Las máscaras de los “anti”: semitismo, racismo y fascismo en mutación

El antifascismo puede convertirse en el último refugio del fascismo — Pier Paolo Pasolini

La historia reciente nos ha recordado, con brutal claridad, que las ideas raramente mueren: en todo caso mutan, se disfrazan, se reconvierten.

El 7 de octubre de 2023, con el alucinante pogromo perpetrado por Hamás en Israel -primera vez en la historia que las fieras se filman cometiendo lo que una mente sana no es capaz siquiera de imaginar-, se rasgó un velo que durante décadas había servido de pantalla: el antisionismo.

Tras esa máscara, legitimado por el discurso antiimperialista y por la crítica a Israel como supuesto “apartheid” -al que al día siguiente se le adosaría la repetición cual mantra del “genocidio”-, subsistía un antisemitismo que nunca desapareció tras la Shoá. El acontecimiento actuó como catalizador: la máscara cayó, y el antisemitismo volvió a mostrarse sin pudor en universidades, calles y parlamentos de Occidente.

En Septiembre de 2001 no solamente cayeron las Torres Gemelas

 

Fijemos Septiembre de 2001, con el horripilante atentado al World Trade Center de New York, como el momento en el que el terrorismo islámico, el antisemitismo -todavía metamorfoseado tras el antisionismo (asimilado este, por las élites occidentales, como una síntesis de lo “anti”  validado como políticamente correcto, el anti-fascismo, el anti-racismo, el anti-capitalismo como expresión de rechazo de las lacras del pasado, verbigracia el colonialismo, la opresión, la “blanquitud” esclavista, la discriminación antiislámica) y su expresión visual metafórica: la kufiya como arquetípica bandera de la madre de todas las causas justas: la causa palestina, todavía lejos de que alguien se atreviera a llamarla por su verdadero nombre: el palestinismo.

Es que, entendámoslo, el antisemitismo moderno no es una novedad, es una persistencia: el viejo antisemitismo bíblico vestido con modernos ropajes.

También en Uruguay cayeron Torres y máscaras

Desde el atentado a las Torres Gemelas en 2001, Uruguay —país históricamente ajeno a este tipo de odio, pero que aun así vio cómo, elementos organizados, festejaban la muerte de miles de personas por el crimen de hallarse esa mañana, dentro del símbolo elegido por Al Qaeda para golpear al “imperialismo yanquee»— nuestro otrora pacífico país, decíamos, ha visto crecer un discurso antijudío disfrazado de antisionismo. Este fenómeno se ha consolidado en sectores «progresistas», donde la defensa de la “causa palestina” se ha convertido en una plataforma para equiparar al Estado de Israel con el neocolonialismo racista.

El pogromo de Hamás como disparador

 

Los datos son elocuentes: en Francia, los actos antisemitas se dispararon tras el 7-O; en Canadá se registraron más de 6.000 incidentes en 2024, un récord histórico; en Italia, los ataques se duplicaron respecto al año anterior. En Nueva York, entre octubre y diciembre de 2023, se contabilizaron 159 incidentes, frente a 68 en el mismo período de 2022. Datos todos que, seguramente, ya se quedaron cortos y superados.

En suma, la violencia verbal y física contra judíos en campus universitarios de EE. UU. y manifestaciones en Europa mostró que el antisemitismo no estaba muerto: simplemente aguardaba el momento propicio para reaparecer.

 

Deriva del antisemitismo en Europa desde la posguerra

 

Tras la Shoá, el antisemitismo quedó formalmente deslegitimado en Europa. Sin embargo, no desapareció: se reconvirtió.

En los años 50 y 60 en Francia, Alemania e Italia, grupos de extrema derecha mantuvieron discursos antisemitas, pero los desplazaron hacia un lenguaje “antisionista”, presentando a Israel como extensión del imperialismo occidental.

Posteriormente, en los 70 y 80 el auge de la izquierda radical y el antiimperialismo transformó la crítica a Israel en bandera política. El antisemitismo se ocultó bajo la denuncia del “colonialismo israelí”.

Más tarde, ya en los 90 y 2000, con el proceso de Oslo y las intifadas, el antisemitismo se expresó en ataques a sinagogas y cementerios judíos, pero siempre bajo el ropaje del “antisionismo”.

Hoy, el 7-O mostró que esa máscara ya no es necesaria: el antisemitismo explícito reapareció en manifestaciones y discursos públicos, sin necesidad de disfraz.

Este recorrido histórico refuerza la tesis: el antisemitismo nunca desapareció, solo mutó de vestimenta.

El racismo de los “antirracistas”

Así como el antisemitismo se ocultó tras el antisionismo, el racismo se disfraza de “antirracismo”. Idéntica estrategia sigue el fascismo. Pier Paolo Pasolini lo advirtió: El antifascismo puede convertirse en el último refugio del fascismo. La inversión semántica convierte la lucha contra el mal en coartada para reproducirlo. En la formulación de Pasolini, puede usted sustituir el fascismo por racismo o semitismo y el resultado es el mismo: la verdad desnuda.

En Estados Unidos, el movimiento Black Lives Matter surgió como respuesta -concedámoslo- legítima a la brutalidad policial, pero en ocasiones derivó en discursos que exacerbaron identitarismos y reprodujeron exclusiones. El gesto de Colin Kaepernick arrodillándose durante el himno nacional fue símbolo de protesta, pero también generó un clima donde toda crítica era leída como racismo, cerrando el espacio para el debate. El “antirracismo” entendido como identidad cerrada puede terminar reforzando la lógica binaria que dice combatir.

Como sostiene Ibram X. Kendi en su “manual racista”, “Cómo ser antirracista”: No basta con no ser racista, hay que ser antirracista. Pero esa fórmula, al absolutizar el “anti”, puede derivar, y deriva, en nuevas formas de exclusión.

Esas formas de exclusión adquieren forma de nuevas ideologías que justifican agendas, tales como la discriminación positiva y las políticas basadas en la “Teoría Crítica de la raza” -largamente extendida en los ámbitos académicos y partidarios- así como la nunca bien ponderada y raramente definida teoría de la interseccionalidad que lo mismo sirve para un roto como para un descosido. Sobran ejemplos, como programas de admisión y currículos que, en nombre del antirracismo, terminan siendo determinantes identidades raciales y generando nuevas exclusiones.

Durante el reinado de la llamada “ideología Woke”, tanto en las políticas públicas como en el ámbito privado sediento de una validación políticamente correcta que le pusiera a resguardo de las políticas de cancelación, se promovieron cuotas y programas que, bajo el ropaje del antirracismo, reforzaron la lógica binaria de “opresores vs. oprimidos”. Las llamadas políticas DEI (diversity, equality, inclusivity) convirtieron a la sociedad en campo o campos de batalla, donde los vencedores forzaban la aplicación de justicia directa.

Así es como el “anti” se convierte en identidad, y la identidad en frontera. El racismo, como el fascismo, reaparece, invertido, pero intacto en su lógica de exclusión.

El fascismo de los “antifascistas”

El antifascismo ofrece otro espejo. En Europa y Estados Unidos, grupos que se autodenominan “Antifa” han recurrido a prácticas violentas y autoritarias en nombre de la lucha contra el fascismo. La República Democrática Alemana llamó al Muro de Berlín “Muralla Antifascista”, legitimando la represión interna con el ropaje del “anti”. Más recientemente, regímenes autoritarios han instrumentalizado la retórica antifascista para justificar su propia represión, como en Rusia con la “desnazificación” de Ucrania. El “anti” se convierte en arma, no en negación.

El “palestinismo” como condensador

El conflicto palestino-israelí es el escenario donde estas mutaciones confluyen. Allí surge lo que Einat Wilf denomina “palestinismo”: un constructo ideológico que amalgama antisemitismo, racismo y fascismo bajo un mismo símbolo.

En The War of Return, Wilf y Adi Schwartz muestran cómo la insistencia palestina en el “derecho al retorno” se convirtió en un obstáculo estructural para la paz, alimentado por la indulgencia occidental. Wilf lo resume con claridad: El palestinismo no es la lucha por un Estado, sino la lucha contra el Estado judío.

En el trabajo aludido, los autores demuestran cómo la UNRWA, con la aquiescencia o directa complicidad de la ONU, perpetúa el “derecho al retorno” como identidad política, más que como solución práctica.

Si se tiene en cuenta que, tras la Segunda Guerra mundial, hubo millones de desplazados, para los que la recién creada Naciones Unidas creó Agencias para refugiados “ad hoc”, para otros no hubo Agencia y se le asignó el trabajo de buscar relocalización al ACNUR. Millones de chinos hacinados en la colonia británica de Hong Kong, más de 9 millones de alemanes “del Este” que quedaron atrapados en territorios bajo dominio soviético, algo así como 3 millones de coreanos refugiados en el Sur, son solamente ejemplos en los que la solución fue la relocalización y, en todo caso, ayudas puntuales para facilitar su reinserción.

Los “refugiados palestinos”, huidos hacia Líbano y Jordania principalmente, nunca fueron más de 700 mil. Para ellos si hubo, y hay, Agencia especial con derecho al retorno pergeñado por el sueco Folke Bernadotte.

Con la aprobación por la ONU de la Resolución 194 que reconocía ese ·derecho”, como efecto secundario -quizás no deseado o no previsto- nacía el particularismo palestino, germen de un conflicto sin solución.

Durante las siguientes cuatro décadas, el palestinismo mimetizado con “la causa palestina”, cooptado por Yasser Arafat y su OLP, jugó hábilmente sus cartas desde el centro mismo de la Guerra Fría, haciendo de la URSS un aliado clave no solo en la provisión de fondos y armas, sino de Inteligencia e ideología. Fruto de ese concubinato, nació el matrimonio por conveniencia de la izquierda global con el islamismo, teniendo a la “causa palestina” como motor y cazabobos del activismo perfumado de Occidente.

 

A partir de ese discurso y retórica, alimentado por un antiamericanismo exacerbado y escudado tras la máscara del antiimperialismo, Universidades, ONGs y partidos políticos adoptaron el “palestinismo” como símbolo de resistencia, amalgamando antisemitismo, antirracismo y antifascismo.

Wilf vs. Said: dos genealogías

 

Aquí, la columna quiere detenerse en un contrapunto intelectual que ilumina la genealogía de estas mutaciones: Einat Wilf frente a Edward Said.

Wilf identifica al “palestinismo” como mito político que perpetúa el conflicto, subordinando toda negociación a la eliminación del Estado judío.

Said, en cambio, en plena Guerra Fría, con Orientalismo (1978), había inaugurado una crítica cultural que mostró cómo Occidente construía a Oriente como objeto de dominación. El orientalismo no es un error inocente, sino una estructura de poder, escribió Said.

Su influencia fue decisiva en el nacimiento de los estudios poscoloniales y en la expansión de las políticas identitarias en Estados Unidos. Desde Harvard y Columbia, Said legitimó la idea de que la causa palestina era emblema universal de resistencia contra el imperialismo, convirtiéndola en símbolo de identidad negativa: ser contra Israel, ser contra Occidente.

El puente con las políticas identitarias norteamericanas es evidente. La lógica de Said se prolonga en autores como el ya citado Kendi: el “anti” como identidad cerrada. Su “antirracismo”, al igual que el “palestinismo” descrito por Wilf, puede derivar en dogmas excluyentes que reproducen lo que dicen combatir. En ambos casos, el “anti” funciona como máscara ideológica: el antisionismo que revela antisemitismo, el antirracismo que reproduce racismo. La comparación es reveladora: Wilf denuncia el mito palestino como obstáculo estructural para la paz, mientras Said legitima la crítica cultural que alimenta ese mito. Dos genealogías que, paradójicamente, terminan convergiendo en el mismo resultado: la persistencia de lo que dicen combatir.

En suma

Esto es lo que, en resumen, la Columna pretende evidenciar: en el supermercado de la consigna -que no se queda en ella, porque es el inicio de la acción- todos los “anti” ocupan el mismo estante, tanto da que sea Antifa, BLM, el Gretismo flotillero o hasta los LGBT que, al tiempo que lloran genocidio en Gaza, llaman al exterminio de Israel con el eslogan “del río al mar”.

Algunos parecen olvidar que “no basta denunciar el mal, si a la par no se está dispuesto a construir el biensaltando, para ello, el muro de la consigna vacía y excluyente.

 

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