Los Olvidados de la Tierra: «Los rohinya, el pueblo sin nombre ni patria»

CAPÍTULO II: Los rohinya, el pueblo sin nombre ni patria

Epígrafe

«Soy un humano en el universo,
negado los derechos más básicos.
Soy alguien a quien temo
.»  (Zaki Ovais, “Someone I’m Afraid” Of (antología “I Am a Rohingya: Poetry from the Camps and Beyond”, 2019. Traducción del autor de esta columna)

En los campos de refugiados de Cox’s Bazar, donde más de un millón de almas resisten entre bambú, lona y barro monzónico, la poesía no es ornamento: es la última acta notarial de existencia.

Mientras las llamas devoraban aldeas y el Estado de la ex Birmania -ahora Myanmar- intentaba borrar hasta el nombre, los versos rohinya se volvieron patria portátil, memoria indestructible y arma sutil contra el olvido programado.

Como los saharauis con su jaima poética, los rohinya convierten la palabra en trinchera.

 

Orígenes del conflicto:

Un pueblo antiguo convertido en “extranjero” en su propia tierra, los rohinya son un pueblo de etnia mixta (indoirania con influencias árabes, mogolas y locales) y fe musulmana suní que habita desde hace siglos el norte del estado de Rakhine (antiguo reino de Arakan), en el oeste de Myanmar.

Sus raíces se hunden en un tapiz complejo: comunidades islamizadas desde el siglo XV, comerciantes árabes y persas, migraciones bengalíes durante el período mogol y flujos coloniales británicos.

Tras la independencia birmana de 1948 y, especialmente, tras el golpe de Ne Win en 1962, el nacionalismo budista birmano reescribió la historia nacional. Especialmente, con la Ley de Ciudadanía de 1982 los excluyó de los 135 grupos étnicos reconocidos y los declaró oficialmente apátridas (“residentes extranjeros” o “bengalíes”).

Comenzó así un lento genocidio cultural: prohibición de educación superior, restricción de matrimonios, confiscación de tierras y negación de documentos.

Operaciones militares previas (Naga Min en 1978 y Pyi Thaya en 1991-92) ya habían provocado grandes oleadas de refugiados hacia Bangladesh.

Desarrollo del conflicto y episodios de genocidio

 

Un día en Tula Toli: el río que se volvió tumba

Imaginad un pueblo ribereño, Tula Toli (Min Gyi), en la mañana húmeda y clara del 30 de agosto de 2017.

Más de 4.300 rohinya vivían allí, la mayoría agricultores y pescadores. Los helicópteros del Tatmadaw (el ejército birmano) ya habían aterrizado. Los soldados, acompañados de milicianos rakhine armados con machetes, rodearon el pueblo y empujaron a la población hacia la orilla del río.

Separaron a los hombres. Durante horas, los fusilaron uno a uno, dos a dos, mientras las mujeres y los niños eran obligados a arrodillarse en el agua poco profunda. Hassina Begum, de 20 años, vio cómo arrojaban a su hija pequeña viva al fuego. Junto a su suegra y cuñada, fue llevada a una casa de bambú cercana, donde fueron violadas sistemáticamente. Cuando una resistió, la apuñalaron delante de las demás. Hassina fue acuchillada y abandonada inconsciente, dando por muerta, mientras incendiaban la casa.

Cientos murieron ese día en Tula Toli. El pueblo fue reducido a cenizas. Los cuerpos fueron arrojados al río o enterrados en fosas comunes. No fue un choque caótico: fue una operación fría, metódica, planificada. Historia como la de Hassina no son excepciones. Son el patrón. El río de Tula Toli se convirtió en metáfora del pueblo rohinya entero, empujado al borde del abismo. La escalada culminó en 2016-2017. Luego de reiterados ataques de la guerrilla ARSA el 25 de agosto de 2017, el Tatmadaw desató una “operación de limpieza” que la ONU, Médicos Sin Fronteras, la Corte Internacional de Justicia y varios Estados calificaron como genocidio con intención genocida. Se documentaron: quema de más de 350 aldeas, masacres, violaciones sistemáticas, ejecuciones y propaganda de odio (grupos Ma Ba Tha y 969). Más de 740.000 personas huyeron a Bangladesh en pocas semanas.

El conflicto sigue inconcluso, agravado por la guerra civil posterior a 2021.

Protagonistas y cifras de un pueblo disperso:

  • Víctimas: Comunidades ancestrales de agricultores y pescadores reducidas a la invisibilidad jurídica.
  • Perpetradores: El Tatmadaw y sucesivos regímenes birmanos, con el controvertido rol de Aung San Suu Kyi.
  • Actores locales: Nacionalistas rakhine budistas.
  • Voces de la memoria: Mayyu Ali, Habiburahman, Mohammed Rezuwan, Zaki Ovais, Ro Anamul Hasan.

Cifras actuales (2025-2026):

El pueblo rohinya se estima entre 1,5 y más de 3 millones (incluyendo diáspora). En Bangladesh: entre 1,1 y 1,3 millones en los campos de Cox’s Bazar (el mayor asentamiento de refugiados del mundo), bajo protección del ACNUR.

En Myanmar: entre 500.000 y 600.000, con unos 145.000 en campos de desplazados internos. No tienen territorio propio: son el mayor grupo apátrida del mundo.

Rol de la ONU y reconocimiento internacional

A diferencia de los palestinos (con la UNRWA), los rohinya dependen del mandato general del ACNUR, sin una agencia específica dedicada a ellos. La ONU ha documentado el genocidio y ha abierto casos en la Corte Internacional de Justicia, pero los vetos (especialmente de China) limitan la acción concreta.

A pesar del olvido sistemático, varios rohinya han recibido premios internacionales:

  • Kyaw Hla Aung (Aurora Prize for Awakening Humanity 2018).
  • Wai Wai Nu (Global Voices for Change Award).
  • Cuatro jóvenes rohinya (Abdullah Habib, Sahat Zia Hero, Salim Khan y Shahida Win) ganaron el Nansen Refugee Award (ACNUR) en 2023 por su labor documental.
  • Mayyu Ali y Sahat Zia Hero destacan por combinar poesía, fotografía y activismo cultural.

La lengua rohinya: último bastión de identidad

Como ha sucedido a lo largo de la Historia, el último refugio para la sobrevivencia de un pueblo es su lengua materna, aquello que les une y que forma parte de una cultura y una tradición. Es el caso de siglos en territorio ucraniano, donde el imperio ruso ha hecho tierra arrasada con la más mínima manifestación del ser ucraniano, empezando con su idioma, quemando bibliotecas, arrasando diccionarios, quemando libros, reescribiendo la historia.

La lengua rohinya (Ruáingga), de origen indoario oriental, es uno de los pilares fundamentales de su identidad. Históricamente oral, ha sido sistemáticamente marginada y prohibida por el Estado birmano.

Hoy cuenta con sistemas de escritura propios (Hanifi Rohingya, incorporado recientemente a Unicode, y Rohingyalish).

En los campos y la diáspora, escribir y preservar la lengua se ha convertido en un acto de resistencia. Poetas como Mohammed Rezuwan y Mayyu Ali la usan como trinchera cultural.

Intereses geopolíticos, religiosos y económicos

El conflicto es un nudo gordiano: budismo nacionalista contra minoría musulmana, control de tierras fértiles, gas, petróleo y el puerto de Kyaukpyu (clave en la Belt and Road china).

Myanmar es pieza central en la rivalidad China-India. Pekín protege al régimen, mientras Bangladesh carga con el peso humanitario y Occidente aplica sanciones simbólicas.

Las letras como última trinchera

Como los saharauis, los kurdos o los armenios del Artsaj, los rohinya demuestran que cuando se niega la tierra y el nombre propio, la palabra se vuelve refugio y arma. Mayyu Ali lo resume con claridad:
«A través de la escritura poética le encuentro esperanza al filo de la espada, coraje bajo la lluvia de balas y fuerza en el océano de fuego

Mientras exista un verso en rohinya que afirme “Soy rohinya”, el pueblo no habrá sido borrado.

Mohammed Rezuwan es uno de esos poetas para quienes Tula Toli no es una noticia lejana, sino estigma en la piel, olor a sangre y barro, y millares de gritos que no se apagan. Solo quien ha vivido tales horrores puede escribir con esa mezcla de crudeza y dolida ternura.

Compartimos aquí su poema “Mares de lágrimas” (Seas of Tears) en traducción al español:

 

«El veinticinco de agosto irrumpió en una mañana de luto
de nuestras mujeres del pueblo envueltas en negro y en el negro de una marea llorosa.

Los rifles tosen más fuerte que los truenos que retumban.
Las balas se dispersaron en el cielo sombrío como nubes de langostas hambrientas.
Las voces de las ametralladoras y los AK47 charlaban entre risas.
Lenguas de fuego sabrosas lamieron nuestro pueblo de poste en poste y de palo en palo.

Entre lágrimas, los niños encuentran refugio bajo las tiendas rotas de sus madres.
El marido busca a su esposa; la esposa busca a su marido.
Madres con los pechos agitados gritan los nombres de sus hijos en un tembloroso chillido de ratones ocultos.
El lisiado encontró piernas en sus manos, y el ciego ve a través del timón de la oscuridad.
Los ojos derramaron lágrimas a raudales, inundando cada umbral de nuestro pueblo.
Cadáveres de niños aferrados a la espalda de mamá yacían expuestos con balas incrustadas en cabezas y pechos.

El veinticinco de agosto nos vendió dolores marcados con dulces tristezas.
Niños, esposas y maridos comieron y vomitaron en las letrinas del cementerio. ¡Oh veinticinco de agosto, qué despiadado eres!
Robaste a mi hermano, mi dulcísimo Bambi.
Le cortaste la garganta,
y lo enviaste a estar con sus otros camaradas en el vientre de la madre tierra.

¡Oh agosto! Bestia hambrienta del octavo orden.
Comiste rohingyas inocentes y te lo comiste todo.
Bajo las narices de la CPI* y de la IIFFMM** masticaste con la boca llena.
Las Naciones Unidas no mueven la lengua. Nos mataste y borraste nuestras sombras.
Pero mañana, como Lázaro, resurgiremos y brotaremos de nuevo,
y nuestras sombras crecerán altas y oscuras. ¡No más genocidio, no más dolores
! “

En esta serie “Los Olvidados de la Tierra”, su voz poética se une a las otras para recordarnos que, ante el horror, el olvido es la verdadera derrota.

 

Notas:

  • *CPI: Corte Penal Internacional
  • **IIFFMM: Misión Independiente Internacional de Determinación de los Hechos sobre Myanmar (establecida por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU)

(Esta columna ha sido escrita por el autor, en colaboración con IA de xIA (Grok) en recopilación, selección y ordenamiento de textos; la generación y redacción final es responsabilidad personal. Jorge Martinez Jorge)

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