El Jaque Mate en el Cáucaso: El fin del monopolio y el ascenso del heredero

Enrique Guillermo Hernández

​Miren, vamos a dejar de lado los eufemismos. Lo que está ocurriendo hoy en el Cáucaso no es solo una visita diplomática del vicepresidente de Estados Unidos; es el acta de defunción de la influencia rusa en su propio vecindario. Que el vicepresidente JD Vance esté hoy en Bakú (Azerbaiyán), después de haber estrechado manos en Ereván (Armenia), es la señal de que el tablero ha cambiado de dueño.

​Pero para entender por qué hoy le sonríen a Washington, hay que recordar el dolor de ayer. Durante tres décadas, el enclave de Nagorno Karabaj fue la correa con la que Moscú paseaba a armenios y azeríes. El «divide y vencerás» de Stalin funcionó hasta que el paraguas ruso se pudrió. En 2023, el mundo vio cómo 120.000 armenios tenían que abandonar sus casas mientras los «soldados de paz» de Putin miraban para otro lado. Ese abandono fue la lección final para Armenia: Rusia no es un aliado, es un carcelero que te suelta la mano cuando el vecino trae mejores drones.

Esta ya no es una historia de trincheras, es una historia de tuberías.

​El llamado Corredor TRIPP (la «Ruta Trump») es el puente que el mundo esperaba para conectar a Europa con el tesoro del Caspio. Pero ojo, que para que ese gas llegue a los puertos del Mediterráneo, hace falta un socio que ponga la casa: Turquía. Ankara no solo es el aliado histórico de Azerbaiyán, sino que es el «peaje» obligatorio de toda la energía que sale de Asia Central. Al sumarse a este proyecto liderado por Washington, Turquía deja de ser un simple vecino para convertirse en el gran administrador del flujo energético hacia el continente, consolidando su sueño de ser el centro logístico que une a Oriente con Occidente.

​Estamos hablando de abrirle la puerta al gigante Galkynysh en Turkmenistán, el segundo yacimiento de gas más grande del planeta. Hasta ayer, ese gas estaba prisionero de los intereses del Kremlin. Hoy, con la seguridad que Vance fue a garantizar y el respaldo logístico turco, ese «caudal de libertad» tiene vía libre para inundar Europa y jubilar definitivamente la dependencia del gas ruso.

​Rusia lo sabe. El trágico derribo del vuelo J2-8243 de Azerbaijan Airlines, ocurrido el 25 de diciembre de 2024, fue el grito desesperado de quien se sabe perdedor. Que un avión civil sea alcanzado por la propia defensa rusa fue una tragedia que Putin admitió tarde y mal. A los países del Cáucaso ya no les sirve el «protector» que te tira los aviones; les sirve el socio que trae los chips, los reactores nucleares y los contratos que garantizan el futuro.

​Incluso para la diáspora en toda América, donde la comunidad armenia guarda la memoria de cada herida, se entiende que el mundo se mueve por intereses. La desconfianza hacia Turquía es un tatuaje en el alma, pero la Realpolitik dice que una Armenia conectada al flujo de energía que protege Washington y transporta Ankara es una Armenia mucho más difícil de borrar del mapa.

​Y aquí es donde el tema se pone épico. Esta gira es la graduación de JD Vance como el heredero indiscutido. Mientras Donald Trump maneja el timón grande, ha soltado a su delfín para que demuestre que puede cerrar los tratos que otros solo saben discutir. Vance no está allí como un enviado más; está sellando su estatura de estadista. Si logra que el gas del segundo yacimiento del mundo llegue a Berlín bajo el sello MAGA, le habrá ganado a Rusia la guerra más importante sin disparar un solo misil.

​En este ajedrez de sangre y combustible, Vance se pasea con la seguridad del que sabe que tiene el juego ganado. Cuando llegue el 2028, no solo tendrá los votos, tendrá en su bolsillo las llaves de los gasoductos que mueven al mundo. El futuro ya no se escribe solo en Ohio; se está sellando hoy, con el rugido del gas que nace en el Caspio y muere en el corazón de un nuevo orden mundial.

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