Hay algo profundamente humano en ser normal. No hablo de esa normalidad estadística, la de la curva de Gauss que todo lo mide y clasifica, sino de esa otra: la de quien se levanta por la mañana, prepara café, lleva a los niños al colegio, trabaja ocho horas (o las que sean), vuelve a casa, cena con la familia o solo frente a una serie o el partido del día, y se acuesta pensando en el fin de semana de descanso y diversión. Esa normalidad que no sale en los medios ni en las redes sociales, que no genera hashtags ni manifestaciones. Esa que, sin embargo, sostiene el mundo.
Ser normal es aceptar que la vida no está hecha para grandes gestas ni para revoluciones permanentes. Es reconocer que la felicidad no llega en estallidos de gloria, sino en gotas pequeñas y constantes: una conversación tranquila con un amigo, el olor del pan recién hecho, el alivio de pagar las facturas a fin de mes, el abrazo de alguien que te conoce de verdad, el olor a tierra mojada por la lluvia, el cariño de tus perros, tus gatos o tus ovejas. La normalidad no aspira a cambiar la historia; aspira a vivirla sin que te aplaste. Lucía, Pedro, María, José, Yenni, Braian, Clementina, Oscar, Esteban, Agustina, Alfredo, Faustino, todos en la misma lucha.
Las virtudes de la normalidad son, paradójicamente, las más difíciles de defender en un tiempo que premia lo excepcional. Es humilde: no necesita gritar para existir. Es resiliente: sobrevive a las crisis porque no pone todas sus expectativas en promesas grandiosas. Es generosa: la persona normal suele ser la que ayuda al vecino, la que hace voluntariado sin publicarlo, la que paga sus impuestos aunque refunfuñe. Y, sobre todo, es realista. Sabe que la perfección no existe y que la vida buena se construye con compromisos, no con utopías.
Quien vive una vida normal desea cosas sencillas: salud, un trabajo digno, un techo seguro, tiempo para los suyos, algo de dinero ahorrado para imprevistos, quizás un viaje al año. No sueña con ser millonario ni con salvar el planeta él solo. Quiere que las cosas funcionen: que el ómnibus llegue a tiempo, que la escuela de sus hijos sea decente, que el barrio esté tranquilo. Por eso los grandes problemas geopolíticos —las tensiones en el Mar del Sur de China, el futuro de la OTAN, las sanciones a Rusia, Venezuela, Ucrania, Israel, Hamás o las disputas territoriales en el Ártico— le suenan lejanos, casi irreales, como de serie de televisión. No es egoísmo ni ignorancia; es sentido de la proporción. Uno no puede cargar con el peso del mundo cuando apenas puede con el suyo propio. Y, francamente, la mayoría de esas grandes cuestiones las deciden personas que nunca han tenido que elegir entre pagar la luz o la compra en el supermercado.
Sin embargo, esa misma normalidad —con sus límites y sus frustraciones— es el terreno fértil donde germinan los populismos. Cuando la vida normal se vuelve precaria, cuando el sueldo no alcanza, cuando el barrio ya no es seguro, cuando los hijos no encuentran trabajo estable, la persona normal se cansa. Y entonces aparecen las voces que ofrecen soluciones simples a problemas complejos.
Por la izquierda, el populismo económico promete que el problema no es la falta de dinero en tu bolsillo, sino que otros tienen demasiado. Redistribuyamos, expropiemos, subamos impuestos a los ricos, nacionalicemos. Suena justo, sobre todo cuando uno está agobiado. La idea de que alguien “arriba” pague por tus dificultades es reconfortante. No exige esfuerzo personal; exige castigo ajeno. Y durante un tiempo funciona: hay subsidios, hay programas, hay discursos que te hacen sentir que por fin alguien te ve. Pero la trampa está en que esas políticas suelen terminar empobreciendo a todos, incluso a los que creían beneficiarse. La normalidad se degrada aún más: colas, inflación, escasez. Y cuando llega el ajuste, siempre lo paga el mismo: el de siempre, vos, la persona normal.
Por la derecha, el populismo de la mano dura ofrece otra cosa: orden. “Se acabaron los delincuentes en la calle, los inmigrantes que vienen a quitarte lo tuyo, los blandengues que negocian con terroristas”. La promesa es recuperar la tranquilidad perdida, esa que te permitía dejar la bicicleta sin candado o caminar de noche sin miedo. Y también suena razonable cuando has sido víctima de un robo o cuando ves noticias de violencia todos los días. La persona normal quiere seguridad; es una de sus necesidades más básicas. La trampa aquí es que la mano dura rara vez resuelve las causas y casi siempre termina erosionando libertades de todos, incluida la tuya. Al final, el barrio sigue inseguro (o quizá no), pero ahora además hay más policía y delatores vigilándote a ti también, quizá sólo por tus libérrimas opiniones.
Ambos populismos explotan la misma grieta: la frustración de una normalidad que no termina de ser satisfactoria. Ofrecen un culpable externo y una solución mágica. Y la persona normal, agotada de tanto remar sin avanzar, a veces cae. No porque sea tonta, sino porque es humana. Todos queremos creer que hay un botón que alguien puede pulsar para arreglarlo todo.
Pero la normalidad, la de verdad, no se arregla con botones. Se construye día a día, con esfuerzo colectivo pero sin mesianismos. Con instituciones que funcionen, con reglas claras que se cumplan, con educación que forme personas responsables, con economía que premie el trabajo honrado. Nada de eso es emocionante. Nadie va a hacer una revolución por un sistema tributario eficiente o por una policía profesional que no abusa. Pero es lo único que ha funcionado alguna vez para que la mayoría pueda vivir con dignidad.
Así que esta es mi eulogía: bendita normalidad. Vos, que no hacés historia pero la hacés posible. Vos, que no gritás pero sostenés. Vos, que no prometés el cielo pero permitís vivir en la tierra sin tanto infierno. Quizás no seas heroico, pero sos imprescindible. Y en un mundo que se empeña en vendernos épica barata, defenderte es casi un acto de rebeldía.
