Impuestos mágicos y pobreza infantil: el placebo redistributivo

Nicolás Cavia

En Uruguay hay una antigua tradición: confundir sensibilidad social con ignorancia
económica. Esta vez, el turno es para los dirigentes del PIT-CNT, quienes proponen acabar con la pobreza infantil cobrando un 1 % lo mensual a los ingresos del 1 % más rico del país. La receta es sencilla, casi mágica: usted le saca un poco a los que más tienen, y con eso cura los
males del siglo. Sin reforma del Estado, sin revisión del gasto, sin crecimiento económico.
Solo con la fe ciega en que redistribuir salva.
Pero la realidad tiene otros números, no consignas.
El PIT-CNT parte de un supuesto: hay 25.000 personas con un ingreso a partir de USD
15.000 mensuales. Por lo que, haciendo un cálculo aproximado, la recaudación total sería de USD 45 millones al año. Pero esa cifra representa apenas el piso, no el promedio. Si
asumimos que los ingresos medios reales de ese 1 % rondan los USD 25.000 al mes,
entonces la recaudación llegaría a USD 75 millones anuales.
Ahora bien, todos estos números suenan a “mucha plata” … hasta que uno los compara con
la magnitud del problema que se pretende solucionar.
El gasto público uruguayo ronda los USD 22.400 millones al año. Lo recaudado por este
impuesto representa un 0,33 % del total. Es decir: USD 75 millones cubren apenas 1,2 días
de gasto público total de Uruguay. Y pretenden que eso elimine la pobreza infantil. No la
alivie. No la mitigue. La elimine.
Para ponerlo en perspectiva: el MIDES, con todos sus programas sociales, ejecuta alrededor
de USD 800 millones al año. Y no ha logrado mover sustancialmente la aguja de la pobreza
estructural. ¿Alguien cree seriamente que con un fondo diez veces menor se va a
transformar esa realidad?
Prometer que con “un 1 % al 1 %” se puede erradicar la pobreza infantil suena más a
eslogan que a política pública. Porque, seamos honestos: esto no va de pobreza infantil. Va
de esa vieja obsesión de la izquierda por sacarle más al que tiene más. Una envidia encarnada, disfrazada de justicia.
Este ejercicio muestra lo que toda persona mínimamente informada sabe: no se sostiene un Estado ni se elimina la pobreza castigando a un grupo reducido de personas, por más rico
que sea. No hay magia fiscal.
Pero lo más grave no es la torpeza técnica de la propuesta, sino su pretensión moral:
presentar como insensible a quien la critique, como si la única motivación posible para
objetarla fuera proteger a los ricos. Lo que verdaderamente se está señalando es que no hay atajos mágicos para cambiar estructuras sociales complejas. Lo que sí hay es ignorancia
voluntaria.
Y esa ignorancia es peligrosa, porque desvía la atención de los verdaderos problemas: un
Estado ineficiente, un sistema educativo en decadencia, un mercado laboral que expulsa a
los jóvenes, y una política social que reproduce clientelismo en vez de independencia.
La pobreza infantil no se elimina con una tasa del 1 %. Se combate con empleo productivo,
educación de calidad, salud preventiva y un Estado que gaste bien. Pero claro, eso exige
trabajo, acuerdos políticos, reformas duras y medidas impopulares.
Mientras tanto, seguir proponiendo medidas “mágicas” como esta es como pretender frenar
una inundación con un balde. Queda bien en cámara. Pero no salva a nadie.

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