La cadena de decisiones, miedos y errores que terminó por quebrar el mito central de la teocracia iraní.
Hubo un momento -que no lo vimos venir, o no quisimos verlo- en que Oriente Próximo dejó de ser un péndulo y se convirtió en un tablero. Uno donde todo parecía seguir en su lugar y, sin embargo, se producían movimientos casi imperceptibles o no tanto, desplazamientos de piezas que significaban un cambio en el sentido del aire, a veces un temblor bajo la superficie solamente perceptible para oídos atentos.
Esos movimientos, en un tablero en constante cambio, pero donde nunca cambiaba nada, asistió, sin embargo, a un remezón de proporciones bíblicas que, no obstante, no pareció ser debidamente aquilatado.
No fue el 7 de octubre. No fue Gaza, ni Hezbollah.
El verdadero inicio ocurrió antes, en una sala alfombrada donde se estrecharon manos que durante medio siglo se habían evitado. Ese día, con la firma de los Acuerdos de Abraham, el mundo árabe comenzó a aceptar lo que, tres cuartos de siglo y cinco guerras no habían logrado hacerlo: que la Historia podía avanzar sin pedir permiso a la causa palestina.
Y ese gesto -silencioso, diplomático, casi burocrático- fue el aleteo de mariposa que hoy está haciendo tambalear a un régimen teocrático a miles de kilómetros.
Porque los Acuerdos de Abraham no solo establecieron relaciones formales entre Israel y Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Marruecos. Reordenaron el mapa emocional y estratégico de la región. Ponían fin al mantra que los palestinos habían impuesto a la Liga Árabe siete décadas antes: nunca, jamás un país árabe reconocería al Estado sionista de Israel.
Para peor, el “hermano mayor” de los (sotto voce) traidores, la capital suní del mundo árabe, tierra santa de La Meca y Medina, Arabia Saudita, anunciaba que iba en el mismo sacrílego camino.
Cuando Catar tuvo un sismo
Las consecuencias del terremoto provocado por los Acuerdos no se harían esperar, porque aislaban a Irán, debilitaban a la Hermandad Musulmana y dejaban a Hamás sin paraguas regional.
Hamás, la rama palestina de la Hermandad Musulmana y brazo armado de la “resistencia palestina”, leyó -y leyó bien- ese movimiento como una amenaza existencial.
Dentro de su dirigencia se abrió una disputa que venía larvada desde hacía años: de un lado, Ismail Haniyeh, el millonario residente de los rascacielos cataríes en su cómoda (y rentable) línea diplomática; y del otro, Yahya Sinwar, el mártir de las cárceles sionistas, el que había sobrevivido al cáncer para volver a la lucha por erradicar el cáncer del “ente sionista” de su tierra palestina, en la línea militar, maximalista, convencida de que solo un golpe de fuerza podía alterar el rumbo de la Historia.
La certeza que los Acuerdos seguirían adelante y, más temprano que tarde arrastrarían a Arabia Saudita, inclinaron la balanza. Cuando un movimiento se siente acorralado, elige la fuga hacia adelante. Y Sinwar supo leer ese miedo como oportunidad.
De ahí nace lo que podríamos llamar el efecto mariposa del 7‑O. Un aleteo en Gaza -un cálculo desesperado, una apuesta total- desencadena una reacción en cadena que termina sacudiendo a todo Oriente Medio. El 7 de octubre no fue un acto irracional: fue un intento deliberado de romper la normalización árabe‑israelí. Y, en cierto modo, lo logró, pero no como Sinwar esperaba.
La apuesta de Hamás y Sinwar era hacer que Israel entrara en Gaza y hacer de ella una Vietnam, valiéndose de la mayor y más sofisticada red de túneles de la historia, de la cobertura de organizaciones de fachada -de las cuales, la UNRWA, era casi parte- y de una abigarrada población civil que constituiría un obligado y permanente escudo humano.
Pero, además, contaba con que Hezbolla desde la frontera libanesa con Israel, se involucraría de lleno en el conflicto y con ello envolverían al ejército hebreo en varios frentes simultáneos. Y claro, creía tener en su mano, la bala de plata: el Irán de Jomeini -que durante décadas prometió borrar a Israel de la faz de la tierra, tendría la oportunidad servida en bandeja.
La Mariposa aleteó y fue tornado
Israel respondió con una intensidad que nadie anticipó. Desde el inicio, sordos a los coros Gretistas, Netanyahu dejó claro que no era retórica: Israel iba a por los rehenes y no dejaría piedra sobre piedra hasta recuperar al último de ellos.
Cuando la guerra en Gaza resultó evidente que no podía ser soportada por Hamás en soledad, con apenas el apoyo de los Hutíes del Yemen enviando algunos misiles, las presiones sobre Hezbollah se hicieron insostenibles. Los liderados por Nasrallah dejaron en claro que tenían otra estrategia y otro calendario. Sin embargo, cuando Hezbollah amenazó con invadir Israel desde Líbano quedó expuesto. La represalia no se hizo esperar y fue terrible: no hubo bunker capaz de evitar que Nasrallah fuera “vaporizado”, literalmente enviado al Reino de Allah en vuelo sin escalas.
Tras ello, llegó la presión a quien debía, al instigador, financiador y armador de la cruzada anti-israelí: Irán, las famosas Fuerzas Quds y por supuesto, el Líder Supremo, Alí Jamenei.
La Mariposa venía con sorpresa
Con Hamás descabezado, en lo que ya era una evidente derrota militar (que la otra, la política la gana por goleada y merece columna aparte), Hezbollah en igual situación, sin mando ni estrategia y humillado tras la “Operación Beepers”, resultaba evidente que al eterno amenazador de Teherán le había llegado su hora. Y con ella aparece la trampa.
Durante años, Jamenei construyó su legitimidad sobre una promesa: “borrar a Israel del mapa”. Era una retórica totalizante, casi escatológica, que funcionaba como pegamento ideológico del régimen. Pero cuando la guerra escaló y llamó a la puerta de su búnker, se encontró atrapado en su propio discurso.
Era evidente, tras las incursiones quirúrgicas israelíes, que intervenir directamente era un suicidio que pondría en riesgo su propio régimen. Menos, podría sostener la narrativa del “eje de resistencia”.
Israel no destruyó a Irán militarmente, aunque también. Lo destruyó simbólicamente. Le rompió el mito. Y cuando un régimen teocrático pierde su mito, pierde su autoridad.
Cuando hasta la Mariposa provoca miedo
Está fresca en la retina de quienes seguimos día a día estos acontecimientos, aquella imagen de Jamenei con ambas manos abiertas hacia el cielo, que mira hacia la morada del señor como suplicando un auxilio que se demoraba en llegar. Había miedo en aquella mirada.
Ese fue el momento en que la sociedad iraní —ya exhausta, harta, descreída— perdió el miedo. Y cuando un pueblo pierde el miedo, el régimen -tarde o temprano- pierde el poder.
La insurrección que hoy vemos no es un estallido espontáneo: es la consecuencia lógica de una derrota estratégica, económica, simbólica y moral.
La Mariposa cruza el Atlántico
La Historia, cuando se acelera, nunca viaja sola.
Mientras Irán entraba en fase de turbulencias con visos terminales, su principal socio hemisférico, Venezuela, tras la humillante acción militar estadounidense que descabezó al Cartel de los Soles, al Tren de Aragua y al propio Estado venezolano, iniciaba una transición política -ordenada desde EEUU, dejó al descubierto otra pieza del tablero.
En el acto de investidura de Delcy Rodríguez como sustituta del reo Maduro -una parodia política a la que los hispanoamericanos somos tan afectos- el cuerpo diplomático, presente y visible, se redujo a tres embajadores: China, Rusia e Irán, en ese orden (quizás) no casual.
Tres potencias que no comparten ideología, pero sí método: estabilidad antes que legitimidad, administración antes que democracia.
La escena fue la coreografía perfecta de lo que llamaremos el Consorcio de Autocracias: poesía geopolítica pura. Los supuestos enemigos del imperialismo yanqui, avalando la imposición de un mandatario designado por la potencia imperial dominante. Una humillación en toda regla, y tres capas más de suela en los zapatos de un Trump cesáreo.
Fue también, la señal de que el eje externo que sostenía al régimen iraní se estaba desmoronando.
¿Y qué deja la Mariposa para el “día después”?
Si la proto-transición venezolana promete altas dosis de adrenalina, lo del Irán post-Teocracia promete infartar a varios.
Con el mito roto, la economía colapsada, el clero fracturado, la sociedad en insurrección y su socio americano yéndose por el sumidero de la historia, Irán entra en el territorio más incierto: el día después.
Ese día puede tomar muchas formas: una continuidad administrada por el IRGC; un régimen securitario sin ropaje teológico; una reforma pactada que descomprima sin democratizar; una transición republicana secular; una restauración simbólica; una fragmentación violenta; o incluso —y este escenario ya no puede descartarse— una desintegración parcial del Estado, donde las periferias étnicas aprovechen la debilidad del centro para redefinir sus lealtades.
El régimen iraní no caerá por una protesta, ni por una sanción, ni por un error táctico.
Caerá -eso seguro- por una secuencia estratégica que empezó fuera de sus fronteras: los Acuerdos de Abraham, la fractura de Hamás, el 7‑O, la guerra en Gaza, la exposición de Hezbollah, la trampa retórica para Jamenei y la pérdida de su socio americano. Y, probablemente, haya que agregar al menú, la debilidad rusa, ya mostrada en la caída de Al-Assad en Siria.
El día después será incierto, múltiple, quizá fragmentado.
A diferencia de Venezuela, donde el mando impuesto tras el derrocamiento de Maduro es exclusivamente de EEUU, en el incendio iraní, no se avizora el Cuerpo de Bomberos que apague el silencio. Sin ese poder externo que contenga las presiones internas, con el riesgo latente de ingresar en una balcanización, el panorama no puede ser más complejo y explosivo. En lo que respecta a la oposición, la balcanización ya está dada.
Las mayores y más organizadas fuerzas opositoras están en el exilio, cuya cabeza visible es el CNRI (Consejo Nacional Revolucionario Iraní), cuya pieza central es el Mujahedin-e Khalq (MEK/PMOI) – fundado en la década del 60 para luchar contra el régimen represivo del Shah Pahlavi (padre del actual Reza Pahlavi, pretendiente al Trono) bajo el liderazgo de Massoud Rajavi. Desaparecido éste en los 2000, asumió la dirección Mariam Rajavi, que durante las últimas dos décadas ha realizado un formidable trabajo de cabildeo, en torno al denominado «Plan de los 10 puntos». Inicialmente con Sede en París, operó por años en Irak y luego trasladó su sede de operaciones a Albania, el denominado Ashraf3. Es una organización que, a lo largo del tiempo ha sido calificada de extremista, aunque a partir del liderazgo de Mariam, se ha mostrado apegada a un programa democrático y de resistencia.
Sin embargo, no es la única, y de serlo, enfrentada a muerte con quien se postula como alternativa, Reza Pahlavi, el Shah sin trono. Enfrentamiento este que aparece como lógico ya que la mayoría de sus líderes y militantes, los muyahedines, pasaron por las mazmorras de la horrenda Shavak, la policía política del Shah que, según los testimonios históricos, nada tenía que envidiarle a la Lubianka stalinista.
A todo ello, hay que sumarle las fuerzas internas, remanentes del régimen, que querrán mantener las mayores parcelas de poder posibles que les asegure salvar el pellejo, y quizás también sus fortunas, tras medio siglo de desmanes y terror.
Si alguien puede pensar que, en una salida negociada -a la española, por ejemplo, con Reza Pahlavi asumiendo un papel como el de Juan Carlos I y un Gobierno electo popularmente, luego de un período de transición- podría ser posible y quizás, lo más razonable, puede ir pensando en otra alternativa. Ni Pahlavi ha mostrado nunca la mínima disposición a ceder prerrogativas de la Monarquía ni entablar una hipotética negociación, ni el CNRI de Rajavi estaría dispuesto a sentarse a la mesa con quien representa lo que supieron combatir con fiereza: un régimen profundamente corrupto que reprimió salvajemente, antes de ser depuesto por los Ayatollahs de Jomeini.
¿Hacia dónde volará la Mariposa, entonces?
Sin embargo, mirado desde el tablero global, lo decisivo no es Irán: es el sistema que se está reconfigurando alrededor de su crisis.
El día 7 pasado, EEUU dio el paso prometido de progresiva desvinculación del sistema de gobierno global que ayudó a montar, saliéndose de, por lo menos, 66 organizaciones vinculadas a las Naciones Unidas y que, en su mayoría, eran financiadas por los propios Estados Unidos. Al decir de Alexandr Duguin, activista, pensador y filósofo ruso, de indudable influencia en la deriva autocrática de Putin, “Trump avanza en el camino de recuperar la soberanía que había resignado en favor del globalismo occidental”.
Ese será el foco de la próxima columna: cómo se está formando, casi sin que lo notemos, un nuevo orden global que ya no responde a la lógica liberal, sino a la arquitectura silenciosa de un Consorcio de Autocracias.
