
Epígrafe:
«No hay tierra para enterrar nuestros cuerpos, ni aire para respirar nuestro dolor; solo nos queda el lenguaje para habitar las ruinas«. — Rudhramoorthy Cheran

El prólogo de la ceniza
El humo de Jaffna y los rostros de arcilla
La literatura y la infamia suelen compartir los mismos escenarios, aunque con intenciones opuestas. Quien busque comprender cómo opera el olvido cuando se transforma en una política de Estado —en un arma de destrucción masiva diseñada para extirpar la identidad de un pueblo— debe fijar la vista en la medianoche del 31 de mayo de 1981, en la ciudad de Jaffna, al norte de Sri Lanka.
La quema de libros: un clásico del exterminador
Esa noche, turbas amparadas por la policía del gobierno cingalés incendiaron la Biblioteca Pública de Jaffna. No fue un acto de vandalismo espontáneo; fue un “libricidio” meticuloso. Se redujeron a cenizas más de 95.000 volúmenes, manuscritos únicos en hojas de palma, crónicas milenarias y la memoria civil de la minoría tamil.
El poeta y sociólogo tamil Rudhramoorthy Cheran, entonces un joven estudiante, miró el cielo de la mañana siguiente y lo describió en su célebre poema “El segundo amanecer”. El horizonte no estaba iluminado por el sol, sino por las páginas ardientes que flotaban sobre la ciudad. Cheran comprendió de inmediato la profética advertencia de Heinrich Heine -cuando las hordas nazis arramblaban con el fuego redentor contra siglos de cultura-: donde se queman libros, se termina quemando seres humanos.
El humo de Jaffna fue el prólogo lírico y brutal del genocidio físico que se consumaría tres décadas después en las playas de Mullivaikkal.
Un necesario viaje al pasado
Escribir hoy sobre el pueblo tamil es un ejercicio de arqueología forense similar al que Michael Ondaatje retrata en su deslumbrante novela “El fantasma de Anil”. En esa obra, la antropóloga Anil Tissera regresa a una Sri Lanka desangrada por la guerra civil para identificar los huesos de los desaparecidos que el Estado intenta hacer pasar por restos arqueológicos antiguos. El poder político necesita que el asesinato reciente se convierta en “polvo del pasado”, en historia natural, en nada. Pero la literatura, al igual que la ciencia forense de Anil, escarba en la tierra para devolverle un nombre, una biografía y un rostro a los que el arma del olvido pretendía borrar. Los tamiles son, en el mapa de la geopolítica contemporánea, ese esqueleto oculto que las cancillerías globales prefieren no desenterrar.
El pecado original del Estado-Nación
La dictadura de la demografía o el traje occidental para una hoguera oriental.
El drama de la antigua Ceilán no nació de un odio ancestral atávico, sino de la fría e higiénica ingeniería social del Imperio Británico.
Fieles a su divisa de divide y reinarás, los administradores coloniales unificaron administrativamente la isla en 1833, destruyendo fronteras e identidades preexistentes.
Durante más de un siglo, los británicos favorecieron de manera desproporcionada a la minoría tamil (un 15% de la población) en detrimento de la mayoría cingalesa (un 74%). Le otorgaron acceso a la educación formal en inglés y los colocaron en los puestos clave de la burocracia estatal y judicial.
Cuando los británicos armaron las valijas en 1948, dejaron tras de sí una bomba de tiempo: un modelo de democracia de mayoría simple de estilo Westminster puesto sobre una sociedad que carecía de un pacto identitario común. En un territorio fragmentado, la democracia occidental se transformó instantáneamente en la dictadura de la demografía.
La mayoría cingalesa, de raíz lingüística indoeuropea y fervientemente practicante del budismo Theravada, asumió el poder arrastrando un peligroso complejo: el de una mayoría con mentalidad de minoría.
Mirando al norte, a través del estrecho de Palk, veían a los millones de tamiles del estado indio de Tamil Nadu y temían ser absorbidos. Para conjurar ese pánico, decidieron que la nueva república independiente solo tendría una identidad.
Un apartheid del que poco se habla y menos recuerda
El proceso de exclusión institucionalizada se ejecutó en tres actos legales que empujaron al país al abismo:
La Ley de Ciudadanía de Ceilán (1948): De un plumazo, el nuevo Estado despojó de sus derechos políticos y civiles a más de 700.000 tamiles de las colinas (Up-Country Tamils), mano de obra traída por los británicos en el siglo XIX para las plantaciones de té. Se convirtieron en apátridas en su propia tierra para alterar el peso electoral en favor de los políticos cingaleses.
La Ley del Solo Cingalés (1956): Promovida por el primer ministro Solomon Bandaranaike para encender el nacionalismo budista, declaró al cingalés como único idioma oficial. La lengua tamil fue proscrita de la vida pública, expulsando a miles de profesionales de la administración del Estado.
La Constitución de 1972: El país abandonó su nombre colonial de Ceilán para llamarse Sri Lanka (“Isla Resplandeciente” en cingalés) y elevó el budismo a religión de Estado, implementando además la “estandarización”, un sistema de cuotas que exigía calificaciones ridículamente más altas a los jóvenes tamiles para ingresar a las universidades.
La resistencia inicial del pueblo tamil fue pacífica, siguiendo el modelo de no violencia “gandhiano”. Pero cuando las marchas y los reclamos parlamentarios de los viejos líderes fueron respondidos con pogromos sangrientos tolerados por el Estado —como los de 1956, 1958 y el fatídico “Julio Negro” de 1983—, la juventud tamil entendió que el Estado-nación les había cerrado todas las puertas.
La vía armada para construir un Estado independiente, el Tamil Eelam, dejó de ser una utopía radical para transformarse en una estrategia de supervivencia.
El frío tablero y la infalible ineficacia
Mullivaikkal: cuando el mundo decidió no mirar
La guerra civil (1983-2009 -sí, un cuarto de siglo) enfrentó al ejército gubernamental con los Tigres de Liberación del Tamil Eelam (LTTE).
Fue una conflagración feroz donde la insurgencia tamil, militarmente brillante pero implacable, implementó tácticas brutales como el uso sistemático de atacantes suicidas. Sin embargo, la “resolución” de este conflicto no se explica por la superioridad moral de las instituciones democráticas de Sri Lanka, sino por el cínico alineamiento de los astros geopolíticos en el tablero internacional.
Sri Lanka es un portaaviones natural en el centro del Océano Índico, una parada obligada para las rutas de energía que abastecen a Asia.
En la fase final del conflicto, el gobierno de Colombo entendió el nuevo lenguaje del siglo XXI. Tras los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos, vendió su guerra interna no como el aplastamiento de una minoría étnica, sino como una batalla más de la “Guerra Global contra el Terrorismo”. Occidente compró el argumento y prohibió las organizaciones financieras de la diáspora tamil.
Al mismo tiempo, la chequera de Pekín entró en juego. China proveyó al gobierno de Sri Lanka de armamento pesado moderno, aviones de combate y blindaje diplomático en el Consejo de Seguridad de la ONU, asegurándose a cambio el control estratégico del puerto de Hambantota.
La India, la supuesta hermana mayor de los tamiles por afinidad cultural, observó paralizada. Tras el asesinato del ex primer ministro Rajiv Gandhi en 1991 por una suicida de los Tigres Tamiles, Nueva Delhi les soltó definitivamente la mano a sus hermanos lingüísticos. Los tamiles se quedaron completamente solos en el mapa.
Lo que sucedió entre enero y mayo de 2009 en la estrecha franja de arena de Mullivaikkal constituye una de las páginas más oscuras de la burocracia internacional. El gobierno arrinconó a cientos de miles de civiles tamiles en supuestas “zonas libres de fuego” que luego bombardeó sistemáticamente con artillería pesada. El saldo final de la guerra civil superó los 100.000 muertos; la ONU calcula que solo en esas últimas semanas de 2009 murieron hasta 40.000 civiles bajo el fuego estatal.
La ONU en su papel de siempre: la nada misma
El papel de las Naciones Unidas fue un calco de los desastres de Ruanda y Srebrenica, un “papelón” institucional que quedó registrado con escalofriante frialdad en la propia auditoría interna del organismo, el Informe Petrie de 2012.
Primero, la ONU acató las órdenes del gobierno de Sri Lanka y retiró a todo su personal internacional del norte de la isla en septiembre de 2008, dejando a los civiles sin testigos. Luego, durante los meses de la masacre, los altos mandos en Colombo decidieron ocultar deliberadamente las cifras de bajas de las que disponían (suena conocido, ¿verdad?), temiendo que la denuncia enfureciera al gobierno y provocara su expulsión. Priorizaron el acceso diplomático y el cuidado de sus propias agencias sobre la vida de los inocentes.
En Nueva York, el Consejo de Seguridad ni siquiera incluyó el tema en su agenda oficial debido a los vetos cruzados de las grandes potencias. La ineficacia de la ONU se reveló, una vez más, infalible.
Las geografías del desarraigo
El exilio de guante blanco y el limbo de los apátridas
El desenlace de la guerra civil no trajo la paz, sino la consolidación del borrado a través del éxodo. Más de un millón y medio de tamiles se vieron forzados a abandonar sus hogares, fragmentando su existencia en dos geografías de la asfixia bien diferenciadas.
Por un lado, los que contaban con recursos económicos o redes familiares lograron abordar aviones hacia Occidente. Hoy, ciudades como Toronto, Londres o París albergan prósperas comunidades de la diáspora. Es el exilio de guante blanco. En Canadá, los tamiles construyeron vecindarios, negocios y escuelas, pero sus vidas transcurren bajo el peso de un trauma transgeneracional invisible. Son ciudadanos integrados que cargan con el silencio de las tardes occidentales, sabiendo que su tierra natal ha sido ocupada militarmente, sus templos demolidos y sus cementerios de guerra nivelados con excavadoras por el gobierno vencedor para que no quede rastro físico de su resistencia.
Por otro lado, se encuentra el limbo descalzo de los campos de refugiados en el sur de la India. Cerca de 100.000 tamiles cruzaron el estrecho de Palk en precarias embarcaciones de pescadores esperando encontrar refugio en la tierra de sus ancestros.
Encontraron, en cambio, la indiferencia de la burocracia de Nueva Delhi. Unas 70.000 personas viven hoy hacinadas en más de cien campos de refugiados en el estado de Tamil Nadu. Las condiciones de vida son miserables: celdas de diez metros cuadrados, prohibición de trabajar en la economía formal y una vigilancia policial asfixiante.
Lo verdaderamente trágico es que, tras tres décadas de aislamiento, miles de jóvenes nacidos en esos campos indios carecen de nacionalidad. No son ciudadanos de la India porque las leyes locales se las niegan, y no existen para Sri Lanka porque sus actas de nacimiento fueron quemadas o borradas del registro civil. Son los apátridas de los olvidados; fantasmas jurídicos que flotan en la periferia de la historia.
La literatura al rescate de la memoria
La patria invisible de las palabras
Frente a este panorama, la obra de Riccardo Orizio en “Tribus blancas perdidas” aporta una simetría irónica.
El nacionalismo excluyente cingalés no solo persiguió a los tamiles; también convirtió en espectros coloniales a los “Burghers”, los descendientes de holandeses y portugueses que habitaban la isla. De esas minoría proviene el propio Ondaatje, autor de la novela arriba citada.
Al imponer el cingalés como lengua obligatoria, el Estado asfixió a esta pequeña minoría euroasiática que habitaba mansiones decadentes repletas de muebles carcomidos por las polillas.
Orizio describe a seres atrapados en el recuerdo de un imperio extinto, obligados a elegir entre fundirse en la diáspora hacia Australia o habitar como parias en una patria que decretó que la diversidad era una traición.
La palabra como última trinchera
Cuando un pueblo pierde el territorio, cuando sus muertos carecen de tumbas y sus hijos nacen sin documentos en playas extranjeras, la geografía política deja de existir y la patria se traslada al lenguaje.
El idioma tamil, una de las lenguas clásicas vivas más antiguas de la humanidad, con más de 2.500 años de literatura ininterrumpida, se ha convertido en la última trinchera contra el borrado definitivo.
Frente a la historiografía oficial de los vencedores, que celebra la masacre de 2009 como un triunfo de la paz y el orden, la literatura y la poesía de la diáspora operan como un tribunal ético insobornable.
Los versos de Cheran o la prosa poética de Ondaatje hacen el trabajo que las Naciones Unidas prefirieron archivar en cajones diplomáticos: toman las cenizas de la biblioteca de Jaffna, los fragmentos de arcilla de los rostros desfigurados y los nombres de los desaparecidos, y los sostienen con terquedad frente a la mirada del verdugo.
El Capítulo VII de “Los olvidados de la Tierra” no puede devolverles el suelo a los apátridas de los campos de Tamil Nadu, ni puede reconstruir los manuscritos quemados en 1981.
Pero cumple con la función primordial del periodismo narrativo: rescatar del silencio el testimonio del horror y demostrar que el olvido no es un accidente del tiempo, sino un frío cálculo de los hombres.
El pueblo tamil sigue allí, resistiendo en los pliegues de su lengua clásica, recordándole al mundo que un pueblo solo muere del todo cuando se apaga la última voz que se atreve a pronunciar su memoria.
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