De autoridad, fútbol y educación

Denise Aín
Volvimos del Mundial, con pena y sin gloria, eliminados sin haber pasado a los
dieciseisavos de final.
Nada quita esa mezcla de enojo, frustración y tristeza a los futboleros, ni a aquellos que nos acercamos al futbol solo cada cuatro años, emocionados por el clima que transmiten estadios llenos con la celeste pintada en las caras, cantando el himno con ese sentimiento, que, a decir verdad, jamás llegamos a sentir en ningún acto escolar.

Si el futbol genera ese magnetismo, es seguramente porque opera como caja de
resonancia, como espejo que permite mirarnos como sociedad en nuestros rasgos más sobresalientes, y en nuestros más enquistados dramas. Los noventa minutos condensan eso que a través de la educación cultivamos (o que abandonamos). De eso va esta columna.

NORMALIZAR LO FRECUENTE

Con el tiempo nos hemos acostumbrado a una crónica diaria que debiera alarmar, pero que ya no sorprende: riñas brutales en las puertas de los liceos, madres que irrumpen a golpear a una maestra y docentes que abandonan su rol pedagógico, para convertirse en recreadores o burócratas de la contención emocional. De telón de fondo, las pruebas PISA y Arista confirman resultados lastimosos, y aunque pasan los años, Uruguay no logra mover el tanteador.
No se trata sólo de un fracaso académico. Fallamos en transmitir la cultura (el legado de conocimientos que nos precede), tambalea la civilización (el marco institucional que nos organiza como sociedad) y agoniza la civilidad (esos códigos de respeto mínimo indispensables para la convivencia).

Cuando la prensa abre el zoom para tomar esas imágenes (la riña entre adolescentes o el golpe a la maestra), que por suerte son recortes de una realidad bastante más amplia y heterogénea, señalamos de inmediato a la escuela, al liceo, a las políticas educativas, olvidando que la vida familiar transcurre puertas adentro, sin cámaras, pero con mecanismos similares, porque los sistemas familiares y escolares, no hacen otra cosa que retroalimentarse.

LA ASIMETRÍA EN JAQUE

Educar es, por definición, un acto asimétrico. Quien educa, introduce a un recién llegado al mundo que le preexiste, y para civilizar a ese sujeto, ejercer una relación jerárquica es indispensable. Sin embargo, en el discurso contemporáneo las ideas de “poder” y “autoridad” han sido vaciadas de sustancia, y colmadas de connotaciones negativas, censurables, asociados directamente a algo del orden del exceso, o del abuso.

En el afán bien intencionado por “no frustrar”, desplazamos la asimetría necesaria entre padres e hijos, entre docentes y alumnos, entre Directores Técnicos y jugadores, hacia modelos de horizontalidad fallidos y negociación permanente, pero el resultado nos son sujetos más libres y responsables, sino emocionalmente huérfanos.

Poner límites, lejos de ser un acto de violencia, es la forma primaria de amparo y protección. La autoridad legítima no se ejerce para someter, sino para sostener al otro hasta que es capaz de gobernarse a sí mismo.
Cuando el adulto abdica de ese rol, no hace más que arrojar a las nuevas generaciones al desamparo, al analfabetismo afectivo.

Lo cierto es que para Uruguay el reloj sigue corriendo, ya tuvimos sobrado tiempo de alargue, y no logramos escalar resultados: el prurito a ejercer la autoridad, en la educación o en el fútbol, nos ubica al final de la tabla.

BIELSA Y LA SELECCIÓN: ¿EMPATÍA O RUPTURA DE LA ASIMETRÍA?

El fenómeno no es exclusivo de la educación formal ni de los hogares. El fenómeno permea incluso los espacios más profesionalizados.
El proceso de Marcelo Bielsa frente a la selección uruguaya ofrece una radiografía perfecta de esta claudicación cultural, de esta renuncia letal.
Hablar de Bielsa, es hablar de un DT con un saber teórico y práctico indiscutido, que no obstante, fue desde hace un tiempo puesto bajo la lupa por sostener una verticalidad inflexible tanto en su método, como en el vínculo con los jugadores y el resto del cuerpo técnico.

Tras la eliminación de Uruguay, sin embargo, sus declaraciones fueron un calco escalofriante de lo que ocurre en cualquier aula de Secundaria. Respecto a la reducción de sus intervenciones a diez minutos expresa: “Hubo un pedido de los jugadores de suspender ese tipo de análisis porque sentían que la información era excesiva y que les quitaba frescura mental.” Y argumenta: “El destinatario de un mensaje tiene el derecho de decir, esto me sirve, esto no… Lo hice así hasta que me pidieron que preferían que eso se interrumpiera. Así lo hice.”
La pregunta, es cómo alguien podría discernir qué le sirve, y qué no, si directamente, no puede o no quiere escuchar.

Lo mismo ocurrió con el cambio en los entrenamientos para complacer al plantel, para no frustrarlo: “Al entrenar un solo grupo, el volumen de futbolistas que participan de la tarea le quita al entrenador la posibilidad de ver los detalles que cuando se entrena en grupos reducidos sí se pueden ver. Se pierde la cercanía, y la mirada fina sobre cada futbolista, pero prioricé la necesidad que ellos manifestaban.”

Si un estratega de la talla de Bielsa, respaldado por la legitimidad de su trayectoria y un contrato millonario, se ve forzado a negociar tanto los minutos que habla para transmitir su saber, como la forma en la que entrena y observa de cerca o no, ante profesionales del fútbol que no toleran la saturación del análisis ¿qué queda para un docente de secundaria, frente a veinticinco adolescentes, incapaces de comprender un texto sencillo, y más incapaces de poder proyectar un futuro?

Lo que vimos en la selección no es otra cosa que la cultura del scroll de TikTok trasladada al futbol profesional: si el estímulo no proporciona una dosis inmediata de dopamina, el receptor se desconecta. El aprendizaje de cualquier cosa, el entrenamiento y la propia convivencia requieren tiempo de ejercicio, de asimilación, de consolidación, y muchas a veces también aburrimiento, paciencia y esfuerzo.

Cuando se claudica a eso, previo a haber renunciado a las condiciones de la asimetría, la transmisión se vuelve tarea imposible.

DE LOS IMPULSOS PRIMITIVOS A LA INTERNALIZACIÓN DE LAS NORMAS

El ingreso a la civilización exige aprender a inhibir los impulsos primitivos. La
frustración en ese sentido, no es una falla de la educación, sino justamente, lo que la hace posible. Dicho de otro modo, la frustración es el peaje necesario para aprender a convivir. Cuando las instituciones de crianza y formación claudican en este adiestramiento elemental de la voluntad, los impulsos no regulados terminan gobernando al sujeto.

Al respecto, y siguiendo con la mirada puesta en este espejo que es el fútbol, me viene a la memoria el recuerdo de Luis Suárez, estrella absolutamente indiscutible, deportista excepcional merecidamente admirados a lo largo y ancho del mundo, clavándole los dientes, mordiendo a su rival en el campo de juego. ¿Existe acaso gesto más infantil, más primitivo?

Si apelo a este ejemplo, no es para juzgar a la persona, ni al ídolo, sino para hacer el ejercicio de pensar, que cuando los mecanismos de autorregulación fallan porque no fueron sólidamente estructurados, el ser humano civilizado cede ante el embate de sus propios impulsos, sea Suárez, sea esa madre anónima que irrumpe en la escuela a golpear, seas vos lector, o sea yo.

En un tiempo no muy lejano se instó a los docentes a no corregir siquiera las faltas de ortografía para “proteger la autoestima” de los alumnos. Hoy eso ya no es así, pero en su lugar, se les exige de manera más o menos solapada, que muten en animadores, en recreadores, capaces de competir contra las pantallas, o con la misma dificultad que la selección para tolerar más de diez minutos de escucha. No tolerar su frustración, su malestar, permite postergar el conflicto, patear la pelota para adelante, pero impide ejercer el rol que los adultos estamos llamados a ejercer.

DE LO IDEAL A LO POSIBLE

Esperar una reforma educativa mágica o un cambio estructural que reconstruya el tejido social de la noche a la mañana, es sólo una forma de quedar atrapados en una utopía paralizante, mientras se suceden los cursos y congresos infinitos de “gestión emocional”, “entrenamiento de la empatía” y afines.

Irónicamente, mientras las currículas se llenan de asignaturas, talleres y espacios plagados de buenas intenciones en relación al control y regulación de las emociones, las mediciones internacionales de la OCDE y los informes del INEED confirman un deterioro sostenido de las habilidades socioemocionales de los alumnos. Y es lógico: la empatía o la tolerancia a la frustración no se aprenden si no es en la propia convivencia, en entornos estructurados por adultos que no renuncian a la responsabilidad de sostener el timón.

La civilidad se fragmenta en el día a día, y el verdadero partido se juega en los gestos más mínimos: en un aula concreta, en un grupo específico, en la cancha de un club barrial o en la mesa familiar (si la hay). El desafío actual, a mi juicio, no es diseñar el sistema pedagógico perfecto, sino recuperar en lo cotidiano el coraje de la asimetría.

Reconciliarnos con los límites (y la frustración) implica entender que se puede, y se debe, ser tan amorosos como firmes. Si las instituciones (por empezar, la familia) validan nuevamente a sus autoridades para que ejerzan su rol con la responsabilidad de no pedir permiso para educar, quizá ahí, de forma modesta pero contundente, empecemos no digo que, a clavar un gol al ángulo, pero sí, a dar vuelta el partido.

 

 

Otros Artículos de Denise Ain:

[b]Sitio alojado en Montevideo Hosting[/b]