El arte de (des)gobernar

Graziano Pascale

Se le atribuye a Manuel Azaña, el presidente de la Segunda República Española (1936-1939), la frase «gobernar es comunicar». Como suele suceder con los autores de este tipo de frases que pasan a la historia convertidas en doctrina, la realidad que debió enfrentar su gobierno fue de tal magnitud que la comunicación no pudo lidiar con la oposición de monárquicos, conservadores, anarquistas y nacionalistas, y se vió obligado a emprender el camino del exilio mientras España se veía envuelta en una sangrienta guerra civil.

Desprendida del nefasto contexto histórico que rodeó al gobierno de Azaña, la frase mantiene absoluta vigencia. Más aún, el desarrollo de los medios de comunicación en los últimos 90 años ha elevado la comunicación a un nivel todavía más importante que tenía en la época de Azaña. El éxito o fracaso de un gobierno hoy se puede medir por la suerte que tiene su política de comunicación, entendida no como propaganda (el recurso por excelencia de las dictaduras) sino como instrumento para explicar los objetivos que se persiguen y los pasos que se dan en procura de alcanzarlos, teniendo como norte la meta de obtener el mayor apoyo ciudadano posible a esa gestión.

Puesta en este contexto, y centrada en la figura del Presidente de la República como columna vertebral de esa política, resulta difícil encontrar en el pasado reciente un fracaso más grande como el que el país ha presenciado en vivo y en directo en el último año.

El asunto es muy grave. En última instancia, el Presidente ES el gobierno, y sus errores y tropiezos son los del propio gobierno que encabeza. De nada sirve que ministros, subsecretarios, tuiteros, periodistas, analistas de todo tipo y color salgan en auxilio del Jefe de Estado, cuando este se equivoca, se confunde o se precipita. Todos quienes de alguna manera tenemos algún rol en el escenario, por mínimo que sea, estamos llamados a ejercerlo con responsabilidad. Eso puede explicar el afán de minimizar esos tropiezos y errores, a sabiendas de que un fracaso del gobierno puede acarrear consecuencias insospechadas para la sociedad. A lo sumo, las críticas más ácidas se limitan a ambientes privados, como hoy pueden ser los grupos de WhatsApp, en los que todos podemos romper los límites que la sobriedad y el decoro nos imponen en el ámbito público.

Pero hoy el país está al borde de la frontera que separa ambos «mundos». Basta pensar qué podría pasar si esos comentarios que seguramente intercambian en ámbitos privados ministros, diputados, senadores, periodistas o líderes gremiales llegan a «filtrarse» a un medio masivo?

Es verdad que cada Presidente de la República tiene su estilo, y ninguno está vacunado contra los errores. De cada Presidente de los últimos 40 años podemos recordar episodios que pusieron en tensión esa frontera, pero nunca como ahora lo privado y lo público estuvieron separados por un click o un error en el destinatario de un mensaje. Incluso errores en privado, como el de «los argentinos son una manga de ladrones del primero al último», de Jorge Batlle, o el de «la vieja es peor que el tuerto» de José Mujica, estuvieron a punto de generar un conflicto internacional. También podríamos recordar el célebre «Mujica a veces dice estupideces», que lanzó Vázquez desde Estados Unidos cuando se conocieron algunas manifestaciones del entonces candidato en el libro «Pepecoloquios».

Todos estos ejemplos, y muchos más, ilustran sobre los riesgos que se asumen cuando falla la comunicación.

Este año 2025 que estamos cerrando trajo dos ejemplos notables, que en un contexto negativo de creciente malhumor social pueden desembocar en situaciones indeseables. El primero fue el anuncio de la «rescisión» del contrato con Cardama, que en las semanas siguientes fue matizado, corregido o enmendado por ministros y hasta el presidente del BROU.

El último es el confuso anuncio sobre la devolución del Fonasa, que generó, pese a que el momento buscado para hacerlo buscaba lo contrario, una repercusión que aún continúa.

Si, como decía Azaña, gobernar es comunicar, entonces comunicar mal es gobernar mal.

 

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