Canasta menstrual: el festejo del fracaso

Denise Aín
Días atrás, el Ministerio de Desarrollo Social anunció con orgullo en todos los medios, la concreción de lo que para ese ministerio es un gran logro.
En su cuenta de X @midesuy dice exactamente: “Este mes se comienza a implementar la Canasta Higiénica Menstrual, dirigida a personas menstruantes de 12-50 años pertenecientes a hogares beneficiarios de la Tarjeta Uruguay Social (TUS). Esta medida alcanzará a 82.806 personas aprox.”
Este tan breve anuncio merece, sin embargo, algunas líneas, ya que lo que tiene de breve, lo tiene de imponente.
Lo primero: ¿Cuál es logro de que casi 83.000 mujeres de entre 12-50 años dependan de la dádiva del Estado para las cuestiones más básicas y elementales?
Cuando esta realidad se relativiza, o peor, se celebra invirtiendo los términos del anuncio, la pobreza más preocupante ya no es la material, sino la de la cualidad moral de quienes ven en este anuncio motivo de celebración.

«Persona menstruante” fue agregada al grupo

Un capítulo aparte, la frutilla ideológica de la torta, merece el lenguaje utilizado para explicar la medida anunciada.
Hablar de “personas menstruantes” no es un detalle menor, y mucho menos una cuestión semántica inocente, sino una de las tantas formas de ir enquistando la neolengua woke, esa que insiste entre otras cosas, en negar la
realidad de la biología para validar las autopercepciones, y de la mano de ellas, la ideología identitaria.
“Persona menstruante” ingresa de la mano de la Canasta Higiénica Menstrual a
formar parte del diccionario paralelo al que contribuyen las políticas de género, que, en su afán por “incluir”, paradójicamente, terminan desconociendo, quitándole entidad al grupo que se supone, buscan promover. La “mujer” sustituida por la “persona menstruante” ya no se visibiliza, se la borra del lenguaje. ¿Hay acaso mayor forma de violencia que “borrar” al otro
negando su existencia?
Una política que pretende mejorar la vida de las mujeres, no podría comenzar jamás, negando a su destinatario.

El clientelismo nuestro de cada mes

La política de entrega de transferencias o bienes mínimos para garantizar la subsistencia, esa propia de los populismos, por supuesto que no es nueva ni es un hallazgo del marketing de este gobierno.

En la antigua Roma ya se distribuían granos a la población con el objetivo de evitar estallidos sociales y de consolidar una estrecha relación clientelar entre el poder y los ciudadanos.
La lógica de la dádiva a cambio de lealtad política, no es nueva, pero es pperversa. No apunta a generar autonomía, empleo genuino y condiciones estructurales de salida de la pobreza, sino a administrar carencias.
La Canasta de Higiene Menstrual se inscribe peligrosamente en esa lógica.
Mantiene intacto el problema de fondo, mientras permite al gobierno capitalizar
políticamente la asistencia y reforzar la dependencia de aquellos más vulnerables.

Cien pesos: cuando la limosna se viste de política pública

Esto que llaman la concreción de una política social orientada a promover a la población más desfavorecida, en los hechos, se traduce en la transferencia de $100 mensuales a través de la Tarjeta Uruguay Social (TUS).
¿Alguien de verdad cree, honestamente, que alguna mujer pueda comprar con $100 los productos mínimos suficientes?
La conclusión es evidente: no se está ante una solución de ningún tipo, sino ante un gesto. Un gesto barato, insuficiente, y desconectado de los precios del mercado. Si el propio Estado reconoce la existencia de una pobreza tal que
hace inviable acceder a los insumos básicos para el período menstrual, pero asigna un monto que no permite comprarlos, el problema deja de ser solo presupuestal, para ser conceptual.

Administrando “la tuya”

A la insuficiencia del monto se suma otro problema, al que tristemente los contribuyentes nos vamos acostumbrando: la ineficiencia del Estado en la administración de los recursos de todos los uruguayos.
La lógica indica que una compra estatal de gran volumen hubiera sido una mmedida bastante más racional, reduciendo costos unitarios y asegurando la provisión directa de insumos. Convenios con fabricantes o importadores,
exoneraciones fiscales a los productos de higiene menstrual, no parecen haber
sido considerados, por lo que el resultado, es el de siempre: más burocracia, más intermediación y menos impacto real en la vida de la gente.
En definitiva, el anuncio del Mides no apunta a resolver un problema ligado a la pobreza, sino a administrarlo y a transformarlo en relato.

Anuncios que debieran ser una disculpa

El gobierno insiste en presentar la Canasta de Higiene Menstrual como un hito.
Sin ir más lejos, María Eugenia Roselló, autora y principal impulsora del proyecto de ley aprobado, expresa en su cuenta de X: “Lo importante es que en nuestro gobierno se aprobó una política pública que le va a cambiar la vida a miles de mujeres, niñas y adolescentes de todo el país.”
¿Honestamente piensa eso? ¿De verdad piensa que la dádiva en cuestión va a cambiar la vida de alguien?
Tal como señalo al principio, una lectura honesta obliga a revisar el mensaje:
no hay nada que celebrar. No hay ningún objetivo cumplido cuando el propio Estado admite que más de 82.000 mujeres no acceden a condiciones mínimas de dignidad en su vida cotidiana.
Más que anuncios disfrazados de buenas noticias, lo que correspondería es una disculpa pública por la incapacidad (o falta de voluntad) de revertir un fracaso estructural, por la persistencia de las políticas asistenciales tan
populistas como ineficaces, y por la banalización de problemas profundos.
En suma, cuando el Estado reparte migajas y las exhibe como conquistas, el mayor problema no es la pobreza material de la población, sino la pobreza moral de sus gobernantes.

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