Abucheos para festejar el primer año de los silbidos

Graziano Pascale

La expectativa era muy grande aquella fría noche del 30 de junio del año 2024 en la Plaza Matriz, cuando el flamante ganador de la elección interna del Partido Nacional, Álvaro Delgado, subió al escenario montado frente al Palacio Vaeza, sede de la vieja colectividad de Oribe, Saravia, Herrera y Wilson.

El día se había llenado de rumores sobre el anuncio que haría el hombre que había sido la mano derecha del presidente Lacalle Pou como Secretario de la Presidencia, y que había apuntalado su carrera desde la fundación del sector Aire Fresco, que lo catapultó al liderazgo partidario, y desde allí a la jefatura del Estado. Su victoria en las elecciones internas del Partido Nacional lo colocaba a un paso de ser el sucesor de Lacalle. Aunque con algunos matices, las encuestas le daban al candidato del partido de gobierno grandes posibilidades de ser el próximo Presidente de la República.

La elección interna de los blancos había sido casi un trámite sin mayor emoción. Fue necesario incluso promover una segunda candidatura -la de la ex candidata a la Intendencia de Montevideo, Laura Raffo- para lograr que la estructura partidaria se movilizara en torno de una disputa de cuyo resultado la única duda era la magnitud de la victoria que tendría el candidato preferido del gobierno.

En los hechos, el resultado de la elección interna se decidió bastante antes, cuando el presidente Lacalle convenció al entonces ministro de Desarrollo Social, Martín Lema, de desistir de su aspiración de presentarse como candidato en las primarias del oficialismo, para aceptar ser el candidato de la Coalición Republicana a la Intendencia de Montevideo. Las puertas de la Presidencia se abrieron entonces para Delgado. Lo que vendría después -un Frente Amplio dividido y sin un liderazgo claro como fue el de Vázquez o Mujica- parecía entonces un escollo menor para el hombre de confianza del presidente Lacalle Pou.

Sin embargo, el proyecto presidencial de Delgado empezó a tambalear aquella noche del 30 de junio, cuando en su discurso de la victoria, rodeado de la plana mayor de su partido, anunció -para sorpresa de todos- que su compañera de fórmula no sería su competidora en las internas sino la ex dirigente sindical del gremio de los municipales, Valeria Ripoll, que poco tiempo antes había roto con el Frente Amplio para ingresar al Partido Nacional.

Los silbidos de los desconformes, y el aplauso de compromiso de quienes habían acompañado su candidatura, coronaron aquel anuncio inesperado. Lo que vino después fue una larga cabalgata por todos los programas periodísticos de la radio y la televisión para tratar de explicar lo que aquella noche resultó inentendible, y para zurcir la división partidaria que el anuncio había provocado.

El descenso de la votación del Partido Nacional con relación a la obtenida cinco años antes en la primera vuelta del 2019, y la victoria de Yamandú Orsi, el opaco candidato opositor, un mes después, fueron la prueba de lo desafortunado que fue aquel anuncio, y del peso que tuvieron aquellos silbidos en el resultado final.

La reconstrucción de los cabildeos que precedieron a la designación de Valeria Ripoll como compañera de fórmula dibujan el escenario de una decisión personal de Delgado, que sorprendió incluso al presidente Lacalle Pou, que algunas semanas antes había tenido una reunión reservada con su ex ministro de Salud Pública, Daniel Salinas, en la que la posibilidad de ser el compañero de fórmula de Delgado estuvo bajo análisis.

Un año después, la derrota de Delgado en el balotaje no parece haber mellado la confianza de Lacalle Pou en su delfín, aunque la elección en la Convención de ayer en Cambadu pareció profundizar la división partidaria, disimulada el año pasado por el apoyo del Espacio 40 a la fórmula Delgado-Ripoll. La escasa diferencia que separó a Delgado de su principal desafiante, Javier García, y los abucheos tras el anuncio del resultado de la votación, mostraron al Partido Nacional fracturado en dos tendencias, que reflejan dos modos distintos de relacionarse con el gobierno del Frente Amplio. Por un lado el talante negociador de las conversaciones -lideradas por Delgado y aún no culminadas- para el reparto de cargos en los entes autónomos, y por el otro un enfoque más confrontativo, como el asumido por el senador Sebastián Da Silva en el tema de la compra de la estancia María Dolores.

En medio de esas tendencias, emerge la figura de Lacalle Pou, que intentó ponerse por encima de esas diferencias, con su invitación a pensar en el año 2029, es decir, en la posibilidad de su regreso a la Presidencia de la República al frente de un Partido Nacional que pueda recuperar el entusiasmo de la campaña del 2019. El rol que ha elegido, fuera del Senado y del Directorio de su partido, siembra de dudas ese camino.

Liberado del impedimento constitucional, que tenía como Jefe de Estado, de participar en la política partidaria, su influencia se hará sentir desde el llano. Y desde el llano asistirá al postergado debate sobre el fracaso electoral del Partido Nacional. Tarde o temprano, los cuestionamientos también lo rozarán, y quizás esa sea la razón de que haya decidido quedar al margen del Senado y del Directorio. El que pudo ser el «padre de la victoria» en algún momento deberá explicar el papel que tuvo en el camino que llevó tanto a la derrota de Delgado en la carrera presidencial, como a la victoria de su delfín en la carrera a la presidencia del Directorio.

 

 

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