El absurdo me persigue. Y no es de ahora, si fuera reciente tendría la excusa de «estrés moderno». No. Esto viene de fábrica. Me acuerdo que en la escuela había unos ventanales enormes, y cada vez que pasaba caminando frente a uno y me veía reflejado, corregía la postura en el acto: espalda recta, paso elegante…me sentía observado y criticado por mí mismo. Ese fue, probablemente, el primer síntoma de una enfermedad que no tiene cura ni ANEP que la trate.
Y de esas situaciones tengo una colección que no para de crecer, como el dólar cuando uno menos lo necesita. Acá unos ejemplos, algunos para reír y otros para consultar con un profesional:
Me pasa que si rompo algo pequeño y sin ningún valor, una taza vieja, una lapicera, voy y entierro los pedazos bien en el fondo del tacho de la basura y los tapo con otra basura, como si estuviera ocultando un homicidio culposo ante un juez invisible que solo existe en mi cabeza y que, dicho sea de paso, tiene más severidad que la Suprema Corte.
Otras veces estoy bajo el agua caliente de la ducha calculando, con precisión de árbitro de fútbol, cuántos minutos de felicidad me quedan antes de que el mundo real golpee la puerta. Transformo un momento de paz total en una cuenta regresiva que estresa más que un examen de Termodinámica.
A veces camino junto a un desconocido que va exactamente a mi mismo ritmo. No lo adelanto porque no quiero parecer competitivo, pero tampoco freno para no quedarme atrás y parecer que lo estoy persiguiendo o acosando. Entonces termino caminando casi pegado a su lado, en un silencio incomodísimo, tres cuadras enteras, los dos mirando para adelante como si fuéramos invisibles o estuviésemos en un desfile militar que ninguno pidió.
No es raro que salude efusivo a un perro que va con el dueño, le hable con vocecita de jardín de infantes, y después haga contacto visual con el humano con una mueca tímida que dice, sin palabras: «perdón, vos me importás bastante menos que tu perro, no es nada personal.»
Sí, también guardo durante años la caja impecable de algún aparato, el celular, los auriculares, en un cajón, «por si acaso», sabiendo perfectamente que esa caja solo va a salir de ahí el día de la mudanza, o cuando el aparato ya no sirva más.
Y exprimo el tubo de pasta de dientes con una fuerza digna de una prensa hidráulica, gastando más energía mental en sacarle el último gramo que la que costaría comprar un tubo nuevo en el quiosco de la esquina.
Al menos yo soy consciente de mi propio absurdo. Me río de mí mismo, lo cuento, lo escribo, hasta lo disfruto. Ese es mi gran mérito: el absurdo me da vergüenza, pero una vergüenza chiquita, manejable, de las que se curan con un mate y un poco de autocrítica.
Lo grave, lo verdaderamente grave, es cuando el que comete absurdos en cadena no es uno que esconde pedacitos de taza en la basura, sino alguien que toma decisiones «en nombre y por el bien de todos los uruguayos» , y lo hace de forma repetida, pública, desvergonzada, y sobre todo, sin que le tiemble ni un pelo.
Porque mientras yo pierdo cinco minutos calculando el agua caliente que me queda, hay gente que pierde miles de horas en negociaciones eternas y comunicados ambiguos, y después salen tranquilos a comer un asado.
Mientras yo guardo una caja vacía «por si acaso», hay funcionarios que mantienen cargos, sueldos y comisiones «por si acaso», sin hacer absolutamente durante administraciones enteras, sin que el «acaso» llegue nunca y sin que nadie les pida explicaciones.
Mientras yo camino incómodo tres cuadras junto a un desconocido, hay decisiones que caminan en dirección contraria de la gente que las necesita: una ruta rota, un hospital con lista de espera eterna, una escuela con la canilla que gotea desde la dictadura.
Y mientras a mí se me cae la cara de vergüenza por hablarle con voz de bebé a un perro ajeno, a ellos no se les cae la cara de nada cuando anuncian un «ajuste necesario» y al otro día se aumentan la dieta, o cuando cortan un programa social y agrandan una partida para asesores que ni se sabe bien sobre qué asesoran.
Ahí está la diferencia. Mi absurdo es inofensivo, es de sobremesa, es para reírse un poco y seguir viviendo. El de ellos es de otro calibre: tiene presupuesto, tiene letra chica, y lo paga toda la gente con la boleta de UTE, con la salud, con la jubilación que no llega o llega achicada.
Yo, como mucho, tiro a la basura una taza rota escondiendo la evidencia. Ellos tiran a la basura el futuro de un país entero, y ni se molestan en tapar nada.
