El disparador
Hace unos días, la Aldea Global que es internet y las Redes Sociales, puso en la pantalla de mi teléfono un inusitado destello de lucidez en medio del ruido digital cotidiano.
Una amiga, a la que llamaré DeAi, me compartió un video de Instagram que esquivaba con elegancia los lugares comunes del existencialismo moderno.
En tan solo 3 minutos, un difusor cultural español de apellido Serrés -en un disfrutable español castizo- desarrollaba un planteo metafísico que partía de un dato arqueológico conmovedor: las tumbas de Shanidar de hace 60.000 años, donde un esqueleto neandertal fue hallado rodeado de polen concentrado.
Ningún animal necesita flores para sobrevivir; no hay allí una función de supervivencia biológica. Es la aparición de un gesto que no sirve para nada práctico, salvo para decir “esto importa, aunque ya no tenga uso”.
Que alguien, en el amanecer de la especie, se hubiera tomado el trabajo de enterrar a los suyos con flores, constituía un gesto biológicamente inútil para la supervivencia -y, adelantémoslo, discutido por diversos estudiosos-, pero que fundaba algo radicalmente nuevo: la cultura, esa extraña fe humana de actuar en función de lo que ya no está y de lo que todavía no llegó.
Es el momento exacto en que la especie empieza a actuar en una dimensión única y por lo mismo, atemporal.
Lo que importa, siempre, es el pensamiento
Para este autor poco importa si el texto y la idea fueron desarrollados por la IA -como lo fue- y si el polen llegó allí arrastrado por los vientos -como sugieren otros, lo que importa es que en ello hay una muy poderosa idea que encierra un tan poético como bellísimo simbolismo: la especie nace, como lo que es, creadora de cultura propia, el día que es capaz de hacer cosas sin un propósito específico más que, por ejemplo, homenajear a sus muertos.
Impactado por la densidad de esa idea, que recorría el fondo de la historia desde las cuevas de Lascaux hasta el futurista diseño de señales de advertencia nuclear para civilizaciones de dentro de diez mil años, le respondí a DeAi con una certeza que me habita desde hace tiempo, una suerte de aforismo que para mí resume el misterio: «Cara DeAi, en esas breves reflexiones habéis encontrado el sentido de trascendencia de la vida humana; el cuán cierto es que no somos nada, pero a su vez lo hemos sido todo y deberíamos seguir siéndolo. Somos procedencia, presencia y permanencia. Anote».
Desarmar esa respuesta exige mirar de frente la aparente paradoja de una vida común. ¿Cómo puede un mortal ordinario, en el plácido otoño de su existencia, ser a la vez «nada» y «todo»?
La respuesta no está en los altares de la religión ni en las fórmulas frías de la ciencia —que a menudo intentan justificar o disolver el misterio—, sino en la aceptación gozosa de un continuum temporal del que somos eslabones conscientes.
El origen: La Procedencia
No empezamos de cero. Somos lo que somos en función de dónde venimos; nuestra mente habita un mapa cuyos caminos fueron trazados por milenios de voluntad humana.
Esta mañana, mientras los acordes de Bach llenan la habitación tras la lluvia – ¿quién que haya estado tan cerca de Dios? – soy consciente de que ese tejido musical no es un hecho aislado, sino el fruto de una herencia deliberada. Venimos de los copistas medievales que salvaron textos a ciegas, de los arquitectos que colocaron los primeros cimientos de catedrales que sabían que jamás verían terminadas.
La procedencia es la raíz que nos rescata de la arrogancia y de la insignificancia: pertenecemos a una estirpe que ha sido capaz de construir belleza y conocimiento sobre sus propios escombros. Es herencia que justifica nuestra presencia tras la inasible permanencia. La herencia es, en suma, la raíz que nos rescata de la insignificancia.
El territorio de la carne: La Presencia
Por eso la procedencia (herencia) sería una fría abstracción de biblioteca sin la Presencia.
El presente es el único territorio real de la experiencia humana, el lugar de la corporalidad intransferible. El dolor que pincha, el placer que expande o el asombro puro ante el misterio de estar aquí, dándonos cuenta, valen por sí mismos. No necesitan un «para qué» posterior.
En esta era donde la tecnología nos tienta a delegar el pensamiento crítico en «inteligencias ampliadas» —esas criaturas nacidas de nuestro propio intelecto que hoy nos sirven de espejos sin ego—, la presencia es un acto de resistencia cultural.
Exige habitar el «aquí y ahora», mantener la sospecha lúcida y honrar el pedazo de tiempo que compartimos con el contemporáneo, con el vecino de al lado, con la amiga en una charla nocturna.
El legado ciego: La Permanencia
Finalmente, el círculo cronológico se cierra en la Permanencia.
Somos la única especie capaz de actuar en función de un futuro que sabe, con total certeza, que no va a habitar.
Es una relación moral con el tiempo: le debemos algo al mañana, tratándolo como un depósito de sentido y no como un mero contenedor de nuestros genes.
Diseñamos cámaras acorazadas de semillas en el Ártico y pensamos en legar conocimiento a mentes futuras que quizás ya ni siquiera sean humanas. Plantamos árboles sabiendo que jamás disfrutaremos de su sombra.
No hay, no debe haber, angustia existencial en esa finitud. Al contrario, hay un profundo orgullo laico.
Cuando toque cerrar el cuaderno y apagar la vela, quedará la pacífica satisfacción de haber sido un eslabón consciente del continuum. La cuota de habitar el mundo y maravillarse con él habrá sido plenamente cumplida.
Arrojamos la semilla a la tierra del mañana sabiendo que esa humanidad futura seguirá siendo la nuestra, la de nuestros sucesores y la de nuestros ancestros.
No somos nada, es cierto. Y, sin embargo, a través de este maravilloso pacto intergeneracional, lo hemos sido todo. Procedencia, presencia y permanencia. ¿Qué más?
Otros Artículos de Jorge Martinez Jorge:
- Tutsis y Hutus, Ruanda y Burundi: El horror en estado puro
- Capítulo VII: Los Tamiles, exterminio, apartheid y el sonido del silencio
- Venezuela destruida: una “Trumpada” a la dignidad
- Capítulo VI: Los armenios del Artsaj: Del enclave al éxodo, una catástrofe olvidada
- ¿Caducó el experimento uruguayo? De Ponsonby a Artigas, dos siglos después
