Cuando veo a esos tipos que viven en la calle, tirados en la vereda, revolviendo contenedores o haciendo de un rincón de la ciudad su refugio improvisado, mi primera reacción suele ser evitarlos. Por precaución. Para no tener que enfrentar el pedido de una moneda, para no sentirme incómodo si no les doy nada, para evitar una discusión o un insulto. A veces, incluso, siento rechazo. Un rechazo profundo. Los veo como una presencia hostil que se adueña de espacios que también son de todos.
Entrás a un cajero y hay uno en la puerta. Salís del supermercado y hay otro. En los semáforos, en las esquinas, frente a tu propia casa. Parecen estar en todas partes. Y uno termina sintiendo que vive bajo una especie de peaje invisible: una moneda para estacionar, otra para que te cuiden el auto, otra para que no te insulten, otra para que te dejen pasar en paz. Entonces aparece el miedo. Y detrás del miedo, el desprecio.
Hace un tiempo salí a tirar la basura. En los contenedores había un hombre revolviendo entre las bolsas. Cuando me vio acercarme, se hizo a un lado enseguida.
-Perdón, vecino.
Me ayudó a levantar la tapa del contenedor.
-Día gris, ¿no?
-Sí. Se vienen los días bravos.
Sonrió apenas.
-Dígamelo a mí, que duermo en la calle.
-Pah, debe ser bravo…
-Sí… pero no es el frío lo peor. Lo peor es el peligro. Que venga alguien a pegarte por diversión. Que otros te quieran robar. O que intenten prenderte fuego mientras dormís, como me pasó una vez.
Lo miré sin entender.
-¿Intentaron quemarlo?
-Sí. Me desperté cuando sentí el combustible. Salté enseguida y salieron corriendo. Si hubiese estado profundamente dormido, capaz que hoy no estaría hablando con usted.
No parecía un hombre agresivo. Todo lo contrario. Era educado, tranquilo. Y seguí conversando con él.
-¿Cómo terminó viviendo así?
Bajó la vista unos segundos.
-Ah, vecino, si le cuento…
Y me contó.
Me contó que cuando era niño su padre, alcohólico y violento, asesinó a su madre delante de él y sus hermanos. Que fue preso. Que años después recuperó la libertad. Que cuando volvió, él ya era un hombre y cargaba dentro una montaña de rabia, dolor y recuerdos imposibles de borrar.
-Lo primero que hice cuando volvió fue matarlo yo.
-…
Doce años de cárcel.
Doce años durante los cuales el mundo siguió girando sin él.
Cuando salió, tenía casi cuarenta años. Ya no tenía casa. No tenía trabajo. No sabía dónde estaban sus hermanos. No tenía a nadie.
Y la calle terminó siendo el único lugar que le quedó.
-Hace ocho años que vivo así. A veces junto cartones o botellas y latas. A veces pido monedas. A veces revuelvo basura para comer. Me quedé en Rivera porque con 10R$ todavía se puede comer. Soy de Tacuarembó, pero allá era más difícil.
Hizo una pausa. Igual ahora estoy complicado. Tengo cáncer en el cerebro. Tres veces por semana me llevan para hacer radioterapia a mi pueblo.
Me quedé sin palabras.
Era una historia brutal. Y seguramente apenas una versión resumida de algo mucho más brutal todavía.
Aquella conversación no borró mis miedos. No convirtió mágicamente la realidad en algo romántico. La calle sigue siendo un lugar duro, y convivir con ciertas situaciones sigue generando molestias, tensión e inseguridad.
Pero me obligó a entender algo que hasta entonces prefería no mirar.
Detrás de muchas de esas personas a las que vemos como una molestia, una amenaza o simplemente parte del paisaje urbano, suele haber una historia rota. A veces una cadena interminable de tragedias, violencia, abandono y derrotas. Historias que no justifican todo, pero que explican mucho.
Desde entonces vivo con una contradicción incómoda.
Sigo sintiendo miedo algunas veces. Sigo cambiando de vereda en otras.
Pero también me resulta imposible mirar a ciertas personas sin preguntarme qué infierno tuvieron que atravesar para terminar durmiendo bajo un techo de estrellas que nadie querría tener.
Escribo esto porque hace semanas que no lo veo al tipo por el barrio. Ya no aparece junto a los contenedores. Ya no saluda. Ya no dice «día gris, vecino».
Hace unos días le pregunté a otro hombre que suele andar por la zona.
-¿Y el flaco aquel?
Bajó la cabeza.
-Murió.
Después de un silencio agregó:
-Parece que tenía cáncer…
Y me quedé pensando en algo que todavía me pesa.
Durante años vi a ese hombre como uno más entre tantos. Una sombra incómoda en la vereda. Un problema. Un estorbo.
Recién cuando conocí su historia empecé a verlo como una persona.
Y para entonces ya era demasiado tarde.
Ahora, cada vez que paso frente a esos contenedores, me acuerdo de él. Y siento una tristeza difícil de explicar. Porque quizás el mayor fracaso no fue que aquel hombre terminara de esa forma.
Quizás el mayor fracaso fue que la mayoría de nosotros, incluyéndome, tardáramos tanto en darnos cuenta de que estaba ahí. Que sufría. Que tenía un nombre que nunca pregunté, recuerdos, heridas y una vida entera detrás de esos ojos cansados.
Y porque, al final, cuando desapareció, la ciudad siguió exactamente igual. Y yo también…
