Gracias Contraviento, y adiós…

Hoy voy a tomarme un momento para hablar de mí. No es algo que haga seguido. Siempre fui más bien achicado, de perfil bajo, y nunca me sentí cómodo haciendo alardes de nada. Cuando alguien me dice “me enteré de que estás escribiendo en una página conocida, pasame el link para leerte”, suelo sonreír, agradecer, y no mandarlo. No por desdén, sino por pudor. Porque no me gusta imponer mi voz, ni obligar a nadie a leerme.

Esa forma de estar en el mundo no es pose ni estrategia. Viene de lejos. De la pobreza y la humildad en las que me crié, de haber aprendido temprano que uno no es más por decirlo en voz alta, ni menos por quedarse callado. Nunca me sentí importante, ni particularmente interesante. Apenas alguien que observa, escucha y, a veces, escribe.

Aun así, hoy quiero permitirme esta pequeña excepción. Contar algunas cosas de mí, sin estridencias ni épica, y hablar del “adiós” que propone el título. No como una despedida dramática, sino como esas palabras que se dicen bajito, mirando hacia atrás, cuando uno entiende que algo valioso fue vivido y que, justamente por eso, merece ser nombrado.

En primer lugar, gracias a Contraviento.uy por abrirme sus páginas, por prestarme una casa donde las palabras no entran pidiendo permiso sino diciendo presente. Gracias por la confianza, por el riesgo de que le espante lectores y por la generosidad de invitarme a sentarme a la mesa de quienes saben pensar, escribir y discutir sin bajar la cabeza ni subir el dedo. Y dicho esto, también corresponde sugerir un adiós. No dramático, no rencoroso, pero definitivo. Un adiós de esos que no se gritan, se dejan apoyados sobre la mesa, como una carta que alguien va a leer cuando sea el momento.

3 anécdotas
1) Hace un tiempo, por cuestiones de comunidad, tuve que redactar una denuncia para presentarla en Fiscalía. El trámite siguió su curso y el texto terminó en manos de la policía, que debía profundizar en los hechos. El funcionario encargado de interrogarme comenzó con una pregunta simple:
-¿Quién escribió esto?
-Yo -respondí.
Levantó la vista, sorprendido, y sin ironía me dijo:
-Es lo mejor escrito que he leído en mucho tiempo. No sé para qué nos mandan esto para que profundicemos si acá usted explicó todo de manera magistral.
No era un premio, no había aplausos, pero fue uno de esos reconocimientos que se guardan en un bolsillo interno, donde no llegan los manotazos del ego ni las tormentas del olvido.

2) Hace muchos años, yo era un joven de menos de 30, estaba en el estudio de la radio en Vichadero y me avisaron que un hombre quería hablar conmigo. Me cagué hasta las patas. En esa época hacía un periodismo áspero, frontal, bastante poco simpático para los aludidos, y supuse que venía un reproche, un cruce, quizás un problema. Salí preparado para un enfrentamiento que esperaba, con suerte, fuera solo verbal. El hombre estaba ahí, vestido de gaucho, mirada tranquila, gestos suaves, voz humilde. Me dijo que había venido solo para conocerme y darme la mano. Que yo lo representaba en lo que criticaba y en lo que exigía para mejorar la vida de todos. Y remató con una frase que todavía hoy me acompaña:
-Yo creí que usted era un viejo.
-¿Por qué? ¿Por la voz? —pregunté.
-No-me dijo-. Por la experiencia de vida que tiene y por la claridad de sus pensamientos. Fue, por lejos, uno de los elogios más grandes que recibí. No por lo que decía de mí, sino por lo que decía de la posibilidad de que alguien, en silencio, se sienta menos solo.

3) Después llegó Internet. Taringa. De novato a Full User, de ahí a publicar como si el mundo se fuera a terminar mañana. Aparecieron seguidores, surgió la comunidad “caalfizados y rostizados”, llegaron invitaciones para moderar la Comunidad Uruguay y la Comunidad Chile. Me sentía realizado ahí, hasta que un día, por un desentendimiento con otro moderador, me expulsaron.

Abrí entonces un blog: Adictamente. Publiqué sin freno, hasta que Google decidió cerrarlo acusándolo de promover pornografía infantil¿?. Sin derecho a réplica. Sin instancia de defensa. 31.000.000 de visitas evaporadas en un clic.

Fui a Twitter. 20.000 seguidores. Cuenta bloqueada. Otra cuenta. 8.000 seguidores. Llega Musk, amnistía general, recupero la cuenta original. Publico una crítica a un político y entonces aparece @grazianopascale, que me invita a escribir en Contraviento. Dudé. Mucho. Sentí que no me daba el cuero. Pero me tiré igual.
Y, sin saberlo, con esa invitación estaba recibiendo el segundo elogio inmenso de mi vida: invitarme a escribir junto a ese equipo de monstruos fue, sin exagerar, tocar el punto más alto de mi inexistente, anónima e improductiva «carrera de escritor» o periodista. No por fama, no por números, sino por pertenencia.

Desde ese momento fui, y soy, profundamente agradecido a Contraviento.

Y desde ese mismo momento empecé a decir adiós.
Adiós a escribir cosas para guardar en un cajón.
Adiós a escribir cosas para tirar.
Adiós a ideas de cosas que podría decir y no las decía por no tener un espacio coherente donde volcarlas…

Así que si, soy un agradecido, aunque “uno que yo se en contraviento” me diga mariconazo o sentimentaloide, por comentar cosas como estas. El tema es que, cuando a uno le dan un lugar donde su palabra importa y no le imponen guiones ni discursos, ya no se escribe para pasar el rato ni para complacer a nadie. Se escribe para quedarse.

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