
Nota del autor: ¿Qué es el “Artsaj”?
Para entender el conflicto, primero hay que despejar un dilema de nombres. Lo que el periodismo occidental y la diplomacia internacional llamaron históricamente Nagorno-Karabaj (un híbrido de vocablos ruso, turco y persa que se traduce literalmente como «Alto Jardín Negro»), es para sus habitantes nativos Artsaj.
Artsaj es el nombre milenario y en idioma armenio de esta región montañosa del Cáucaso Sur. No se trata simplemente de un cambio de etiquetas: hablar de los «armenios del Artsaj» es referirse a una comunidad indígena de raíces cristianas que habitó ininterrumpidamente esas tierras altas desde la Antigüedad, tallando su historia en la piedra de sus monasterios medievales. Cuando en 2023 el territorio fue ocupado por Azerbaiyán, tras un forzado éxodo masivo, no solo cambió un mapa político; para la memoria armenia, lo que se apagó fue el hogar histórico de Artsaj.
Ajustando el foco
En las páginas de Imperium, Ryszard Kapuściński narra su infiltración en Nagorno-Karabaj durante los turbulentos años del colapso soviético (se refiere a la caías de la URSS en los años 90). Disfrazado de piloto de Aeroflot, el cronista polaco sorteó el cerco militar para llegar a un enclave asediado donde armenios y azerbaiyanos revivían odios ancestrales bajo la máscara que se resquebrajaba del internacionalismo proletario.
Kapuściński no vio solo un conflicto territorial: vio montañas envueltas en niebla, pueblos que reclamaban su derecho a existir y el retorno brutal de la historia reprimida. Aquellas imágenes prefiguraban, con una lucidez casi profética, la tragedia que se consumaría décadas después.
Hoy, Artsaj ya no existe como entidad política. En septiembre de 2023, tras nueve meses de un asfixiante bloqueo en el corredor de Lachin que convirtió a la región en una prisión sin alimentos ni medicinas, la ofensiva relámpago de Azerbaiyán provocó el desplazamiento de más de 100.000 armenios.
En pocos días, casi toda la población civil huyó en caravanas desesperadas, dejando atrás sus hogares, sus iglesias y sus khachkars (las antiquísimas cruces talladas en la roca) centenarios. Por primera vez en siglos, las montañas de Artsaj quedaron completamente vacías de las almas que las habían moldeado. Un nuevo y flagrante caso de limpieza étnica con escasa prensa.
Raíces históricas y el lazo uruguayo
Esta herida no es un hecho aislado; se inscribe en una cronología mucho más larga y dolorosa de vulnerabilidad existencial. El Genocidio Armenio de 1915-1923, perpetrado por el Imperio Otomano, marcó a la nación armenia con deportaciones masivas, marchas de la muerte en el desierto y un negacionismo sistemático que llega hasta nuestros días.
Obras monumentales como Turquía, Estado genocida, de Pascual Ohanian, documentan con rigor jurídico e historiográfico esa catástrofe primigenia. Para el lector local, este dolor no es ajeno: Uruguay posee el honor histórico de haber sido el primer país en el mundo en reconocer formalmente dicho genocidio a nivel parlamentario, mediante la Ley Nº 13.326 de 1965, estableciendo un lazo de solidaridad inquebrantable con la causa armenia.
La sovietización del conflicto
La geografía del conflicto actual, sin embargo, se terminó de diseñar en los mapas de la era soviética. Las fronteras trazadas arbitrariamente por el puño de Josef Stalin funcionaron como verdaderas bombas de tiempo demográficas.
Bajo la premisa imperial de «dividir para reinar», la región del Alto Karabaj, históricamente de indiscutible mayoría armenia, fue encuadrada dentro de los límites de la República Socialista Soviética de Azerbaiyán, sembrando las minas que estallarían con la disolución de la URSS. He aquí lo que llamaríamos una guerra de diseño, que estallaría décadas después, siguiendo el ineluctable destino de las fronteras forzadas.
Hablando de fronteras, “La frontera”
Érika Fatland, en su magnífica crónica La frontera, recorre el Cáucaso y captura la densa textura humana de estas tensiones latentes. En su viaje por las periferias postsoviéticas, describe cruces fronterizos tensos, narrativas históricas irreconciliables y las huellas imborrables de la guerra en el paisaje y en los cuerpos.
Fatland nos recuerda que, en estas tierras de paso entre imperios, las fronteras no son líneas pacíficas de demarcación, sino cicatrices abiertas por el bisturí de cartógrafos que sabían que el mapa absurdo del presente garantizaba la guerra del mañana. En ese entorno, la memoria compartida se convierte en el arma más poderosa y, a la vez, en el último refugio de las identidades que los imperios no lograron disolver.
El contexto geopolítico: actores en pugna
El destino de los armenios de Artsaj no se explica únicamente a partir de enconos locales. Es el resultado de una compleja y fría partida de ajedrez geopolítico, donde las potencias regionales y globales mueven sus piezas en función de los recursos energéticos, los corredores comerciales y las esferas de influencia. Veámoslo:
- Rusia: Tradicional aliada de Armenia, Moscú usó su fórmula más común para conseguir fidelidad: una base militar en Gyumri y “tratados de seguridad” que, como se acaba de ver, caducaron rápidamente. Como siempre, Moscú jugó a dos puntas vendiendo armamento a ambos bandos.
Sin embargo, tras la invasión a Ucrania en 2022, su capacidad de intervención en el Cáucaso Sur disminuyó drásticamente. Sus cascos azules presenciaron el bloqueo de Lachin y la ofensiva de 2023 prácticamente de brazos cruzados. El posterior acuerdo de paz de agosto de 2025, mediado por Estados Unidos, terminó por certificar el retroceso estratégico de un Kremlin debilitado, obligando a Armenia a diversificar sus alianzas internacionales para sobrevivir.
- Turquía: Como contracara, los neo-Otomanos, se convirtieron en el principal protector de Azerbaiyán bajo la doctrina “pan-turquista” de “una nación, dos estados”. El apoyo tecnológico de Ankara (particularmente con los drones Bayraktar -los mismos que vendía a Ucrania) fue decisivo en el terreno militar. Hoy en día, Turquía empuja con fuerza el desarrollo de las rutas terrestres como una vía de proyección estratégica y económica hacia Asia Central, consolidando una victoria geopolítica que expande significativamente su rol como potencia regional.
- Irán: La teocracia iraní observa con honda preocupación la reconfiguración de los corredores que corren paralelos a su frontera norte. Teherán teme perder sus tradicionales ingresos por tránsito y, fundamentalmente, quedar marginado del tablero del Cáucaso. El robustecimiento del eje Ankara-Bakú y la irrupción directa de la influencia diplomática estadounidense en la zona son percibidos por el régimen iraní como una amenaza directa a su seguridad nacional, lo que ha motivado enérgicas condenas.
- China: Aunque mantiene un perfil menos estridente, Pekín observa el Cáucaso a través del prisma de las Nuevas Rutas de la Seda. El «Corredor Central» (Middle Corridor), cuya viabilidad de tránsito terrestre ahora se reconfigura bajo los nuevos esquemas diplomáticos internacionales, compite directamente con las rutas que atraviesan Rusia e Irán. China busca, ante todo, la estabilidad institucional para proteger sus inversiones en el comercio euroasiático, evitando alinearse abiertamente en la disputa identitaria.
- Estados Unidos: Bajo la administración de Donald Trump, Washington asestó un golpe estratégico definitivo en el tablero regional. El acuerdo de paz firmado en agosto de 2025 dio nacimiento a la “Trump Route for International Peace and Prosperity” (TRIPP, estructurada sobre el antiguo proyecto del Corredor de Zangezur). Mediante este tratado de diplomacia transaccional —paz a cambio de infraestructura estratégica—, Estados Unidos obtuvo derechos exclusivos de desarrollo y operación por 99 años. Empresas norteamericanas se encuentran hoy al frente de la construcción y gestión de carreteras, ferrocarriles, tendidos de fibra óptica y redes de energía. Esta jugada desplaza de forma contundente la influencia rusa, iraní y china, asegurando una presencia norteamericana permanente en el corazón del Cáucaso.
El borrado de la piedra: la segunda fase del olvido
El drama de Artsaj no terminó con la firma de los tratados ni con la salida del último camión de refugiados. Siguiendo las dinámicas coloniales que Pascual Ohanian denuncia en sus estudios sobre el negacionismo, Azerbaiyán ha iniciado una metódica segunda fase de la limpieza étnica: el borrado de la memoria física de la tierra.
Ciudades milenarias hoy desiertas, como Stepanakert o Shushí, asisten a un proceso de deconstrucción cultural. El gobierno azerí ha comenzado a renombrar calles, desmantelar monumentos y alterar la arquitectura de templos emblemáticos como la catedral de Ghazanchetsots.
Bajo una narrativa de revisionismo histórico oficial, los antiguos monasterios medievales y los khachkars tallados en roca son catalogados falsamente como «monumentos albaneses del Cáucaso» para negar su origen armenio.
El olvido absoluto no se expresa únicamente en que la comunidad internacional archive el expediente de los desplazados; consiste en que, cuando un viajero del futuro camine por esas montañas, no quede una sola piedra que testifique que allí, durante más de un milenio, se rezó y se escribió en armenio.
El drama humanitario: rostros concretos
El saldo humano de la ofensiva de 2023 dejó a más de 115.000 personas en el desamparo, víctimas de la limpieza étnica azerí. En este año de 2026, la inmensa mayoría de ellos permanece asentada en el territorio de la República de Armenia.
El proceso de asimilación ha mostrado avances significativos a nivel burocrático: los informes de las agencias internacionales indican que miles de familias ya han recibido certificados de vivienda estatal y cerca de 40.000 refugiados han completado el trámite para adoptar la ciudadanía armenia. Las encuestas de las Naciones Unidas revelan que el 83% de los desplazados planea quedarse definitivamente, una cifra que, más allá de la resiliencia, evidencia la dolorosa certeza de que el retorno bajo el actual dominio azerí es imposible.
Detrás de la frialdad de los porcentajes oficiales se esconde, sin embargo, la compleja paradoja del «refugiado en su propia patria». Existe una latente y dolorosa tensión entre las familias desarraigadas de Artsaj y la retórica del gobierno central de Ereván, más enfocado en la estabilidad económica y en no provocar militarmente a Bakú que en sostener los antiguos reclamos de autodeterminación.
Cierre
Para muchos refugiados, aceptar la ciudadanía armenia común y renunciar a sus viejos pasaportes de Artsaj se siente como firmar el acta de defunción definitiva de su historia y de sus derechos de compensación futuros.
El trauma colectivo no se borra con un subsidio de vivienda. Son rostros concretos que habitan hoy en los suburbios de Ereván o en las frías calles de Goris: madres que llegaron exhaustas cargando niños pequeños, ancianos que debieron cerrar la puerta de la casa de sus antepasados sabiendo que nunca regresarían, jóvenes con sus proyectos universitarios y vitales truncados de la noche a la mañana.
Así, los armenios del Artsaj encarnan la tragedia cíclica y descarnada de los “Olvidados de la Tierra”. Son pueblos antiguos que, en el mapa de las grandes corporaciones, las rutas de energía y los corredores transcontinentales de 99 años, vuelven a pagar con el exilio y el dolor la fragilidad de su geografía.
Recordarlos con su nombre original y documentar su cultura no es solamente un ejercicio de justicia histórica; es la forma primordial de resistencia literaria contra el silencio que siempre se impone tras la reconfiguración de los mapas.
Fuentes consultadas para esta crónica:
- Testimonios literarios y ensayos históricos:
- Imperium (1993), de Ryszard Kapuściński.
- La frontera: Un viaje alrededor de Rusia (2019), de Érika Fatland.
- Turquía, Estado genocida: Historia y documentación (1986), de Pascual Ohanian.
- Informes institucionales y de derechos humanos:
- Estadísticas de registro y asistencia a refugiados del Alto Karabaj – Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), reportes actualizados a 2026.
- Monitoreo de derechos humanos e integración en la República de Armenia – Informes del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y resoluciones de la Corte Internacional de Justicia (CIJ).
- Análisis geopolítico y tratados internacionales:
- Documentación y términos públicos del acuerdo de paz del Cáucaso Sur de agosto de 2025 (Trump Route for International Peace and Prosperity – TRIPP).
- Archivos legislativos de la Asamblea General de Uruguay – Texto de la Ley Nº 13.326 (abril de 1965).
(Esta columna ha sido escrita por el autor en colaboración con IA Grok y revisión de IA Gemini en la recopilación, selección y ordenamiento de textos; la generación y redacción final es responsabilidad personal. Jorge Martínez Jorge)
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