La sociedad NO está mal

«La sociedad está mal» es la frase comodín de esta época. Se repite en los medios, en las redes, en cualquier tertulia de sobremesa, cada vez que un hecho violento, vergonzoso o de pura indiferencia sacude la conversación pública. Y como toda frase comodín, no explica nada: generaliza, diluye y, sobre todo, exculpa.

Porque no. El que está mal es quien actuó mal. Culpar a «la sociedad» por la conducta torcida de un individuo es, en el mejor de los casos, pereza intelectual. En el peor, y es el caso más frecuente, es una operación política deliberada.

Existe un sector de la política que necesita, casi con desesperación, que la sociedad cargue con lo que ellos no combaten, no resuelven o directamente no les interesa resolver. Detrás del sustantivo genérico «sociedad» esconden las fallas familiares, los vacíos institucionales y, sobre todo, sus propias fallas de gestión. Un gobierno que no se ocupa de los problemas de la gente, aunque lo anuncie a bombos y platillos, aunque cree comisiones, direcciones y ministerios nuevos para la foto, es el único responsable de que parte de esa desidia termine derivando en conductas dañinas. No la sociedad. El gobierno.

Pero claro, generalizar es mucho más rentable. Suena más dramático, más contundente, y además reparte la culpa. No es lo mismo decir «nosotros», el grupúsculo que gobierna (no gobierna, o gobierna mal), que decir «todos», los uruguayos. Ahí la responsabilidad se diluye, la culpa se reparte entre millones y, con suerte, no le toca a nadie.

Porque la sociedad no está mal. La sociedad está cansada. Cansada de que se anuncie todo en su nombre y no pase nada en la práctica. Cansada de que cada nuevo ministerio, cada nueva dirección que se crea «para el bien de la sociedad», termine siendo, en los hechos, una bolsa de trabajo para correligionarios con sueldos generosos, mientras la sociedad, la verdadera, la que paga los impuestos, queda relegada al último lugar de la lista. Cansada de que la culpen de las incompetencias ajenas. Cansada de financiar los delirios de los de turno. Cansada de la inseguridad, del desempleo, de una salud pública que maltrata en lugar de asistir.

Si se lo mira así, sí: la sociedad está mal. Está mal por agotamiento del discurso vacío, del acomodo, de la tolerancia infinita hacia el amiguismo y una exigencia despiadada hacia el ciudadano común, al que se le pide cumplir mientras otros incumplen impunemente.

Pero no porque un porcentaje mínimo de la población cometa actos aberrantes. Ahí el responsable es ese individuo, exclusivamente. La mayoría, la sociedad verdadera es honesta, trabaja, atraviesa necesidad, desempleo, enfermedad o abandono, y aun así no delinque, porque prima la honestidad por sobre la circunstancia. El deshonesto es deshonesto y anti social por naturaleza y lo es por decisión propia. Es «él». No es «la sociedad».

Esta generalización, que la sociedad está mal por la conducta de unos pocos, es una falacia, y como toda falacia sirve para no explicar nada y, de paso, no responsabilizar a nadie.

Ya es hora de dejar de hablar en nombre de «la sociedad» o «la gente», categorías que la dirigencia usa como paraguas para no mojarse, porque cada vez que lo hacen le están errando el bizcochazo por completo y lo peor: conscientemente y por pura conveniencia.

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