami con el dedo. ¿Es tal la arrogancia de quienes nos gobiernan? ¿O simplemente no comprenden que su tiempo ya pasó?

 

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