
El antisemitismo que nunca se fue, vuelve con nuevos aliados
“El palestinismo es un sionismo árabe que busca legitimarse en la extinción de Israel, usando para ello tantas víctimas como necesario sea porque es, desde su nacimiento, la ideología de la victimización.”
Uruguay, país de tradición democrática y pluralista, asiste hoy a un fenómeno inquietante: el resurgimiento del antisemitismo bajo ropajes progresistas. No se presenta como odio explícito, sino como antisionismo militante, como denuncia de un supuesto apartheid, como condena de un “genocidio” que se atribuye al Estado de Israel. Pero detrás de esas palabras, se reactiva una gramática del prejuicio que ya conocemos.
Dos hechos recientes lo ilustran con nitidez. El primero: la firma de una declaración pública por parte de decenas de figuras de la cultura uruguaya —músicos, escritores, actores, docentes— exigiendo al gobierno el rompimiento de relaciones con Israel. Bajo el título “Trabajadores de la cultura contra el genocidio”, el documento acusa al Estado israelí de exterminar al pueblo palestino y reclama que Uruguay denuncie y condene el “genocidio en curso”. La lista de firmantes incluye nombres reconocidos -no tanto como quisieran ni tantos como creen ser-, y la retórica empleada no deja lugar a matices: Israel es presentado como un régimen criminal, y su existencia como Estado legítimo queda implícitamente cuestionada.
El segundo hecho: la decisión del gobierno uruguayo de congelar el acuerdo científico entre la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII) y la Universidad Hebrea de Jerusalén. Este convenio, firmado en 2024, preveía la creación de una oficina de innovación en Jerusalén, con el objetivo de fomentar la cooperación académica y tecnológica entre ambos países. La suspensión, justificada por el Ejecutivo como respuesta a las acciones del gobierno israelí en Gaza, fue lamentada por la Embajada de Israel y criticada por sectores de la oposición, que denunciaron el uso ideológico de la política científica.
Ambos episodios revelan una tendencia: el desplazamiento del antisemitismo hacia el plano institucional, cultural y simbólico. Ya no se trata de ataques individuales ni de discursos marginales. Se trata de gestos públicos, de decisiones de Estado, de pronunciamientos colectivos que, bajo la bandera de los derechos humanos, reactualizan el viejo prejuicio con nuevas herramientas.
Contra el silencio, la lucidez organizada
Ante esta realidad, mientras ciertos sectores optan por la omisión o la simplificación ideológica, como un espacio de resistencia intelectual emerge el Centro Uruguayo de Estudios contra el Antisemitismo y la Desinformación (CUECAD).
Fundado por referentes de la colectividad judía con el respaldo del Comité Central Israelita del Uruguay, CUECAD propone una estrategia plural y rigurosa para desmontar los mecanismos simbólicos que alimentan el odio. Su apuesta por la formación de periodistas, educadores y líderes sociales no busca imponer una narrativa, sino habilitar el pensamiento crítico frente a la posverdad y la distorsión deliberada. En tiempos donde el antisemitismo se camufla tras discursos de justicia selectiva, el CUECAD recuerda que la ética también puede institucionalizarse.
Esta columna se propone pensar sobre esta nueva realidad. Rastrear sus raíces históricas, sus mutaciones ideológicas, sus alianzas inesperadas y, sobre todo, denunciar el palestinismo como ideología de la victimización, que se legitima en la extinción del otro. Porque el antisemitismo no ha desaparecido: ha aprendido a disfrazarse.

Del verdugo voluntario al palestinismo ideológico
- El prejuicio como cultura política
“El mal no es radical, sólo el bien lo es. El mal puede ser extremo, pero no tiene profundidad.” — Hannah Arendt
El antisemitismo europeo no nació con Hitler ni murió en Núremberg. Fue, y sigue siendo, una cultura política persistente, capaz de mutar, camuflarse y sobrevivir a sus propias catástrofes.
Daniel Jonah Goldhagen, en “Los verdugos voluntarios de Hitler”, sostuvo que el Holocausto no fue obra de una maquinaria ciega, sino de una sociedad convencida. En una extensísima investigación reflejada en más de 600 páginas, el autor nos muestra cómo a través del Siglo XVIII y XIX en los territorios alemanes como Baviera y Sajonia, en donde la población judía nunca pasó del 1,5%, imperaba cada vez con mayor certeza la convicción del peligro que significaba el problema judío. Para esos pueblos, muchos carentes de judío alguno, la singularidad que significaba -en territorios cristianos- querer mantener una religión con persistentes leyendas de prácticas satánicas, así como el destaque judío, tanto intelectual como económico, era percibido como el principal problema para las poblaciones locales.
Ese singularismo, que más tarde pretextaría guetos y pogromos, fue la semilla que dio origen a la racialización del judío lo que, llegado su tiempo, le allanó el camino al nazismo en su propuesta de solución final. El autor parte del antisemitismo deicida sostenido por el cristianismo, el antisemitismo coránico sostenido por el Islam, para pasar por el antisemitismo social y económico, el posterior y definitivo antisemitismo racial que condujo a la Shoá, mostrándonos cómo alemanes comunes participaron activamente en el Holocausto no por obediencia, sino por convicción.
El antisemitismo no era un accidente ideológico: era el suelo fértil sobre el que germinó el exterminio.
Esta tesis, discutida y polémica en su tiempo, tiene el mérito de devolverle al antisemitismo su carácter estructural, y cobra particular relevancia y vigencia a partir de la metamorfosis operada tras la máscara del antisionismo y la más reciente mutación, la del antisemitismo político, antiisraelí, un antisemitismo de raíz coránica fundamentalista que busca la aniquilación judía “desde el río al mar”.
Es este un antisemitismo que nace y se solapa con la internacionalización del palestinismo como ideología política que expresa el victimismo esencial del árabe palestino y que, por cultivar alianzas con todas las causas antisistema, se convierte en estandarte mundial de presuntos oprimidos en contra de presuntos opresores.
No es un error del pasado, sino una forma de pensar que se reactualiza. Y lo hace, hoy, bajo nuevas (viejas) banderas.

- Las máscaras del odio
“El antisemitismo es el odio que se disfraza de razón.” — Bernard-Henri Lévy
A lo largo de la historia, el antisemitismo ha adoptado múltiples rostros. El religioso, que acusaba al judío de deicidio y lo convertía en paria espiritual. El racial, que lo definía como amenaza biológica y justificaba su exclusión por “naturaleza”. El político, que lo veía como conspirador global, enemigo de la revolución o del orden nacional.
Cada forma tuvo su momento, su retórica y su aparato institucional. Pero todas compartieron un núcleo: la necesidad de excluir al judío como figura simbólica que desestabiliza el relato dominante. En ese sentido, el antisemitismo no es sólo odio: es una gramática del poder.
Tras la Shoá, el antisemitismo no desapareció: se reconfiguró. El Estado de Israel, nacido como refugio y afirmación nacional, se convirtió en el nuevo blanco. El sionismo pasó a ser sinónimo de imperialismo, apartheid, colonialismo. La crítica legítima a políticas israelíes se transformó en negación de su existencia.
III. La banalidad del prejuicio
“La costumbre de pensar con clichés es la primera señal de que el mal se ha vuelto cotidiano.” — George Steiner
El antisemitismo contemporáneo no siempre grita. A veces, susurra. Se expresa en conversaciones ordinarias, en gestos mínimos, en silencios que no interpelan. En aulas, medios, redes sociales, el prejuicio se desliza como sentido común, como indignación moral, como crítica política.
La banalidad del prejuicio es su mayor eficacia. No necesita argumentos: necesita repetición. No busca convencer: busca instalarse. Y lo hace, muchas veces, desde la infancia.

- La pedagogía del odio
“La infancia no es inocente: es el lugar donde el mundo empieza a repetirse.” — Pierre Legendre
El odio también se aprende. Y se aprende, porque se enseña, es obvio.
En escuelas, en hogares, en instituciones que deberían formar para la convivencia, se transmiten narrativas -exclusivas y excluyentes- que legitiman el odio hacia al judío animalizado. La UNRWA, como lo denuncia la Dra. Einat Wilf en La guerra del retorno, no perpetúa refugiados: perpetúa el conflicto. Enseña que el retorno no es una posibilidad, sino un derecho absoluto, innegociable, que justifica la negación del otro.
El palestinismo, como ideología, nace de esa pedagogía. No busca coexistencia: busca extinción. No propone soluciones: propone narrativas. Y su principal herramienta es el “derecho al retorno”, convertido en arma simbólica.

- Uruguay: el espejo local
“Como advierte Arendt, el mal puede operar con una normalidad inquietante cuando se desactiva el juicio moral. En Uruguay, esa banalidad se expresa en el gesto que calla, en el silencio que consiente.”
En Uruguay, el antisemitismo no se expresa con violencia explícita, pero sí con gestos simbólicos, con alineamientos ideológicos, con silencios cómplices. La causa palestina es abrazada por sectores progresistas sin matices, sin crítica, sin conciencia de sus implicancias. Se repite el discurso del retorno, del apartheid, del imperialismo sionista, sin preguntarse por su origen ni por su función.
Combatir el antisemitismo hoy implica denunciar el palestinismo como ideología. Implica defender la legitimidad de Israel sin caer en apologías. Implica pensar críticamente, con profundidad histórica y ética.
- La batalla por el sentido
La lucha contra el antisemitismo no es sólo política: es simbólica. Es, sobre todo, dramáticamente simbólica.
Es una batalla por el sentido, por la memoria, por la legitimidad. El palestinismo, como ideología de la victimización, debe ser desenmascarado. No porque los palestinos no tengan derechos, sino porque su causa ha sido capturada por una narrativa que niega al otro. No hay otra causa ni fin que no sea, pura y exclusivamente, la desaparición física y definitiva del Estado de Israel.
Enfrentar esta ideología es un deber ético. Y hacerlo desde Uruguay, desde la palabra pública, desde la columna, es un acto de responsabilidad intelectual.
Bajo la máscara del antisionismo, el viejo odio encuentra nuevas voces
“Cuando la cultura firma el prejuicio, el Estado duda.”
En Uruguay, como en tantos otros lugares, el antisemitismo no se presenta ya con la crudeza de antaño. No grita, no quema, no excluye con leyes. Se disfraza. Se vuelve discurso culto, crítica política, sensibilidad progresista. Pero bajo esa máscara, el viejo odio sigue hablando. Y encuentra nuevas voces.
- El retorno del símbolo
“El antisemitismo no es una opinión: es una gramática.” Georges Bensoussan
El antisemitismo contemporáneo no necesita justificar su violencia: la hereda. No necesita argumentar su rechazo: lo codifica. En Uruguay, esa gramática reaparece en gestos simbólicos, en silencios institucionales, en declaraciones ambiguas que legitiman el prejuicio. No se trata de individuos antisemitas, sino de una cultura que vuelve a tolerar el antisemitismo como parte del paisaje.
Convertir al agresor en víctima y al defensor en verdugo no es un desliz retórico, sino una estrategia que modela el imaginario colectivo
- El palestinismo como coartada
“La causa justa se pervierte cuando se convierte en dogma.”
La causa palestina merece respeto, análisis, solidaridad. Pero el palestinismo —como ideología que niega la existencia de Israel y convierte al judío en enemigo absoluto— no es solidaridad: es coartada. En Uruguay, esa coartada se expresa en comunicados institucionales que omiten el contexto, en marchas que celebran la extinción del otro, en discursos que confunden crítica con negación.
- El silencio como complicidad
“No hay neutralidad posible frente al odio.”
Cuando el antisemitismo se expresa públicamente y las instituciones callan, ese silencio no es prudencia: es complicidad. La omisión del contexto, la falta de condena clara, la ambigüedad frente a la violencia simbólica, todo eso construye un clima donde el prejuicio se normaliza. En Uruguay, ese silencio institucional es parte del problema.
- La cultura como legitimación
“El prejuicio se vuelve legítimo cuando lo firma la cultura.”
Cuando artistas, intelectuales, docentes y comunicadores reproducen sin matices el discurso antisionista, están legitimando una forma moderna de antisemitismo. No se trata de censurar la crítica, sino de exigir rigor. La cultura tiene el poder de nombrar, de visibilizar, de educar. Pero también puede invisibilizar, distorsionar y justificar. En Uruguay, la cultura está firmando el prejuicio.
- El Estado que duda
“La duda del Estado frente al odio no es prudencia: es renuncia.”
El Estado uruguayo ha dudado. Ha omitido condenas claras, ha relativizado el contexto, ha permitido que el antisemitismo se exprese desde instituciones públicas sin respuesta contundente. Esa duda no es neutralidad: es renuncia a la defensa de los valores democráticos. Cuando el Estado duda, el prejuicio avanza.
- Pensar con lucidez, resistir la propaganda
“La ética comienza donde termina la consigna.”
En tiempos donde la consigna reemplaza al pensamiento, resistir implica volver a pensar. El antisemitismo contemporáneo no se combate sólo con datos ni con denuncias: se combate con lucidez. Con la capacidad de distinguir entre crítica legítima y negación simbólica, entre justicia y revancha, entre memoria y manipulación.
La causa palestina, como toda causa, merece ser pensada. Pero cuando se convierte en dogma, en ideología de extinción, en gramática del odio, deja de ser causa y se vuelve coartada. El palestinismo, como forma moderna del antisemitismo, no busca coexistencia: busca desaparición. Y lo hace desde el lenguaje de los derechos humanos, desde la pedagogía del victimismo, desde la institucionalización del prejuicio.
Pensar con lucidez es resistir esa deriva. Es negarse a repetir consignas sin contexto, a firmar declaraciones sin matices, a legitimar discursos que niegan al otro. Es asumir que la ética no está en la indignación automática, sino en la reflexión incómoda.
Desde Uruguay, desde la palabra pública, desde la columna, esa resistencia es posible. Y es necesaria.