La Grande Armée del Estado avanza. Políticos (da igual si a la «derecha» o a la «izquierda»), burócratas, sindicalistas, empresarios prebendarios y un largo etcétera marchan a ritmo de tambores y trompetas.
Su avance no se mide en metros o kilómetros, sino en impuestos, tasas y regulaciones. Se mide en el incremento del gasto público, de la deuda pública y del déficit fiscal. Marcha la policromática compañía del status quo entre sonrisas y algarabía, en una danza de millones —de cientos y miles de millones—, de obras públicas innecesarias (y falta de las necesarias), de carreteras que a los pocos meses las lluvias barren y los pozos desnudan, de organismos inútiles y de inseguridad ciudadana.
Marcha victoriosa y orgullosa.
Enfrente no hay ejército que le dé batalla. Por décadas ha avanzado y avanzado sin detenerse, punto a punto del PIB, promesa sobre promesa. Impuesto sobre impuesto, tasa sobre tasa, gasto sobre gasto, conciliábulo sobre conciliábulo; acorrala cada vez más al ciudadano.
Sin embargo, ¿realmente marcha hacia la victoria?
Mientras el ejército del Estado extendido marcha, el uruguayo no combate: huye. Pero… ¿realmente huye? Como la Grande Armée de Napoleón en su avance sobre Rusia, el Estado uruguayo avanza y cada vez encuentra menos. Si aumenta patentes e impuestos, el uruguayo no paga. Si impone aranceles y barreras para-arancelarias, el uruguayo mueve miles de toneladas de productos de contrabando y compra y vende en ferias y «vendutas» con el mayor desparpajo.
¿Los sindicatos aprietan? El empresario despide, automatiza o cierra. La presión fiscal aumenta, la recaudación cae. “Ellos hacen como que gobiernan, nosotros hacemos como que nos dejamos gobernar”. Ese es el lema.
Nunca presentar batalla, pero sí resistir silenciosamente mientras se retira; esa es la estrategia de «tierra arrasada» del Uruguay. Es la «Redota» permanente, pero camino a Moscú. La clase media, exhausta y saqueada, se retira y se une de a miles a la resistencia; huye a la «clandestinidad». «Informalidad» le llaman peyorativamente a allí donde no pueden “morder”, o simplemente emigra.
Uruguay no tiene (como Rusia) profundidad territorial ni al «General Invierno», pero tiene profundidad temporal: una falta de sentido de urgencia que destruye a todos los conquistadores. Tiene tiempo e indiferencia.
Como en toda guerra de guerrillas, el uruguayo se camufla. ¿Para qué pintar la fachada si enseguida la vandalizan y no pasa nada? Mejor pintar adentro y que la fachada sea un camuflaje que te mezcle con el entorno decadente: una ruina más. Todos se esconden porque todo es paisaje y camuflaje, un amasijo de cosas: amasijo de leyes y decretos que nadie cumple —entre los que se esconden los burócratas—, pasajes y calles oscuras en las que se esconden los delincuentes. Las decisiones y las acciones no tienen cara: nadie es responsable, todo es camuflaje.
Es una guerra de guerrillas, no una guerra regular. Es de huida, acción y sabotaje. Una guerra que el uruguayo va librando sin saberlo y que, sin saberlo, va ganando, porque lo que no tiene forma no puede ser destruido.
Y el Ejército del Estado sigue marchando, y suenan estruendosas sus trompetas. El paso regular de sus huestes estremece el suelo seco. Mientras tanto, la economía se enfría, cual “General Invierno” ruso. Son el ejército soviético durante la Guerra de Invierno avanzando sobre Finlandia solo para morir congelados mientras caminaban o por un disparo de Simo Häyhä. Cada tanto, un contraataque, como el conflicto de la pesca o Claldy. Pero nada definitivo; así, siguen avanzando, confiados.
En las redes, en los barrios, en las casas, los uruguayos piensan, se cuestionan, están hartos. Nacen intentos por todos lados: partidos, sectores, movimientos ciudadanos. Algo se va fermentando.
La partida de ajedrez está planteada: podrán desaparecer empresas y empresarios, emigrar los capitales y los ciudadanos, pero con ellos desaparecerán también sus parásitos: políticos, burócratas, sindicalistas y empresarios prebendarios que marchan alegres a su destrucción al ritmo del tambor. Es una hermosa imagen para ver, porque los primeros se pueden recuperar; los segundos no.
Pase lo que pase, el Uruguay gana.
Si Conaprole se enfrenta al sindicato y se libera, será un impacto simbólico tremendo para el país. La reafirmación (multiplicada por mil) de lo que inició la pesca en 2025. Si Conaprole no se enfrenta al sindicato y cierra, será más sangre en las ya anegadas manos del sindicalismo local, esta vez siendo la víctima un símbolo nacional. Será un «hospedero» menos que parasitar. Una organización menos desde la cual extorsionar. Será el desempleo de trabajadores que no supieron defender sus puestos y la quiebra de empresarios (cooperativistas) que no supieron defender sus emprendimientos.
A fin de cuentas: darwinismo económico y social. Pase lo que pase, el Uruguay gana.
Cada vez la proporción de empleados públicos dentro del PIT-CNT es mayor (casi el 50%): un parásito que se alimenta de otro parásito (el Estado) a la vez que ambos aniquilan al hospedero (sector privado). Es, simplemente, poesía.
Pienso en esto y me sonrío con un optimismo abrumador, porque pase lo que pase, la victoria del Uruguay es inevitable; porque el status quo no solo destruye su base material, sino que desnuda su saqueo frente a los ciudadanos. Queda para siempre estigmatizado en el imaginario colectivo.
Con su derrota se desmonta el Estado corporativo y clientelar, la mentalidad asistencialista, victimizante e impotente que lo sustenta; se desmonta el «hombre masa», cae el «Dios Estado» y triunfa finalmente, 200 años después, el individuo y su: “Nada podemos esperar sino de nosotros mismos”.
Cuando sea el momento, cuando ya la Grande Armée del status quo esté totalmente agotada y desgastada, los uruguayos saldrán de sus trincheras, de sus cuevas y nidos de tirador; saldrán de sus casas pintadas por dentro y vandalizadas por fuera; abrirán empresas y darán empleo; volverán del exilio (interno y externo) a construir el país nuevo sobre las ruinas del viejo.
Nadie ha organizado una estrategia tan perfecta. No hay humano capaz de crearla y hacerla funcionar por décadas. Es la inteligencia colectiva y espontánea; es la supervivencia y es increíble.
Dejaremos los grandes edificios estatales como recordatorio (y trofeo), pero los llenaremos de contenido: de escuelas y universidades, de empresas y centros de investigación no estatales, sino libres y ciudadanos.
Sin coyundas que nos aten, sabremos de crecimiento, de pleno empleo, de seguridad pública, de calles limpias, de altos niveles de educación, de esperanza, de futuro y de menos despedidas.
Ese, señores, es el sueño a alcanzar tras la inevitable victoria de la resistencia uruguaya, esa de la que usted, sin saberlo, es protagonista y héroe.
