Los Kurdos, o la patria de las montañas y el viento

Los olvidados de la Tierra

Capítulo V: Los Kurdos, o la patria de las montañas y el viento

«Si de mis poemas desprenden la rosa, del año una de sus cuatro estaciones morirá; si desprenden el amor, dos de mis estaciones morirán; si desprenden el pan, tres de mis estaciones morirá; pero si de mis poemas desprenden la libertad, el año entero morirá, y yo con él.»

Sherko Bekas (Poeta kurdo iraquí – 1940/2013)

El salvoconducto de los parias

 

Febrero de 1986. La ventisca corta la cara en los desfiladeros helados de los montes Zagros, esa muralla de roca que separa el delirio teocrático de Irán del mapa turco. Una mujer estadounidense, Betty Mahmoody, avanza a gatas por la nieve profunda cargando a su hija Mahtob, de apenas cinco años. Huyen de la asfixia fundamentalista de Teherán, a donde había quedado atrapada en la lógica patriarcal de un marido iraní, médico formado en Estados Unidos pero radicalizado por los miles de imanes desparramados por todo Occidente.

¿Quiénes son los únicos seres humanos que arriesgan el pellejo, que abren las puertas de sus chozas de piedra, que falsifican pasaportes y guían a la madre y a la niña a través de las patrullas fronterizas que tiran a matar? Los contrabandistas y pastores kurdos. Sin pedir nada a cambio, por puro instinto de preservación ante la tiranía, fueron el puente hacia la vida.

Agosto de 2014. Las banderas negras del Estado Islámico (ISIS) ondean sobre los desiertos del norte de Irak. En las laderas del monte Sinyar, decenas de miles de civiles de la minoría yazidí mueren de sed bajo un sol de cincuenta grados, cercados por los degolladores del califato.

Ni los cazas de la OTAN, ni el ejército regular de Bagdad, ni las pomposas delegaciones de la ONU bajan a la arena a detener el genocidio.

Quienes rompen el cerco a sangre y fuego son las milicias kurdas —los peshmergas (milicias kurdas) y las brigadas de mujeres de las YPJ (milicia armada integrada exclusivamente por mujeres kurdas, en Rojava, norte de Irak, creadas para la resistencia a las matanzas del ISIS—. Crean un corredor humanitario a través del fuego cruzado y salvan a más de cien mil personas del exterminio.

Unos kilómetros al sur, en la aldea de Kocho, una joven de veintiún años llamada Nadia Murad -como nadie en la aldea arrasada- no logra llegar a ese corredor; es secuestrada y reducida a la esclavitud sexual en Mosul. Sin embargo, cuando tiempo después logre escapar milagrosamente de sus captores, la red clandestina de familias y contrabandistas kurdos volverá a ser su balsa de salvación, arriesgando la vida para camuflarla y evacuarla hacia territorio seguro.

Los kurdos la extraen del infierno; el mundo, años después, le dará el Premio Nobel.

El terrible sino del pueblo kurdo

He aquí la gran ironía trágica de Oriente Medio: el pueblo más traicionado de la Tierra, la mayor nación sin Estado del planeta —más de 35 millones de personas unidas por la lengua, la memoria y la desdicha— es, desde hace un siglo, el escudo humano y el salvoconducto de todos los perseguidos de la región.

Los kurdos salvan de la muerte a los parias del mundo; pero a los kurdos, cuando les llega el turno de la masacre, nadie los salva. Su geografía es una jaula perfecta con cuatro candados, y cada candado lo vigila un verdugo diferente.

 La anatomía de la opresión: Los cuatro candados

Para entender el tamaño del olvido hay que ponerle cifras al mapa. El Kurdistán no figura en la cartografía oficial porque fue borrado en 1923 en el Tratado de Lausana, cuando las potencias occidentales rompieron su promesa de un Estado independiente y repartieron a este pueblo entre cuatro soberanías hostiles. Hoy, el tablero de la supervivencia kurda se divide en cuatro frentes de asimilación y castigo:

Turquía (La asimilación de Estado):

Es el hogar de la mayor población kurda (cerca de 15 millones), y también el laboratorio de la crueldad institucional.

Durante décadas, el Estado turco prohibió por ley la lengua kurda, sus ropas tradicionales, sus fiestas y hasta las letras «Q», «W» y «X», inexistentes en el alfabeto turco pero esenciales en el kurdo. Oficialmente, la burocracia de Ankara los denominaba con un eufemismo grotesco: «turcos de las montañas».

Hoy, bajo el régimen neo-otomano de Recep Tayyip Erdoğan, la persecución ha mutado en una limpieza política total. Las prisiones turcas registran cifras espeluznantes: miles de alcaldes, diputados, académicos y periodistas del partido prokurdo (HDP) permanecen tras las rejas bajo el paraguas de una ley antiterrorista elástica que convierte la disidencia en delito. El caso de Selahattin Demirtaş, líder político encarcelado desde hace una década a pesar de las sentencias en contra del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, es el símbolo de un Estado que prefiere encarcelar la democracia antes que reconocer la identidad de un tercio de su población.

En este contexto de represión sistemática opera el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), organización armada fundada en 1978 que inició en 1984 una insurrección que ha dejado decenas de miles de muertos entre combatientes, civiles y fuerzas de seguridad turcas. Aunque el Estado turco justifica gran parte de su política represiva bajo la etiqueta de “lucha antiterrorista”, la elasticidad de esa legislación ha permitido equiparar cualquier expresión pacífica de identidad kurda —desde un tuit hasta una canción folclórica— con colaboración con el PKK, encarcelando a alcaldes electos, cerrando medios de comunicación y disolviendo partidos políticos legales como el HDP. Es la eterna espiral: violencia que engendra más violencia, y represión que alimenta el ciclo.

 

Irán (La soga de la teocracia):

En el oeste de Irán, la provincia de Rojhilat (el Kurdistán iraní) vive bajo una ocupación militar permanente de la Guardia Revolucionaria. Los kurdos representan apenas el 10% de la población de Irán, pero las estadísticas de las organizaciones de derechos humanos revelan un ensañamiento étnico pavoroso: más del 49% de los presos políticos condenados en los tribunales revolucionarios iraníes son kurdos.

La respuesta del régimen de Teherán a las recientes oleadas de protestas de este año ha sido la horca. Solo en los últimos meses, activistas kurdos como Ramin Zaleh y Karim Maroufpour fueron ejecutados en secreto, sin aviso a sus familias ni a sus abogados, acusados de baghi (rebelión armada) o moharebeh (enemistad contra Dios).

Para los ayatolás, ser kurdo y reclamar derechos civiles equivale a desafiar la divinidad.

 

Irak (Del gas sarín al abandono presupuestario):

Ningún rincón del Kurdistán ha sangrado tanto como el norte de Irak. En 1988, la dictadura baazista de Saddam Hussein ejecutó la campaña Al-Anfal, un programa de exterminio que borró del mapa a 4,500 aldeas kurdas y dejó más de 180,000 civiles desaparecidos.

El clímax de la barbarie ocurrió el 16 de marzo de ese año en Halabja, cuando la aviación iraquí arrojó gas mostaza y sarín sobre la población.

Cinco mil personas murieron en minutos; las imágenes de madres petrificadas por el veneno abrazando a sus bebés en las calles inspiraron los versos más dolorosos del poeta nacional Sherko Bekas.

Hoy, aunque la Constitución iraquí post-Saddam reconoce una Región Autónoma de Kurdistán, Bagdad utiliza el estrangulamiento económico, el impago de presupuestos y el bloqueo de las exportaciones de crudo como armas de asfixia silenciosa para castigar cualquier atisbo de soberanía, como el fallido referéndum de independencia de 2017.

Siria (La traición de los aliados):

En el norte sirio (Rojava), los kurdos aprovecharon el vacío de la guerra civil para instalar un experimento político inédito en Oriente Medio: una administración autónoma basada en el confederalismo democrático, el ecologismo y una radical igualdad de género donde las mujeres comandan brigadas militares y asambleas civiles.

Ellos fueron las botas sobre el terreno que sacrificaron 11,000 vidas para derrotar militarmente al ISIS en plazas como Kobane y Raqqa. Eran los «héroes» de las portadas de Occidente. Pero una vez que el califato territorial se desmoronó, la Casa Blanca y las potencias europeas retiraron sus tropas y apagaron los radares, permitiendo que las fuerzas armadas de Turquía y sus milicias yihadistas aliadas invadieran la región, bombardeando hospitales y escuelas, y provocando el desplazamiento forzado de más de 300,000 civiles kurdos en Afrín y Serê Kaniyê.

Un atisbo de esperanza, apenas

A pesar de la tragedia permanente, los kurdos también han escrito páginas de éxito relativo. En el Kurdistán iraquí, la Región Autónoma (KRG) ha logrado construir un polo de relativa estabilidad y prosperidad en torno a Erbil y Suleimaniya, gracias a sus recursos petroleros y a una gestión pragmática que ha atraído inversión extranjera.

En el campo militar, la épica resistencia de Kobane en 2014-2015, donde kurdos y kurdas enfrentaron durante meses al Estado Islámico con un coraje que conmovió al mundo, se convirtió en símbolo global de la lucha contra el yihadismo. Imágenes de combatientes de las YPJ con el kalashnikov al hombro dieron la vuelta al planeta y, por un breve momento, hicieron de los kurdos los héroes preferidos de Occidente. Luego, los reflectores apagaron sus luces y el silencio de los sepulcros volvió a reinar.

 

El mapa de la diáspora y las rejas

La cuantificación del drama humano kurdo es la radiografía de un desgarro demográfico permanente. Según datos recientes del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la inestabilidad crónica y las campañas de castigo de los Estados ocupantes han convertido al Kurdistán en una de las mayores fábricas de desplazados del mundo.

Solo la Región Autónoma del Kurdistán iraquí —un territorio de apenas cinco millones de habitantes— se ha visto obligada a albergar a cerca de 250,000 refugiados sirios (en su inmensa mayoría kurdos de Rojava) y a casi 100,000 desplazados internos que malviven en una veintena de campamentos satélite.

A esto se suma la sangría de la diáspora hacia Europa: se calcula que más de un millón y medio de kurdos viven en el exilio europeo (principalmente en Alemania, Suecia y Francia), huyendo de la miseria económica planificada por los gobiernos centrales de Teherán y Ankara para vaciar las zonas periféricas.

En el ámbito de la represión carcelaria, las cifras son elocuentes. Organizaciones de derechos humanos como Hengaw confirman que las ejecuciones de disidentes políticos en Irán han sufrido un repunte brutal.

El aparato judicial iraní utiliza la pena de muerte como una herramienta de terror selectivo: en lo que va del año, decenas de activistas de conciencia han sido enviados al cadalso, y en las listas de ejecución inminente en prisiones de máxima seguridad como Evin o Urmia figuran de forma desproporcionada nombres kurdos, incluyendo a la activista de derechos de las mujeres Pakhshan Azizi.

En Turquía, la Oficina de Instituciones Democráticas calcula que el número de ciudadanos kurdos investigados, procesados o encarcelados bajo acusaciones genéricas de «propaganda terrorista» supera las decenas de miles, transformando los penales del este de Anatolia en verdaderos centros de detención étnica.

La revolución traicionada: El espejo de Kapuścinski

En este punto es donde la mirada de Ryszard Kapuścinski se vuelve imprescindible para desarmar el mecanismo de la traición histórica. En su monumental crónica El Sha o la desmesura del poder (1982), el maestro polaco desnudó con precisión de cirujano lo que presenció en Teherán durante los días eufóricos de la Revolución Iraní de 1979.

Kapuścinski relata cómo, en el fragor del levantamiento popular contra la tiranía del Sha Mohammad Reza Pahlaví, las delegaciones kurdas bajaron de las montañas y marcharon hacia la capital con los ojos encendidos de esperanza. Habían puesto su sangre, sus guerrilleros y sus redes clandestinas al servicio de la revolución democrática. Se les había prometido que el nuevo orden respetaría su autonomía, sus escuelas en lengua materna y su identidad cultural.

La inevitable traición

Sin embargo, el cronista polaco documenta con amargura la velocidad con la que el nuevo poder centralizado —la teocracia de los ayatolás liderada por Jomeini— traicionó a sus aliados periféricos una vez que se consolidó en el trono.

Kapuścinski analiza cómo todo movimiento totalitario necesita reconstruir de inmediato un nacionalismo estrecho, fiero y homogeneizador para legitimarse. Las minorías étnicas, que días antes eran los «hermanos de lucha», pasaron a ser etiquetadas de la noche a la mañana como «agentes extranjeros», «traidores a la fe» y «amenazas a la integridad territorial». Las mismas armas que derrocaron al Sha fueron giradas inmediatamente hacia el oeste para bombardear las aldeas kurdas.

La tesis de Kapuścinski es una constante histórica aplicable a los cuatro Estados: los kurdos están atrapados en el eterno retorno de la geopolítica regional. Sus vecinos solo los buscan cuando el Estado central se tambalea y necesitan carne de cañón para las revoluciones o las guerras fronterizas; pero en el instante en que el nuevo régimen alcanza la estabilidad, la primera orden del día es aplastar el cráneo del autonomismo kurdo.

El cinismo de los despachos y el silencio de la ONU

Ante esta barbarie secularizada, ¿cuál ha sido el papel de la Organización de las Naciones Unidas? El balance es una mezcla de inoperancia burocrática y cobardía diplomática. La ONU es, por definición, un club de Estados con asiento, bandera e himno. Y como los kurdos no tienen un Estado que los represente en la Asamblea General, sus derechos humanos básicos son perfectamente negociables en los pasillos de Ginebra o Nueva York.

Las Naciones Unidas han emitido decenas de resoluciones estériles expresando «preocupación» por la situación en el norte de Siria o Irak, mientras sus agencias se limitan a administrar la miseria en los campos de refugiados, cronificando el dolor en lugar de resolver la causa política.

El principio de autodeterminación de los pueblos, la joya de la corona de la carta fundacional de la ONU se convierte en letra muerta cuando colisiona con los intereses geoestratégicos de las grandes potencias. Nadie en el Consejo de Seguridad quiere incomodar a Turquía —pieza clave de la OTAN y guardiana de las llaves migratorias hacia Europa—, ni desestabilizar los precarios equilibrios petroleros de Bagdad o las mesas de negociación nuclear con Teherán. El derecho a la existencia de 35 millones de seres humanos vale menos que un acuerdo comercial o un despliegue de bases aéreas.

A modo de conclusión:

Los kurdos suelen repetir un viejo proverbio que resume un siglo de aislamiento: «Ji bilî çiyan tu hevalên kurdan nîn in» (Los kurdos no tienen más amigos que las montañas). Es una verdad geográfica y existencial.

Mientras el mundo civilizado siga permitiendo que su lengua sea un delito en Ankara, que su cuello sea pasto de la soga en Teherán y que sus ciudades sean bombardeadas en Rojava, la comunidad internacional no estará sufriendo un despiste o una distracción.

El olvido de los kurdos no es un accidente de la historia; es una decisión política, un silencio calculado, y el fracaso ético más vergonzoso de la modernidad.

FIN

(Esta columna ha sido escrita por el autor, en colaboración con IA Grok y Gemini en recopilación, selección y ordenamiento de textos; la generación y redacción final es responsabilidad personal. Jorge Martinez Jorge)

Fuentes bibliográficas y documentales consultadas:

  • Kapuścinski, Ryszard. El Sha o la desmesura del poder (1982). Editorial Anagrama, Barcelona. (Crónica y análisis conceptual sobre las minorías en la Revolución Iraní de 1979).

  • Mahmoody, Betty (con William Hoffer). No sin mi hija (1987). Editorial Plaza & Janés. (Testimonio de la fuga a través del Kurdistán).

  • Bekas, Sherko. El lamento y otros poemas. Selección de poesía contemporánea kurda.

  • Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Informe Global sobre Desplazamiento Forzado y Refugiados en la Región del Kurdistán Iraquí (KRI). Datos estadísticos actualizados a 2025-2026.

  • Hengaw Organization for Human Rights. Reportes anuales sobre ejecuciones, detenciones arbitrarias y situación de los presos políticos kurdos en la República Islámica de Irán (Estadísticas del periodo 2025-2026).

  • Oficina de Instituciones Democráticas y Derechos Humanos / Amnistía Internacional. Informes sobre la aplicación de las leyes antiterroristas y la destitución de cargos electos del HDP en el sureste de Turquía (2024-2026).

  • Human Rights Watch (HRW). Informes de monitoreo sobre el impacto de las incursiones e intervenciones militares turcas en la Administración Autónoma de Rojava (Norte y Este de Siria).

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