Claudicación de la izquierda uruguaya

Del «Hombre Nuevo» al Gerente del Capital. La Claudicación de la Izquierda Uruguaya

Héctor G. González Cabrera

“Tú con tu boina, yo con barba, ¡viva el Che! Recién conversos a la fe del hombre nuevo”, canta el poeta de Úbeda Joaquín Sabina en su maravillosa obra “Leningrado”, y es que esa canción narra como dos jóvenes enamorados terminan en desencanto ante un claro ajuste de cuentas con las utopías del siglo XX.

Paralelamente, la izquierda uruguaya no ha aceptado ni madurado su mentalidad “sesentosa”, mientras con sus acciones transitan una tecnocracia digna del Siglo XXI.

El “hombre nuevo” fue la gran promesa moral de la izquierda revolucionaria. No bastaba con cambiar las estructuras económicas, se debía dar una metamorfosis del individuo, eliminar el afán de lucro y moldearlo en la ética del colectivismo. El mercado y sus reglas eran corrupción espiritual, mientras que el socialismo era redención histórica, justicia.

En 1961, cuando Ernesto “Che” Guevara visitó Montevideo en el marco de la Conferencia del CIES, dejó una frase que aún resuena, “Uruguay no necesitaba una revolución armada como la cubana” ante un paraninfo de la Universidad de la República que padeció en desolación ante tamaña declaración.

Siguió el guerrillero indicando que Uruguay tenía instituciones, partidos, canales políticos.

No era la Sierra Maestra, era una democracia reformista. Aquella afirmación, incómoda para los sectores más radicales, reconocía una singularidad uruguaya, aquí el conflicto no era de selva y fusil, sino de disputa institucional.

Varios de los presentes prefirieron ignorar al ídolo para priorizar sus propios intereses.

Sin embargo, décadas después, quienes se reivindicaban herederos de ese horizonte épico llegaron al poder no para crear al “hombre nuevo”, sino para administrar el mismo sistema que criticaban. Y lo hicieron abrazando con entusiasmo las lógicas que antes denunciaban.

La izquierda uruguaya pasó de condenar al capital extranjero como instrumento de dominación imperial a competir por atraerlo con  exoneraciones fiscales, zonas francas y estabilidad regulatoria. Multinacionales forestales, gigantes tecnológicos y fondos de inversión dejaron de ser el enemigo histórico para convertirse en socios estratégicos.

Tan así, que trajeron normativa internacional para proteger a los nuevos amigos, implementaron la bancarización obligatoria, quitándole el efectivo al obrero para entregárselo al capital bancario. El discurso antiimperialista se recicló en buenos modales de promoción país.

El “hombre nuevo”, aquel sujeto austero, desprendido del consumo y movilizado por la conciencia socialista, fue reemplazado por el ciudadano subsidiado y el consumidor integrado. Lo nuevo es gestionar el mercado mejor que la derecha, hacerlo más humano a base de intervencionismo estatal.

Se podrá decir que por estricto pragmatismo la izquierda uruguaya se adaptó a la nueva era, que con la caída del muro de Berlín en 1989 se terminó la revolución y fue el fin de la utopía, pero lo más revelador es la inversión moral.
Lo que antes era explotación hoy es celebrado como inversión. Lo que antes era dependencia hoy es inclusión inteligente. La retórica se mantiene, pero el contenido se vacía. La revolución abandonó la ruptura para instalarse en la gobernanza, la épica mutó en administración.

Aquella visita del Che a Montevideo funciona hoy como ironía histórica. Si Uruguay no necesitaba una revolución armada, la izquierda pareció concluir que tampoco necesitaba una revolución económica o cultural.

Hoy día alcanza con gestionar el capitalismo con conciencia social. El resultado es una fuerza política que conserva símbolos insurgentes mientras en realidad actúa como garante de la estabilidad para el gran capital.

La traición a los principios y la doble moral se hizo en forma silenciosa, pensada, premeditada, al punto tal que se normalizó. Hoy la izquierda mediante marketing social e inclusión terminó consolidando el modelo que decía combatir.

Y así, sin fusiles ni barricadas, el “Sierra Maestra” quedó reducido a mito fundacional, útil para actos partidarios, comités de base, primeros de mayo y aniversarios históricos. En su lugar emergió el gestor responsable, el socio confiable, el administrador prolijo del orden global, muy cómodo y adaptado el poder.

 


 

 

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